martes, 2 de octubre de 2012

Chávez: la raíz y el hombre

Amo a Venezuela y su gente, por eso la pienso y convierto en visiones y tanteos, en palabras. Advierto que no soy sociólogo o historiador, tampoco pretendo hacerme pasar por tales - dar gato por liebre- aunque, por momentos, interprete sucesos y personas, puestos en situación histórica. Aún en esas circunstancias, no dejaré de ser nada más que uno que mira y da testimonio. Contemplo y hablo. Soy un escritor, un hombre que piensa, una conciencia que critica y no “la conciencia crítica”. Todo cuanto diga será nada más que recuerdos, apreciaciones, que pueden o no coincidir con las de los especialistas o con la de algunos compatriotas, pero pretenden ser coherentes y fieles. Me responsabilizo. Se que la libertad exige tal precio. Soy uno que ama, aunque hay amores que matan, según dice el refrán común. Intentaré amar sin matar. Este es el país que yo conocí. Llegué a Caracas, por vez primera, en septiembre de 1991, a más de un año del Caracazo, que ya sabemos fue una respuesta desorganizada y sin liderazgo visible de una clase popular explotada hasta el hartazgo, pero que hizo visible su despertar, anticipándose a la indignación, tan de hoy día, únicamente que mediante un revuelva que fue la expresión más clara de la actualización y refundación de su bicentenaria vocación de lucha. Viví en el país, y lo he visitado en innumerables ocasiones durante más de veinte años. He escrito acerca de los palpables signos de desorden, descomposición social y caos en la Venezuela de la IV República. La burguesía media-alta, antes de 1998, añoraba a otro Marcos Pérez Jiménez, o a cualquier dictador que pudiera devolverles la gloria perdida. Comenzaba a descubrir que, como clase, estaba desapareciendo, que perdía cada vez mayores porciones de la torta y que necesitaba hacer algo sino quería entrar en la categoría de los extintos. Ese hacer, ese actuar, parecían trasferirlo a los “pata en el suelo”, con la secreta intensión de que, una vez obtenidos los cambios, poderlos manipular a su antojo y usurparles los resultados, o, en última instancia, darle a los militares la misión de hacer lo que no podían o querían, con la esperanza de que, una vez tomaran el poder, se retiraran a los cuarteles o implementaran un régimen al estilo de la dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet en el Chile de 1973. La burguesía media, en general, sin guáramo, reconocía que había perdido potencia, empuje, estaba llena de complejos, pues sabía que no tenía fuerza transformadora acumulada ni capital social fresco que ofrecer. Todo lo había perdido en su estéril combate con la oligarquía – dueña y señora del poder-, tratando de rellenar la brecha entre ambas, vertiendo en ella, no su capacidad y potencia revolucionaria o conocimientos y habilidades, sino un conjunto de cachivaches programados para morir, comprados con tarjetas de crédito, por lo que se conformó con la adopción de una cultura sifrina, es decir, la de la Sifrinita de Caurimare, aquel popular personaje de telenovela que tan bien los retrata como grupo: ridículos, ostentosos, vulgares, amigos del plástico y la chatarra, lectores de best seller y no consumidores de Cultura; títeres por vocación cuando pretendían ser actores; en fin, se conformaron con la condición de nuevos ricos, solo que ahora dependientes y venidos a menos, pues su nivel adquisitivo cada vez se hacia más precario. La clase media venezolana me recordaba a la nobleza española del Siglo de Oro, claro está, que a los de cuna y no de fortuna, los Grandes de España que no tenían ni una perra en el canuto, pero preferían aliarse a los pícaros o ser victima de ellos, antes que poner las manos en cualquier obra. Ya sabemos que a la burguesía le cuesta trabajo hacer cosas con las manos, ella se siente llamada a dirigir, controlar y reproducir su capital, más deja al sudor ajeno la obtención de la plusvalía, que es su fuente, su manadero. Esta versión venezolana de la clase media no es uniforme, como en todo lo humano. Hay también, ¿por qué negarlo?, un sector de la burguesía media profesional y del empresariado que se empeñó en avanzar contra corriente, apostando por el trabajo y la reproducción del capital, aunque pronto se convirtieran en victimas de un sistema de depredador que rechaza la existencia de productores y productos reales. Por aquellos años yo sentía, percibía, y claro que esto es muy subjetivo, una tendencia mayoritaria a crecer dependiendo de la economía de servicio y del petróleo, con la consabida estimulación a la importación y el consumismo, antes que dirigida hacia la exportación diversificada y la racionalidad, que equilibrara la balanza comercial y solidificara la macroeconomía, haciendo posible políticas más humanas y justas de distribución de la riqueza. Por otro lado, esta misma clase, o sus sectores más sanos