sábado, 10 de diciembre de 2011

Mayra Navarro: ojos y oídos del mundo



1.
No soy Mayra de los Ángeles Navarro Miranda, sino Mayra Navarro. Aunque el primero es mi nombre de bautismo, me quedo con el segundo, que es el que más me gusta y por el que se me conoce. En el colegio de las monjas me decían MayraNavarro, seguido, sin pausa, como un solo nombre, y todavía mucha gente me saluda así. No es que rechace mi nombre completo o que no quiera a mi mamá -que fue quien me lo puso y que es importantísima en mi vida; tanto, que creo me dejó la mayoría de las cosas que me caracterizan-, o porque no diga su apellido Miranda. Lo que pasa es que me gusta más la sonoridad rotunda del Mayra Navarro. Además, ni siquiera mi madre, cuando yo era chiquita, me llamaba por el nombre completo; algunas veces me decía Mayra de los Demonios o de los Diablos. Es que yo tenía mis rebeldías. Era bastante independiente y ella me llevaba recio; me controlaba bien, a pesar de ser hija única. Sin autoritarismos, pero sabía poner orden. Explicado todo esto, insisto en que me quedo con el Mayra Navarro.
Nací y me crié en un ambiente bastante especial. Mi padre era un hombre callejero, aparecía puntualmente a comer, a bañarse y a dormir, pero hacía su vida afuera, y mi mamá y yo teníamos otra vida adentro, una que nos unía. Recuerdo que por las noches, nos acostábamos juntas en su cama y ella, que no tenía un nivel educacional alto pero sí era una lectora voraz, lo esperaba leyendo. Cuando él llegaba, me pasaba para mi cuarto, ya dormida. Vi a mi madre leer a Víctor Hugo, a Jorge Amado, a Tolstoi, a Gustavo Adolfo Bécquer, a Rubén Darío, a Gabriela Mistral, entre otros, y también leía las revistas del corazón que había entonces, Vanidades, Romances, La familia, cosas propias de las mujeres de la primera mitad siglo XX. Algunas noches no quería que siguiera leyendo, quería que me atendiera, porque yo era su niña, y entonces dejaba un rato el libro, y me hablaba, jugábamos, pero al final decía ¡Ya!... y volvía a leer, y yo me tenía que dormir. A mí eso me molestaba mucho, porque creía ser el ombligo del mundo. Pero ella sabía ubicarme en el justo lugar, y eso creo que me ha venido muy bien en la vida.
Mi madre era muy esforzada, una mujer de trabajo, en la casa; se ganaba la vida cosiendo y se dedicaba a vestirme, a coser mi ropa, a hacerme los crespos. Yo era su delirio; se miraba en mí. Fue una excelente costurera y trabajó por los años 80 en el Teatro Nacional de Guiñol, en el taller que allí había. Cuando llegó al Guiñol sintió que no sólo era una simple costurera que vestía a una persona para ir a una boda, o para ir de paseo, sino que era un puente entre el diseñador que hacía el boceto, y la hechura final que usarían los actores o los muñecos. Se sentaba a discutir con ellos, a interpretar los diseños, para que quedaran como los habían imaginado. Es decir, hacía un trabajo creativo.
El último vestido que me hizo fue una suerte de bata cubana, con alforzas y entredoses, todo confeccionado con sus manos, para presentarme en los espectáculos. Todavía lo conservo intacto. Me lo estrené en México, en 1990. Estando en ese país, pensaba que aquel iba a ser el mejor año de mi vida, pues estuve cuarenta y cinco días viajando, disfrutando mi trabajo artístico; participé en el II Festival Iberoamericano de Narración Oral Escénica en Monterrey, y hasta recibí un premio. Cuando llegué a Cuba descubrí que no era verdad.
Al ver a mi madre, pensé que estaba “floja” por mi ausencia, porque me había extrañado, pues cuando me recibió se echó a llorar. Ya en la noche, mi marido, Freddy Artiles , me contó lo que pasaba. Ella no estaba sólo débil, sino que estaba muy enferma. Murió joven, tenía solamente 63 años. No sufrió demasiado, porque todo sucedió muy rápido, en apenas un par meses. Pensaba seguir trabajando y hacía planes para el futuro, pero no regresó jamás al teatro.
Donde están los recuerdos de mi madre, está la urdimbre, están los hilos de mi vida, los que me llevaron hasta aquel 1962, el año que me cambiaría definitivamente la vida, sólo que no lo descubrí hasta mucho después, porque uno nunca sabe nada de su tiempo hasta que pasa. Estudiaba música y mi maestra Carmen Valdés – otra mujer extraordinaria a la que debo mucho-, dirigía el coro del recién fundado Departamento Juvenil de la Biblioteca Nacional José Martí, y como allí necesitaban a una muchacha que se encargara del pequeño Departamento de Música, me recomendó para trabajar en él.
El concepto que había entonces era que dentro de ese Departamento se reprodujeran para los niños todos los servicios que se ofrecían a los adultos, es decir, para no mezclar niños con mayores, los pequeños deberían tener su mundo aparte, pero con todas las ventajas. Existía el ya mencionado Departamento de Música, con un tocadiscos y actividades específicas; una pequeña pinacoteca en la que se prestaban reproducciones de cuadros; el Departamento de Laminario y las Salas de Lectura, para los más chicos y para los más grandecitos, donde se encontraban los libros de referencia, de estudio, y los de literatura y otras materias, en la sección circulante. Había una salita para contar cuentos, con el objetivo de fomentar la lectura, entendiendo que los relatos eran pequeñas obras de arte, que se narraban, en primer lugar, para divertir y desarrollar la imaginación, y después, para todo lo demás. En esos años descubrí el concepto de divertir de Bertolt Brecht, que no es sólo reír, sino emocionarse, llorar, sorprenderse, quedar sin aliento, estremecidos ante la belleza o el dolor. Y el cuento tiene esas características por la capacidad de apelar al imaginario personal y colectivo, de crear un espacio-tiempo, que es el de la fábula. No es cierto, entonces, que La Hora del Cuento fuera sólo para promover o estimular la lectura y la literatura.
Recuerden que al principio comencé a trabajando en el Departamento de Música. Estuve dos semanas a prueba. Llegué un 15 de marzo. Iba al Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana por las mañanas, y a la una de la tarde entraba a la Biblioteca, hasta las seis. De allí salía para el Conservatorio Amadeo Roldán, a estudiar el piano. Con mucho sacrifico, mi madre me había comprado un piano de estudio Pleyel, y a mí me gustaba tocarlo. Tenía cursados ya Historia de la Música, con Edgardo Martín; dos cursos de Armonía, con Waldina Cortina; Teoría de la Música, con Osvaldo Ferrer; Solfeo, con Nereida Borges; Apreciación Musical, con Carmen Valdés, quien me educó el oído para apreciar y entender la música, para comprender lo que hay detrás de una obra musical, de una partitura. Es decir, que tuve maestros que han sido importantes en la historia de la pedagogía musical cubana.
Durante aquella quincena de prueba, parece que hice bien las cosas, porque un día me llamaron al Departamento de Personal para hacerme el contrato definitivo, pero descubrieron que era menor de edad -tenía sólo catorce años- y no pudieron hacerlo. Entonces la jefa -una bibliotecaria estrella que se llamaba Audry Mancebo- dijo que ella me quería a mí, que no sabía cómo iban a arreglar el asunto, pero que yo era la persona indicada, que muchas otras habían pasado antes por allí, pero quería que me quedara yo. Y encontraron la manera; me hicieron un contrato que, en lugar del número de años, decía “la estudiante mayor de edad…” Una vez que se renovaba tres veces, ya pasabas a la plantilla fija de los trabajadores de la Biblioteca. Yo estuve por muchos años en ella, desde 1962 hasta 1978.
Desde el Departamento de Música es que descubro La Hora del Cuento. La hacía Aurora Díaz, todos los viernes, a las cinco de la tarde. A mí, que era prácticamente una niña, me fascinó escuchar cuentos. Me habían narrado cuentos mi madre, mi abuela paterna, alguna maestra, y me gustaba mucho leer, pero nunca había escuchado cuentos contados en un sitio especial para eso. Aquello me encantó. Cada vez que podía, me escapaba a los cuentos, y un buen día nos reunieron a todas las muchachas que trabajábamos allí para decirnos que Aurora no iba a estar más, y que para que los niños no se quedaran sin narraciones, nosotras deberíamos rotarnos y suplir su lugar, hasta que se consiguiera otra narradora. Se hizo un silencio espeso, que se hubiera podido cortar con un cuchillo, y como nadie respondía, dije: pues lo hago yo. Poco después, me encontré narrando delante de un grupo de niños, un cuento titulado El león famélico. Lo que hice me parece que fue espantoso. Era la historia de un león que se comía a los conejos del lugar, hasta que ellos, cansados de ser engullidos por el felino, lo invitaron a disfrutar de unos “guisos” muy buenos que ellos hacían y que a él le gustaron muchísimo. Cuando ya estaba bien lleno, los conejos le decían que había llegado el momento de que se los comiera, pero le león les contestaba que no, que regresaría al día siguiente, porque la tripa le iba a reventar. Así ocurrió hasta que lograron “educarlo”… pero no me acuerdo del final. Claro que lo hice miméticamente, como le había visto hacer a Aurora. Quizás porque no había nadie más, o porque vieron algo en mí, a partir de ese cuento mal narrado, empezaron a trabajar conmigo.
Había entonces en la Biblioteca Nacional una verdadera comunidad entre los trabajadores y Juvenil no era menos; teníamos tiempo para hacer trabajo interno y cultivar las amistades, porque no se abrían las puertas al público hasta las tres de la tarde y entrábamos a la una. Mi obligación era atender el Departamento de Música; pero una vez que ordenaba mis discos, hacía la selección de la música para encausar ese día, cambiaba mis exposiciones y completaba las estadísticas, no tenía qué hacer hasta la entrada del público, y me aburría mucho. Entonces, para matar el aburrimiento, leía y procuraba aprender otras cosas con ayuda de mis compañeras. Pronto supe preparar físicamente el libro, es decir, aprendí a poner los bolsillos, las hojas de devolución, a pegar los marbetes y a intercalar las tarjetas en el catálogo por orden alfabético; a veces me daban tongas de libros, pero en menos de lo pestañea un mosquito, yo las bajaba y ya estaba pidiéndoles más. También aprendí a ordenar los estantes siguiendo el sistema Dewey y a reproducir ejemplares ya clasificados y catalogados, a partir de la ficha topográfica. Hacía muchas cosas y preguntaba y aprendía, por lo que mi compañera Rosario Antuña me bautizó como “ojos y oídos del mundo”, que era el título de un noticiero de cine que había por entonces.
Ojos y oídos del mundo estaba donde quiera que hubiera algo que ver o que aprender y como mismo entré en el mundo de la biblioteca, me metí en el mundo de los cuentos.
Creo que he sabido aprovechar los buenos momentos, descubrir las cosas o los instantes que serían importantes en mi vida. En ese momento se estaba creando, a instancias de la Dra. María Teresa Freyre de Andrade, directora de la biblioteca, el Departamento Filológico de Narraciones Infantiles, al frente del cual ella nombró al poeta Eliseo Diego. Con él trabajaba la Dra. María del Carmen Garcini, que era su mano derecha.
La Dra. Freyre había creado, en la Sociedad Lyceum y Lawn Tennis Club de Cuba, en Calzada y 8, en El Vedado, la primera Biblioteca Juvenil de Cuba, que fuera también la primera en ofrecer La Hora del Cuento, donde en abril de 1947, ella impartió el primer taller de narración oral que se hizo en Cuba y, en 1952, escribió el primer texto cubano sobre el arte de contar cuentos. Al ser nombrada directora de la Biblioteca Nacional y de la Red de Bibliotecas Públicas después del triunfo de la Revolución, buscó a las personas adecuadas para fundar ese departamento, introducir La Hora del Cuento y extenderla a todas las bibliotecas del país. Ella fue el eje fundamental de aquella idea, fue una visionaria. Amaba su profesión de bibliotecaria y se dedicada a ella con pasión; si viajaba a Estados Unidos, traía lo más novedoso de la bibliotecología moderna y lo aplicaba enseguida en Cuba, pero también era una mujer muy comprometida políticamente con su tiempo, con su patria. Antes había luchado contra la dictadura de Gerardo Machado, donde perdió a sus hermanos. Tenía una cultura extraordinaria, pero se dedicó a poner sus conocimientos al servicio de los demás, y andaba a la búsqueda de lo mejor, de nuevas técnicas, de los conocimientos más avanzados. De su biblioteca personal se tradujeron los textos sobre el arte de narrar de Ruth Sawyer, Sara Cone Bryant, Padriac Colum, Catherine Dunlap Cather y su libro El cuento en la educación, que aún tiene extraordinaria vigencia, y algunos otros, de los que se editaron capítulos, a partir de 1963, en los folletos de Teoría y Técnica del Arte de Narrar, de la Colección Textos para Narradores, los que hoy pueden ser estudiados gracias a la labor de entonces.
Recuerdo a Maria Teresa como si la estuviera viendo ahora, recorriendo las salas y las oficinas del edificio, en su condición de Directora; inspirando respeto a todos, elegante y sencillamente vestida, a tono con sus años y con la dignidad de su condición rectora. Pero me parece verla también durante la Crisis de Octubre, con su uniforme de miliciana –camisa de mezclilla azul y falda negra-, dando el ejemplo para todos. Su hablar fue siempre pausado, en tonos suaves, con palabras directas, precisas, pero amables para dirigirse a cualquiera de sus subordinados, así fuera el más humilde de los empleados de servicio. Uno de sus rasgos característicos era el parpadeo constante de sus ojos, que pienso se agudizaba cuando quería llegar más allá de lo que a su vista se ofrecía. Sin lugar a dudas, la Dra. Freyre sigue siendo para mí un modelo absoluto de distinción y buen gusto, de esmerada educación.
Otro gran mérito suyo es el haber llamado y puesto al frente del Departamento de Narraciones Infantiles a Eliseo Diego, que además de tener la sensibilidad del poeta, era un pedagogo extraordinario, un excelente traductor y un hombre de un mundo interior muy intenso, que asumió con mucha modestia, pero con dedicación extrema, la labor que le encargaran. Él era un poeta de la cotidianidad que encontraba la poesía en todas partes. Hoy me conmueve mucho leerlo, me enorgullece haberlo tenido tan cerca, que sea alguien tan importante en mi vida, y me estremece su marcada obsesión por el tiempo, presenten en toda su obra, como algo que gravita en la vida de los seres humanos.
He hablado de Eliseo y de la Dra. Freyre en unidad. Los dos son complementarios en este campo. A la Dra. Freyre todavía se le debe un estudio sobre sus aportes a la cultura nacional. El poeta ha tenido más suerte. A este binomio se unió alguien más, para conformar un trío insuperable: María del Carmen Garcini. Ellos tres y la doctora Audry Mancebo, quien en principio impartiera algunos aspectos de literatura infantil, fueron los coordinadores y guías de aquellos seminarios iniciales en la Biblioteca Nacional.
Quienes tuvimos la suerte de conocer a María del Carmen y de trabajar con ella, la recordamos como una mujer menuda, de apariencia frágil, inteligencia sagaz, carácter firme y trabajadora incansable.
Tal cual la he descrito aquí, la recordé en otro espacio, pues habiendo sido su vida tan breve (1935-1967) fue protagonista clave en el desarrollo de una labor que ahora podemos calificar de monumental, por haber sentado entre nosotros las bases teóricas y técnicas del arte de contar cuentos de viva voz. Su contribución ha quedado plasmada en la Colección Textos para Narradores. Gracias a su quehacer investigativo, realizó innumerables búsquedas, traducciones, lecturas y estudios sobre el tema, que la dotaron de sólidos conocimientos para revisar y escribir artículos teóricos y para ejercer como docente en los seminarios impartidos entre 1963 y 1966, ya que nunca fue narradora oral ni había conocido las interioridades de tal arte antes de integrarse a la labor de este equipo. Tengo el orgullo y el privilegio de haber sido también su alumna, digamos que una alumna especial y muy cercana, puesto que trabajando en ese departamento, serví como modelo de narradora en aquellos seminarios y era María del Carmen quien, en el día a día, revisaba mi trabajo y me señalaba los errores y los aciertos, guiando mi incipiente formación, con la paciencia y la entrega de quien va sacando, a fuerza de cincel y martillo, las figuras que se esconden en la piedra. Todavía me parece estar dialogando con ella, comentando los apuntes que hacía en aquellas fichas, en las que iba llevando el control de los cuentos contados, para poder comparar entre una actividad y la siguiente, en qué medida avanzaban la eficacia de las versiones; una especie de “control de calidad” de nuestro trabajo.
Cuando empecé a hacer La Hora del Cuento, ya no puse más marbetes ni organicé libros, sino que dediqué mi tiempo “libre” antes de dar entrada al público, a aprender cuentos y a conversar con mis maestros. Ellos, además, me marcaban lecturas, y comencé a proyectar con ellos la actividad que se hacia, como dije, los viernes a las cinco de la tarde y en tres grupos, por edades: para niños pequeños, medianos y para preadolescentes.
