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viernes, 31 de agosto de 2012

El monte: resumen de historias


1.
            El Monte, de  Lydia Cabrera, como he reiterado, es obra de memoria compartida y piedra de toque. Por un lado su autora recuperó las historias, las informaciones, los saberes, de los “viejos adeptos”, para con los años convertirse en obligada referencia o depósito del que beben los practicantes de los cultos afrocubanos, y por otro, se le acusa, con reiteración y cierta injusticia, de una “ausencia de método” o de ser un texto de farragosa lectura, cuando su autora expresó haberse “ limitado rigurosamente a consignar con absoluta objetivad y sin prejuicio lo que [ha] oído y lo que [ha ] visto”, e incluso llega a reducir el  “único valor” de su libro a ese hecho. Es decir, su método, porque lo hay y es evidente, radica en la selección de los informantes y de los materiales, y en esto ya hay una decisión, una estructura, una visión de las cosas, un construir el estado de la cuestión de una manera y no de otra. Lo cierto es que este, y los otros libros publicados o no en Cuba por su autora, constituyen joyas bibliográficas de la Nación, necesarias para reconstruir los avatares y la espiritualidad cubanas. Para saber, y hasta para sentir, a Cuba, hay que pasar por la experiencia de leer a nuestra autora. Lo demás es harina de otro costal…
            No pudiendo consignar todo lo que escuchó y oteó la Cabrera en su obra magna intentaremos ir reproduciendo, pasito a paso, algunas de las historias de El Monte, porque - ya lo sabemos- en ellas están las esencias y los saberes de esos pueblos ágrafos que emplearon una lógica simbólica como instrumento de cohesión y de saber, y que a través de ellas, la autora logra construir uno de sus textos más resonantes, cuyos ecos están hoy por estudiar a profundidad.
            Aunque fundamentalmente nos centraremos en los relatos sagrados, comenzaremos hoy consignando dos sucesos que, aunque tienen que ver con lo religioso, la autora nos lo presenta desde el humor, cosa tan poco frecuente en la cultura europea, donde sólo ríe el pueblo o el diablo y la corte de pecadores, y a los intelectuales y los santos les  toca el fardo de lo trágico, tornándose este muchas veces melodramático o  ciertamente envarado. El pensamiento africano es de otro orden, como sucede con las culturas amerindias, donde ciertamente la risa, el humor, lo celebratorio, juegan un papel  central, y por lo tanto sagrado. 
            Las historias serán tomadas directamente de la edición de 1989 de la Editorial Letras Cubanas, así que la paginación corresponde a ella.
            Hablando de la “posesión”, de la “bajada del santo”, cuenta la Cabrera sobre María G:
“… que se hallaba en la habitación de una casa de huéspedes, recién llegada de pueblo. No conocía a nadie en La Habana. No se hubiera atrevido a andar sola por las calles de la ciudad. El marido salió a comprar cigarros en algún café cercano, y al volver no la encontró. En su corta ausencia, María, por primera vez, había “caído en santo”, y el santo la había llevado a un toque en honor de la virgen de Regla – Yemayá-, su orisha, en una casa distante de la posada. Una hora después, un negrito llegó a avisarle a su marido “de parte de Yemayá”, que fuese a buscar a su mujer a un tambor que estaba celebrando en la calle de Figuras, adonde la santa “subida” la había llevado.” pág. 45
            Unas páginas más abajo, en la 54, aparece está simpática escena digna de La Tremenda Corte, pero cuyos protagonistas son además de policías, santeros y orishas:
“ “La guardia entró en una casa de santo. Yeya Menocal – santera famosa por el año 1890-, con Yemayá; Charito, con Oyá, y otra morena que montaba Changó. La pareja cargó con todos los santos subidos para el precinto. Y allá fueron todos, jaraneando en su habla, sin darle ninguna importancia… ¡Cómo que eran santos de verdad! La primera que entró en el precinto, entró bailando. Era el teniente Francisco Pacheco. Yemayá, bailando y saludando, “!Okuó yumá!”Les preguntaban sus nombres: “!Yánsa jekuá jei! ¡Alafia kisieco!! Enseguida los dejaron en paz.” ¡Qué se larguen de aquí estos morenos!! ¡Lákue lákua boni!” – dijo Yemayá, dando las gracias. Y el teniente Pacheco: “! Está bien, está bien; no te entiendo, pero acábate de ir! ¡Pronto, ahuequen todos el ala!”
            En las próximas semanas nos iremos aproximando a otros territorios, a otras formas del relato, por lo que prometemos desde ya una sigilosa y desproporcionada aventura. 

