viernes, 25 de enero de 2013

El compadre Pitas Pajas

Los personajes de cuentos son esquivos, caprichosos. Nunca se debería esperar nada de ellos. En ocasiones uno se convierte en su perseguidor, sin lograr otra cosa que no sea agotamiento y malos humores. Les pedimos que se nos rindan, que tengan piedad y misericordia de nosotros, pobres diablos, y que acaben de tomarnos. Le prometemos casa ordenada, bolsa henchida, rica pitanza y abundante vino. Más ellos prefieren los tugurios y los seres de mala reputación, o, sencillamente, por su destino andariego, rechazan la braza de los hogares, las camas de paja suave y los almohadones de pluma de ganso. ¿Serán tontos? A mi me duelen. No se me dan. Sin embargo, tengo un amigo que no los procura, que no hace ningún esfuerzo por congraciárseles, y a él si se le entregan. Tirante el Blanco, y su caterva de seres que nunca llegan a dar en la diana, o los pobres e infelices personajillos del teatro de mala muerte, de la representación callejera, juglares, comedieros, bululúes, arlequines, colombinas, frailes, mozas del partido, pícaros, estudiantes, embaucadores, descocados, malolientes, chocarreros y los Pitas Pajas. A él si se le entregó el Pitas. Como una lapa, como sanguijuela de charco. De seguro el personaje se ajuntó con un barbero -dentista y sangrador- para tomar por asalto la abundante y plácida economía de mi amigo. Eso, eso mismo. El condenado Pajas usó malas artes. Brujerías, ensalmos, encantamientos, pócimas. Abracadabra. Pitas Pajas abordó a Antonio González Beltrán. Y el Antoñico, muy galante, muy gatico de María Ramos, parecía no molestarle. Se paseaba orondo con su compaña infiel. Verde de envidia los miraba. Tomabanse las manitas –como cuando Bragueta y él se quisieron ligar a idéntica doncella- y se balanceaban sobre la tela de una araña. Dos elefantes, ¿o eran tres? Al González Beltrán lo conocí en las alturas de México, el 13 de septiembre de 1989. Poco después tuve noticias del Pajas. Vivíamos en el Hotel Monte Real, en la calle Revillagigedo, muy cerca de la Alameda. Venía junto a su tropa, con un miembro de más, de polizón, que por ahora me reservo. No vaya a ser que le echen por la borda. Cristina Macía, José Manuel Garzón y Maite, con sus miedos y aquel terror en valenciano, hicieron entrada en el largo y estrecho salón del establecimiento, que, como corresponde a un sitio frecuentado por artistas y poetas, terminaba en barra bien surtida. Nadie nos presentó. El promotor de aquellos jolgorios era un pobre ser, retorcido y hambriento, al que no se le daba la fidelidad y la permanencia, sino la intriga y el atentado. Como siempre sucede en estas historias, los malacabeza, los revoltosos, se buscan como moscas a la miel. Pronto estábamos en la conversada. Después del acto de instalación de la Muestra Internacional de Narración Oral Escénica en el Teatro Legaria terminamos en uno de esos antros que le son propicios a los de baja estofa. Llegados al hotel descubrimos que estaba cerrado el restaurante. Así que, menos Teresita Fernández y yo, los contadores de historias se fueron a un negocio que estaba enfrente. Cuando nos retirábamos, pues los cubanos sabemos ser pobres con discreción, un matrimonio canario sonrió. No fueron necesarias las ingratas palabras. Ellos iban a pagar, estaba claro. Adelante, que apetito había. Teresita Fernández, la hija del asturiano y la valenciana, hizo tantas de las suyas, que terminó encantando al grupo; y como yo era el ayudante del hada madrina, de rebote, me llegaron los beneficios. Aún no era mi hora. Pero pronto el destino se me tornaría propicio. Estábamos tan llenos de inocencia y de ganas de descubrir el mundo de los cuentos que podíamos soportar larguísimas jornadas donde había de todo como en botica. Señoras del bolso, maestros de escuela, caza fortunas, litigantes, menopáusicos, trotamundos. Aquello más parecía una corte de los milagros. Artistas, seres tocados por la gracia, también encontramos. Sobre el escenario del Legaria vi a Antonio González y a La Carátula relatar el Misteri d´Elx. Fue la primera vez, no la última, en la que alguien me hizo llorar con una historia. ¡Viva la Madre de Dios! fue la fuente de