Esa fue una etapa muy linda en mi vida, en la que sentía a todas horas el deseo y la necesidad de contar cuentos. Una vez fui a un velorio en un pueblo cercano a la capital, en la casa de unos masones, amigos de mi papá; me encontré con que allí había varios niños, me los llevé para el patio y me puse a contarles cuentos. Aquello fue de lo más bueno porque pude distraer a los inquietos muchachos, además de que yo estaba realizada con la contadera. Como estaba estrenando el mundo, no sabía nada todavía sobre los cuentos de velorio, ni de los cuenteros populares, ni de la tradición campesina de contar todo tipo de historias en los funerales. Esas cosas las supe mucho después. Para mi todo era nuevo.
Finalmente, llegó el día en que dejé el Departamento de Música y me fui al de Narraciones. Llegué a mi casa y le dije a mi mamá: ¡Vende el piano, que no voy a estudiar más Música! Imagínense… Ella, puso el grito en el cielo, pues había hecho muchos sacrificios para que yo estudiara, para comprarme el instrumento, y antes también, para que diera clases de ballet, de baile español, e hiciera el bachillerato, y “ahora lo iba a dejar todo por contar cuentos”. Le dije que no se preocupara, que iba a seguir estudiando el bachillerato y que iría a la universidad, pero que creía que con el piano sería sólo una mala maestra, y que el cuento era la pasión y la razón de mi vida, que iba dedicarme por entero a eso. Entonces vendió el piano y me quedé contando cuentos. Y miren de nuevo la influencia de mi madre, que me facilitó una formación desde las vivencias y el conocimiento de las artes, con lo que se fue moldeando mi sensibilidad. En ella fue pura intuición, pero esa es la base de la Educación por el Arte.
En mi época de la Biblioteca, tuve la posibilidad de nutrirme del ejemplo de muchas personas y de alcanzar conocimientos complementarios. Allí trabajaban también, y eran visitas asiduas del Departamento de Narraciones Infantiles, Cintio Vitier, Fina García Marrúz, Roberto Friol, Reneé Menéndez Capote – la Cubanita que nació con el siglo- , Walterio Carbonell y Graciela Pogollotti, entre otros. Como en una especie de sobremesa, después de almuerzo, ellos venían a conversar con Eliseo en su pequeña oficina, y yo los veía, los escuchaba. No formaba parte de las conversaciones, por supuesto, pero me daba cuenta de lo que allí sucedía. Aprendí de su valoración de la amistad, de cómo se relacionaban y el respetuoso afecto con que se trataban, del buen humor que los caracterizaba, cómo reían y cómo hablaban en sentido metafórico.
Eliseo, que fue una suerte de padre para mí –bueno, hasta fue testigo de mi boda por la Iglesia cuando me casé con el padre de mis hijos- dedicaba horas a conversar conmigo. Por él conocí el Libro de Horas del Duque de Berry; por él descubrí la poesía de César Vallejo y pude disfrutarla en su voz; aprendí sobre la vida de los Hermanos Grimm; a leer entre líneas El Gato con Botas, que era su cuento favorito; sobre el “desliz” de Madame Le Prince de Beaumont, quien siendo detractora de los cuentos de hadas, alcanzó un lugar en la historia de la literatura del siglo XVIII porque escribió La Bella y la Bestia.
A veces el poeta convocaba a las personas con las que trabajaba y hacía unas reuniones, en las que se hablaba de poesía, de literatura, o sobre el arte de contar cuentos. Ahora comprendo, que siendo un poeta importante, era una delicadeza suprema sentarse a hablar con una chiquilla de quince años o con los trabajadores del departamento. Cuando me embaracé por primera vez, me decía con mucha ternura Mimí, la elefantica. Teníamos una relación muy linda.
Con La Hora del Cuento y los seminarios para formar narradores recorrí el país; estuve en lugares tan recónditos, como la biblioteca de Buey Arriba, en la Sierra Maestra, que estaba tan intricada, que teníamos hasta que atravesar algunos pasos de río para llegar a ella; estuve en el Oro de Guisa, donde estaban enterrados los miembros de la Familia Argote, asesinados por la dictadura de Fulgencio Batista; y estuve también en todas las bibliotecas provinciales, en muchas bibliotecas escolares, gracias a un convenio con el Ministerio de Educación, y hasta trabajamos con Lalo González Freyre en un proyecto investigativo con los archivos. Era un momento de verdadera efervescencia cultural.
Recuerdo a Eliseo Diego dando los talleres, y todavía conservo notas de su papelería, que atesoro con orgullo. Él preparaba las clases en unas hojas pequeñas, cuadradas, escritas con estilográfica en su letra menuda, y con tintas de diferentes colores; a veces, al lado de un tema, aparece mi nombre, indicando el momento en que yo tenía que contar, pues era la modelo que ilustraba lo que iba explicando.
Mucha gente no entendía el trabajo que hacíamos, no valoraban su importancia. Yo tenía un vecino que me decía Tía Tata Cuentacuentos, como el popular personaje de la televisión, pero en son de burla. Cuando me preguntaban dónde trabajaba y decía que en la Biblioteca Nacional, pensaban que era bibliotecaria, pero cuando aclaraba que era narradora de cuentos, me miraban con cara de extrañeza y hasta me preguntaban si eso era un trabajo; no sabían que un narrador oral para afrontar a su público, debe estudiar muy duro para prepararse, y que el acto de contar supone también de un esfuerzo creador, para relacionarse con sus interlocutores, un hecho muy especial que debe ser escuchado con “la otra oreja que está detrás de la oreja” y que su impronta puede ser indeleble, un momento de emoción para toda la vida.
Todo esto que les cuento estaba ocurriendo al triunfo de la Revolución en la Biblioteca Nacional, y cuando miro el camino recorrido, y veo el reconocimiento social que tiene ahora este oficio, se me hace evidente que fue la Dra. Freyre, con sus colaboradores y La Hora del Cuento, quien detonó este proceso, alimentando el espíritu de este pueblo, su esencia, trabajando ya por el progreso de la cultura cubana.
Pero un día el Departamento de Narraciones desapareció. Ya la Dra. Freyre no era la Directora de la biblioteca; Eliseo Diego se había ido a trabajar a la UNEAC, después de la muerte de María del Carmen; yo regresé al Departamento Juvenil y seguí contando cuentos hasta que en 1978 me fui para el Ministerio de Cultura, donde estuve todos estos años hasta mi jubilación. Primero trabajé en la entonces Dirección de Teatro, como especialista de teatro para niños y me sirvió de mucho mi experiencia con los cuentos y sobre el mundo de la infancia. Sin embargo, en esa etapa, nunca dejé de contar cuentos, ni de enseñar a contarlos en la escuela de actores del Parque Lenin. Después, como especialista del Grupo de Desarrollo Sociocultural, (1989-2009) que dirigía la Dra. Lecsy Tejeda, tuve a mi cargo el Programa Narración Oral, Lenguajes y Comunicación, para la sensibilización y la formación de públicos para todas las artes y, especialmente, para la promoción de la lectura. Desde 1995, tras la fundación de mi Proyecto NarrArte, combiné y simultaneé mi labor en el Grupo con todo el quehacer que desde el Proyecto se genera, con actividades sistemáticas, la organización de festivales, y hasta pude desarrollar una indagación sobre la etapa actual de La Hora del Cuento, con el cuento narrado de viva voz como centro de un hecho artístico, que sirve también para el desarrollo de la comunicación y la formación de valores éticos y estéticos, en el que se incluyen, además, otras saberes y formas expresivas de la comunicación oral tradicional, como la conversación, el relato de anécdotas, adivinanzas, trabalenguas, refranes, juegos de palabras y juegos participativos. Es que el cuento ha sido y es el centro de mi vida.
2.
Pero quiero profundizar un poco más en mi labor como especialista de teatro para niños. Yo había dado un salto grande en mi vida espiritual e intelectual, ya graduada desde hacía algunos años en la universidad y con buena experiencia en el mundo de la infancia, llego a la Dirección de Teatro, a trabajar atendiendo la parte pedagógica del teatro para niños (tpn), llevada por Haydee Salas, que antes había creado el Sistema de los Jardines de la Infancia. Nos conocíamos porque desde la Biblioteca Nacional, ya había trabajado en la Escuela de los Jardines, instruyendo a las jardineras en el proceso de contar cuentos a los niños. En mi trabajo directo con el repertorio de los grupos de tpn encontré muchos puntos de contacto con aspectos relacionados con la narración oral.
Allí conocí a Freddy Artiles, que fue mi compañero durante treinta y un años, hasta su muerte, y con el que complementé mi vida profesional de manera muy enriquecedora y especial. Aprendí, entre otras muchísimas cosas, sobre la teoría y la técnica de la dramaturgia, y fui entendiendo procesos, haciendo conexiones, creando vínculos con lo que yo hacía al narrar, concientizando los procesos de montaje del cuento; porque la dramaturgia es útil y necesaria en todo. Hasta la vida tiene la suya. Si no tienes una dramaturgia vital, interna, eres una persona desarticulada. Mas no quiero que se confundan los términos, pues cuando hablo de dramaturgia, de lo que estoy hablando es de estructura, de orden, de un instrumento para organizar, para dar coherencia y claridad a un proceso artístico, a un discurso, que es también comunicación, y que, en el caso del que cuenta, del relato oral, se establece cuando se redimensiona la historia y se la coloca a disposición de los otros. La dramaturgia, entonces, no pertenece únicamente al teatro. De la misma manera que estoy convencida de que la narración oral no es teatro, aunque tengan sus puntos de contacto por muchas y diversas vías.
Una vez que fui a la Macagüa, la sede del Teatro Escambray, a dar un taller de narración oral a los actores, y estaban allí los compañeros de un grupo de teatro de Santiago de Cuba, y uno de los ellos me decía: “¿Qué usted no es actriz? ¿Usted me va a decir a mí que no es actriz?” Él insistía en que yo lo era, y yo en que no.
Nunca estudié actuación, ni pienso que cuando estoy en un escenario hago teatro o soy un personaje. La preparación y la construcción de un personaje tiene unas complejidades otras, que no son las que demandan los personajes del cuento, que sólo se sugieren y no se representan. Hay puntos en los que el teatro y la narración oral se tocan, como podrían ser el desarrollo de una estructura dramática en tanto acción; la utilización de recursos expresivos comunes también al teatro, como el trabajo con los lenguajes no verbales o la improvisación, aunque en el primero, ésta sea parte del proceso y en la segunda, sea el proceso mismo. Una diferencia muy marcada es la relación abierta con el público y el tránsito constante del narrador que cuenta la historia, a los personajes que la presentan y la mueven, así como la libertad de recrear el relato in situ en complicidad con el público interlocutor, en virtud de ser un acto de la oralidad. Aunque esto no separa definitivamente los límites entre uno y otra, pues como apunta Rodolfo Castro “…ni siquiera esa diferencia es absoluta, ya que el teatro busca permanentemente nuevos carriles expresivos…” y se permite “…sospechar que la actuación brotó de esas jutas y rituales narrativos. El universo fue creado por confabulaciones nocturnos, reunidos al calor de sus palabras.”
En la narración oral, primero las cosas ocurren dentro de uno, teniendo en cuenta que soy y estoy, y que todo mi cuerpo, todo mi ser, está aquí y ahora, y que desde mi proceso de apropiación, desde mi punto de vista, la historia se arma, pero luego regresa, completada, reconstruida también por los que escuchan y participan. Es el resultado de idas y vueltas. Este proceso es entonces improvisación pura, creación y enunciación reunidas en un mismo instante. Hay narradores orales que dicen que improvisan, pero en verdad no lo hacen, sino que cierran el proceso, olvidando que hay modos de improvisión que no vienen o no están centradas por lo verbal, sino también por lo espacial, lo gestual o lo vocal. Improvisar no es pararse a inventar la historia, sino saber muy bien los qué, los dónde, los cómo, los para qué y los para quién, de modo que cuando las circunstancias cambian tengamos con qué salirle al paso y hacer que todo se reacomode en la historia.
Cuando cuento soy la narradora, soy yo la que está en la escena, sujeta a sus leyes, pero también a los códigos de la oralidad, a su esencia. Para el que cuenta cuentos la escena no es el lugar de representación de los conflictos, sino el de presentación de la fábula, el espacio donde ella habita, donde la historia se construye con el público. No interpreto personajes, yo cuento desde mi imaginario, una historia que ya he hecho mía, de la que me he apropiado mediante diversos procesos de penetración y búsquedas. No creo que tenga la verdad absoluta, pero insisto en no verme actriz, porque me siento narradora de cuentos.
Puedo hacer historias escabrosas, difíciles, pero porque primero han pasado por mí, por lo que me han dicho a mí, para luego poder ponerlas delante del público, pero abriendo el proceso hasta tal punto, que ello puedan hacer lo mismo que yo frente al texto original, de modo que puedan tener su visión, y no una impuesta, porque les doy la posibilidad de hacerlo convocando y provocando sus imágenes propias. Freddy decía que iba al teatro a ver lo que sucedía, y no a que se lo contaran. En mi caso, yo voy a contar.
He pasado pocos talleres relacionados con el teatro, como uno que hice con la actriz brasilera Denisse Stoklos en Casa de las Américas, sobre el espacio escénico, pero ese me marcó mucho porque me ofreció recursos muy concretos sobre cómo concienciar la presencia y los movimientos del cuerpo en el espacio escénico. Pero lo que más ha influido en mí es conocer, pensar y estudiar a otros narradores, como en el caso del griot, Hassane Kouyaté, de Burkina Faso, miembro de una casta de narradores documentada desde 1235. Encontrarme con él, verlo contar, fue una de las grandes impresiones de mi vida. Kouyaté es, además, actor de la Compañía de Peter Brook, mas sabe diferenciar muy bien qué cosa es actuar y qué contar. Por primera vez tuve ante mí a un griot en carne y hueso, una figura de la cual había leído y escuchado, pero a quien nunca había podido conocer, y que me descubrió las esencias verdaderas de la palabra primigenia, palpitante en su presencia toda, en su voz y en su verbo. Para resumir mis impresiones de ese encuentro, bastaría con decir que fue un deslumbramiento.
3.
1989 fue el año de mi encontronazo con el público adulto. Hasta entonces sólo contaba con niños, o hacía las historias de ellos para las personas mayores que asistían a mis talleres de narración oral. Nunca había querido pensar en tomar un texto y estudiármelo para contarles a los adultos.
Eso ocurrió de una manera muy especial. Un día, a finales de enero, llegó a mi casa en Centro Habana, Francisco Garzón Céspedes, y me contó sobre lo que estaba haciendo en Venezuela, y sobre un Festival Iberoamericano de Narración oral que se celebraría allí. Me dijo que antes del de Caracas, se haría un Festival Nacional en Camagüey, en el mes de marzo . Me hablaba de todas esas cosas con un entusiasmo tan grande que me cautivó. Entonces, casi sin pensar, le propuse que me dirigiera, que me asesorara, un espectáculo para el público adulto. Él me dijo que estaba bien, así, como sin darle importancia, pero lo aceptó. Para mis adentros pensaba que se le iba a olvidar y que no haríamos nada, pero cuando nos estábamos despidiendo, ya casi en la puerta de la calle, dijo que me esperaba en su casa dos días después, que hiciera una selección de los cuentos que me gustaría contar y que les diera un orden. Y allá me fui con mis cuentos; él me orientó y aprendí cómo conviene hacer la estructura y cómo deben ser los puentes y las conversaciones de transición.
Después, cada vez que iba a ensayar, llegaba con la certeza de que le diría que hasta ahí habíamos llegado; pero él no me daba tiempo y comenzábamos enseguida a trabajar. Hasta que un día me dijo: “¡Ves, ya lo estás disfrutando!” Me acuerdo que estábamos en el Salón Ensayo de la Casa de Comedias, en La Habana Vieja, que estaba de visita Alexis Forero, Alekos, el narrador y artista plástico colombiano.
Así surgió mi primer espectáculo para adultos, Cuentos para colmar el silencio, que partía de la idea de que en las noches primitivas, cuando el silencio lo invadía todo, los hombres se reunían, alrededor del fuego, para llenarlo con sus expectativas, sus sueños, sus esperanzas. Y el 25 de marzo, sábado, en la Sala Teatro del Museo Provincial de Camagüey, ya estaba presentándolo.
Lo miro ahora, en la distancia, y me parece que fue espantoso. Tenía un nivel decoroso, eso sí, pero nada que ver con la visión que tengo ahora. Claro, han pasado muchos años, no es el mismo río el que corre bajo el puente, y he alcanzado otra perspectiva sobre este oficio; he crecido mucho y estudiado otras cosas. Mas otros colegas, que estaban allí, dicen que recuerdan el cuento Suicidio, de Freddy, o La Mujer Chiquirritica, de Rodha Bacmeister, y que todavía no se les ha pasado el asombro. Seguro dicen esas cosas porque me quieren… pero yo sigo pensando lo mismo.
De aquel encuentro recuerdo a Manolo Martínez, a quien no conocía, y me encantó con la historia de unas mujeres feas, Las Linares, creo que se llama.