2.

            Una de las personas a las que ella logró aproximarse, y que le contaron mucho de lo que se dice en su manigua, es “nuestra buena Omí-Tomí”. Ella será quien cuenta el relato que copiaremos a continuación:
            “Pronto salió embarazada y en mala hora. Nadie ignora que el niño que nace con diente será brujo; que los que van a ser zahoríes lloran en el vientre de su madre, y que de este don se les priva callándolos. La criatura que ella llevaba en las entrañas lloró a los finales del embarazo estando presente su amiga y vecina, y esta la calló; volvió a llorar y, de nuevo, imperiosamente, le impuso silencio. Pero Omí-Tomí ni siquiera sabía que un zahorí lloraba en el claustro materno, ni que toda mujer embarazada debe tomar ciertas precauciones para que no se malogre la criatura: ella, que era hija legítima de Yemayá – de la mayor de las Yemayá, de Olukun-, hubiera debido ceñirse el vientre con una faja azul y siete reales de plata. Le faltó también, a la hora del parto, por olvido intencional de la vecina, la estampa o la cabeza modelada en cera de San Ramón Nonato – un Obbatalá que ayuda a las parturientas, blancas o negras, ricas o pobres, y de la que nunca se prescindía, ni se prescinde, todavía entre las gentes del pueblo, en los partos laboriosos. (Se reza la oración, se vuelve la estampa al revés y se le enciende una vela, o bien se les pone a San Ramón sobre el vientre.) Y a propósito de San Ramón… Un gobernador de la isla, el general Martínez Campos, de grata memoria, estuvo a punto de hacerle la competencia a este santo convirtiéndose en nuevo protector de las parturientas. A una mujer que difícilmente daría a luz una noche, le trajeron por equivocación un retrato de este general. La mujer pudo expulsar la criatura casi inmediatamente después de tener la imagen milagrosa sobre el vientre. Descubierto el error, pasado aquel momento angustioso, se consideró, con muy buen juicio, en vista de un resultado tan rápido y satisfactorio, que tan útil en estos trances podía ser Martínez Campos como San Ramón Nonato; y el retrato del gobernador hizo con éxito las veces de santo partero en muchos casos, solicitado por cuantos se enteraron de su virtud. Acabó en poder de una recibidora que lo llevaba con ella a dondequiera que prestaba sus servicios.” Pág. 59
            Esta sola historia vale por un tratado sobre teoría de la Oralidad y es capaz de generar varios textos de etnología y folclore. Pero esa es harina de otro costal.

3.
            Aquí vamos reproducir una fabula que los santeros suelen narrar  sobre “los beneficios que reportan en los hogares” la presencia de animales:
            “Un hombre, padre de numerosa familia, era dueño de muchos animales que convivían dentro de la casa con él y sus hijos. Como no es raro que suceda entre ciertos individuos, y más de lo que ordinariamente se supone, este hombre entendía perfectamente el lenguaje de sus animales. Por esto, al enfermar gravemente su mujer, mientras todos los de la familia desesperaban de salvarla y ya daban a sus llantos rienda suelta, nuestro buen hombre permanecía tan tranquilo como de costumbre. Había oído al gato decirle al perro: - - La mujer de nuestro amo está muy mala y va a morir. Dejémonos de retozos y correrías. No me muerdas, porque no pienso arañarte.
            Y oyó al kikirikí, interviniendo en el diálogo, responderles lanzando una carcajada: Bah, la mujer del amo, por muy mal que se encuentre, de esta no morirá. No hay que ser cobardes y defenderla cuando venga Ikú…
            Todos los animales le temen a la Ikú; su visita –porque son clarividentes- les horripila. Al cabo de unos días, durante los cuales la enferma empeoraba gradualmente, la muerte, en efecto, llegó a buscarla. Al verla penetrar en la casa bajo el aspecto de un esqueleto, todos los animales empavorecieron; pero, cada uno en su idioma, expresó su terror en el tono más estridente. La Ikú, adelantando un pie, vaciló, aturdida por aquella algarabía. El kikirikí, atrevido y lleno de coraje, mientras los demás animales retrocedían sin cesar en sus alaridos, salió a su encuentro y saltó decididamente sobre ella. En sus revuelos, dejó prendida una pluma entre las coyunturas del brazo del esqueleto, que al ver aquella cosa extraña que brotaba de sus huesos, se asustó y echó a correr puertas afuera huyendo, no del kikirikí, cada vez más envalentonado, sino de la pluma que la seguía en su fuga, y de la que, por más que corría, no atinaba a librarse, en su azoramiento”.
            Aunque esta visita a El Monte no pretende entrar en asuntos exegéticos o hacer una edición anotada y comentada del libro, quisiera hacerles notar que en el relato, ya cubanísimo, se nota la huella de nuestro imaginario, pues Ikú, en el mundo yoruba es macho, y aquí aparece según la imagen europea, en la que la Muerte es mujer y calavera, tal como la asumimos nosotros hasta hoy, por mucha ciencia y conciencia que nos arrope y cobije.  Ver y creer.