donde manaron mis aguas. Había tanta fuerza de gozo en la voz de aquel hombre que era capaz de desatar los diques, de romper brocales. Presentimos lo que vendría. Ellos fueron teloneros de sí mismos. Pero hay que tener paciencia, al igual que con la revelación del nombre del pasajero innombrado. Por aquellos días vivían bajo el mismo techo cuenteros de medio mundo o de un mundo y medio. Tanta era la cháchara y la algarabía. No parábamos. En el fondo éramos concientes de que estaba naciendo algo que nos iba a trascender, pero también que las edades de oro duran poco. El inspirador de aquellos vientos se convertiría en huracán. Es curioso, nunca puedo dejar de imaginar que se golpea, con sus zapatos de pura piel de cerdo, las asentaderas. Por aquellos días conocí de Fiestas de San Antonio, de garrotes tocuyanos, sobre pueblos de la Venezuela profunda, pintadas caraqueñas, de las múltiples maneras de amansar el café y de que al plátano fruta se le podía llamar cambur, que es una palabreja sonoro. Todo en la voz de los de la Unión de Narradores orales de Venezuela (UNOES), Las Cuentacuentos de los Caobos (que antes fueron Los…) y La Vaca Azul. Escuché de judíos y de Puerto Limón a un enorme polaco-tico-chilango. Me deleité con las historias de las Damas de la Caricia que merodean por Tenochtitlan. Encantado gocé la ternura que se escondía detrás de un dramaturgo que, sin embargo, insistimos en colocar entre los escritores de la violencia colombiana. Fascinado sentí el cosquilleo de brujas urbanas. Voces, susurros, lamentos, gritos y desgarros de gente común, que tiene historia y palabras para contar. Podría ser que aquel estado de gracia nos marcara, distorsionando la verdad. Puede ser que yo esté fabulando. Pero esos son mis recuerdos. Bruma, puro velo del templo de la memoria que me defiende. Tengan piedad. El encuentro con los carátulos y su director pareció no tener frontera. Cuando creíamos haber presenciado la difícil combinación de fe y sentido de la verdad, maestría en el arte de contar y sabor popular, cuando estábamos seguros de que a nada más deberíamos aspirar; nos sorprendió un ingrediente que terminaría transformando nuestro arte y la visión que teníamos de él. Aquel grupo ilicitano parecía entrar en el reino de las posibilidades infinitas al colocar a la Narración oral contemporánea en una dimensión de espectacularidad total que le permitiría responder al nuevo contexto, a las nuevas situaciones de comunicación con las que nos retaban los públicos, partiendo de las herramientas de la fiesta y del teatro popular, de la juglaría ibérica. La Narración Oral Escénica (NOE), sintagma vacío, que si bien tiene el valor de ser la causa primera, el impulso inicial, pronto se nos mostró superada, cuando apareció Pavana de Amor y Muerte. Los presupuestos estéticos y la teoría al uso no servían para explicar este acontecimiento, era como intentar estudiar lo infinitamente pequeño echando mano a Isaac Newton o a Albert Einstein. La obra de Antonio González y su grupo fueron la puerta y el nuevo camino que nos obligó a pensar en los odres que necesitaba el vino de la Escritoralidad. Pronto fue evidente que la NOE era vasija inadecuada para cosa nueva alguna y de que iban a aparecer, de inmediato, sus agujeros y costurones. Durante mucho tiempo hemos discutido sobre las causas económicas o psiquiátricas, sobre los problemas epistemológicos o humanos, que hicieron que el flamante Movimiento Iberoamericano de NOE se fragmentara y desapareciera, justo en el momento de su irrupción en el panorama cultural de nuestra lengua en los años 90 del pasado siglo, perdiendo así la posibilidad de influir, sanamente, en los derroteros de la Cultura Popular; y es que no atendimos a las señales que, desde nuestro interior, se estaban dando. Pavana… fue una clarinada. Músicos en vivo, vestuario que marcaba el carácter juglaresco, luces escénicas, sentido danzario de los desplazamientos y de la composición; todo dentro del marco de la tradición ibérica, refuncionalizada, puesta al alcance y a la sensibilidad de los receptores, influidos por el Teatro, el Cine, la Literatura y el orden de cosas o los imaginarios que nos forman y deforman. Antonio