4.
Mi encuentro con Francisco Garzón Céspedes y empezar a contar con adultos, cambió mi reconocimiento social. Llevaba muchísimos años contando para niños y me conocían muy poco. Entonces descubrí, con dolor, que los niños seguían viviendo de “las sobras del banquete de los adultos”.
Entre 1962 y hasta 1989 me conocían sólo los niños. A veces me encontraba con alguno en la calle y corrían a darme un beso; todavía hoy hay quienes se me acercan para decirme que eran de los niños que iban a la Biblioteca Nacional, a La Hora del Cuento. Yo contaba en otros espacios, daba talleres, trabajaba con actores en la Escuela del Parque Lenin, enseñaba Literatura Infantil y a contar cuentos. En 1984, tuve mi primera experiencia internacional, invitada por el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) para dictar talleres y contar en hospitales y bibliotecas. En 1989, estuve en Caracas, durante el I Festival Iberoamericano de Narración Oral Escénica que dirigió Garzón, como parte de un trabajo con el CELCIT.
Recuerdo cuando estaba en ese festival, ya a punto de salir a escena para presentar mi espectáculo unipersonal, y me decía: “Yo no hago nada aquí; ¿a qué vine? Me parecía que se me había olvidado todo y estaba segura de que iba a hacer el ridículo. Sin embargo salí y fue un éxito. No “de alquilar balcones”, pero lo fue.

5.
Un narrador oral tiene que vivirlo todo gloriosa e intensamente. Yo en este momento no soy la misma, no soy lo que fui hasta hace un año atrás. La pérdida de mi marido, la enfermedad de mi hijo, me cambiaron la vida. Mas sigo trabajando, y siempre tengo a la candela una olla sonando, una ropa por lavar o alguna otra labor doméstica que hacer, que más que interrumpir, enriquece mi proceso de creación, complementa y ajusta el cuento, la historia por venir.
Hay días que me descubro contando en la cocina. Y es que yo “me cuento” en cualquier sitio, tanto es así que un día, me encontré con una conocida que me dijo: “Mayra, te vi en tu carro. Coincidimos en un semáforo, pero no te hablé porque ibas hablando sola…” Claro que le expliqué que estaba contándome un cuento, y que me lo crea o no me lo crea. También me pasa cuando voy caminando por la calle, pero como en ella tropiezo con desconocidos, no les puedo explicar nada. Vaya usted a saber qué piensan de mí…
Es que el cuento, cuando lo vives intensamente, es parte de tu cotidianidad.
6.
Yo he sido maestra de muchos narradores, y puedo decir que algunos de mis alumnos ya dictan también talleres, así que soy “maestra de maestros”, aunque ellos me siguen viendo como la “profe” y hasta me mandan, de vez en cuando, sus alumnos al taller que doy cada año en el Gran Teatro de La Habana. Es que entre todos siempre tenemos cosas nuevas que aprender, por eso fundamos el Foro de Narración oral del Gran Teatro de La Habana, que es el resultado de la asociación entre varios grupos profesionales, que han pasado por mis talleres, y que nos reunimos, en nuestra sede, nuestra casa, desde 1990, para poder proyectar diferentes acciones.
Desde el Foro se realiza el taller anual de formación que hago en el mes de marzo; mantenemos el taller permanente de perfeccionamiento y estudio de repertorio; se ofrecen espectáculos para públicos infantil y adulto en la Sala Lecuona, y acabamos de fundar hace apenas unos meses un Aula de Teoría y Pensamiento, dos blogs en Internet y, muy pronto, estrenaremos una editorial electrónica. Es además el punto de encuentro para convocar a los festivales Primavera de Cuentos -que yo dirijo- y Fiesta con duendes, dirigido por Octavio Pino.

7.
Al conjuro del Había una vez… los cuentacuentos abrimos las puertas de la imaginación, de los sentimientos, de los sueños, de las ilusiones… Esta es la fórmula milenaria mediante la cual es posible recuperar la infancia perdida y, decididamente, no renunciar jamás a ella, mucho más porque estamos seguros de que si hubo “una vez”, siempre podrá haber muchas otras, que nos harán mejores y más humanos.

sábado, 13 de agosto de 2011

Otras versiones cubanas de poemas de Thomas Merton

En marzo de 2010, para el centenario del nacimiento del poeta y místico trapense Thomas Merton -Fray María Luis-, en varios sitios digitales publiqué lo que hasta ese momento había llamado sus “versiones cubanas”, cuando realmente debí llamarlas “algunas versiones de los poetas de Orígenes”, a las que adicioné las mías y las de colegas camagüeyanos (Carlos Manresa y Rafael Alamanza). Para entonces no aparecieron las traducciones de FinaGarcía Marrúz y una de las de Eliseo Diego.
Cintio Vitier, después de publicar algunas de las cartas que Merton le escribiera en los años 60, y que responden a circunstancias muy especiales, tanto de la política como del poeta cubano, entregó, para publicar, a Carlos Manresa un conjunto de poemas versionados por el propio Vitier, su esposa, su cuñado y los amigos Smith y Friol, todos grandes poetas, quizás de los “mejores hacedores de la lengua”. Carlos los reunió y dio a conocer en unas hojas mecanuscritas a las que llamo con más entusiasmo que vanidad, Colección Silencio Nuestro. Para marzo de 2010 en la revista La Jiribilla, en uno de sus dossiers, bellamente ilustrado por José Luis Fariñas, publicamos por “segunda” vez en Cuba esas versiones. Como sabía que el texto traducido por Fina García existía, lo pedí a la familia, pero no lo encontraron. Pasó el tiempo y “el águila por el mar” y, revolviendo papeles viejos, aparecieron los papeles de Manresa. Ahora doy a conocer los textos no encontrados entonces, que son un poema versionado por Jacinto Finalé, alter ego de Vitier en sus novelas De peña Pobre y Los papeles de Jacinto Finalé, y las traducciones de Diego y García Marruz. Así podrán disfrutar de la totalidad de las “versiones origenistas de Merton”, en primicia.

Siete imágenes arcaicas

I

Primordiales locuciones y venturas:
Una procesión al bosque
(A la Madre Caos)
Con hombres que rugen y cuchillo de piedra.

Una procesión a las cavernas
(A los comienzos)
Seno de una colina secreta
Paraíso
Cubierto por dentro con animales.

II

La puerta mágica
Abierta toda.
Danza y fuego.
Sangre.

Humo amarillo que sube.

El juramento solemne.
Después, vientos.

El humo se inclina
Y desaparece.
(Talones de águilas
Trueno negro y azul:
Desesperación.)

III

El caldero.
Norte, sur, este, oeste,
Y en el centro
El caldero
Hirviendo con enemigos.