4.

La Cabrera cuenta una historia que le narró Oddeddei:
“Un día que regañaba a una mujer que había arrojado de la casa, a escobazos, a una gallina, le oí relatar esta historia, que tenía por verdadera, y que sin duda hizo impresión en su oyente:
- Fue una mujer a la plaza a comprar un pollo: “Quiero un pollo barato. ¿Real y medio? ¡Es muy caro! – y después de mucho regatear, le dieron un pollito chiquito. “vaya, llévelo en un real…” Lo compró. Tenía un patio grande. Pero como el pollo era demasiado chiquito y flaco, lo despreció y lo echó fuera, al placer, donde había muchos matojos. No se ocupó más de él. Por ahí anduvo pedio el pollito, picando esta yerbita y esta otra, comiendo los bichitos que hallaba, y con el tiempo y su buena estrella, se volvió gallina gorda y conoció gallo. Y puso huevos, y sacó tres pollos, y un día que venía la gallina, ufana con sus tres pollones, la mujer la vio. “!caramba, si esa gallina es mía!” – y fue a echarle mano, pero la gallina se escapó. Mandó a su hija a que la recogiese y la gallina se pone a hablar. La niña va donde su madre y le dice: “Yo no cojo a esa gallina. Esta hablando como negra vieja” Va la madre, se acerca, y le dice a la gallina: “! Siga su camino, atrevida!”.
“Figúrese usté! La mujer manda a buscar al babalawo. El babalawo fue al placer, y ahora la gallina saca un canto  (que no anoté), y el babalawo lo oye y le dice a la mujer: “La gallina me explicó que cuando usté la compró, venía contenta a su casa para ayudarla, pero usté la botó: que nunca salió del placer para echarle ni un grano de maíz. Que ahora ella tiene hijos, que está feliz en el placer, que no quiere nada de usté y que se va con sus hijos.”
“La mujer dijo: “Esa es la pura verdad. Pero es que estaba muy flaca y muy chiquita” – Y la gallina le contestó: “ Esa no es una razón. Cuando usté va a la plaza y quiere gallina gorda, páguela. Si  no, cómprela flaca y engórdela.”
“En África nunca se bota un animal. Usté se atrae con eso la desgracia: y déjese de darle más escobazos a esa gallina, que le dará que sentir…”. Pág. 73
La semana que viene les presentaré otra versión de esta misma historia, pues la base de la oralidad son las versiones, en ella está su fundamento y su sobrevivencia. Más que hablar de tradiciones, cuando se trata de lo oral, es mejor apelar al concepto de versión, que es un vivo y actuante, que no tiene esa consistencia pétrea, rígida, que entraña el concepto de Tradición.

5.

            En algunos pasajes de El Monte Lydia Cabrera nos permite reír con verdadera gozo.
            En los encuentros con sus informantes estos no sólo contaban historias sagradas sino que sucesos hilarantes o incluso las primeras podían tener algún elemento cómico.  Vaya por esta vez un ejemplo:
            “La procedencia de esta historia podría no merecernos mucha confianza. A quien me la contó, le oí narrar una vez, en una de las tertulias de Omí.-Tomí y de Oddedei, que siendo cocinero de un antiguo título habanero, perdió su bien remunerado empleo por haber confeccionado tan de prisa un pastel de pollo, que al partirlo su amo, el marqués, que tenía invitados a su mesa aquella noche, el pollo salió vivo, piando, alteando y volcando las copas de agua y de vino, asustando mucho a las señoras que se hallaban presentes, “que no sabían si desmayarse de sorpresa”. Dos de las viejas, asiduas a estas tertulias que animaba Calazán, se indignaron. “! Eso es mentira!: “¿Mentira? Retire esa palabra… ¡Yo nunca digo una mentira, en mi vida!” Y a ese tenor, la discusión se avinagró seriamente; tuve que contener la risa y hacerles a las viejas unas señas suplicantes de que se callasen. Yo, al menos, fingí que no dudaba de su veracidad.” (Pág. 81)
            Visto este fragmento podemos entrar a señalarles otra de las artistas importantes de la obra de la Cabrera: en ella no sólo se encuentran joyas del saber de las religiones afrocubanas, sino que de la oralidad cubana. Esta historia que citamos aquí nos adentra en un tipo de cuento y de cuentero popular, el llamado cuento del yo mentiroso, tan común en toda Iberoamérica, en el que por excepción, pues el cuentero popular generalmente cuenta en tercera persona, se asume el punto de vista del narrador protagonista, que cuenta en primera persona, y la historia asume los ropajes de la anécdota; recurso que hace crecer el efecto hilarante al aparecer un elemento fantástico como tomado de la realidad. El cuentero se asume como protagonista y a través de la exageración y el ridículo llega hasta el reino de lo cómico, arrastrando hasta él también a su público.
            La semana próxima este mismo informante de nuestra autora, dando un giro a su relato, nos presentará un cuento de aparecidos. Así que los esperamos.