González Beltrán y La Carátula abrieron las puertas a una auténtica transformación creadora del acto de contar, pues al introducir o cambiar códigos, respetaron los diseños de la palabra dicha de viva voz. Todavía le debemos un análisis más pormenorizado de su impronta. Otros de sus montajes presenciamos. Tirante el Blanco, unipersonal de Antonio, y un espectáculo, que no recuerdo su título, pero si su factura, protagonizado por él y por José Manuel Garzón, estrenado durante la Bienal de Oralidad de Santiago de Cuba en 1997. En ambos se mantenía la estética de la agrupación, pionera del teatro independiente por más de cuarenta años y depósito del ideario republicano y antifranquista durante la dictadura e incluso después de la “transición”. Y no podía ser de otra manera. La Carátula es, ante todo, una empresa familiar, que tiene su origen en cómicos de la legua que mantuvieron en Argelia un arte y una cultura popular que el Caudillo, y sus secuaces, pretendieron prostituir. Desde el Magreb colocaron la cimiente de lo que luego sería una de las lecturas a la Oralidad y la Cultura Popular más sobresalientes de los últimos años. González Beltrán y los suyos, junto a la UNOES de Venezuela, fueron los primeros en desligarse de la ortodoxia y los frenos de la NOE, creando un sistema de festivales que encontró vida independiente y ecos. A partir de ellos, los Narradores orales dejaron de verse fuera de los reinos del arte popular y aprendimos a justipreciar las tradiciones africanas, nuestro americanas y arabo musulmanas, que muestran una vitalidad sorprendente, o los valores que le son propios al actor y el performer. Por otro lado, asumimos maneras distintas y distantes de entender y facturar la Oralidad, como fueron los espectáculos de Arnau Vilardebó, Jean Michel Hernández y Luciano Federico, por citar alguna referencia conocida, cuya cercanía al arte del cuentero va más por el camino de lo que Ruth Finnegan conceptualiza como oralidad de la representación. Viendo y viviendo las experiencias de estos eventos pudimos reconstruir la historia de la Narración oral en Cuba, al encontrar las herramientas que nos permitieron entender, y valorar, la obra de Luis Mariano Carbonell, que hace parte de esa misma corriente. Antonio y Segundo Ceballo, junto a la UNOES, supieron intuir, no solo lo que se avecinaba, sino lo que éramos. Por eso sus eventos fueron de Oralidad y no de Narración oral únicamente, lo que constituye una ganancia teórica y practica de primer orden. Si no entendemos a ese sistema simbólico de expresión, de creación del lenguaje, como un todo, corremos el riesgo de mutilarlo. La Oralidad ficcional es cuento oral, poesía oral, saber paremiológico; relacionado con las otras “oralidades”. No podemos analizar las operaciones retóricas lejos de la conversación; o esta separada de las representaciones y fiestas populares; las normas de cortesía en las antípodas de los rituales cotidianos; y estos en oposición a los ritos y las liturgias; o ellas alejadas de lo oral que se ejecuta en el desfile, las procesiones, el proselitismo y los actos masivos de la política. Cada parte es esencial al todo de la Oralidad; si cortamos uno de los hilos, de los vasos comunicantes, corremos el riesgo de no entender y, lo que es más peligroso, de desnaturalizar una realidad simbólica, una matriz, que está en el centro de lo humano. Entender la parte como si esta fuera el todo, desgajarla, distorsiona la realidad, y no permite que el reflejo sea fiel. Si no fuera suficiente con el trabajo práctico y gerencial en el Teatro y Oralidad, Antonio González, abrió puertas para el ejercicio de la investigación escénica y filológica, para la crítica, dedicándose durante años a la docencia universitaria y a la formación de actores y narradores de cuentos, así como a la edición de libros que van desde la dramaturgia de Francisco Nieva en la editorial Cátedra, pasando por los testimonios y la historia de su grupo, hasta la preciosa y cuidada traducción de Cuentos y Leyendas populares de Marruecos de Francoise Lêgey (Siruela, 2009). Esta última, quizás, la obra más personal pues le permitió el regreso a África, su tierra natal. Nació en Sidi