IV

Comemos.
Concilio nocturno,
Están de pie reunidos
Ocultando el fuego.

Rugidos nocturnos de viento
Sus pesadas alas
Centelleos del fuego
Sobre las chaquetas de pluma.

La doble hacha
Resplandece.

Oh cabezas informes (Los Ancestros)
¡Oh coronas cabeceantes de pájaros!
Una respuesta mágica.

V

Mañana de invierno: banderas y nieve.
Permanecen sobre el monumento
Presencias vivientes
De la muerte alada.


La historia comienza otra vez
Con sacrificio.

Tambores,
Banderas y nieves.

VI

Imágenes emplumadas
De reyes y héroes.
Monstruos cazando.

Guerra devoradora de hombres
Estremece la tierra con tambores:
La reclusión sagrada.
La casa de los augurios y las armas.

Traen monedas, joyas, mujeres y víctimas,
Traen rameras sagradas
A la ciudad hierática.

Oh gran bestia deshonrada
Cucaracha y millonaria
Prima de ojos de culebra de la pestilencia
¿Por qué danzamos para ti,
Por qué danzamos hasta agotarnos?

VII

Música
La tristeza de las leyes:
Los juguetes de los dioses
Danzan.

Versión de Fina García Marruz
Oh dulce, irracional adoración
Viento y una codorniz
Y el sol del atardecer.

No interrogando más al sol
Me he convertido en luz.
Pájaro y viento.

Mis hojas cantan.

Soy tierra, tierra.

Todas estas cosas iluminadas
Crecen de mi corazón.

Un alto, enjuto pino
Se yergue como la inicial de mi primer
Nombre cuando tenía uno.

Cuando tenía un espíritu,
Cuando estaba ardiendo,
Cuando este valle estaba
Hecho de fresco aire
Tú dijiste mi nombre
Nombrando Tu silencio
¡Oh dulce, irracional adoración!

Yo soy tierra, tierra.

El amor de mi corazón
Estalla en heno y flores.
Soy un lago de aire azul

Enm el que mi señalado sitio
Campo y valle,
Permanece reflejado.

Yo soy tierra, tierra.

De mi corazón de yerba
Se levanta la codorniz.

De mi maleza sin nombre
Su tonta adoración.

Versión de Jacinto Finalé, personaje creado por Cintio Vitier en sus novelas De Peña Pobre (1980) y Los papeles de Jacinto Finalé(1984)


Elegía por James Thurber

Thurber, ya han venido, los secretos portadores,
justo a tiempo, aunque parezca que los tontos han ganado.
Negocios y generales te sobreviven
siquiera por un breve día.

Ahora está el humor totalmente abolido.
Los grandes perros del novecientos sesenta y uno
no son para reírse de ellos.

Déjanos, buen amigo. Deja nuestro horrendo festejo
con piedad y alivio.
No estás llamado a solemnizar con nosotros
nuestra final demencia.

No se te ha invitado a oir
las últimas palabras de todo el mundo.

Versión de Eliseo Diego



viernes, 27 de mayo de 2011

¡Yo era más salía que un balcón!


María Romero cuenta y cocina para Jesús Lozada


María Eugenia Heras Barreto (Maracay, Venezuela, 1943), más conocida como Doña María Romero, me va “insultá parejo”, si yo digo que es una cuentera, aunque lo sea, y de pura ley. A ella le gustaría que yo dijese que es una luchadora social, y lo digo.
Durante dos años fue mi madre y ángel protector en la Villa de Todos los Santos de Calabozo, Estado Guárico. Estuve de noviembre de 2003 a diciembre de 2005 trabajando como médico en la Misión Barrio Adentro en Alí Primera, comunidad que ella ayudara a fundar, primero ocupando tierras realengas y luego organizándola y dirigiéndola con decencia y lengua dura.
Allí cumplí los cuarenta años, y me entró la arrechera de la andropausia. Para calmarla escribía y escuchaba, anotaba cosas que ella me contaba o me decía, siempre cerca de la lumbre, del fogón. Seis años después, cuando volví sobre aquellas páginas -muchas de ellas se han extraviado - redescubrí un tesoro: la perla de la palabra desnuda de María.
Es una pena que anotara tan poco, que conservara menos, porque escuché mucho, hasta en su silencio oí voces y susurros.
Nunca tuve la intención de publicar mis apuntes, pero sería egoísmo y bajeza imperdonable guardar por más tiempo estas historias, cuentos, chistes, estos sucedidos y hasta las tres recetas de cocina, que armaron una cena o una comida muchas veces. Celebración de ricos en casa de pobres. Me lo crean o no me lo crean…

I

Nosotros fuimos trece hermanos y cuatro hermanas. Yo soy morocha con otra. Mi madre, Tomasa Barreto, hacía arepas. Las últimas las hizo antes de morirse. Yo tenía trece años y desde antes la ayudaba.
Mi hermana y yo íbamos a unos molinos a moler maíz allá en Maracay. Salíamos a las tres de la mañana, pero por esos años, a esa hora, nada más que uno se encontraba a los perros. No es como ahora que hay vagabundos y malandros.
Mi padre, José Heras, no fue bueno. Yo lo digo, el venezolano tiene problemas con la paternidad.

II

Como mí papá se rascaba, teníamos que dormir afuera, pues él se sentaba en la puerta con un machete. Era muy maluco. Le pegaba a mi mamá.
Una vez le estaba pegando y le di un tablazo que lo dejé to´escoñetao. Ese viejo si que era bien maluco.


III

Los lunes temprano a mi casa no entraban mujeres, primero tenía que entrar un hombre. Las mujeres son muy pavosas.
Eso lo aprendí de mi madre. Ella no permitía que una mujer, jedionda de perfume, entrara en la casa, no ve usted que se le echaba a perder la masa de las arepas.

IV

Antes éramos más pobres. Por Navidad nosotros le escribíamos al Niño Jesús una carta y se la poníamos. Por la mañana siempre encontrábamos lo mismo: una ayaca de las que hacía mi madre puesta en el zapato.
¡Yo tiraba esa ayaca pa´ la tierra!




V

Mi hermana y yo, la que es morocha conmigo, de niñas éramos muy lambuiseras, y quisimos probar el chimó, pues mi madre lo mascaba. Así fue como conseguimos la primera rasca. Estuve vomitando por todos lados y mi padre me dio tantos coñazos que no recuerdo que fue peor.
La segunda rasca fue con tabaco. Se había ido José Romero, que fue mi primer marido, y yo veía a unos carajitos fumar y decían que eso era bueno, que limpiaba, y yo quise probar. Si ellos podían, ¿por qué yo no? Y me busque un tabaco Manzanero, que eran larguísimos. Yo creo que no había terminado de prenderlo cuando ya estaba rascá y, por su puesto, me viré al revés vomitando, sólo que esta vez nadie me dio coñazos.
La tercera rasca fue con Castelgandolfo, un vino que yo hallaba muy simple y pegué a echarle azúcar y unos hielos. Los coñoemadre que me estaban viendo no me dijeron nada y yo me lo tragaba como fresco. Se terminaba un vaso y prende a hacerme otro, y así hasta que estuve bien rascá y vomitando como una loca.
Yo no sé que le encuentra la gente a la rasca. Mire, mi hijo una vez cogió una rasca con manzanilla y me vomitó la casa de arriba abajo, y el vomito de manzanilla es una cosa persistente. A pesar de que yo limpié firme, al mes todavía olía. Mi hijo ha seguido bebiendo, pero yo no entiendo.


VI

Mi mamá decía que yo era maluca.
Yo salí a mi papá, en el carácter, porque en lo demás no. Ese jodió mucho, era un muérgano. Se la pasaba tomando.
Las cosas antes no eran como las de ahora. Lo primero era que los niños comíamos mal, fíjese si comíamos mal que yo recuerdo una vez que una hermana mía estaba pelando plátanos dominicos y lanzaba las conchas por la ventana y la morocha y yo, del otro lado, las recogíamos para chuparlas hasta que mi madre nos descubrió y nos hizo tragar esos piasos e conchas.
Otra cosa era el respeto. Uno nada más pasaba delante de una visita y cuando se fuera venían los palos.
Déjame regresar a la comía. Los niños de antes comíamos el cuello y las patas de las gallinas cuando las mataban. Uno comía los bagazos. Yo comí hasta tripa de gallina frita. La pechuga, los muslos, lo bueno, se lo comían los viejos.
Así era. Mucho respeto.
Yo no recuerdo lo que estaba haciendo de malo, lo que si recuerdo es que mi madre me colgó un pollo muerto al cuello. Esos eran los castigos.
Otro día me mandaron por carne, a comprar 5 bolívares de carne. Pero yo estaba brincando y en un charco los perdí. Cuando regresé y le conté a mí madre, y ella me dijo:
- Busque en ese piaso e charco los 5 bolívares y tráigame la carne.
Yo regresé y me quedé mirando el agua sucia hasta que vino un viejo, y al verme tan triste me regaló los 5 bolívares. Yo siempre me encontré un cabrón que me cabroniara.
Ese no fue el peor castigo. El peor fue el del arroz con coco. Yo tenía un hermano muy lambucio y mi madre había hecho arroz con coco y no pudo más, y lo probó directo del coroto. Al regresar, ella nos preguntó quién había comido y como no le dijimos, nos hizo a cada uno un perol de arroz con coco.
- ¡Si no se comen eso, van a llevar palo parejo!
De esa estuve quince días metida en un ambulatorio, deshidratada.
Los niños vivíamos muy mal.


VII

No sé si mi hermana mayor estaba noviando o era que un señor la pretendía, pero ella estaba hablando con él en la puerta de mi casa cuando llegó mi papá. Se armó la del pato y la guacharaca. Mi padre botó al señor y a mi hermana le prendió candela con keroseno.
Andaba to´careta. Hasta que desapareció.
Duró mucho tiempo perdida. Un día regresó y perdonó a mi papá.
Es que las cosas de antes no son como ahora.

VIII

A mi me gustan mucho las muñecas, y cuando yo era niña me gustaban más, pero mi madre siempre me regalaba una arepa o una ayaca el Día de Reyes. Ese Jesús no se leí mis cartas, así que un día fuimos a buscar comida para los cochinos, llegamos a un patio y me encuentro una muñeca to´escarná y me la llevo en el perol de la comía.
Cuando llego a mi casa no digo nada, pero alguien me había visto, y la dueña vino a buscar ese piaso de muñeca toa careta, pero muñeca al fin. Me obligaron a devolverla, pero yo no la quise sino que la lancé en medio del solar.
Y la vieja Tomasa Barreto, mi madre, me dio golpes por todas partes.
Mi papá al enterarse dijo:
- Esa muchacha no engorda por los palos.




IX

¡Qué cosa más arrecha ser pobre! A mi me gustan las muñecas, ya lo dije, pero es que me gustan mucho, y, por entonces, nunca dejaba de pensar en ellas. Como no tuve ninguna, me las fabricaba con bleo. El de Macaray es gordo como un palo. Ese palo lo vestíamos y estaba listo. Lo dormíamos, lo cargábamos, le dábamos comía como si fuera una muñeca.
También las fabricábamos con botellas de Champaña de la Viuda. Igual de vestía.
Otras cosas fabricaba yo, como burritos hechos de las taparas.
Éramos felices, eso si. Revolcadito se ponía uno en esos terrenos, pero feliz.
Ah, se me olvidaba. A cada rato se nos caían de las manos aquellas botellas grandes y pesadas, con un hueco en el fondo, y ya usted se imagina lo que pasaba con los pies.


X

Yo era la alsá de mi casa. Mi hermana morocha era buena pa´los chismes y hábil pa´ montarse en un palo.
Un día fuimos a cortar bleo, pa´ un burrito que había en mi casa, y mis hermanos y yo nos encontramos un nido de guineo, que como se sabe, ponen muchos en un solo lugar.
Yo iba con un vestío bien arruchaíto que más que vestío parecía una lámpara. Y allí me eché los huevos. Mis hermanos también se llevaron los suyos.
Cuando llegamos a la casa mi madre preguntó que de dónde los sacamos. Le dijimos que los encontramos en el campo, pero, sin haber terminado de hablar, se apareció el viejo José, que era el dueño del campo, y ese piaso e viejo, como si fuera un brujo, supo donde encontrar sus huevos.
Mi madre hizo que los devolviéramos. Yo fui la única que sencillamente me bajé el vestido y se espaturraron to esos huevos.
- ¡Esa catire es muy repelente! – dijo el viejo José, furico.

XI

Mi madre hacía muñecas de trapo, bien feas, dicho sea de paso. Le hacía las clinejas de medias de gente que se moría.
Un día hizo una muñeca de trapo, grande, que tenía dos muñequitas, como si fueran sus hijas y las colocó arriba, en una repisa alta.
Estando nosotras debajo de una mata de trinitaria morada, donde había una troja, ¡Bum!, sentimos que algo se cae y cuando fuimos a ver eran las muñecas.
- ¡Las voy a templar por los cabellos! - decía mi madre, porque creía que éramos nosotras, mi hermana morocha y yo, que las habíamos tumbado. Pero mi hermana mayor la convenció de que nosotros no alcanzábamos a la repisa ni trepándonos en una silla.
Poco tiempo después, estábamos comiendo caraotas, agua arriba y agua abajo, cuando miro al catre y estaban esas muñecas ahí acostadas.
Nuevamente mi hermana tuvo que intervenir.
- Esa niña es maluca, muy maluca.
- Mamá, usté sabe que la catire no alcanza a la repisa.
Después fue que sucedió lo que sucedió, y, por suerte, todos lo vieron. La muñeca grande caminaba por el medio de la casa, llevándose las dos muñequitas chiquitas. Las tres juntas, de la mano.
Se armó la del pato y la guacharaca. Quemaron a esas muñecas.
Luego le contaron lo sucedido a un cura viejo y borracho que había en Santa Rosa y este dijo:
-¿Por qué las quemaron, de repente y se convertían en santas?
Nunca se supo si era el espíritu del muerto dueño de la ropa con la que estaban hechas, o si eran el espíritu del dueño de las medias con las que hicieron las clinejas, o el espíritu de una hermana mía muerta.
Del tiro Doña Tomasa Barreto nunca más hizo muñecas. Por suerte.