6.

Veamos que aparece en la página 81 de la edición de El Monte de 1989 realizada por la Editorial Letras Cubanas:
“  Pues bien, cuenta este viejo, y si se piensa una vez más en la autopersuación del negro, puede haber sido cierto – y si non é vero é ben trovato-, que una comadre suya vivía en un solar que se llamaba de los Aparecidos, porque en cuanto anochecía, se veían allí muchos fantasmas y se oían muchos ruidos. La comadre “era aficionada a hablarles a los muertos”, y una noche que, urgida por una necesidad inaplazable, tuvo que ir al fondo del patio, de regreso a su habitación oyó una voz que le dijo así: “A ver si me das algo”, “ Hombre, sí, yo te daré algo si tú también te comprometes a darme algo a mí –contestó la negra-. Treinta misas gregorianas, porque estoy en pena.” “Bien; dando y dando.” “ Pues busca ahí, debajo de esa losa floja, lo prometido”.
La negra levantó una losa que halló, desprendida, próxima a sus pies, y encontró real y medio y un poco de ceniza. No sintiéndose obligada a pagarle las misas de San Gregorio, por tan pícaro proceder sufrió, sin embargo, durante meses, la persecución de la astuta ánima en pena. En cuanto salía al patio, apenas se quedaba sola, en sueños, y por último, a todas horas, escuchaba la voz gangosa del muerto reclamándole: “¿Y mi misa? ¡ Mi misa!” Y a cambio de aquel real y medio, la mujer trabajó durante meses y meses como una negra, para costear hasta la última de aquellas misas gregorianas que el bribón del muerto le recordaba sin cesar. “ Yo la ayudé con un doblón. Especifica mi amigo-, y todos los del cabildo la ayudaron como pudieron.”
El lector, advertido de qué fuente procede el relato, queda en libertad, como siempre, de creer lo que mejor le parezca. Por mi parte, me inclino a aceptarlo como verídico, pues soy testigo de otros hechos que parecerán tanto más o igualmente inverosímiles”
            Ante el relato oral no vale preguntarse sobre la verdad o la mentira de lo narrado. Al crear un tiempo y un espacio fabular, cocreación del narrador y su público, los implicados aceptan el pacto y todo empieza a funcionar a partir de las leyes que el propio relato estable. Algunos llegan a plantear que el cuento oral provoca “la suspensión temporal de la realidad”, pero a mi esa afirmación no me parece exacto pues, según mi parecer, el contenido de la realidad en la historia oral es otro, tan real y cierto, como el de la realidad real, es decir, esa otra realidad sujeta a la camisa de fuerza del espacio concreto y del tiempo cronológico. 
            Creer o no creer no es importante en el cuento, y lo que hemos leído hoy no es más que eso, un cuento popular, cuyas versiones o variantes se repiten en lugares y culturas muy diversas. Hoy estuvimos delante de un cuento de aparecidos. ¿ Y a quién de nosotros no se le ha puesto la piel de gallina alguna vez cuando, en medio de una narración de estas, una puerta chirrea o un vientecillo fino se nos ha colado por la espalda? ¡A temblar que no hay de otras! Uhhhhhhhhhhhhhhhhhh

7.

