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miércoles, 16 de mayo de 2012
!Honor y Respeto!
Apostillas a Los Dueños de la Palabra
Lo primero, es lo primero
Un alma bien temperada acoge, saluda, hace sentir al otro, a los otros, que están en el justo lugar, que llegaron a tiempo, que son bienvenidos. Empecemos por ahí. Y hagámoslo a la manera tradicional haitiana: ¡Honor y Respeto! Señoras, Señores, la sociedad… Esas palabras parecen contener todo el sentido, el entendimiento y la razón necesarios. Ellas fueron traídas por Mimi Barthélémy, la cuentera franco-haitiana, que tanto nos hizo intuir sobre el oficio de contar y sobre la realización misma de Los Dueños de la Palabra, jornada que tuvo lugar entre los días 24 y 26 de marzo, aquí en La Habana, capital insular y mítica, en celebración por los cincuenta años con el cuento oral de Mayra Navarro.
La Gran Dama del Cuento francés vino de la mano de Coralia Rodríguez, quien durante mucho tiempo ha estado ha hecho atravesar el Atlántico a algunos de los más importantes protagonistas del renacimiento de la cuentería en África y Europa, enriqueciendo las orejas y los ojos cubanos. Por esta vez se le unió también Hassane Kassi Kouyaté, patriarca del clan Kouyaté, que como se sabe es una de las familias de djeli más importantes e influyentes dentro del mundo tradicional africano, además de ser él mismo protagonista del panorama teatral de varios continentes.
Cuatro maestros para tres noches. Cuatro personalidades, estilos, cuatro avatares, más un solo propósito: contar y encantar.
Ellos serían las fuerzas, los hechizos, los talismanes que conjurarían el mal primordial de los espectáculos de Narración oral en este país: el Síndrome de las Butacas Vacías. No nos llamemos a engaño, salvo alguna que otra sala pequeña o festival de paso, los eventos de este arte adolecen del abandono y la indiferencia de las instituciones, la prensa y los públicos, o más bien, no han logrado concretar, materializar, uno que se le sea propio y fiel, que le acompañe y le juzgue. Y es que la Narración oral en Cuba no ha superado los estados nacientes, tan amateurs, y algunos insisten en permanecer en ese periodo de infantilismo conceptual que le hace competir con el Teatro o con las otras Artes Escénicas, en el mejor de los casos, cuando no se aferran a una supuesta condición actoral de sus hacedores. Esta indefinición, que será superada con el tiempo, el dolor y el trabajo, comienza a agotarse y ya está dando síntomas de que es necesario sustituirla por otra lógica, pues de permanecer, podría, si no terminar minando las bases de este arte milenario - cosa que es prácticamente imposible- sí, al menos retardando su desarrollo y adaptación a las nuevas situaciones comunicativas que entraña la hegemonía de una cultura global. Bien mirado, esa cultura podría ser enriquecida si no se pretendiera legitimar solamente algunas normas u “hormas” teatrales y se asumiera una visión ecuménica que incluya a los hitos de las otras artes, más las necesidades y realidades de unos receptores que, viviendo a tono con los tiempos, se parecen más a sí mismos que a sus predecesores. La pretendida universalidad de la Cultura, como si ella fuera un conjunto de leyes naturales inmutables, válidas siempre, y no un contructo, hace que seamos incapaces de reconocer que el problema fundamental del artista de hoy, incluido el oral, no se centra en la aceptación de un “tipo cultural válido para todos”, sino en la creación de un “tipo particular y único que sea capaz de comunicarse con todos y en todos” a través de la creación de un tiempo y un espacio fabular abierto, de un universo hasta cierto punto vacío, que permita la inclusión y absorción de todos en el Todo, o la conformación de un Todo en/con muchas partes distintas. Los aportes de las artes de la representación incluyen a los que vienen de los artistas orales, son el resultado también de su legado, aún cuando ellos se muevan en los predios de la Oralidad, sistema simbólico de expresión, creador de lenguajes, que maneja en su discurso no sólo el texto de la representación, sino además uno narrativo y otro de la recepción y del receptor. No se podrían entender las nuevas teatralidades sino se comprende cómo el Narrador oral, que a partir del Siglo XIX, rompiendo el esquema de la trasmisión tradicional, artesanal, fue capaz de crear una tecnología para su arte, aportando un oficio artístico contemporáneo, e influir con sus códigos y recursos en la trasformación de las mismas. Creo que no se podría comprender el valor de la corporeidad del artista, de su cuerpo como signo, sin la aportación esencial del cuentero, como tampoco el recurso de la mirada, el valor de los espacios comunes o el sentido mismo de la Palabra como vehiculo y vasija - entre otros aspectos- que seguramente serán estudiados con detenimiento cuando seamos capaces, ante todo, de decir “¡aquí estamos, somos lo que somos, mírennos!”, libres de complejos de inferioridad o de reacciones neuróticas y perretas de adolescentes.
El asunto es que al llamado de Los Dueños de la Palabra acudió público, sala llena en todas las funciones, y habría que preguntarse el por qué, cómo es que ese evento lo logró cuando otros apenas lo intentan, más casi siempre mueren de inanición por el camino. ¿Podría decirse que algunos acudieron para ver lo extranjero, lo exótico, que otros fueron por novelería o por esnobismo? Todo puede ser y hasta eso, pero no creo que fuera lo distintivo. La gente acudió a un llamado particular, específico, inconfundible: a escuchar cuentos de la boca de cuenteros bien definidos, que son maestros en su arte y que este alcanza en ellos una identidad sólida. Fueron a ver artistas de muy alto nivel y prestigio. Nadie propuso liebres sabiendo que abundarían gatos, y el auditorio intuyó la autenticidad de la oferta. Sé que además influyó una publicidad insistente o un compromiso personalizado, que por otro lado estaba el deseo y la obligación de celebrar a la Navarro y que ella tiene alumnos o áreas de influencia muy diversos; que se escogió una institución - la Sala Adolfo Llauradó- prestigiada por el alto nivel y la regularidad de sus ofertas; que se contó con el apoyo de personas e instituciones; que el programa no promovía una tendencia sino que se abría; que se creó un ambiente de confraternidad y complicidad; pero también no hay que olvidar que se tenía en contra la mala propaganda que insiste en la “no profesionalidad” de los narradores orales; la supuesta o real mediocridad de sus propuestas; la irregularidad de su programación; la visión errónea de que el trabajo del cuento narrado de viva voz es algo para los niños o la prioridad que algunos dan al arte del relato en su función pedagógica o de estimulación de la lectura o esa leyenda negra que gravita sobre él y que hace que algunos lo vean como el hijo bastardo de la Literatura, del Teatro, o la reducción de la cultura popular a espacios periféricos, etc.