XII

Mi madre era muy rezandera. Le rezaba Rosario a los muertos a las cinco de la tarde todos los días. Y yo, que le tengo miedo a los muertos, la tenía que acompañar. En la casa siempre había velas a las ánimas. Mi madre era demasiado rezandera.

XIII

Mi abuela se murió muy vieja, de 117 años, se llamaba Micaela Flores. Yo recuerdo a esa vieja, ahí postrada en esa cama, y a mi madre que cuando le daba vómito le hacía los remedios.
En esa época para los vómitos y las malezas de estómago se usaba una tortilla de huevos, puesta sobre la barriga. Esa tortilla se hacía batiendo huevos criollos, y se le ponía canela molida, hierba buena y brandy. Todo sin sal, simple.
Cuando mi madre se iba, y esa vieja se quedaba con la tortilla ahí puesta, entonces veníamos mi hermana y yo y nos la comíamos.
Después venía mi madre y siempre decía:
- Malditos ratones. Esta casa está llena de ratones que no respetan ni a los remedios. ¡Qué ratones más arrechos!



XIV

Elisa Barreto. Yo me parezco a mi tía Elisa por lo grosera, pero por lo demás no, porque a ella le gustaba quitar marío ajeno.
Un día se murió, pero en el medio del velorio se paró de la urna. To el mundo salió corriendo y la dejaron sola.
Entonces ella dijo:
- Yo le vi la cara a Dios. Yo vi las espinas, las candelas, de tó vi, y lo último que vi fue el sitio de las flores.
Esa tía mía era maluca. Ella nos daba Pepsi Cola con agua y no dejaba que nos juntáramos con sus hijos. Decía que le podíamos pegar piojos. Lo que ella no sabía era que en mi casa no podían haber piojos, porque allá iba mi madre y le llenaba la cabeza esa a uno de Kerosén con manteca, o fli o DDT, y le ponían un paño a una, que más parecía demonio que vejigo. Con ese remedio no había piojo que entrara.


XV

Mi tía Carmelita tenía una lora muy vieja. Esos bichos viven muchos años.
Un día un gavilán se llevó a la lora y el animalito gritaba:
- ¡Carmelita, Carmelita, me lleva un gavilán!
Entonces mi tía le dijo:
- Mija, muérdale la pata, muérdale esa pata al gavilán.
Y la lora mordió parejo, pero vino a caer sobre un palo con muchas espinas.
- ¡Carmelita, Carmelita, sáqueme de este palo!
Ella la sacó y la curó, porque la lora salió muy escoñetá. La salvó y vivió muchos más años que mi tía. No recuerdo a dónde fue a parar ese bicho cuando mi tía Carmelita se murió.
Ya se lo dije, esos duran muchos años.


XVI

A mi casa visitaba un señor, el viejo Esteban. Siempre nos traía regalos.
Un día apareció una foto suya en el periódico, muy bonito que se veía, pero mi madre dijo que no era él.
Esteban estuvo tiempo sin visitarnos y yo guardé su foto y el piaso de periódico aquel, y cuando regresó le dije:
- Mire señor Esteban, ¡su foto en el periódico!
Y él se puso a llorar. Yo no entendía nada y quise guardar el periódico. Era mío y además él estaba muy bonito allí. Yo no entendía por qué querían botarlo.
Es que el Sr. Esteban estaba ahí reseñao como un ladronazo.
¡Haberlo sabido! Pero yo no leía bien y él estaba tan bonito en esa foto.
¡Yo era más salía que un balcón!

XVII

Un día me hicieron un vestido de tul, de tul pajarito verde claro.
Yo estaba con ese vestido parao, de lo más feliz, hasta que una vaca se lo empezó a comer.
Mi madre, al ver como había quedado el vestido, me estuvo dando coñazos no se sabe que tiempo.

XVIII

A mi hermano lo persiguió una bruja toda la noche. Calló como una animal sobre el techo, pero tuvo mala suerte porque él la tumbó usando una tijera y mostaza.
Bruja, lo que se dice bruja, María Suárez, María patae´trapo, que era de Puerto Cabello. Tenía carare. Si, eso que los médicos llaman Vitiligo. Ella decía que era una quemadura, pero nadie se lo creía. ¡Qué casualidad que se había quemao toita y seguía viva! Ella era mujer de Alberto Garrido. Un coñoemadre que conocerás más adelante.
María Suárez le tenía dicho a Alberto que no se levantara por la noche, pero él se levantó y oyó tocar a la puerta de aquella casita de muy mala muerte, y abrió, y vio a una mujer vestida de negro, con turbante y guantes también negros.
María patae´trapo se tiró al suelo y dijo:
- Sin Dios y sin Santa María.
La Patae´trapo -siempre andaba forrá en ropa, pero ese no era el origen de su nombre, pues ese se lo debió a las medias gordas que usaba, que eran como de felpa- se fue entonces hasta un cajón que tenía, se vistió toa de negro y se marchó con la otra mujer. Eran las tres de la mañana y no se sintió ni ruido de carro ni de caballo. Regresó antes del amanecer.
Así fue como Alberto Garrido entendió por qué María Patae´trapo le sabía la vida a los demás. Era que volaba y averiguaba. Al otro día, él, se fue como alma que lleva el diablo.


XIX

Yo repartía las arepas que mi madre hacía. Yo y mi hermana morocha.
Un día llegamos a la casa de una mujer extranjera y como no respondía, y yo era bien arrecha, me puse a mirar por los huecos de la puerta a ver si ella estaba y vi algo que me hizo correr hasta mi casa.
- ¡Mamá, mamá, ese perro le está mordiendo la broma a esa señora!
Era una niña maluca, pero inocente, eso sí.

XX

A mi primer marido, a José Romero, no se le conocía orilla. Mis padres no querían que yo me casara. Pero me casé con él.

XXI

Tuve mi primer hijo a los dieciséis años, en el Seguro. Después los otros los tuve en la casa. En el Seguro me partió José Lumbá López.
Eran como las siete de la noche y yo me gatié todo aquello. La bata se me puso negrita, negrita. ¿Cuántas de esas gentes no me vería el culo? Anduve hasta por debajo de las camas.
Cuando parí me dije que allí no volvía. A pesar del trato de la partera Teresa de Periche, yo no volví allí. Cuando oía nombrar al Seguro era como si mentaran al diablo.
Después parí siempre en la casa. Me asistió la partera Justina Ayala. Me ponía chancletas y las lanzaba. Entonces empezaba a caminar en puntillita de pie.
Paría en mi cama. Antes el Seguro te daba el equipo. Uno se controlaba el embarazo con un médico y él le daba las indicaciones a la partera.
A mi me controlaban los doctores Juan Blanco Peñalver y Cornelio Vega, que de paso sea dicho, eran maricas.
¡Qué bien se paría en la casa!, al menos a uno no le estaban viendo el culo.
Yo le decía a Justina - ¿Por qué no me rompe la bolsita? Pero ella no decía nada y seguía haciendo su trabajo. Yo parí siempre en la casa, tranquila. Nunca tuve problemas de fiebres, ni de nada.
Esas parteras le daban a uno comino con canela y una cebolla, también le daban guarapo de higo. Se preparaba, pero era maluco. Eso era pa´ perros.
Ahora esas cosas no se deben usar.
Yo parí tres muchachos en mi casa y parí mejor. En el Seguro uno se la pasa con frío en la cuchara, con la cuchara congelá.


XXII

Mi primer trabajo fue lavar y planchar a gente de real, pues yo no me metía con puros pendejos que después no tenían con que pagar.
- Mira catira, lávame estos coroticos.
- Coñoemadre, ni que yo fuera gocha. Usted no tiene reales.
Así iba por ahí y ganaba los reales. Un día me había ganado 10 bolívares y cuando regresaba para mi casa me topé con una gitana, llena de faldas mugrosas, que me quería registrar la mano, y a mi no me gustan esas cosas, así que le digo que no, que lo mío es lo celestial, pero me dio por seguirla.
Andando llegamos a una casa llena de cuartos, donde había una cuerda de hombres jugando barajas.
Ella me dijo cosas de mi marido, que se había ido, y al final me dijo que le pagara.
- Yo no tengo ni una locha –dije
- Dame la mitad de lo que cargas en los senos.
- Yo no tengo nada en los senos.
- Dame cinco bolívares. Tú cargas diez.
Tan mal me fue con la mujer que era una mierda de larga. No sé cómo pude salirme de allí, porque ella no quería dejarme ir.
Otra vez me la encontré en la calle, pero no la miré. Esa mujer era pesada de espíritu, era muy negativa.
En Maracay hay muchos gitanos.

XXIII

Yo era auxiliar de enfermera en Maracay, pero no me gustaba trabajar de noche, así que cuando me propusieron ir a cocinar a la cocina de dieta, acepté. Allí estuve cuatro años hasta que me fui.
Usted pensará, que por el oficio de mi mamá, que hacía arepas, buscaría trabajo en pura arepera, pero no. Me fui a una tasca que se llamaba Mi cabaña, donde trabajaba el maestro Antonio Salmeiro, un español puerco, que esgarraba los gargajos es los corotos. Debía tener gusanos y se las pasaba rascao.
Un día me dijo:
- ¡Venga a aprender a hacer cazuela!
Y a los tres meses ya yo era cocinera.
Antonio Salmeiro fue el que un día a un cliente, que le devolvió tres veces la sopa de cebolla, se la esgarró, se lavó la paloma en ella y después se la mandó a servir, y el cliente muy feliz se la tomó.
El que quiera comer limpio, que coma en su casa. En los restaurantes siempre pasan cosas como esas.
Mire, yo cociné con Nicola, un italiano, que se pasaba todo el santo día metiéndose las manos en la braguera, porque decía que le picaba el güevo. Cociné con José María Alcará, que era un marico al que se le salían las hemorroides, y que cuando le devolvieron un churrasco, lo ablandó a taconazos.
-José María, usted es un coñoemadre, jalabola – le dije y él siguió dándole taconazos. Usaba unos tacones cubanos. Lavó el churrasco, lo empezó a freír en mantequilla, y después de flambearlo con brandy, lo mandó a servir.
Las mujeres cocineras no hacemos esas cosas, aunque yo también tuve lo mío.
Una sifrina me devolvió varias veces una milanesa, y yo me arreché, y lancé la carne al perol de los cochinos. Cuando fui a buscar una nueva vi que se habían acabado y le dije a una de las muchachas:
- ¡Saque esa milanesa del perol de los cochinos!
- ¡Doña María! – exclamó ella
- ¡Saque esa pinga, hágame el favor!
Me acordé de José María Alcará. Se la freí en mantequilla, luego sabe, la flambié con brandy, y le puse mucho adorno. Estaba tan fino ese plato que alguien me preguntó que por qué me había afanado tanto, pues siempre hay algún atajaperro donde quiera, y le contesté:
- No joda que aquí siempre se sirve fino.
Por eso digo, el que quiera comer limpio que coma en su casa ¡Yo no lo sabré!

XXIV

En Maracay hay mucho personaje: El Capitán, Japajapa, La Loca Juana y Pedro Infante.
Japajapa dirigía el tránsito en la Plaza Bolívar. To lleno de escopetas, de mugre, pero la gente lo respetaba. Nadie dirigía el tránsito, nada más que él.
El Capitán era moco e pavo, era un viejo que corría arrechamente. Ese era uno to chorreao de chimó. Cuando le gritaban ¡Moco e pavo! insultaba. A él le gustaba que le dijeran Capitán.
La Loca Juana se levantaba los vestidos y le enseñaba la cuca a los muchachos. En esa época, los muchachos, cuando la veían corrían y se escondían. Ahora no se sabe que hubieran hecho.
Pedro Infante cantaba acompañado de un perol. Cuando la gente le pedía una canción decía - Déjeme afinar, y comenzaba a golpear el perol y entonces cantaba. La voz iba por un lao y el perol por otro, pero cantaba bien. La voz se le parecía a la de Pedro Infante de verdad. Dicen que fue un hombre de buena posición al que la mujer le hizo un daño.
Yo creo que esos locos y esas locas ya se murieron.

XXV

Aquí son una cuerda de coñoemadre. La gente saca cuento de cualquier vaina, pero esto es la verdad, la verdad de cuando se murió Petra Otero.
Ella era chusma y mala como el diablo. Vendía cosas y yo le compraba hasta si mierda vendía con tal de no oírla.
La cosa es que un día Petra Otero se tuvo que morir como cualquiera y los hijos organizaron el velorio.
Trajeron quince kilos de sal y salaron a la vieja, de modo que el velorio duró quince días, a kilo de sal por día; y ellos tuvieron tiempo de vender sesenta cajas de cerveza y no se sabe cuanta Caña Clara, Guarapita y toas esas vainas.
To´ el mundo, hasta los hijos, se la pasaron rascaos hasta que la peste indicó que era hora de deshacerse de Petra Otero.
Como tú vives, así mueres.