Transcribiremos una curiosa persecución de un “espíritu” a la vecina de un solar habanero. Esta historia es simpática, y tiene algo de policíaco mezclado con terror. Así son los géneros populares:
…cuenta ese viejo, y si se piensa una vez más en la autopercepción dl negro, puede haber sido cierto – y si non é vero é ben trovato-, que una comadre suya vivía en un solar que se llamaba de los Aparecidos, porque en cuanto anochecía, s veían allí muchos fantasmas y se oían muchos ruidos. La comadre era aficionada a “hablarle a los muertos”, y una noche que, urgida por necesidad inaplazable, tuvo que ir al fondo del patio, de regreso a su habitación oyó una voz que le dijo así: “A ver si me das algo”, “Hombre, sí; yo te daré algo si tú también te comprometes a darme algo a mí – contestó la negra-”. Treinta misas gregorianas, porque estoy en pena””Bien: dando y dando” “Pues busca ahí, debajo de esa losa floja, lo prometido”.
La negra levantó una loza que halló, desprendida, próxima a sus pies, y encontró real y medio y un poco de ceniza. No sintiéndose obligada a pagarle las misas de San Gregorio, por tan pícaro proceder sufrió, sin embargo, durante meses, la persecución de la astuta ánima en pena En cuanto salía al patio, apenas se quedaba sola, en sueños, y por último, a todas horas, escuchaba la voz gangosa del muerto reclamándole: “ ¿Y mi misa? ¡Mi misa! Y a cambio de aquel real y medio, la mujer trabajó durante meses y meses como una negra, para costear hasta la última de aquellas misas gregorianas que el bribón del muerto le recordaba sin cesar.”Hasta aquí el Monte. 
“Toma chocolate y paga lo que debes”, parecía cantar el fantasma. Y recuerden ir al libro y leerlo, que no hay de otras.

8.

Una historia de violencia contra la mujer les colocaré en esta visita a El Monte – que será la última por ahora-. Es, hasta cierto punto simpática, una narración simpática, donde una muerta resuelve un problema terrible. Veamos:
“José D. era un hombre de luces – aunque el alcohol, a veces. Se las enturbiase-: no creía  en apariciones. Al morir cierta iyalocha, fue a su tendido en el cabildo de Santa Bárbara, porque era madrina – iyabbuonna u oyúbbona- de su mujer.
Cuando una iyalocha o una babalocha mueren, sus colegas se reúnen en torno al féretro para cantarles a las dieciséis Orishas y al desaparecido, “para pedir al santo”, una hora antes, poco más o menos, de llevarlo a enterrar. Por último se le canta a Oyá, la dueña del cementerio, y luego al santo principal, al padre, al ángel del santero muerto. Es la hora más solemne, la de los ataques, en que suben de tono estos últimos cantos con que “se sacan los pies del cabildo” al consagrado en Ocha. Así se llama esta ceremonia_ “Sacar los pies del muerto”.
Cuando la iyalocha, a la cabecera del ataúd, se desploma desfallecida en brazos de otra iyalocha al terminar el último canto: cuando los que dirigen la ceremonia, arrojando el agua que “lleva fresco a la casa santa”, gritaban: “! Abran!”, para que la concurrencia dejase libre la puerta y tuviese cuidado de no impedir el paso a los espíritus y de evitarlos, José vio a la muerta sentada encima de la caja. Ya habían colocado el féretro en el carro fúnebre, y osé volvió a verla de pie en mitad de la puerta abierta de par en par del cabildo, la cabeza envuelta en un pañuelo morado, riendo satisfecha.
Esta aparición tuvo muy felices consecuencias. José, como hemos dicho, era aficionado a la bebida, y cada vez que empinaba el codo más de lo debido, no le ahorraba a su mujer chichones ni cardenales. Después del velorio de la iyalocha, bastaba con que ella, el gesto dramático e hincándose de rodillas, lo amenazaba con invocar el alma de su madrina para que José se convirtiera en una seda. Tenía temor de aquella santera muerta que había visto, con sus propios ojos y en pleno juicio, asistir a su propio entierro”.Pág. 88 
Poco importa el remedio, si la enfermedad se cura. La cosa es que por la vía que sea, ese pobre hombre dejó de golpear a su mujer, y créanme que era un pobre hombre, porque no hay mayor miseria.