Para tratar de entender y de explicar lo ocurrido en esas jornadas nos aventuraremos en el análisis particular de cada uno de los espectáculos, porque indudablemente la autenticidad de las propuestas o la definición y las estrategias de publicidad o gerencia; o las alianzas y sinergias; o las causas coyunturales, contribuyen a la consumación y recepción del acto, pero no logran explicar la valía del hecho artístico, pues él deberá explicarse por sí mismo, sin necesidad de muletas.
Entremos pues al hecho en sí, a la sustancia y al accidente que es el arte de cuatro cuenteros de excepción: Mayra Navarro, Mimi Barthélémy, Coralia Rodríguez y Hassane Kouyaté.
Contar cincuenta
El primero de los unipersonales presentados, como lo indica el subtítulo, fue el de Mayra Navarro, y hacía referencia directa al motivo de la celebración y preparaba para su recepción a un público que enseguida comprendió y constató que se trataba de una antología de textos orales más que de un espectáculo que se moviera dentro de una unidad temática y conceptual, aún cuando este motivo condicionara una cierta coherencia expresiva, pues el discurso se terminó de conformar a través de la relación particular que se estableció, en el aquí y ahora, entre las historias individuales, las circunstancias y cada uno de los públicos. Quiérase o no, con independencia de nuestra postura teórica, hay que coincidir en el principio básico de que la Oralidad parte, a diferencia de otros sistemas, de la integración en la elaboración del discurso de un receptor activo y cocreador, del que depende en mucho la estructura y hasta el contenido final de lo dicho; que es entonces obra no sólo de una personalidad puesta en situación espectacular, sino de la interrelación entre ella y los presentes.
A este momento no sólo le asiste una selección, una voluntad de escogencia, sino una historia y una práctica artística que le dan acabado y autoridad, potencia. La narradora cubana es hoy la principal figura de la Isla en su arte, además de ser la depositaria de una tradición que nace en la primera mitad del siglo XX con María Teresa Freyre de Andrade, se continúa con Eliseo Diego y los profesores de La Hora del Cuento en la Biblioteca Nacional José Martí, pasando por la Narración oral escénica como estación de paso obligado, hasta desembocar en el sistema pedagógico y de práctica artística oral que ella creara y protagoniza, distinguiéndola del conjunto de las personas y acciones que arman este derrotero en Cuba, siendo este el más coherente, flexible y estable, el que ha permitido una mayor interrelación y permanencia en sus acciones. Mayra Navarro no sólo mantiene una diversa y plural actividad en los escenarios cubanos y extranjeros, sino que ha sostenido un taller de formación básica y uno permanente por más de veinte años, ha mantenido publicaciones teóricas, creó el Foro de Narración oral del Gran Teatro de La Habana y hace funcionar el Festival Primavera de Cuentos. Todo este conjunto, organizado y relacionado, hace que podamos ver a su sistema como único en el país, pues los otros existentes o remedan al suyo, o tienen una influencia mínimo y parcial, o son tan rígidos y egocéntricos que provocan más la exclusión que la acogida y la libre participación.
Contar cincuenta no puede ser explicado sin la historia que lo calza y le sostiene.
La escucha y visualización de El devorador de pasteles –cuento tradicional de La India-; dos “divertimentos” de Eliseo Diego; Rancho con sol de Julio César Castro, María Dos Prazeres de Gabriel García Márquez; Caballo de Onelio Jorge Cardoso y La mujer chiquirritica de Rotha Bacmeister, bastaron para encantar a un público atento y entregado que colmó los espacios de la Llauradó, pudiendo asistir a un espectáculo de madurez y consumación. Nadie esperaba tanteos o búsquedas, sobresaltos y descubrimientos, sólo resultados, que se han ido sedimentando con los años y que han terminado siendo discursos clásicos en la historia de la palabra cubana. Cuentos batalladores y sólidos puestos en el cuerpo y la presencia de una narradora que ha ido creciendo, afianzando y acendrando su técnica con los años. Recuerdo a una mujer encantadora pero de cierta rigidez corporal en los ochenta del pasado siglo que hoy alcanza plasticidad y elegancia en sus desplazamientos, así como un equilibrio y cuidado en su energía poderosa, que bien pudiera, si anduviera descontrolada, ensuciar la emisión y estropear la recepción.
Una vez finalizada la función la UNEAC y su Asociación de Artistas Escénicos le entregaron un Premio Juglar honorífico, así como reconocimientos del Consejo Nacional de las Artes Escénicas y la Universidad de las Artes. Sin embargo, lo más importante de aquella tarde-noche fue la participación, el reconocimiento y los delirantes aplausos de un público que, a pesar de que mayoritariamente conocía los cuentos, gracias a la maestría de la homenajeada, los recibió como únicos, irrepetibles y recién estrenados. Quizás el elogio más significativo vino de Hassane Kouyaté, quien en un aparte con la artista, le dijo que ella narraba no sólo desde su verdad, sino que desde la Verdad. Sabiendo, como se sabe, que para un ser humano de su estirpe, la Palabra dicha no es cosa menor ni ha de ser pronunciada sin respeto y responsabilidad. Este elogio hace evidente la categoría y calidad de lo presenciado, y, además, coloca en justa perspectiva todos los años que Maya Navarro ha entregado a la cultural oral.
La Gran Dama del Cuento dice cric, dice crac
Mimi Barthélémy, conocida en los predios de la cuentería internacional como La Gran Dama del Cuento Francés, estuvo aquí para refutar la exactitud de tal epíteto. La fraco-haitiana no es sólo lo que se enuncia, ella es una Gran Dama del Cuento, sin localización o frontera que la restrinja y la encierre; por eso en África, tierra natal de la especie humana, se le reconoce como poseedora de la Madre de la Palabra, es decir, como dueña de un saber ancestral y cósmico que le permite pronunciar, con igual solvencia, todos los tipos de Palabra, humanas o divinas. Todas. Ella se mueve entre lo estelar y lo telúrico con igual maestría. Es huracán y brisa, terremoto, delicado rubor, canto, grito, ira y elegancia. En ella se acumulan la rebeldía y la resistencia, la lucha por el autorreconocimiento y la realización. Esta mujer se hizo a sí misma, con sus propias manos y su voz, y es la síntesis de todos sus mundos posibles: por un lado desciende de Armand, el negro cimarrón que amaba y procuraba la libertad, o viene de mestizos burgueses que entendieron, o creyeron, que su futuro estaba más centrado en el aceptar e imitar al invasor que en negarlo y combatirlo; es la actriz, la luchadora social, la mujer de un agregado cultural o de un mulato cubano, o la que lucha por reafirmar su posibilidad de ser hembra y macho a mismo tiempo; la que comprendió el teatro latinoamericano de Santiago García y Enrique Buenaventura; la que aprendió y amó el creóle haitiano y en New York descubrió los cuentos con cantos de su tierra pero se los apropió desde una voz grave de mezzosoprano tan distinta a la sonoridad aguda y nasal del vodú; es la madre que cultivaba su propia huerta o la que levantó a sus hijos junto a ella o a pesar de ella; la estudiosa de los garifunas; o la que vivió con pasión y euforia aquel Mayo del 68. Hay una vastedad en su voz, en sus entrañas, que llevaría a un ser humano común agotar hasta la raíz la suma de incontables vidas. Mas para la Barthélémy fue suficiente una, vivida con inteligencia y prontitud, dándole a cada momento su justo peso, su exacta medida.