XXVI

Justina Friol -una negrita de pelo quieto-, Carmen Villafranco –que nunca tuvo hijos sino que criaba perros y animales- y Columba, eran tres viejas que se las pasaban rascás todo el santo día. Yo nunca me he rascado, lo mío era bailá parejo, pero esas no sólo bebían sino que cuando llegaron a cierta edad no se tenía sitio donde meter la lengua de cada una.
Por aquí había una mujer, Bertha, que volteaba al marido. Él se iba a las siete de la noche a trabajar y allí se aparecía el otro, que estaba hasta eso de las cinco de la mañana. Un día esas coñoemadres, que tal parece que nunca puyaron porque siempre fueron viejas, se pasaron toda la noche barriendo; y como vivíamos en un callejón sin salida, el hombre no podía salir porque sino lo descubrían. Eso fue hasta que yo me di cuenta y salgo para la casa de las viejas:
- Ay, Justina, que dolor en el estómago tan arrecho, déme un poquito de guarapo de papelón y eso me lo va a quitar.
Y armé una de llanto que las viejas dejaron de barrer y se condolieron. El hombre, que estaba mirándolo todo, aprovechó el sucedido y se fue. Yo tuve que tomarme a esa hora aquella verga.
Pero un día fueron las gentes quienes se vengaron de las viejas. Era un 31 de diciembre, y por aquí eso es pura fiesta, y las viejas estaban más rascás que de costumbre, de modo que no sabían bien por dónde caminaban y estaban abriendo los huecos para las cloacas. Justina Friol vino a caer en uno de esos huecos clavá de cabeza. Carmen Villafranca y Columba empezaron a buscarla hasta que se toparon con Jesús Brito, que puso a pelear a más de uno nada más que para jactarse de que había visto lo sucedido, y ese cabrón se las llevó lejos para que no encontraran a la negrita, que estuvo allí hasta bien entrado el día, cuando a mi me dio por registrar los huecos.
La muérgana de esa vieja, ¿sabe usted lo que dijo cuando, con mucho trabajo, la sacamos?:
- Aquí, descansando, aunque sea fallo.
Esas viejas si que eran arrechas por la lengua.

XXVII

Alberto Garrido, el que fue esposo de María pata e trapo, era un rolo de ladrón, venía de Guama. En Yaracuy. Ahora debe estar en el Infierno. No debe haber visto jamás a Dios. Además era brujo. Un día se dio un baño de cuerno de ciervo con alcohol y con una vela se prendió candela. Parecía una antorcha. Se le quemó la cabeza, el pelo, y hasta el sombrero. Se le vació un ojo. Quedó tuerto el piaso de viejo aquella noche.
¡Total, para lo que los malos tienen que ver, con uno ojo basta!

XXVIII

Lola, me acuerdo de ella. Era gorda, parecía un estandarte. En su casa todo el mundo era gordo. Fíjese si eran gordos que a la hija de ella le decían El Emperador.
Le pusieron así por un cebú, del mismo nombre, que trajeron a una de las ferias de Maracay, que esa si eran ferias, porque las de Calabozo son puro mamarracho. Aquel era un cebú nuevo, enorme, que pusieron en un trono y venía gente de toda Venezuela para verlo. Era un bicho blanco.
Lola y su hija se ponían la ropa muy ajustada y bailaban horrible, con todas esas sandeces colgando.
¡En esas ferias había cada personaje!

XXIX

Un día me fui a Aragua con Jesús Brito, el que puso a pelear a más de uno, y con una que parecía un Buda, Lola, de la que ya te hablé. Nos fuimos a Turumero, porque quería que me echaran la suerte.
Llegamos a un centro que tenía un cuarto con espejos y unas imágenes, como salidas del más allá. Y nos pusieron como a dormir, con los ojos cerrados. Yo no lo hice, y me encuentro con que Lola tenía clavada una aguja en el principio de la nariz. Hasta que ella se dio cuenta de que yo la estaba mirando y dijo:
- ¡Tú eres muy entrépita María Romero! –dijo Lola
Fue entonces que dijo que yo tenía una aguja igual a la de ella.
Tuvimos que darle tres golpes a Jesús, pagar la consulta e irnos. Total, que gaste los únicos 200 bolos que había en mi casa.
En esa época yo era una sinvergüenza, ¡mira que gastar esa realera y después me quedé sin comer!




XXX

A Lola, la madre de El Emperador, le gustaba el dinero fácil, así que visitaba mucho brujo. Una vez un brujo le dijo que en su casa había un tesoro, y se consiguió a uno que vino con un detector de metales y cada vez que el detector sonaba, allá iban y abrían un hueco. Tantos hicieron que la casa quedó como un campo e batalla.
A Lola la estafaban a cada rato. Era muy bruja hasta que se metió a metafísica. Tenía muchos libros de esas cosas.
Ella fue la que me enseñó a recibir el Espíritu de la Navidad. El 22 de diciembre él llega y usted tiene que estar preparado para recibirlo: abre las puertas y las ventanas, pone vasos de aguardiente o agua, como hago yo, y a las doce de la noche le da la bienvenida:
- ¡Bienvenido Espíritu de la Navidad! ¡Buenas Noches! ¡Bienvenido a mi casa! Tenga el gusto y el placer de sentarse. Vamos a compartir esta humilde cena con todos los presentes, esperando que sea de provecho para todos y para el año que se presenta. En nombre de Dios Todopoderoso.
Después se come y se bebe.
Yo lo hice el año pasado. Estaba sola, Chicho se había quedado dormido y mis hijos no estaban aquí. Ellos nunca están. Bebí una taza de café en nombre de cada uno de ellos y después me acosté a dormir.

XXXI

A los vikingos se les tranca el serrucho cuando hay que pagar. En Maracay hay muchos vikingos, pero el presidente de esos borrachos era Braulio Ortiz, el hermano de Lola. A ese le decían El Tigre. Se murió de cirrosis hepática.
Estábamos en ese piaso e velorio, todos allí, rezando ese Rosario delante del muerto, de la madre del muerto, de Lola, la hermana del muerto y de los vikingos amigos del muerto, y de El Mosquito, que era el vikingo que sustituiría al muerto en la presidencia de la asociación de borrachos.
Resulta que El Mosquito detrás de cada Ave María rezaba:

- Que Dios saque de pena
a este coñoemadre
y que lo lleve a descansá
y que el diablo se lo lleve
al más allá.

La madre de Braulio y de Lola lloraban. Ella miraba pa´trás. La gente mandaba a callar al vikingo, pero nada. Hasta que Lola no aguantó y votó a El Mosquito y a todos los vikingos.
La cosa entonces estuvo bien hasta el entierro, cuando a la familia se le ocurre que los vikingos carguen la urna en el cementerio, y ese piaso e urna empezó a dar tumbos hasta que fue a parar al más allá.
En Maracay hay muchos vikingos. Pero ninguno tiene reales pa´pagá nada. Los pobres se la pasan pidiendo. Entre ellos hay hasta profesionales. Yo conocí a uno que era bioanalistas y a otra que era maestra.

XXXII

Hoy recordé un poema de Balbino Blanco:
Blanco con cachucha,
es capitán.
Negro con cachucha,
chofer.
Blanco con bata,
doctor.
Negro con bata,
chichero.


XXXIII

Mi hermana es como el padre de Martina, que pone a pelear a cualquiera.
Martina era una cojita que volteaba al marido. Él, cansado de que le pusiera los cachos, se la fue a devolver al padre; pero no la quiso.
El marido le dio un tiro en la rodilla a Martina, pero el padre se mantuvo firme y no la recibió. Le dio dos y tampoco. Hasta que le dio el tercero y, como el padre no la recibió, la dejó allí, coja pa´siempre.

XXXIV

Las Delicias, el zoológico de Maracay, lo hizo Juan Vicente Gómez.
Allí había monos, un gorila que tiraba mierda, una llama que escupía, un elefante y otros bichos. Por esa época, a los niños, les gustaba ir allí. Además era gratis.
A mí todo me gustaba, menos los tigres. No había quien hiciera acercarme a donde estaban. A mi me gustaban los monos. Bueno, me gustaban, porque un día uno se metió con mi madre y dejaron de gustarme.
Ella tenía una trenza muy larga y cuando le fue a dar unas pepas de maní y ese piaso e mono, que la coge por la clinejota y la empieza a jalar hasta que un viejo le dio un bichazo al mono, que era amarillo. Mi madre que quedó con toa la cabeza inflamá.
Ese mismo día, el elefante, con el pico se enrolló en las piernas de una vecina llamada Gladys y se la dejó embojotá, tanto que la llevaron a la Medicatura y le pusieron un yeso. El padre de ella no se preocupó por el asunto, nada más dijo:
- ¡Qué tenía que andar de campinchera! Esa niña es muy entrépita.
¡Mientras me llame María, no vuelvo a ese zoológico!



XXXV

Hace como tres años murió María Pérez, que ha sido la muerta que más yo he llorado. Murió del Mal de Chagas. Es que el corazón la embromó.
Unas veces estaba muy grave y al otro día llegaba y me la encontraba muy sentadita. Los coñoemadre de mis hijos siempre decían que Doña María se acercaba al hueco y como no le gustaba, regresaba.
Esa era una señora que andaba toa sucia y se bañaba de fragancia, pero era muy buena conmigo.
Cuando mis hijos eran chiquitos y andaban por ahí en las esquinas, porque yo trabajaba, y venía una redada, ella los recogía y si se los llevaban, allí estaba ella de primera en la policía.
Tenía hijos, una era profesora, y uno de ellos era teniente, pero mató a otro y lo mandaron a Estados Unidos, porque los familiares del muerto lo querían matar. De allá le mandaba las fragancias a la Doña María.
También era muy despistá. Fíjese que un día nos fuimos a la clínica de la doctora Peña, que atendían a puro pobre y había que ir muy temprano, y yo no sé por qué ella no tenía corriente en la casa. Salimos y cuando le miro pa los pies, tenía un zapato blanco y otro rojo.
-¡ Ay, catire, yo soy la lámpara del día! – dijo ella.
Así estuvimos hasta que regresamos por la tarde.
Otro día nos vamos para Cojedes en la camioneta de uno que no me acuerdo y cuando la miro estaba como ahorcá. Se había puesto el vestido al revés, ¡y eso que gibamos a una broma de la hija profesora! Si no me fijo, hubiéramos estado en la lengua de todos.
Nosotras salíamos mucho, sobre todo a muertos. Donde había un muerto estábamos.
- ¡Catira, en Güigüe hay una parrilla! – me dice en una ocasión y que le pide permiso a José Romero para llevarme, y él me deja ir con mis hijos. Como era muy despistá, ya en la parilla, se olvidó de que el último autobús pasaba a las tres de la tarde por aquel pueblo, bien feo por cierto, y llegamos a Maracay a las tres de la mañana.
Yo estaba como palo e gallinero, ¡bien cagá, pensando en José Romero, y en efecto, cuando llegamos ese hombre estaba de torear. Y tenía razón.
-¡Mire, usted si quería carne, yo le hubiera comprado sin necesidad de andarse por ahí hasta estas horas!
Ya lo dije, José Romero tenía razón. Es que la Doña María Pérez era muy despistá.
Un día me invitó a ir al cementerio. En Maracay hay dos, el Metropolitano y el de La Primavera. En esa época los malandros robaban y violaban a las mujeres, sin respetar a esos piasos e muerto. Estaba en esos pensamientos cuando veo que se acercan unos hombres:
- ¡Yo me voy a salir, la pinga! Y corrí. Yo pensaba que esa vieja, que era chiquitica, corría detrás de mí, pero no. Cuando nos encontramos en la casa me dijo:
- ¡Usted si que es mala compañera!
Al principio yo no sabía por qué me estaba diciendo aquello, pero después entendí. Le habían dado unos coñazos, unas patadas y le habían quitado la cadena.
Menos mal que yo corrí, porque ella era vieja y nada más que le robaron, a mí, además, me hubieran violao.
La pobre, el corazón la embromó. Yo aún la lloro.


XXXVI

En Maracay hay mucho cuento e santo, como el de San Pascual Bailón y las mujeres.
Resulta que ese santo, antes de la creación del mundo, era muy coñoemadre, y le gustaba bebé, parrandear, y, justo a él, Dios le encargó repartirles las partes al hombre y a la mujer. Él se las metió en un saco y empezó a repartir, pero cuando estaba en esas sonó música y se puso a bailá.
En ese momento nada más que le quedaba en el saco la cuchara de nosotras las mujeres. La fiesta fue muy animada y duró como tres días. Cuando ese piaso e santo fue a ponernos las cucharas ya habían pasado mucho tiempo metidas en el saco de ese vagabundo.
Es por eso que las mujeres tenemos la cuchara jedionda.


XXXVII

- ¡Plan con ese culo! – decía la policía de Perez Jiménez. Ahora son más ladrones.


XXXVIII

Cuando yo llegué a Calabozo no había cocineros de aquí, todos veníamos de afuera. Uno de esos era Alberto Torcanelli, que duraba una semana con un pantalón, ¡si que era mugroso!
Ese un día quiso hacerle una buena a un mesero, pero le salió mal.
El mesero era un coñoemadre, cuando pedía algo siempre, mamaba gallo, por ejemplo, decía:
- Antonio, ¿cuál es el plato del día?
- Lengua.
- Pues páseme esa lengua por el hueco, Antonio.
Y el cocinero estaba cansado, hasta que le ocurrió urdir la venganza.
- Antonio, ¿cuál es el plato del día?
- Plátanos rellenos.
- Pues páseme ese plátano… por la ventanilla.
Y Antonio se quedó con las ganas.





XXXIX

Un día se me asoma uno en la cocina y me dice:
- Señora María, ¿ese pescado es nuevo?
Y yo le contesto:
- Lo trajeron ayer, pero no le puedo garantizar que sea nuevo. ¡Sabe Dios que tiempo tenía en el mar!