viernes, 27 de mayo de 2011

Los negros cuentan



Historias de la tradición oral afrocubana vueltas a contar

I

Obbara, el oro y la verdad

En tiempos en que los ciegos cosían, los paralíticos saltaban por encima de las murallas y Obbara todavía era un campesino, un hombre al que le gustaba conversar y contar historias, la gente comenzó a darle fama de mentiroso. No lo entendían. Más él continuó sin importarle la sonrisa burlona o el duro látigo de la lengua de los vecinos. Continuó haciendo lo suyo. Sembrar y contar, celebrar y podar, cantar y recoger.
Un día quiso invitar a los orishas, que son los santos y dioses del pueblo yorubá, y preparó un banquete que pudiera complacerlos según su gusto o costumbre. Preparó los platos que corresponden a la dieta de cada uno, pues hay que decirlo, esos seres son tan melindrosos y exigentes como cualquiera de los habitamos este mundo, y tan glotones como un ejercito de comejenes. Tienen una sed insaciable y gustan del aguardiente y del vino de palma como el más experimentado de los beodos.
En la fiesta estaban muy felices, y se sintieron complacidos porque el campesino y su mujer no dejaron de atender a cada uno según su rango y poder. Todo estaba en orden hasta que Obbara, con la boca y las ropas manchadas de abundante salsa, se acercó a ellos y les comentó sonriente:
- Ahora que la comida llega a su fin y ustedes parecen estar saciados, mi mujer y yo los acompañaremos. No hemos comido nada, nadita de nada. ¡Y vaya hambre que tenemos!
Los orishas se sintieron muy ofendidos y hasta burlados. Uno a uno se fueron levantando de su sitio en la mesa del banquete y, no sin antes lanzar maldiciones sobre sus anfitriones, se fueron retirando. Una vez a fuera, se pusieron de acuerdo para quejarse ante Olofi, poderoso Señor, creador de todas las cosas y los seres, pues ya el campesino había cruzado la delgada frontera que separaba la mentira del cuentero y la arrogante palabra de la impiedad. ¡Mira que no respetar ni a los santos del cielo, amigos y compañeros de Olofi, Oloddumare y Obatalá!
Estaban tan ofendidos que cada uno de los orishas no pudo conciliar el sueño y al amanecer, como convocados por un mismo rencor, se presentaron hasta su Padre Olofi, que desde muy temprano estaba trabajando en su campo calabazas. Los iracundos entraron a su caza de paja y lo esperaron. Al llegar se pusieron de pie, y cuando Shangó, dueño del rayo y tocador de tambores, iba a quejarse en nombre de todos, él lo detuvo con un gesto delicado, los hizo sentar y habló:
- Ya sé, sé muy bien ha que han venido. Desde aquí todo se sabe, ¿qué no sabré yo, que soy viejo, y creé las cabezas? Ahora regresen a sus casas y vengan en tres días. Los esperaré a todos. Obbara también será convocado. Veremos que dice ese campesino. ¡Márchense, que tengo cosas que hacer, y el mundo no espera!
El viejo se retiró solemnemente y volvió con su blancura al campo de calabazas. A los orishas no les gustó mucho tener que volver y mucho menos estar obligados a ver la cara grasienta del mentiroso. Pero no les quedó más remedio, pues, donde manda el primero, el segundo obedece.
Mientras tanto, Obbara, siguió trabando y esperando, esperando y trabajando, hasta que el horizonte pudo distinguir a un mensajero que se le acercaba. Cuando ya estuvo junto a él, en el medio de un campito de quimbombó, le dijo:
- Oiga, el Padre Olofi, le dice que en tres días vaya a su casa, que ha invitado a todos los orishas, que no falte.
Y a los tres días todos estaban reunidos en la casa del Creador, todos menos el campesino, el cuentero, el fabulador, el mentiroso. Elegguá, que abre y cierra los caminos, juguetón y pendenciero, desde la puerta no deja de bailar y reírse, anunciando que faltaba Obbara, que todos estaban menos él, que seguramente estaría muy atareado en urdir una nueva mentira y que se le había olvidado la invitación hecha. Todos reían y contaban las muchísimas mentiras que le habían tenido que escuchar al ausente.
A poco de estar allí, entró el Señor. Los orishas se pusieron de pie, y uno de ellos, no sabemos si fue Oggún, el dueño de la forja, o Ikú, la muerte, o vaya usted a saber quien, lo ayudó a cargar un pesado jolongo que cargaba sobre sus hombros.
- ¿Están todos?
- ¡Falta el mentiroso! – contestaron a coro y con fingida indignación el resto de los invitados.
- Pues no importa, empecemos, pues él llegará, seguro que lo veremos entrar por esa puerta.
En silencio Olofi comenzó a repartir unas hermosas calabazas, elégguede, recién cortadas. Se las dio a todos, pero respetando la dignidad, la fuerza y el prestigio de cada quien. Las calabazas eran hermosas pero no iguales. Entre los invitados empezaron a escucharse rumores y susurros que mal ocultaban la molestia de los santos. Uno de ellos por lo bajo dijo:
- Yo no vine a que me hicieran regalos, vine a resolver un pleito contra un mentiroso redomado. ¡Por eso las cosas están tan mal repartidas! ¡Dentro de poco ni en el cielo se podrá vivir decentemente!