Frente a ella uno intuye, vislumbra, ese difícil proceso que es amansar la bestia interna, domeñar el corcel de las palabras, que intentan irremisiblemente desbocarse y acaparar todos nuestros actos, y que para que sea realmente escuchada y sentida en “la oscura raíz del grito”, tan exacta y lorquiana a un mismo tiempo, debe ser sometida a las bridas de la voluntad y la conciencia. La Barthélémy ha llegado a un estado de síntesis tal que todo lo que hace parece simple, natural, hecho al momento; y ya sabemos que no hay nada más difícil en materia de arte que llegar a ese estado de gracia. Es más fácil actuar como torrentera que como agua mansa. La generosidad de ella, tan proverbial, la llevó hasta arriesgarse a narrar en castellano, una lengua que no la es suya, con tal de ser entendida, atendida en toda su pureza, pues para esta poeta lo esencial no es exhibirse, ni siquiera mostrarse, sino compartir, es decir, partir el pan con otros, en otros.
Maestría enorme en cuerpo pequeño. Honor y respeto a una tradición caribeña y europea, a una mujer de alma tentacular y poderosa, que en Cuba nos habló del sentido de la libertad y su precio.
Piel del alma o el regreso al país natal
Coralia Rodríguez y Mimi Barthelemy compartieron la función del 25 de marzo, y comenzaron cantando, cada una por su parte, a dos de las diosas afrocaribeñas, Ercilí y Yemayá. Entonaron himnos sagrados de raíz bantú y yorubá. Fue una invocación que les permitió regresar a la lengua primordial, a la lengua del rito, el de ellas y el de nosotros. Después, tomaron rumbos distintos, y a la vez idénticos. La haitiana primero, la cubana para cerrar.
Sucede que las dos nos permitieron hacer con ellas el viaje. Como veíamos en el de Mimi, también el de Coralia fue un regreso a la tierra de la libertad, espacio esencial de la memoria y del alma, mas el destino de la cubana fue idéntico pero el camino otro, retorno a la isla y a la casa materna, aunque ambos símbolos pudieran fundirse en uno solo, es decir, sitio del alma y del espíritu individual, casa de iniciación, templo.
No es por azar que las dos historias que centran el espectáculo de la cubana radicada en Suiza fueran tomadas de Lydia Cabrera y Clarisse Píncola Estés, y de sus Cuentos negros de Cuba y Mujeres que corren con lobos: Se cerraron y se abrieron los caminos de la isla y Piel de foca, piel del alma. En el primero, dos jimagüas, almas gemelas, idénticas, que bien podrían ser una, quieren abrir los caminos, sus rutas, rompiendo la fatalidad y el encierro, representados por el Okurri Borokú, y en el otro una mujer-foca atrapada por un hombre solitario retorna “al mundo de abajo”, a sus orígenes, después de haberse dejado cazar (casar) y sufrir por más de siete años la devastación y la muerte que representan el secuestro de su piel y la obligatoria transformación en mujer. En una y otra historia la imposibilidad de moverse, de retornar o de avanzar, provocan la pérdida de la integridad y la salud física y espiritual; de allí que los protagonistas, y por extensión la cuentera, asuman las historia como una especie de ensalmo, de ebbó, donde la palabra libera y conjura, al permitirle no sólo el regreso si no la escucha de las voces, de lo intangible, de lo que no se puede atrapar, pero que es a la vez real y esencial. En ambas historias, además, la solución viene por el camino de los niños - Ooruk, Taewo y Caínde-, es decir, por el de la apelación a la pureza de los inicios, a la capacidad de adaptación y cambio que, sin embargo, no es conservadora sino que entraña la libertad de permanecer y pertenecer.
La cubana logra insuflar alma a la letra, al cuerpo narrativo, y comenzamos a sentir en ambas historias los temores y la sensación helada, el ulular del viento que se filtra entre los caminos cerrados o los hielos árticos, sin necesidad de artificios, solo dependiendo de su palabra, que si no hubiera estado respalda, asistida y sostenida por una historia ancestral, sencillamente hubiese sido nada más que “campana que suena o címbalo que retumba”.
Una de las preocupaciones más recurrentes en los ámbitos de la Narración oral se mueve alrededor de la construcción del narrador como signo, y para ello se ha postulado desde la utilización de un vestuario negro o blanco, procurando anular el cuerpo para dar paso a la historia, hasta la utilización de abigarrados diseños con marcadas y únicas intenciones decorativas. Uno y otra posición conducen al error. Lo primero que hay que decir es que el cuerpo del cuentero no puede ser borrado, y lo segundo, sería que pautar su aspecto, prediseñarlo con fines únicamente decorativos, es muy probable que conduzca a la emisión de mensajes dobles, desconectados, que producen discursos esquizofrénicos, como se sabe. Los ropajes de Coralia Rodríguez nos hablan de ella misma, de su intención de remarcar y poner en primer plano su cultura, su pertenencia a un país, a una tradición civil y religiosa, y son una prolongación de su piel y de su lengua. Al ser extensión de ambas, garantiza un grado de atención y de penetración tal que permiten al receptor, por un lado, apropiarse inmediatamente de los códigos de identificación y lectura, y por otro, al tener los ojos sobre su segunda piel, el narrador puede alcanzar un estado de vigilia más refinado y cuidadoso, haciéndolo participe de detalles que de otro modo necesitaría desviar su atención con tal de percibirlos o hacerlos concientes. La indumentaria tiene funciones estéticas pero también es un instrumento que permite la conexión entre los públicos y los artistas, al colocarlos en una misma dimensión y lectura, es decir en comunicación, arquetipos inconcientes, que, de no ser así, necesitarían de un discurso explícito que alejaría los sucesos y rompería la estructura del relato oral.