y patriotas, estimulaban a la reafirmación de la venezolanidad. En esta posición le acompañaba la mayoría. Solo que recuerdo que la campaña mediática por la reafirmación nacionalista se centraba en la promoción del hábito de consumir arepas, jugar dominó, bolas criollas, arpa, cuatro, maracas y concursos de belleza, estos últimos introducidos y controlados por cubanos emigrados a partir de 1959, muy relacionados con los sectores más conservadores del llamado “exilio tradicional” de Miami. En algunos lugares, como en Barquisimeto, Estado Lara, vi la recuperación de auténticos valores como la tradición del garrote tocuyano –arte marcial criolla-, la música venezolana de concierto o la promoción de los relatos orales nacidos del pueblo y sus portadores activos, como José Humberto Castillo, El Caimán de Sanare; o en la capital del país la obra del Maestro José A. Abreu en el sistema de orquestas sinfónicas y la narración patriótica desde Rajatabla; o los teatros experimentales y juveniles extendidos por todo el país. Yo intuía que la burguesía media quería cambios, que los necesitaba para sobrevivir a la avalancha neoliberal, pero sabía que, como clase, temían que la “medicina” podría salírseles de control e incorporar el “daño colateral” de la transformación de una reforma en revolución. Tal cosa tenían que evitarla. Por eso, algunos sectores, celebraron el alzamiento cívico-militar del 4 de febrero de 1992. Hugo Rafael Chávez Frías podía ser el nuevo Marcos Pérez Jiménez en su imaginario. Escogieron mirar a sus sueños y necesidades, renunciando a la realidad. El militar amotinado les dio un aviso que ellos decidieron ignorar: ¡Por ahora! Ese fue un movimiento breve, de raíces profundas. Chávez le advirtió al pueblo que era nada más que el comienzo, un gesto de anticipación, mostró que no se trataba de una escaramuza de militares descontentos o ambiciosos y que su proyecto no se conformaba con la toma del poder sino que haría temblar al país hasta “la oscura raíz del grito”. Los sectores populares tuvieron oídos para oír, y ojos para ver. La burguesía vanidosa prefirió narcotizarse e intentar alianzas y compra-ventas. Recuerdo a un ilustrado ancianito que pretendió confundir al comandante, tratando que este, ya en el poder, reafirmara en sus sueños a los sectores de poder económico y se convirtiera en un presidente más, que tratara a su pueblo como carneros o como papagayos de feria. El resultado ya se sabe, el pobre señor optó por mover los hilos en las sombras, discretamente, pues el militar, ahora civil y primer mandatario, sacó su fibra bolivariana y lo mandó a paseo. Nunca entendí, ni aún hoy, como es posible confundirse de manera tan radical. Hugo Rafael Chávez Frías tiene la virtud de la transparencia. Frente a él, ni siquiera hay que esforzarse en la interpretación de entrelineas, pues no las tiene. Todo en Chávez es claro, hasta en sus excesos y errores, desmesuras y destemplanzas. El presidente es, y lo demás, puras palabras. Es raíz y hombre. Es. La derecha ve como flaquezas sus puntos invulnerables, la izquierda se desconcierta, pues no está totalmente preparada para entender la cultura popular y el “alma llanera”. El comandante es un salto histórico y una singularidad en las fuerzas progresistas y revolucionarias. Es la anticipación de lo que vendrá. En estos días Vadell Hermanos Editores ha publicado uno de los documentos más significativos e importantes para entender el “fenómeno Chávez”, uno de esos libros-pórtico, que no debían interesarnos únicamente por lo rara de su propuesta sino porque contiene las claves para entender una realidad y un universo que le supera, que salta de sus páginas y penetra todos los terrenos posibles hasta proporcionarnos una visión de un país, un líder, un pueblo y una realidad concreta. Si leemos Cuentos del arañero, compilado por los periodistas Orlando Oramas León y Jorge Legañoa Alonso, como una biografía novelada, un libro de memorias o una antología de relatos orales, puede que nos resulte conmovedor y simpático, hasta que sea una experiencia estética imborrable, pero estaremos renunciando a saborear otras porciones tan sustanciosas como estás. La derecha política, que puede balancearse entre la chabacanería ignorante, el discurso académico inentendible o el reduccionismo, y la izquierda, tan amiga de la retórica clásica o el discurso de barricada, se desconciertan ante el presidente Chávez, que sin dejar de ser un estratega, un pensador, un organizador y un líder, exhibe una obra múltiple en sus recursos y resulta estar en consonancia con el alma de su patria. El presidente de la República Bolivariana de Venezuela no esconde su humanidad, sino que hace evidente sus raíces, sus horcones fundacionales: la Familia, el Ejército (cuerpo y escuela de lealtades y sacrificios), y la Cultura Popular (tanto material como espiritual, la venezolanidad); todo