XL

Trabajando yo en una tasca, venía siempre un coñoemadre, que, porque tenía reales, se creía que podía molestar y cada vez que el mozo le servía un café, se lo retiraba y le decía que lo quería más negro, más negro todavía. Hasta que un día el mesero se cansó, y cuando el viejo aquel le pidió que más negro, le dijo:
-Si lo que usted quiere es un negro de verdad, váyase a Choroní, a Ocumare de la Costa o a Barlovento. Allí si se va a encontrar unos piasos e negro pelo quieto y con una bemba enorme, que es lo usté necesita.



XLI

Yo siempre he sido machera, a mí nunca me ha gustado vivir con mujeres, ¡aunque hay cada hombre! Uno de esos era el viejo Teófilo, que vivía con nosotros cuando alquilamos la casa de La Trinidad.
Esa era una casa de cuatro cuartos, grande, tan grande que cuando yo me vino a vivir para aquí, para Alí Primera, tuve que regalar muchos corotos. Al final de esa casa vivía el viejo, que como a todos los viejos, le gustaban las carajitas. Él tenía una a la que le daba muchos golpes.
Un día por la noche me dijo que no saliera al patio porque podía ver cosas, pero yo salí y vi.
Resulta que Teófilo era brujo. Estaba en el medio del patio todo vestido de rojo, con una capa roja y muchas luces.
Al otro día le dije:
- Mire, viejo muérgano, usted es brujo.
- ¡Qué voy a ser brujo!
- Yo lo vi anoche con esa capa roja y los velones.
- Mire que yo le dije que no mirara. Menos mal que no vio nada más, porque hubiera podido ver más.
Él andaba en esas cosas. Tenía un portal con María Lionza, que habla bonito como la India Rosa, el Negro Felipe –que es un africano viejo, un esclavo-, el Negro Miguel – que echa baba por la boca-, el Cacique Guacaipuro y Francisca Duarte, que es muy grosera. Pancha Duarte es de Santa María de Ipire, de donde es Reynaldo Armas, el cantante. Dicho sea de paso, yo siempre he sido muy reynaldera.
Con esa Pancha yo tuve lo mío, porque un día se me presentó, claro está que a través de una que estaba en una casa de esas, un centro, y me dijo que yo era machera como ella, que me gustaba menearme con los machos. Por eso digo que es grosera.
Volviendo al viejo Teófilo, él dejó todo su dinero en brujería. Tenía brujería para que la carajita no se fuera, para que su licorería progresara, pero total no le sirvió de nada. La carajita se fue y la licorería se la embargaron.
Cuando la fueron a embargar, el abogado que tenía que hacerlo, le avisó y él sacó todo el güisqui importado. Después Chicho, mi marido, se lo robaba del cuarto, porque con el apuro con que lo sacó, él no sabía ni lo que tenía.
En esa época a Chicho le gustaba mucho rascarse.



XLII

Yo tenía un ganso que se llamaba Serapio. Era bueno para cuidar casas.
Un día vino una tormenta de frío que afecto a toda Venezuela y por naíta Serapio se muere.
- Mire Doña, Serapio está congelao - dijo Chicho.
Entonces yo corrí y lo puse entre las hornillas de la cocina y le froté las plumas con toallas y lo salvé. Pero otro día ocurrió lo mismo.
Ese ganso era medio marico. No era sólo el frío, hasta el agua le hacía daño. Uno tenía que vaciar la tanquilla porque no más Serapio se bañaba venía dando tumbos. El agua le hacia daño, y eso que tenía plumas.
Pero él era bueno para cuidar. Esos animales chillan y dan picotazos cuando se acerca un extraño.
Una vez yo puse una bodeguita y los carajitos venían a comprar. Eso fue hasta el día en que Serapio se encargó de uno de ellos, que estaba desnudo, y le dio picotazos en la barriga y se le prendió luego del pipí. No lo soltaba hasta que grité:
- ¡Serapio!
Durante un mes estuve pagando los remedios del carajito, pues el pipí se le puso hinchaó. Eso a pesar de que el Dr. Bustamante dijo que no era nada, que lo que él debió hacer era andar vestido.
De una vez cerré la bodeguita y le regalé a Serapio a un vecino que tenía una parcela.
Un tiempo después ese vino y me dijo:
- Señora María, Serapio tuvo unos gansitos.
Con razón yo pensaba que era marico, por eso andaba tan delicado con el agua y el frío, y es que Serapio era Serapia.

XLIII

Yo tenía un perro que se llamaba Cañonazo. Ese piaso e perro vivía en un ranchito detrás de la casa. Estaba muy acostumbrado a que yo por la mañana lo acariciara.
El sábado que yo tuve el accidente hizo lo de siempre, pero como fue por la tarde y no me operaron hasta un lunes, yo no regresé a la casa hasta el miércoles siguiente. Cuando llegué Chicho me dio la noticia:
- Doña, Cañonazo se murió.
- Usted no le dio comida, coñoemadre – dije bien arrecha
- Se murió de tristeza, Doña, de tristeza. Estaba atravesao en la puerta del rancho, pero muerto. Yo lo enterré.
Es que Cañonazo no resistió la cosa. Yo estuve cuatro días sin acariciarlo y se murió de tristeza.

XLIV

Cuando Anaís, la muchachita de acá al lado, la que está empreñá, tenía quince años, y estaba en el Liceo, andaba con unos amigos y por estar de frasquiteros se fueron a ver una carajita que decían tenía un espíritu burlón. Y era verdad. Dos hombres no podían con ella, echaba baba por la boca y gritaba cuando le entraba aquella verga.
Al ver a Anaís y a sus amigos se fue para donde estaban y ellos se quedaron fijos, sin moverse. Anaís delante. Cuando la carajita llegó, la miró y le dijo:
- ¡Veeeeeeeeeete!
Una mujer que estaba preguntó si ella era materia. Pero Anaís no era nada. La cosa es que ella tenía un crucifijo al cuello, colgando de un cuero.
Anaís y los muchachos salieron corriendo de allí, blancos como un papel. Estaban tan nerviosos que le contaron esa necedad al director del Liceo y él los regañó muchísimo.
Esos espíritus existen. Fíjese usted que hasta la Iglesia hace exorcismos. ¡Por algo será!


XLV

Viejo para decir mentiras, Hilario. Fíjese que un día le digo:
- Anoche a Chicho lo querían asaltar unos malandros. Suerte de que anda armado y cuando lo tiraron como un sapo, disparó y los coñoemadres se espantaron.
Entonces comentó:
- ¡Ese Chicho si que es un tipo vergatario! Claro, por eso anoche el zinc del rancho se estremeció y se puso claro por dentro como si tuviera velón. Mi Señora María, yo escuché el disparo. Clarito, clarito. Además de que lo pude ver.
Todos los que estaban aquí no pudieron aguantar la risa. Pues yo había inventado el cuento del disparo y los malandros, y aún así el viejo Hilario lo había visto y oído todo.



XLVI

A mi me llevaron de testigo a una boda que no se llegó a efectuar. Era que el muchacho consiguió novia con los pericos volaos.
La carajita lloraba, y es que el padrastro la usaba. Ella se lo contaba a la madre, y la madre pensaba que era un embuste.
Aquí en Venezuela hay muchos problemas con la paternidad.


XLVII


¡Qué cultura más arrecha la de Calabozo! Aquí no se acostumbra a darle desayuno a los carajitos. En Maracay si, le damos leche o café con leche y su arepa con mantequilla, pero aquí nada. Igual que las mujeres no planchan todas las semanas, ni nunca, lavan la ropa y se la ponen así mismo. Yo siempre le plancho a Chicho su ropa de salir, su ropa de trabajar, y a mis hijos antes también se lo hice.
Esas mujeres de Calabozo son flojas parejo y los hombres borrachos. ¡Mire que con esta pobreza gastarse los reales en cerveza!

XLVIII

El mondongo, eso llena que da tristeza.


XLIX

No me apure que esto no es una fonda, ni una arepera, ni usted tiene reales, aunque coma más que un millonario. Deje los cotorotos en su lugar, no sea entrépito, que hoy va a comer fino: crema de plántanos, cazuela de pollo y panquecas rellenas con manzana. ¡Y suelte los bolos, que el fresco no lo voy a poner yo! ¡Abrase visto cubano pichirri!
Dígale a su mujer la receta, pa´cuando lleguen los tiempos en que no esté María Romero, ella se los haga. ¡Escriba ahí!:

Crema de Plátanos Verdes

Ingredientes:
- Consomé de Res o Pollo
- 5 Plátanos
- ½ Pimiento
- ½ Cebolla
- 3 Ajíes dulces
- 5 dientes de Ajo
- Aliños verdes surtidos
- 2 cucharadas de Margarina al gusto

Preparación:
- Montar al fuego el consomé con todos los aliños
- Pelar los plátanos y picarlos en rueditas y freírlos. Luego pisarlos en una tabla y los vamos poniendo en el consomé a medida que los vayamos friendo.

Cazuela de Pollo

Ingredientes:
- Pollo grande cortado en presas
- 5 dientes de Ajo
- 3 cucharadas de margarina
- 1 Cebolla grande rallada
- 3 Tomates grandes picados
- ¼ de taza de agua
- 2 Zanahorias cortadas en cuadritos
- ½ taza de Vainita picadas
- 1 taza de Guisantes
- ¼ de taza de Pimiento Rojo picado en cuadritos
- 1 cucharada de Salsa Inglesa
- Sal a gusto
- 4 Aceitunas
- 1 cucharada de Pimentón Rojo

Preparación:
- Adobar el pollo con la Sal, la Salsa Inglesa, el Ajo, la Cebolla rayada y los tomates.
- Cocínelo por 15 minutos bien tapado.
- Añádale la Vainita, la zanahoria y dejarlo ablandar bien.
- Añada por último el Guisante y los Pimientos Rojos en cuadritos.
- Puede agregarle una taza de vino, si es de su gusto.


Panquecas rellenas de Manzana

Ingredientes:
- ½ taza de Agua
- 2 cucharadas de Margarina
- 2 Huevos
- ¾ de taza de Harina de Trigo Leudante
- 5 cucharadas de Azúcar
- 1 cucharada de Vainilla
- 1 lata de Crema de Leche
Relleno:
- 2 Manzanas
- 1 taza de Agua
- ½ taza de Azúcar
- 1 astilla de Canela

Preparación:
Vierta en la licuadora la Crema de Leche, el Agua, la Margarina y los huevos. Licue y vaya añadiendo la harina al resto de los ingredientes hasta que se unan perfectamente. Fría las panquecas en una sartén de teflón con muy poco aceite vegetal o margarina. Vaya poniéndolas en un recipiente con tapa para protegerlas.

Relleno:
Corte las manzanas en tajadas sin pelar. Ponlas al fuego con el Agua, el Azúcar y la canela dejándolas hervir por 10 minutos. Retírelas y déjelas enfriar, luego rellene las panquecas y báñelas con el almíbar que quedó al cocinar las manzanas.

Mientras yo cocino, límpiese la baba, que se le está saliendo, y ponga oído que voy a contarle tres chistes. ¡Ríase, que si no lo hace toa esta mierda va pa´ el tobo de los cochinos! ¡Y usté sabe que María Romero hace eso y mucho más!

Son tres chistes de loros:

1.
Había una vez un loro perejimenista, pero resulta que el General Marcos Pérez Jiménez se había ido ya.
El dueño del loro era un portugués, y cuando pasaba la policía, el loro gritaba:
-¡Viva Pérez Jiménez!
Y el portugués pagaba las consecuencias. ¡Plan de machete con ese culo! Hasta que un día el portugués, cansado de tanto palo, cogió al loro por el cuello y lo lanzó a un patio.
En ese patio reinaba un gallo, que al ver al loro, tan tierno, le dio ganas de puyar, y se lanzó sobre el loro. Este al ver las intensiones del gallo gritó:
- Un momento, un momento, que yo no estoy este patio por marico, sino por político.

2.
Un loro vivía en un palo muy alto y debajo de es palo estaban los corotos de la comida de los cochinos de una hacienda. Pero resulta que el loro era un coñoemadre y cuando los peones venían a darle de comer a los cochinos gritaba:
- Ya comieron, ya comieron, ya los cochinos comieron, ya comieron…
Y esos peones que se iban. Y los cochinos pasaban hambre.
Esto fue hasta que un día que vino un viento y el loro se cayó de ese palo. Los cochinos al verlo caer, querían comérselo, y el gritaba:

- ¡Coñoemadres, denle comía a esos cochinos, denle comía!

3.
Un hombre, al que la mujer volteaba, tenía un loro. Cada vez que el hombre iba a salir le decía a su loro:
- Fíjate loro, no dejes de güaitar y dime quién entra a mi casa. ¡Ojo pelao!
Cuando regresaba y le preguntaba al loro, él no hablaba.
- Este loro si que es mudo.
El cabrón se resignó a que su loro fuera mudo y no le pudiera decir cuando lo volteaban, así que inventó una nueva estrategia para sorprender a su mujer. Regresó a su casa antes de lo acostumbrado, pero vestido de mujer.
Cuando el loro lo vio llegar, gritó a voz en cuello:
- Ahora si que nos jodimos en esta casa: la mujer puta y el hombre marico.

L

Me voy a callar la boca, porque hay oficio parejo que hacé en este rancho. Y usté es un güevón con hambre, que lo único que hace es anotá las pendejadas que una dice. ¡Mire y qué va hacer con esas vainas! Luego la gente va hablá, y yo soy una señora, que no se le olvide. ¡Mejor será pa´usté no olvidarlo! ¡ Nunca! o ¡ Palo pa´ese culo!