Discurso limpio y coherente, ceñido a las palabras y los hechos justos, que no pretende capturar, pero que lo hace, que no se propone reafirmar la supremacía de la cuentera sino la necesidad comunicativa y vivencial de lo narrado, contando para ello con la anuencia y la complicidad de las orejas y los ojos de los que habitábamos por esa ocasión en la “selva oscura”, insistentemente colmada hasta la última fila, demostrando a los incrédulos que para que eso ocurra sólo hace falta un artista en plenitud de forma y una buena historia.
El maestro de música y otros destinos
Contar en tándem es una aventura sigilosa y cortante que puede conducir al disfrute pleno de un hecho artístico realizado entre dos o más narradores, en dos o más lenguas, desde varias culturas, pero que también entraña el peligro de que, al fragmentar la emoción, no siempre se detenga el relato en sus pausas naturales, de modo que este se ralentice o se acelere contra natura. Aún sabiéndolo y sufriéndolo, ese era un riesgo que Hassane Kassi Kouyaté debía asumir en la función del 26 de marzo, la última de estas jornadas, si quería alcanzar a la mayor cantidad de espectadores. Su lengua natal es de la familia del bambará, su idioma de adopción es el francés, habla algo de inglés, mas nada de español. Así que vino en su auxilio una muy precisa Coralia Rodríguez, que tradujo no sólo palabras sino que introdujo al burquinabés en los misterios y la armonía de la norma cubana de esa lengua, nuestra. Si el djeli no hubiese sonado inmediatamente cubano, la comunicación hubiese demorado y hubiera llegado cuando ya no hacía falta o encabalgada sobre un nuevo suceso. La traductora, que no tradittora, participó del juego desde la discreción y la mesura, cuidándose de no ocupar el lugar del protagonista, sin robarle sus tiempos y sus palabras. Hay que agradecerle su humildad y discreción. De no ser así no hubiéramos podido disfrutar de un verdadero dueño de la palabra, que soporta sobre sí la herencia de los contadores de historia del Imperio Mandinga, que eran los del héroe Sundhiata Keita y su familia, y además reyes de los djeli, amos de las ceremonias e intermediarios en los conflictos. A pesar de que él posee la Madre de los Cuentos, ya se pueden vislumbrar los destellos que anuncian la Madre de la Palabra pues, cuando narra, todos los ancestros, todos los vivos, todas las energías y potencias de su nación y cultura afloran, se hacen presentes, en una suerte de encarnación de todos los tiempos y lugares, que por obra de su poder, de su logos, se hacen uno. El pasado, el presente y el futuro se tornan eternidad, que debe ser algo así como un no tiempo infinito o como todo el tiempo en uno, sin saltos ni interrupciones, haciendo nacer una sustancia nueva, gloriosa.
Este Kouyaté, como los que le antecedieron y los por venir, aprendió su oficio escuchando la voz de su sangre y la sangre de las voces que le rodeaban, fue djeli desde antes de la creación del mundo, oficio para el que se nace, y no se hace, aunque se tomara tiempo para reconocerlo. No existen escuelas de contadores de historia, sólo hay ritos iniciáticos que confirman lo que ya se sabe. Mas eso solamente no explica la efectividad y pulcritud comunicativa de este hombre, que maneja con soltura códigos que, a fuerza de su uso, se han hecho comunes y han logrado dimensionarse de tal modo que son imprescindibles si se quiere uno relacionar con sus contemporáneos. Estudió Teatro en Francia y Canadá; es hijo de Sotigui y de Mamá Kouyaté, ambos actores de prestigio; hermano, primo y sobrino de artistas de renombre; emparentado con los Diabaté; actor de la Compañía de Peter Brook; director de su propia compañía y del Teatro Tarmak; y ha participado en innumerables espectáculos alrededor del mundo, pero que no olvida los códigos y especificidades de su oficio primordial.
Esta es la segunda vez que visita La Habana y regresó trayendo un espectáculo alrededor del tema del destino como construcción y responsabilidad personal. Es por eso que repite la historia del hombre enamorado de la estrella, quien no llega a consumar su camino, vencido por el miedo o introduce la del Maestro de música, cuya historia parece recordarnos la idea confuciana, y universal, de que la mejor parte de la vida, lo esencialmente importante y disfrutable, está en el trayecto y no en la consumación de las metas, y que estas están más cerca de lo que imaginamos.
Las buenas historias, que en su caso parecen llegar y poseerlo más que ser gobernadas por su razón y voluntad, deben valorarse no sólo como parte de una tradición, palabra que sugiere un tiempo pasado, sino que integrándose a una realidad viva y actuante, que a fuerza de ser única, irrepetible y auténtica, logra comunicarse con nosotros salvando las posibles distancias. Lo esencial humano se descubre a través de los ropajes y los velos de las culturas locales, su universalidad, entonces, depende más de su autoctonía que de la existencia de un supuesto o real código común, inconciente y colectivo, pues si bien este es una “realidad”, hay que buscarlo detrás de las máscaras o de las esencias en las que se encarna en cada grupo humano, de manera única e indivisible.
Hassane Kouyaté regresó para reafirmar su principalía, reiterando un discurso limpio y eficaz, desprovisto de saltos y estridencias, apelando únicamente a lo esencial y confiándose no a su saber sino a la complicidad de los otros.
Tal como el maestro de música de su historia, el africano es Maestro es porque tiene canas, esta “ciego” – para la vanidad y la mentira- y hace milagros.
A este tiempo llamarán antiguo
Este verso del Dante nos recuerda la fragilidad y fugacidad de la vida y de la palabra dicha, que es producida y desparece a un mismo tiempo. Lo novísimo de inmediato se convierte en cosa del pasado, además de que, al remarcar lo finito de lo humano, hace que nos detengamos en la grandeza de lo simple, de lo pasajero, en lo importante de lo pequeño. Los Dueños de la Palabra ya es cosa antigua ya.
Al revisar cada uno de los espectáculos de Mayra Navarro, Mimi Barthélémy, Coralia Rodríguez y Hassane Kouyaté, al verlos como conjunto, desde la distancia, observamos que se ha tejido un delicado tapiz, lleno de sentido y resonancias, que nacen de la interrelación de estos cuatro hilos, cada uno de un color, de un grosor, de tan variadas cualidades, pero que finalmente terminaron armando una imagen única, que bien podría ser recordada como un solo acto en cuatro estaciones. La primera de ellas, esa suerte de antología oral de la homenajeada y sus cincuenta años de vida en el cuento y para él, actuó como nodo, centro y espejo. Ella puso la pauta y los otros siguieron sus derroteros, sin habérselo planteado concientemente, claro está.