Así estaban cuando, de pronto, un olor a flores blancas lo fue llenando todo. Primero era sólo un leve olor, pero a poco era tan intenso que los invitados, y hasta el dueño de la casa, empezaron a buscar, con la nariz en alto, para poder saber de dónde venía aquel olor. Fue un sirviente el que dio la voz:
- Un jinete vestido de blanco, que monta una bestia blanca, se acerca por el horizonte resplandeciente de blancura.
Olofi sonrió y dijo que era Obbara el jinete, los orishas no disimularon las frases de burla. Un campesino sólo puede oler a sudor, a tierra, a bosta de animal, y vestir los ropajes de su oficio, es decir, los de la suciedad. Imposible encontrar un campesino refulgente y blanquísimo. Pensaban todos. Pero era Obbara, que había hecho ebbó, que es ofrenda y es limpieza, sólo él se había lavado, perfumado, vestido de blanco y cabalgado en animal blanco, de modo que su blancura se confundiera con la del anfitrión y no la manchara.
No más entró aquel campesino, revestido de pureza, su Señor le entregó una calabaza pequeña, deforme y sin gracia. Entregando este presente los despidió a todos, no sin antes advertirle que tendrían noticias de él, pero que no podía decirles cuándo pues eran muchas sus ocupaciones y ya los años le pesaban demasiado como para tener prisa.
Ninguno de los santos se atrevió a protestar, más sin embargo cuando ya estaban lejos de la casa del Señor de la Blancura, Ochosi, el cazador, lanzo su calabaza al borde del camino y dijo:
- Para burlas estoy yo, además yo no necesito calabazas, en mi casa se come carne, carne de lo que yo cazo, de lo que yo me procuro. No necesito que un viejo, por muy santo que sea, me haga regalos. Yo lo que quería era justicia, y eso es sencillamente, castigo para el mentiroso.
Los demás orishas imitaron al cazador y botaron sus calabazas.
Detrás venía Obbara, solo, feliz con su humilde regalo, pero muy honrado, pues no todos los días un campesino recibe un regalo del creador del mundo. Al llegar a ese tramo del camino, y mirar a las cunetas, vio las calabazas y en ellas enseguida reconoció el regalo hecho a cada uno de los orishas. Las recogió con cuidado, las metió en unas alforjas blancas, que tenía debajo de la montura de su caballo blanco y se las llevó a su casa.
La mujer, al sentir el olor a flores blancas, volvió a respirar. Su marido había vuelto sano y salvo, cuando ella esperaba un castigo, pues pocos son los que se logran librar de la ira de tan principales señores. Él se desmontó, se quitó toda aquella blancura y retomó su indumentaria de campesino, no sin antes advertir:
- Esas son calabazas, regalo de Olofi. No las toques, no las cortes ni las cocines. Nunca las maltrates.
Y regresó a sus oficios.
Pasó el tiempo, y un día y otro, y las estaciones y las lunas pasaron. Eran malos tiempos, se había olvidado la lluvia de caer y los sembrados morían, y la gente no tenía ya que llevarse a la boca. Así que un día, que Obbara se había ido a trabajar su campo, y no teniendo nada que cocinar, la mujer le quiso meter mano a las calabazas, olvidando la prohibición de su marido, tomó un cuchillo afilado, seleccionó la mejor de ellas, e intentó cortarla, pero, el instrumento no pudo pasar más allá de la cáscara, dejando ver el contenido de la vianda, que estaba repleta de oro. La mujer recordó entonces las palabras de su esposo y comenzó a temblar de miedo hasta que llegó Obbara y le contó todo lo que había hecho; más él no se inmutó, sencillamente le ordenó dejar las cosas como estaban y esperar.
Más no pasó mucho tiempo antes que el mensajero de Olofi le trajera al campesino otra invitación.
Tres días después estaban todos, absolutamente todos, sin que faltara nadie, reunidos en la sala de la casa del Padre. Había un fuerte olor a flores blancas y era tanta la blancura que se llegó a confundir con la del Señor, que llegó se sentó y dijo:
- Mis calabazas, ¿dónde están las calabazas que les regale? Muéstrenmelas, devuélvanmelas ahora mismo.
Los orishas se miraron entre ellos, aterrorizados, sin poder decir palabra. Nadie se atrevía a confesarle al gran Señor el verdadero destino de su regalo: la cuneta de un camino. El silencio se podía cortar como se corta el queso, o la cuajada de la leche. Justo en ese momento, Obbara, pidiéndole permiso al anfitrión salió y regresó con unos jolongos blancos llenos de calabazas, que enseguida reconocieron todos.
Los santos temblaban de ira y de miedo, Obbara de emoción. El viejo Señor no se inmutó. Con voz suave, como si fuera el viento que pasa por debajo de las puertas o el que acaricia las ventanas, se le escuchó decir:
- Obbara, Obbara, amado por mi corazón, desde hoy tuyo es el oro que se oculta y todo cuanto diga tu lengua será tenido como verdad. Así es y así será hasta el fin de los tiempos, tanto en el pueblo de los orishas como en la tierra de los hombres. Sea.