Los negros cuentan



Historias de la tradición oral afrocubana vueltas a contar

I

Obbara, el oro y la verdad

En tiempos en que los ciegos cosían, los paralíticos saltaban por encima de las murallas y Obbara todavía era un campesino, un hombre al que le gustaba conversar y contar historias, la gente comenzó a darle fama de mentiroso. No lo entendían. Más él continuó sin importarle la sonrisa burlona o el duro látigo de la lengua de los vecinos. Continuó haciendo lo suyo. Sembrar y contar, celebrar y podar, cantar y recoger.
Un día quiso invitar a los orishas, que son los santos y dioses del pueblo yorubá, y preparó un banquete que pudiera complacerlos según su gusto o costumbre. Preparó los platos que corresponden a la dieta de cada uno, pues hay que decirlo, esos seres son tan melindrosos y exigentes como cualquiera de los habitamos este mundo, y tan glotones como un ejercito de comejenes. Tienen una sed insaciable y gustan del aguardiente y del vino de palma como el más experimentado de los beodos.
En la fiesta estaban muy felices, y se sintieron complacidos porque el campesino y su mujer no dejaron de atender a cada uno según su rango y poder. Todo estaba en orden hasta que Obbara, con la boca y las ropas manchadas de abundante salsa, se acercó a ellos y les comentó sonriente:
- Ahora que la comida llega a su fin y ustedes parecen estar saciados, mi mujer y yo los acompañaremos. No hemos comido nada, nadita de nada. ¡Y vaya hambre que tenemos!
Los orishas se sintieron muy ofendidos y hasta burlados. Uno a uno se fueron levantando de su sitio en la mesa del banquete y, no sin antes lanzar maldiciones sobre sus anfitriones, se fueron retirando. Una vez a fuera, se pusieron de acuerdo para quejarse ante Olofi, poderoso Señor, creador de todas las cosas y los seres, pues ya el campesino había cruzado la delgada frontera que separaba la mentira del cuentero y la arrogante palabra de la impiedad. ¡Mira que no respetar ni a los santos del cielo, amigos y compañeros de Olofi, Oloddumare y Obatalá!
Estaban tan ofendidos que cada uno de los orishas no pudo conciliar el sueño y al amanecer, como convocados por un mismo rencor, se presentaron hasta su Padre Olofi, que desde muy temprano estaba trabajando en su campo calabazas. Los iracundos entraron a su caza de paja y lo esperaron. Al llegar se pusieron de pie, y cuando Shangó, dueño del rayo y tocador de tambores, iba a quejarse en nombre de todos, él lo detuvo con un gesto delicado, los hizo sentar y habló:
- Ya sé, sé muy bien ha que han venido. Desde aquí todo se sabe, ¿qué no sabré yo, que soy viejo, y creé las cabezas? Ahora regresen a sus casas y vengan en tres días. Los esperaré a todos. Obbara también será convocado. Veremos que dice ese campesino. ¡Márchense, que tengo cosas que hacer, y el mundo no espera!
El viejo se retiró solemnemente y volvió con su blancura al campo de calabazas. A los orishas no les gustó mucho tener que volver y mucho menos estar obligados a ver la cara grasienta del mentiroso. Pero no les quedó más remedio, pues, donde manda el primero, el segundo obedece.
Mientras tanto, Obbara, siguió trabando y esperando, esperando y trabajando, hasta que el horizonte pudo distinguir a un mensajero que se le acercaba. Cuando ya estuvo junto a él, en el medio de un campito de quimbombó, le dijo:
- Oiga, el Padre Olofi, le dice que en tres días vaya a su casa, que ha invitado a todos los orishas, que no falte.
Y a los tres días todos estaban reunidos en la casa del Creador, todos menos el campesino, el cuentero, el fabulador, el mentiroso. Elegguá, que abre y cierra los caminos, juguetón y pendenciero, desde la puerta no deja de bailar y reírse, anunciando que faltaba Obbara, que todos estaban menos él, que seguramente estaría muy atareado en urdir una nueva mentira y que se le había olvidado la invitación hecha. Todos reían y contaban las muchísimas mentiras que le habían tenido que escuchar al ausente.
A poco de estar allí, entró el Señor. Los orishas se pusieron de pie, y uno de ellos, no sabemos si fue Oggún, el dueño de la forja, o Ikú, la muerte, o vaya usted a saber quien, lo ayudó a cargar un pesado jolongo que cargaba sobre sus hombros.
- ¿Están todos?
- ¡Falta el mentiroso! – contestaron a coro y con fingida indignación el resto de los invitados.
- Pues no importa, empecemos, pues él llegará, seguro que lo veremos entrar por esa puerta.
En silencio Olofi comenzó a repartir unas hermosas calabazas, elégguede, recién cortadas. Se las dio a todos, pero respetando la dignidad, la fuerza y el prestigio de cada quien. Las calabazas eran hermosas pero no iguales. Entre los invitados empezaron a escucharse rumores y susurros que mal ocultaban la molestia de los santos. Uno de ellos por lo bajo dijo:
- Yo no vine a que me hicieran regalos, vine a resolver un pleito contra un mentiroso redomado. ¡Por eso las cosas están tan mal repartidas! ¡Dentro de poco ni en el cielo se podrá vivir decentemente!
Así estaban cuando, de pronto, un olor a flores blancas lo fue llenando todo. Primero era sólo un leve olor, pero a poco era tan intenso que los invitados, y hasta el dueño de la casa, empezaron a buscar, con la nariz en alto, para poder saber de dónde venía aquel olor. Fue un sirviente el que dio la voz:
- Un jinete vestido de blanco, que monta una bestia blanca, se acerca por el horizonte resplandeciente de blancura.
Olofi sonrió y dijo que era Obbara el jinete, los orishas no disimularon las frases de burla. Un campesino sólo puede oler a sudor, a tierra, a bosta de animal, y vestir los ropajes de su oficio, es decir, los de la suciedad. Imposible encontrar un campesino refulgente y blanquísimo. Pensaban todos. Pero era Obbara, que había hecho ebbó, que es ofrenda y es limpieza, sólo él se había lavado, perfumado, vestido de blanco y cabalgado en animal blanco, de modo que su blancura se confundiera con la del anfitrión y no la manchara.
No más entró aquel campesino, revestido de pureza, su Señor le entregó una calabaza pequeña, deforme y sin gracia. Entregando este presente los despidió a todos, no sin antes advertirle que tendrían noticias de él, pero que no podía decirles cuándo pues eran muchas sus ocupaciones y ya los años le pesaban demasiado como para tener prisa.
Ninguno de los santos se atrevió a protestar, más sin embargo cuando ya estaban lejos de la casa del Señor de la Blancura, Ochosi, el cazador, lanzo su calabaza al borde del camino y dijo:
- Para burlas estoy yo, además yo no necesito calabazas, en mi casa se come carne, carne de lo que yo cazo, de lo que yo me procuro. No necesito que un viejo, por muy santo que sea, me haga regalos. Yo lo que quería era justicia, y eso es sencillamente, castigo para el mentiroso.
Los demás orishas imitaron al cazador y botaron sus calabazas.
Detrás venía Obbara, solo, feliz con su humilde regalo, pero muy honrado, pues no todos los días un campesino recibe un regalo del creador del mundo. Al llegar a ese tramo del camino, y mirar a las cunetas, vio las calabazas y en ellas enseguida reconoció el regalo hecho a cada uno de los orishas. Las recogió con cuidado, las metió en unas alforjas blancas, que tenía debajo de la montura de su caballo blanco y se las llevó a su casa.
La mujer, al sentir el olor a flores blancas, volvió a respirar. Su marido había vuelto sano y salvo, cuando ella esperaba un castigo, pues pocos son los que se logran librar de la ira de tan principales señores. Él se desmontó, se quitó toda aquella blancura y retomó su indumentaria de campesino, no sin antes advertir:
- Esas son calabazas, regalo de Olofi. No las toques, no las cortes ni las cocines. Nunca las maltrates.
Y regresó a sus oficios.
Pasó el tiempo, y un día y otro, y las estaciones y las lunas pasaron. Eran malos tiempos, se había olvidado la lluvia de caer y los sembrados morían, y la gente no tenía ya que llevarse a la boca. Así que un día, que Obbara se había ido a trabajar su campo, y no teniendo nada que cocinar, la mujer le quiso meter mano a las calabazas, olvidando la prohibición de su marido, tomó un cuchillo afilado, seleccionó la mejor de ellas, e intentó cortarla, pero, el instrumento no pudo pasar más allá de la cáscara, dejando ver el contenido de la vianda, que estaba repleta de oro. La mujer recordó entonces las palabras de su esposo y comenzó a temblar de miedo hasta que llegó Obbara y le contó todo lo que había hecho; más él no se inmutó, sencillamente le ordenó dejar las cosas como estaban y esperar.
Más no pasó mucho tiempo antes que el mensajero de Olofi le trajera al campesino otra invitación.
Tres días después estaban todos, absolutamente todos, sin que faltara nadie, reunidos en la sala de la casa del Padre. Había un fuerte olor a flores blancas y era tanta la blancura que se llegó a confundir con la del Señor, que llegó se sentó y dijo:
- Mis calabazas, ¿dónde están las calabazas que les regale? Muéstrenmelas, devuélvanmelas ahora mismo.
Los orishas se miraron entre ellos, aterrorizados, sin poder decir palabra. Nadie se atrevía a confesarle al gran Señor el verdadero destino de su regalo: la cuneta de un camino. El silencio se podía cortar como se corta el queso, o la cuajada de la leche. Justo en ese momento, Obbara, pidiéndole permiso al anfitrión salió y regresó con unos jolongos blancos llenos de calabazas, que enseguida reconocieron todos.
Los santos temblaban de ira y de miedo, Obbara de emoción. El viejo Señor no se inmutó. Con voz suave, como si fuera el viento que pasa por debajo de las puertas o el que acaricia las ventanas, se le escuchó decir:
- Obbara, Obbara, amado por mi corazón, desde hoy tuyo es el oro que se oculta y todo cuanto diga tu lengua será tenido como verdad. Así es y así será hasta el fin de los tiempos, tanto en el pueblo de los orishas como en la tierra de los hombres. Sea.

II

Obbatalá y Orula

El padre Obbatalá estaba viejo y cansado, muchos años ya pesaba sobre sus hombros el gobierno del Universo. Quiso entregar el mando a un joven y fuerte guerrero, pero este debía tener la sabiduría de un anciano; así que `peguntó a todos ¿Quién era ese?, y la respuesta siempre fue la misma: Orula.
Pero el viejo levaba demasiado tiempo en esas cosas de la política como confiar, aun cuando la multitud proclamara a Orula, joven, fuerte y sobre todo sabio. Él quiso probarlo, así que lo hizo venir, y le dijo:
- Orula, cocinarás para mí el alimento más exquisito. El mejor de todos.
El muchacho no entendió. Era un guerrero, ¡como iba a hacer cosas propias de mujer!
Pero aquella no era una orden cualquiera sino que venía directamente de la jícara superior, de la bóveda celeste, del dueño del cielo y de la tierra. Venía desde la pureza, la paz y la libertad, y no quedaba más remedio que obedecer.
Orula se fue a la plaza del mercado, que a esa hora era un gran toldo de color y luz, de olores profundos, de cantos y de cuentos… pero por más que buscaba no lograba ver. Cuando ya el toldo empezó a tornarse gris, allá en un recodo, se topó con una sucia tenducha en la que estaba un vendedor que parecía esperarlo desde antes de la creación del mundo y que vendía enormes lenguas de toro.
Compró una, la puso en una cazuela de barro, a fuego lento, lentísimo, la sazonó con las especias más finas, con los aromas más delicados, y cuando estuvo listo el manjar, lo puso delante de su padre, que gustó y degustó aquel plato hasta arrancarle una leve sonrisa de satisfacción. Pero ya se sabe, la política.
Preguntó el anciano:
- Orula, ¿por qué este y no otro es el alimento más exquisito?
L muchacho se inclinó, miró a su padre a los ojos y respetuosamente descendió la mirada hasta posarla en la cazuela.
- Padre, usted bien lo sabe, de su boca conocí el aceite de la Palabra. Con la lengua se llama a los ancestros, con la lengua se canta, se dicen los poemas, se derrama el aché, la bendición del cielo. Lleva demasiados años gobernando, y lo sabe, sabe de cierto que con la lengua se puede levantar un pueblo.
Obbatalá sonrió en lo profundo de su corazón, pero el muchacho dijo bien… ¡muchos años!
- Ahora, Orula, cocina el alimento más detestable. – dijo el viejo, hizo un gesto y se fue.
Él no lo pensó dos veces, regreso a la plaza, a la tenducha gris y compró otra lengua de toro, idéntica a la anterior. La cocinó en la misma cazuela, con el mismo fuego, con los mismos aromas y con idénticas especias. Todo igual.
Puso el manjar delante de su padre, que tras el primer bocado hizo un gesto de extrañeza, apartó la cazuela y dijo:
- ¿Cómo si antes era el más exquisito, ahora este es el alimento más detestable?
Orula fue quien sonrió esta vez. Trató de sostener la mirada, pero había tanta fuerza y verdad en aquellos ojos que prefirió bajar los suyos. Respetuosamente dijo:
- Padre, padre mío, a usted debo el saber reconocer, por su olor, la buena y mala palabra. Sus muchos años me han enseñado que la lengua también sirve para mentir, para poner zancadillas, para lanzar la maldición y el miedo, para invocar a la muerte y la desgracia. Usted lo sabe, con la lengua se puede hundir a un pueblo.
Obbatalá se puso de pie, creyó que su sangre volvía a correr como cuando era un joven y la sabiduría regresaba a él multiplicada, y dijo:
- ¡Orula, Orula, hijo mío. En tus manos dejo el gobierno del Universo!