Lo importante, lo realmente importante entonces, fue dar testimonio de vida, narración gozosa del camino. Los visitantes aportaron a este texto común diferentes matices y tonalidades acerca de la búsqueda de la libertad como destino, de la vivencia de ella en el sitio menos esperado, que es el lugar donde se está y se es; lo importante que es la humildad y la voluntad para seguirla; lo precisa que pueden ser, y son, las palabras simples, los hechos sencillos, la potencial nobleza de lo obvio; la esencia transformadora de las acciones concretas y correctas hechas en el momento presente; el poder de convocatoria de lo auténtico y lo verdadero; la posibilidad de conjugación en la Verdad de otras verdades pequeñas y parciales pero que la hacen a ella, sabiendo que todo esto no basta si no hay una sólida definición que sea capaz de convocar y contagiar a otros por su solidez y a la vez, por su plasticidad a la hora de definir y crear lo bello, lo útil y lo virtuoso.
¡Honor y respeto a los Dueños de la Palabra!
¡Honor y respeto a la Palabra!
¡Honor y respeto a las grandes orejas que escucharon, escuchan y escucharán hasta el fin de los tiempos!
lunes, 7 de julio de 2008
A la vez útil, fútil e instructor

Hace pocos días Coralia Rodríguez, actriz y narradora oral cubana, me confirmó que Hassane Kouyaté, griot de Burkina Faso y actor de la Compañía de Peter Brook, participaría en una compilación de textos sobre Oralidad y Narración oral contemporánea que estoy preparando, pero me recordaba que él era un hombre de la palabra viva y no de la escritura, entonces proponía que le enviara un cuestionario, él lo respondería, y que yo publicara la entrevista, como suelen ser publicadas ellas, es decir, firmadas por el entrevistador e incluyendo sus preguntas y comentarios. Estuve de acuerdo.
Hice el cuestionario, Coralia lo tradujo al francés, Hassane contestó de inmediato, ella tradujo al español, y llegó a mis manos. Era un discurso de una coherencia sorprendente, así que le quité mis preguntas, bajé o subí algún párrafo, alguna frase, introduje un elemento de enlace más o menos y el resultado es un sorprendente documento que está a medio camino entre la conversación, la teoría y el poema. No vale la pena que siga dando detalles anecdóticos. Dejaré que Hassane Kouyaté hable.
En mi tierra se dice que el silencio es el jardín de la palabra, es el momento que se deja para que la imaginación del auditorio tome su libertad, sueñe, por lo tanto, es también otro punto de comunión entre el narrador y sus escuchas. El narrador utiliza igualmente el silencio para escuchar al auditorio y de esta manera saber cuál es el camino a tomar, en qué dirección debe viajar su palabra y con qué energía servirla para que sea un plato degustable. Al mismo tiempo, el silencio es un lugar de reflexión y de respiración para el narrador. Existe un proverbio africano que dice: “Si lo que vas a decir no es más hermoso que el silencio, es preferible que te calles”. Si tus pies te comprometen puedes retirarlos a tiempo, si tus manos te comprometen puedes también retirarlas a tiempo, pero cuando el compromiso sale de tu boca, es muy difícil volver atrás, porque la palabra, una vez dicha, no puede volver a ser tragada jamás. Por eso decimos que si bien es bueno saber hablar, saber callarse de vez en cuando no es cosa mala tampoco.
La lengua no tiene hueso, pero es capaz de romper muchos huesos, una flecha lanzada por la lengua puede matar, incluso a distancia. Así pensamos en mi país. Con la palabra podemos construir o destruir, cada quién escoge el uso que quiere darle, el griot prefiere la palabra que construye y desecha la que destruye. Por eso cuenta la historia de los pueblos, instruye y cura con sus cuentos, proverbios, cantos y adivinanzas.
La palabra es la esencia de la vida, un factor muy importante en cada lugar, por pequeño que sea, entre los humanos, es el pedestal de la cultura de los pueblos, es el vector para alimentar el alma, la mente y el cuerpo; es por eso que su mala utilización puede provocar grandes daños. En mi caso, poseo “la Madre de los Cuentos” porque tengo la tarea de contar e iniciar a los demás en el arte de contar, sin embargo no poseo “la Madre de la Palabra” porque la palabra es el universo, el universo es lo más grande y yo soy demasiado pequeño para poseer su madre. Puede que llegue el día en que la merezca, ese día ya no tendré necesidad de hablar. Solamente entonces poseeré “la Madre de la Palabra.”
La transmisión oral se realiza de padres a hijos y de madres a hijas. Es un aprendizaje por osmosis, nacimos, crecemos y morimos dentro de ese universo. En nuestra familia este proceso comenzó en 1235 cuando se creó el IMPERIO MANDINGA. Nuestro ancestro griot fue el emperador SOUNDJATA KEITA.
Es necesario hablar, contar, para que la palabra que ha sido entregada con respeto y amor se inculque en aquel que la ha recibido, para que no muera la palabra contada , para que pueda ser transmitida, para que trascienda el tiempo y el espacio. Por eso hay que confiársela a los niños.
Los Kouyaté siguen siendo reyes de griots, pero también griots de reyes, mi familia continúa preservando y perpetuando la tradición y la cultura de los pueblos.
La columna vertebral de esta enseñanza es la palabra, el cuento. Los cuentos son historias de ayer, contadas hoy, destinadas a mañana.
Mi pueblo acostumbra a contar y a escuchar en un espacio llamado “Caracol”, que es un lugar de comunión donde se juntan todas las generaciones, todos los géneros y todas las categorías sociales, es un lugar para despertar la conciencia, para instruirse y para distraerse. En la vida cotidiana es totalmente diferente, en las actividades de todos los días hay divisiones de clases sociales, de género y de edades.
Para mí las historias son como individuos, ellas escogen hacer el camino junto a mí, o no hacerlo. El camino puede ser más o menos largo; en efecto, cada historia tiene una estructura, una personalidad, y esa personalidad se mezcla con la del cuentero para ir juntos al encuentro del público. A veces, es como una cita a la que uno de los dos no asiste, otras veces, cuando los dos están presentes, todo funciona bien. Las razones para que funcione o no son múltiples: puede ocurrir que el narrador no esté en forma, que no perciba como se debe su auditorio, también puede ocurrir que el auditorio no se encuentre bien dispuesto para recibir al narrador, que las condiciones de escucha no sean favorables, o que el cuento escogido se ponga “caprichoso” y no salga bien ese día, en este caso yo digo que el cuento no escogió ese día para salir a pasear.
Nosotros evolucionamos junto con los cuentos que contamos, pero no evolucionamos de la misma manera, es por eso que nuestros caminos pueden llegar a separarse.