imbricado de tal manera que entendemos la sustancia de su actuar y sus proyecciones de futuro, sin distorsiones, es decir, directamente, a través de su discurso, de su manera de ser y de estar, de su conducta no verbal, pudiéndose entender de inmediato el ligamen entre el líder y sus bases, entre el proyecto que se gesta en las alturas del poder y el que se viene forjando entre la gente común. Este proceso de unidad e intercambio ha pasado por diferentes etapas, e incluso ha superado la prueba de fuego de la guerra mediática, paros empresariales, golpe de estado, saboteo parlamentario, desconocimiento de resultados electorales o derrota en las urnas, “güarimba”, abstención, ineficiencias, corrupción, deserciones, conspiraciones, traiciones, asesinatos, importación de paramilitares, la mentira y el doble rasero, así como el intento de sembrar la imagen de un presidente vulgar, autocrático y egocéntrico. A partir de las más de trescientas emisiones de Aló, Presidente, programa radiotelevisivo en el que Hugo Chávez se comunicaba con la población, estos dos periodistas cubanos fueron descubriendo y entresacando pasajes, fragmentos, en los que el mandatario se refería a su vida personal, y, sorprendentemente, en ellos uno puede descubrir que su trayectoria es la de un ciudadano común, solo que este participa como protagonista en episodios excepcionales de la historia del país, entre otras razones, por su condición y origen de clase, pero evidentemente porque está dotado de una sensibilidad excepcional para leer y vivenciar su historia y la Historia. En Cuentos del arañero uno puede entender a la Venezuela de los últimos cincuenta años, nada más que siguiendo la vida de este ser humano, nacido en los llanos barinenses, que aprendió a hurgar en sus raíces y encontró modos para que esos lazos se extendieran más allá de su pequeño espacio-tiempo y se imbricaran en la historia bolivariana, que es el relato más fiel de la independencia y la conformación del espíritu de aquella nación. Este libro, que también se puede encontrar en su versión electrónica en el sitio Cubadebate, constituye un tratado de sabiduría y gracia popular, un resumen de las raíces y la personalidad del llanero y del venezolano, un testimonio, de primera mano, de un hombre que se supo construirse a sí mismo, sabiendo que ese era el modo primero de hacer patria. Dice Jesús de Nazaret, tan admirado y querido por el presidente, que “de la grandeza del corazón habla la lengua”, y como lo que hoy se lee, en su momento fue dicho y escuchado, podríamos afirmar, sin exageraciones ni extravagancias, que por Hugo Chávez y su grandeza hablan estas palabras. En ellas encontramos además el carácter constructor y revolucionario de la fe cristiana encarnada en las personas y los pueblos, hacemos un paseo por sus “poderes creadores”, o descubrimos una escuela otra para formar hombres de bien que no renuncia a exagerar sobre el tamaño de los caimanes y las culebras, que tiene la manía de rellenar las historias, o vemos a un hombre que se conduele del dolor donde quiera que este brote, o que es capaz de ir formando y forjando almas en medio de un cuerpo castrense a punto de morir, recuperándolo en su verdadera dimensión y papel dentro del concierto nacional, o lo palpamos devolviendo a la paternidad su papel forjador y su capacidad de dar y recibir amor, desde la ternura y la varonía. Largo sería el comentario si seguimos cada una de los derroteros que nos anuncia y propone Cuentos del arañero. Sirva esta aproximación, mínima, para incitar a su lectura y reafirmar la validez de los saberes populares cuando estos se encarnan en un proyecto de vida encaminado, por elección y vocación, al bien común. El presidente Hugo Rafael Chávez Frías no necesita de la enfermedad y la muerte para levantar devociones y seguimiento, él fue educado por su pueblo y le regresa su sabiduría y su sabor multiplicados; por eso no nos descubre la empanada, ni la cachapa, ni la arepa, ni el agua de papelón, ni la araña o el dulce de lechoza, no nos pone en la mesa una ayaca de mentiras o hace sonar el joropo para atraer ingenuos y adormecer a los borrachitos en tiempos de elecciones, o se dispone a batir el barro con fines espurios, pues él ya conoce su medida. Chávez cree en los mismos poderes en los que creía Aquiles Nazoa, que habitan en las casitas de cartón de Alí Primera, o cree en los que entonan cantos de ordeño en la sabana, cuyo cielo exagera el azul, el rojo y el dorado hasta humillar al verde, escondiendo a los misteriosos babos y a los juguetones chigüires, y que acaricia la panza de las bestias y la polaina de los centauros. Él sabe de la paciencia con la que se preña un país hasta verlo convertido en patria bonita. ¡Salud arañero! Bienvenido a la fiesta de la Palabra.

1 comentario:

Juan Martinez dijo...

¿Leí bien o a este título le falta una m?