Bel Abbes, Argelia. Pero, y he aquí un dato importante, su magisterio se ejercía más desde la conversación que desde la academia pura. Largas estaciones frente a una garrafa de vino, sazonado con quesos y embutidos, fueron extendiendo sus saberes a través del intercambio y la discusión, en la escucha fraterna. Quizás eso ocurrió en los primeros tiempos de manera generalizada pero luego, algún sector, cansado de los temas recurrentes o por la docta ignorancia de algunos, hicieron que se llegara hasta el extremo de declarar pavoso, es decir, portador de mala suerte, el intentar encontrar fundamentos y argumentos para las artes de la Palabra. Solo un pequeño sector, entre ellos el argelino-ilicitano, mantuvo el interés por los estudios y propiciaron la búsqueda de bases sólidas para el ejercicio de una práctica artística milenaria, que debería asumir ya el reto de conocerse a sí misma. Los círculos de amor fueron el vínculo, la argamasa que nos unió. Otra cosa es la teoría. Aunque, por momentos, apunte, señale, describa, más que una especulación o estudio, este es mi testimonio de un tiempo pasado, que fue el de la renovación, actualización y concreción de procesos culturales liberadores, que comenzó en el Siglo XIX, y que, sin embargo, se extiende hasta hoy como obra colectiva. La Narración oral contemporánea es una respuesta civilizatoria multicultural, y no creación de uno o varios iluminados. Por otro lado, la Oralidad es vínculo y compactador de imaginarios, medio para sostener y fortalecer lo colectivo en el contexto de una “cultura dominante” empeñada en quebrarlos, y que también se construye desde actos primarios, mínimos, que entrañan amistad y cara a cara. Para la juntamenta y el intercambio, se deberían hacer los eventos artísticos y populares. Nuestra historia a partir de 1989 estuvo entrelazada. Tejimos. Cristina Macía, entonces compañera de Antonio González, era la guardiana del polizón. En su vientre viajaba una niña que, por obra del cuento y de los encantos de la autora del Gatico Vinagrito, se llamó Marina Teresa. La guitarra de la trovadora fue bautizada Isabel, como la abuela de la niña. Mi hijo Ernesto tuvo un tío “español bueno”, mi mamá venezolana es la hermana de Antoñico, entonces él es mi tío y a la vez hermano. José Manuel es Garzoncillo, y su vasca mi pandilla. La Virtu y su comparsa bailan al son de la conga de Cuba, y yo aprendo sobre Granada y Federico cual mi sangre. Venezuela es matria antes de que lo reconociera, por obra de los Ceballos y del Caimán de Sanare, que me abrieron los ojos y los oídos. Pacho Centeno me llevó a Colombia y fue esta la primera vez que sentí que podíamos hacer llegar lejos la voz, y supe del poder sanador y salvador de la belleza. Mi viaje a esa raíz sudamericana se fraguó por el Camino de la Alcachofa, junto al Mediterráneo. Cuando quisimos romper las cadenas y los lastres, cuando intentamos mostrar nuevos aires a la Narración oral que se hacia en Cuba, nos fuimos a Santiago de Cuba, a fundar la Bienal Internacional de Oralidad, con los dineros y los cariños de aquellos que se hicieron hermanos. Cuando estuve solo y acorralado, fueron llave y sostén. Antonio González Beltrán se ha ido a un reino donde le acompañaré mañana. El pobre personaje de los cuentos populares ibéricos no pudo seguirlo. En otra época le hubiera pedido que viniera, que encontraría cobija, pero ahora no. No tengo fuerzas. Quisiera poder encontrarle morada pronto. La bonhomía de mi amigo merece el homenaje de que él regrese, de que encuentre una lengua y un alma generosa como la suya. Cuando, un día, en cualquier encrucijada crea ver el rostro barbado y los ojos chispeantes de un cuentero invocando el nombre de Pitas Pajas, sabré que, por obra del milagro de las palabras, mi hermano habrá regresado para encantarnos. Mientras, nos hemos quedado tan solos, que damos grima. En harapos. Un cuentero se ha muerto, y es como si todos hubiéramos partido. Como si se hubiera roto la Palabra. Qué Sidi Bel Abbes, transformado en pájaro, lleve su alma hasta el lugar de los justos. ¡Resuciten, levántense!, así grita el Antoñico mientras hace su largo viaje hacia la luz. Es hora de obedecer. Santa Palabra.