Para mí la narración de cuentos es la madre del espectáculo vivo, incluso hacemos teatro para contar algo. En el cuento cabe poner de todo (cuento y música, cuento y danza, cuento e interpretación teatral…) pero sin embargo, no podemos poner el cuento en todo.
En mi tierra se dice que mil y una personas podrán decir que la mentira es verdad, pero la mentira será siempre mentira. Mil y una personas podrán decir que la verdad es mentira, pero la verdad será siempre verdad. Mis cuentos no tienen la intención de establecer la veracidad o la falsedad de estas palabras, pero para los pequeños que juegan en el claro de luna, son relatos fantásticos; para las tejedoras de algodón en las largas noches de la estación más fría, son pasatiempos exquisitos; para los adultos son una verdadera revelación.
Cuento… cuento… cuento… eres a la vez útil, fútil, e instructor. Cada quien te escucha desde su propia verdad, porque, a saber, tres son las verdades: mi verdad, tu verdad y LA VERDAD.
Todavía no he conocido a nadie que posea LA VERDAD.
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martes, 22 de enero de 2008
Hassane Kouyaté o los caballos del cuento

I
Escuchar, celebrar, elogiar la Palabra. Todo, como enseña Octavio Paz, se reduce a callar antes de hablar. Hay que sopesar, hay que aprender el valor del Silencio antes de arañar la piedra o penetrar el laberinto del oído, es decir, sería mejor cocernos la boca antes de procurar dejar nuestra marca, que es la suma de todas las marcas que nos precedieron y que en alguna medida anuncia, prefigura y contiene las que vendrán en el futuro. El hombre occidental contemporáneo se define así mismo como una máquina generadora de sentidos, o lo que es lo mismo, como una manifestación o evidencia de lo eterno, él porta, contiene y crea la eternidad, pero como todo parece reducirse y caducar frente al acto de la muerte, hemos procurado crear artefactos de eternidad, entes ajenas al cuerpo y al tiempo humanos. La palabra escrita ya no es nombradora, no es siquiera el principio, el origen, como lo define la tradición joanica, no es vasija, y si se convierte en ella lo hace para almacenar lo que nos hará permanecer, traspasar el umbral de lo finito deslizándonos directamente hacia lo infinito. La Palabra ya no es caracol o espiral, sino rampa.
El individualismo, con su doble faz, entraña el surgimiento de conceptos como estilo y originalidad, manifiestos en la fobia a los lugares y el desprecio de la norma común del habla. La Literatura, Bellas Letras hasta hace muy poco, es entonces hija de la modernidad – incompleta en muchos lugares o cansada en otros donde adquiere el prefijo de post, aunque no haya sido acaso superada o consumada todavía en ninguna parte- y se enfrenta a la Oralidad, en tanto ella es colectiva, regular, patrimonial por naturaleza. Por un lado el ojo – escritura- y por otro el oído – la voz humana-.
Son dos mundos que se enfrentan, y no nos llamemos a engaño, la Oralidad no es todo lo permanente y avasallante que quisiéramos, ella por instinto es conservadora, mientras que la Escritura, individual e individualista ciertamente, muestra un formas más abiertas y por lo tanto más revolucionarias, capaces de mostrarse más dóciles a los nuevos temas o, lo que es más exacto, a las nuevas manifestaciones de los temas permanentes del hombre. Enfrentar Oralidad y Escritura es una vieja manía, ya desde el Fedro Platón se hace eco de un dilema muy anterior a él. Recuerdan ustedes que este texto es un dialogo entre Fedro y Sócrates. Vean lo que dice este último:
- Pues bien, oí que había por Náucratis, en Egipto, uno de los antiguos dioses del lugar al que, por cierto, está consagrado el pájaro que llaman Ibis. El nombre de aquella divinidad era el de Theuth. Fue éste quien, primero, descubrió el número y el cálculo, y, también, la geometría y la astronomía, y, además, el juego de damas y el de dados, y, sobre todo, las letras. Por aquel entonces, era rey de todo Egipto Thamus, que vivía en la gran ciudad de la parte alta del país, que los griegos llaman la Tebas egipcia, así como a Thamus llaman Ammón. A él vino Theuth, y le mostraba sus artes, diciéndole que debían ser entregadas al resto de los egipcios. Pero él le preguntó cuál era la utilidad que cada una tenía, y, conforme se las iba minuciosamente exponiendo, lo aprobaba o desaprobaba, según le pareciese bien o mal lo que decía. Muchas, según se cuenta, son las observaciones que, a favor o en contra de cada arte, hizo Thamus a Theuth, y tendríamos que disponer de muchas palabras para tratarlas todas. Pero, cuando llegaron a lo de las letras, dijo Theuth: «Este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y más memoriosos, pues se ha inventado como un fármaco de la memoria y de la sabiduría.» Pero él le dijo: «¡Oh artificiosísimo Theuth! A unos les es dado crear arte, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta para los que pretenden hacer uso de él. Y ahora tú, precisamente, padre que eres de las letras, por apego a ellas, les atribuyes poderes contrarios a los que tienen. Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio. Apariencia de sabiduría es lo que proporcionas a tus alumnos, que no verdad. Porque habiendo oído muchas cosas sin aprenderlas, parecerá que tienen muchos conocimientos, siendo, al contrario, en la mayoría de los casos, totalmente ignorantes, y difíciles, además, de tratar porque han acabado por convertirse en sabios aparentes en lugar de sabios de verdad.»
Hasta hoy dura la polémica, aunque no participen, por suerte, en ella reyes ni dioses sino hombres. Cuba no es excepción. Cierto sector de la intelectualidad aquí no se esconde para proclamar la superioridad de lo escrito sobre lo dicho, por ser este “poco confiable”, y hasta llegan a proclamar que la escritura no sólo es fármaco de la memoria y de la sabiduría sino que pasaporte único a la eternidad. Hemos saltado del fetichismo que estudiara Martin Lienhard hasta la idolatría de la Escritura. Eso se traduce en posturas extremas y fóbicas contra las manifestaciones de la cultura popular - solapada actitud pues el cubano es de naturaleza inclusiva y rechaza con energía todo manifestación elitista- llegando hasta el extremo de afirmar que el hecho oral es una realidad menor o confinarlo al espacio muerto de lo únicamente tradicional.
Durante años la Narración oral u otras manifestaciones de la Oralidad han sido confinadas a los espacios del folklore, la promoción de la lectura, y no es hasta hace muy pocos años que desde los sitios de legitimación cultural se empezó a reconocer como Arte y a ver a sus cultivadores como artistas. Esta tendencia hizo que en los últimos treinta años se mantuviera una polémica que podríamos resumir en tres tendencias o posiciones fundamentales:
- La Narración oral es únicamente una manifestación de la cultura popular tradicional pero no es un arte en si misma.