II

Obbatalá y Orula

El padre Obbatalá estaba viejo y cansado, muchos años ya pesaba sobre sus hombros el gobierno del Universo. Quiso entregar el mando a un joven y fuerte guerrero, pero este debía tener la sabiduría de un anciano; así que `peguntó a todos ¿Quién era ese?, y la respuesta siempre fue la misma: Orula.
Pero el viejo levaba demasiado tiempo en esas cosas de la política como confiar, aun cuando la multitud proclamara a Orula, joven, fuerte y sobre todo sabio. Él quiso probarlo, así que lo hizo venir, y le dijo:
- Orula, cocinarás para mí el alimento más exquisito. El mejor de todos.
El muchacho no entendió. Era un guerrero, ¡como iba a hacer cosas propias de mujer!
Pero aquella no era una orden cualquiera sino que venía directamente de la jícara superior, de la bóveda celeste, del dueño del cielo y de la tierra. Venía desde la pureza, la paz y la libertad, y no quedaba más remedio que obedecer.
Orula se fue a la plaza del mercado, que a esa hora era un gran toldo de color y luz, de olores profundos, de cantos y de cuentos… pero por más que buscaba no lograba ver. Cuando ya el toldo empezó a tornarse gris, allá en un recodo, se topó con una sucia tenducha en la que estaba un vendedor que parecía esperarlo desde antes de la creación del mundo y que vendía enormes lenguas de toro.
Compró una, la puso en una cazuela de barro, a fuego lento, lentísimo, la sazonó con las especias más finas, con los aromas más delicados, y cuando estuvo listo el manjar, lo puso delante de su padre, que gustó y degustó aquel plato hasta arrancarle una leve sonrisa de satisfacción. Pero ya se sabe, la política.
Preguntó el anciano:
- Orula, ¿por qué este y no otro es el alimento más exquisito?
L muchacho se inclinó, miró a su padre a los ojos y respetuosamente descendió la mirada hasta posarla en la cazuela.
- Padre, usted bien lo sabe, de su boca conocí el aceite de la Palabra. Con la lengua se llama a los ancestros, con la lengua se canta, se dicen los poemas, se derrama el aché, la bendición del cielo. Lleva demasiados años gobernando, y lo sabe, sabe de cierto que con la lengua se puede levantar un pueblo.
Obbatalá sonrió en lo profundo de su corazón, pero el muchacho dijo bien… ¡muchos años!
- Ahora, Orula, cocina el alimento más detestable. – dijo el viejo, hizo un gesto y se fue.
Él no lo pensó dos veces, regreso a la plaza, a la tenducha gris y compró otra lengua de toro, idéntica a la anterior. La cocinó en la misma cazuela, con el mismo fuego, con los mismos aromas y con idénticas especias. Todo igual.
Puso el manjar delante de su padre, que tras el primer bocado hizo un gesto de extrañeza, apartó la cazuela y dijo:
- ¿Cómo si antes era el más exquisito, ahora este es el alimento más detestable?
Orula fue quien sonrió esta vez. Trató de sostener la mirada, pero había tanta fuerza y verdad en aquellos ojos que prefirió bajar los suyos. Respetuosamente dijo:
- Padre, padre mío, a usted debo el saber reconocer, por su olor, la buena y mala palabra. Sus muchos años me han enseñado que la lengua también sirve para mentir, para poner zancadillas, para lanzar la maldición y el miedo, para invocar a la muerte y la desgracia. Usted lo sabe, con la lengua se puede hundir a un pueblo.
Obbatalá se puso de pie, creyó que su sangre volvía a correr como cuando era un joven y la sabiduría regresaba a él multiplicada, y dijo:
- ¡Orula, Orula, hijo mío. En tus manos dejo el gobierno del Universo!