- La Narración oral es Teatro.
- La Narración oral es un Arte escénico.
Sin mucho detalle trataré de situar cada tendencia. Ciertamente la Narración oral nace de la capacidad y la necesidad narrativa humana, pero con el desarrollo del lenguaje y hasta del cuerpo humano como instrumento expresivo fue separándose de la conversación o de la relación para entrar en el terreno del narrar, que es estructuralmente más complejo, en tanto continente de un universo simbólico y representacional. El hombre cuenta más para crear un mundo que para recordar o enumerar lo creado ya. Las narraciones no son meros juegos de la memoria, aunque son la memoria de los saberes y de los sucesos, de lo que se desprende de que en el transito de lo puramente relacional a lo vivencial, el relato o la forma narrativa adquirió la categoría de Arte, es decir se tornó una manifestación del espíritu, un producto de la conciencia y no el reflejo de una realidad externa. Ya no fue más espejo, como en la conversación y la relación, para convertirse en realidad, ficcional ciertamente, pero realidad a fin de cuentas. Por otro lado, la incorporación a estos elementos, que pudiéramos llamar mítico-verbales, de otros de naturaleza gestual y representacional, ritual, hacen que la narración sea hoy un complejo mítico-ritual que en su forma externa se parece al Teatro, pero esto es sólo en apariencia, porque el Teatro es un arte centrado en los conflictos y en los personajes y la Narración oral es un arte centrado en los sucesos y en la historia. Ella es quizás el primer arte escénico y el origen de todas las artes que emplean la conjunción del cuerpo humano y la palabra en función narrativa.
Aunque ya en los textos y las traducciones de María Teresa Freyre de Andrade y de Eliseo Diego para La Hora del Cuento se hablaba de la Narración oral como Arte no es hasta Francisco Garzón que en Cuba alguien se atreve a calificarla como Arte escénico. Este autor, maestro de muchos de los narradores orales de este país, tímidamente comenzó calificándola como hecho escénico hasta que a finales de los años ochenta del siglo pasado terminó afirmando que ella era tan igual a todas las demás artes de la representación. Allí se agudiza la polémica. Unos arremetieron con furia y otros se dedicaron a la burla, nosotros respondimos con exagerada ortodoxia y una sed de absolutos. Éramos muy jóvenes. Ambos lados estábamos ciegos de pasión y enfermos de soberbia. Hoy atemperada la polémica, aunque viva, hemos podido pensar más en las cercanías que en las castradoras diferencias, que durante mucho tiempo insistimos en hacer patentes usando para ello las graciosas Diferencias entre el Teatro convencional y la Narración Oral Escénica que redactara Garzón. No es este lugar para el análisis de ellas, sólo queremos reconocer que aquellos polvos trajeron estas tormentas.
Primero la polémica era puertas afuera. El mundo contra nosotros. Ahora es entre nosotros. El interior en conflicto. Por un lado están los llamados ortodoxos, aunque no lo sean en puridad, y que sostienen que todo es posible mientras que se conserven intactas las estructuras y las características que definen el hecho oral y por otro los “liberales”, que no lo son tanto, y que dicen: “Esto nuestro es Teatro, somos actores que representamos el personaje del Narrador”, y para ellos lo importante no es el contar sino cómo contar, narrar una historia sin importar demasiado la definición sino lo puramente factual. Claro que hago una caricatura de los dos extremos pero creo que ellos definen las tendencias e incluso hasta la de las posiciones intermedias, que las hay. Hoy el Consejo de las Artes Escénicas busca formas para insertar a los artistas orales en el sistema de la cultura y estudia ya un calificador de cargos que legitimará definitivamente su lugar, es decir, reconoce que hay un artista urbano, distinto del cuentero popular, distinto del actor, que constituye un estadio otro en el desarrollo de la Oralidad narrativa y es además una manifestación indiscutidamente escénica.
En medio de esa polémica nos sorprende el comienzo del año.
II
Enero 7 de 2008. Casa de la Obra Pía. 10 a.m. Conferencia del Dr. Hassane Kouyaté “Relación entre la cuentería y el teatro”.
Una mañana de sol, aunque fresca. La luz entra por todas partes en la antigua Casa. Hay mucha, mucha gente. Han venido a escuchar por segunda vez al Dr. Hassane Kouyaté. Primero contó cuentos, puso sobre la mesa la única credencial valedera que tiene, a pesar de que muchas pudiera esgrimir, la Palabra de su pueblo, de su clan. Ha puesto toda su sangre frente a la luz de la isla.
Es enorme el djeli Kouyaté. Se levantan sobre sus hombros más de ocho siglos de vida en la Palabra. Comienza. No impone sus saberes, los entrega. Vuelve a agradecer al Festival Afropalabra, a su directora general Mirtha Portillo, a sus hacedores, a la Casa de África, a Coralia Rodríguez, y todos nosotros que según él tenemos muchas más cosas que decir que las que viene a pronunciar. Sonríe.
Por el mismo titulo podemos sospechar que para el conferencista Cuentería o Narración oral y Teatro son dos realidades distintas.
Para su pueblo, Burkina Faso, el espacio de la representación se llama caracol y en el la vida esta completa, es un sitio donde se aclara el corazón y se divierte el ser humano a un mismo tiempo; a diferencia de la cultura judeocristiana occidental donde se genera algo llamado Teatro que ha dividido la vida y donde no se podrá encontrar nunca más él hombre entero. Es casi escandaloso, pero real, lo que está diciendo. La cuarta pared, el espacio de representación, separa, crea distancias, por un lado está la vida y por otro lo representado, por un lado esta el hombre civil y por otro el personaje; actor y espectador no ocupan el mismo espacio, a diferencia de lo que ocurre en el caracol donde todos está en una misma sucesión de círculos: en el primero están los niños, en el segundo las mujeres, en el tercero los varones adultos y al final los hombres jóvenes, todos en derredor y formando parte del “espectáculo”.
La diferencia fundamental, y quizás única, entonces se encuentra en el espacio. El Teatro necesita un lugar, en la Narración oral ese lugar está en los oídos del espectador. Yo diría más. En la Narración oral el espacio es el cuento y el cuerpo del narrador y los oídos y el cuerpo del público. La Oralidad narradora, es la madre del espectáculo vivo, es el arte madre de la representación en el que el público define el lugar, espacio que a su vez nace de la palabra del que cuenta porque este intenta crearlo y lleva al público a imaginar, le da pistas, y esas pistas son las identidades del cuento. Con la sola mención de un nombre, de un animal, de una pequeña característica el que esta frente al narrador es capaz de construir ese lugar. Por ejemplo, sólo se dice que hay un hombre llamado Obbara, que vive en el pueblo de los Orishas, y que tiene una palabra veraz y mentirosa al mismo tiempo; con sólo mencionarlo en Cuba esa historia se colocaría enseguida en el mundo africano o afrocubano, concretamente yorubá y especialmente en el mundo de la Regla Ocha. Unos pocos elementos y el cuento logra identidad.
El cuentero tiene que matar al personaje. El sugiere y habla, relata, cuenta. Esa es la segunda diferencia: el Teatro vive en el personaje, no en el actor ni en el público. Ya sabemos que el actor encarna el personaje, pero no es él. El cuentero dice, no actúa, es.
La tercera diferencia: los accesorios, la utilería. En la Narración oral la palabra es centro y accesorio al mismo tiempo, la relación con la historia no lleva intermediarios. En el Teatro la utilería ayuda a manifestar las identidades de lo narrado, en la Narración oral las identidades están definidas desde la palabra, y la palabra del cuento está tironeada por dos caballos, como un carruaje. La primera de las bestias tiene orejeras y fue educada para ir de principio a fin del camino, cuenta la historia con un orden lógico, más el segundo caballo mira los detalles, los recrea, juega con ellos, es el caballo de la poesía. El cuentero debe dominar a los dos brutos. Su trabajo es el de un equilibrista.
Contar es un acto de humildad y generosidad.
III
Hassane Kouyaté llegó a Cuba en un momento de definiciones y agudas polémicas y sin embargo logró concentrar la atención y la estima de todas las tendencias, y no es porque hiciera concesiones o se introdujera en ambigüedades y ejercicios retóricos complacientes, es que él viene de dos mundos aparentemente irreconciliables, por un lado es actor y director artístico de una de las compañías teatrales más importantes del mundo y por otro tiene el conocimiento ancestral del clan Kouyaté, y sin embargo transita de un lado a otro, primero desde el concepto unitario de que ambos ejercicios nacen de la Palabra y de la Vida, y por otro reconociendo las diferencias entre los dos.
No confundir, no significa no mestizar, no experimentar, no aprovechar lo de un lado y otro. Las identidades del Teatro y la Oralidad han de ser respetadas. Cuando Kouyaté cuenta lo hace desde la palabra exacta y con una gestualidad múltiple y precisa que sería muy difícil de deslindar de la precisión de las acciones físicas y del buen decir del actor que vimos en la versión fílmica del Mahabaratha, por ejemplo. Es una misma personalidad puesta en dos situaciones espectaculares distintas que se resuelven sobre bases diferentes. Una es la persona, múltiples las posibilidades. Como en la metáfora de los dos caballos del cuento la solución pasa por el equilibrio.
Hassane Kouyaté le dio nuevos fuegos a la yesca de la polémica y dio nueva luz, que para algo ha de servir el fuego.
A mi, que soy un discutidor apasionado, sin embargo, me dejó algo más que unos buenos motivos para la conversada, me devolvió la fe en la palabra del que cuenta, la dignidad del cuento y la gracia infinita de las orejas y las lenguas.
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miércoles, 16 de enero de 2008
Hassane Kouyaté o las tres verdades

I
Todo comienza, todo está por inaugurarse. Es enero y uno acepta como verdad que la vida es joven, que una puerta se está abriendo. Es por eso que los cubanos hacemos fiesta, comemos en familia, lanzamos agua, mucho agua por la puerta, como signo y además deseando de que por ella, y con ella, se vaya la porción no deseada del pasado, lo feo, lo sucio, lo desagradable, lo agresivo, tratando además de garantizar que lo que entre, que lo venga, sea fresco, limpio, manso. Nosotros tenemos un raro sentido de futuridad que se encarna en el año naciente o en todo lo nuevo; pero para que exista algo “nuevo” debe haber algo “viejo”, anterior o muy anterior a lo que está brotando que no debe ser necesariamente torcido o maligno porque es capaz de engendrar lo naciente y siempre ello está relacionado con la pureza.
Acaso esa tendencia a centrar la existencia en lo futuro, verdadero culto al porvenir, sea síntoma de inmadurez o de extrema juventud como pueblo y es que ciertamente “ lo cubano” es joven, es apenas una cualidad última del hombre americano, pero también en las culturas ancestrales que nos conforman – aunque alguna de ellas padece ya de verdaderas zonas de cansancio- se dan manifestaciones de celebración de lo nuevo como posibilidad de mejoramiento, ¿ acaso los ritos bautismales, la bendición del fuego y del agua en las ceremonias católicas del Sábado Santo, los ebbó, las purificaciones rituales, los banquetes sagrados, las rogaciones, los toques, no son también manifestación de la necesidad expresa de que se concrete en lo visible el deseo oculto -muchas veces no tan subyacente ni escondido-, de que se operen cambios, de que se manifieste, al menos en lo posible, una realidad distinta cualitativamente superior a la que se está viviendo o enfrentando en el presente.
Así pues el “culto a lo porvenir” más que una cualidad insular es una característica de toda la especie, que sigue creyendo en la posibilidad de conjugar todos los tiempos, e intenta desarrollar y desarrolla productos culturales de muy diversa índole que le permitan la convivencia de todos o al menos la traslación del ser humano entre ellos sin que este pierda su integridad física o espiritual. De allí nacen los mitos tecnológicos como la Máquina del tiempo y la investigaciones de la física cuántica sobre la posibilidad de existan diferentes pliegues de la materia o realidades otras paralelas en diferentes frecuencias de honda de la energía o el mundo de los Mitos, los Ritos, la Oralidad en todas sus variantes y especialmente la Oralidad narradora, ¿o es que acaso en los cuentos, las leyendas, las epopeyas, los mitos fundacionales, no existe algo que es nuevo, viejo y futuro al mismo tiempo?
Los cuentos, los cuentos son así. Los cuentos existen y son “historias de ayer, contadas hoy, dedicadas a mañana”. En los cuentos el hombre creó uno de sus vehículos que hasta hoy le permite el viaje en el tiempo sin peligros, aunque esta no peligrosidad sea ciertamente relativa. Tuve la tendencia de decir que eran el “único”, pero en materia de especulación y de espiritualidad los absolutos son excluyentes y peligrosos, pues existen, no hay dudas, otros muchos modos de viajar o de concretar todos los tiempos en uno y que de alguna manera se visualizan en todas las grandes manifestaciones del espíritu humano.
En Cuba las culturas que se mixturan para armar su rostro, siempre en construcción, le fueron aportando al país modalidades muy específicas de viaje. Reconozcan ustedes que en el romance, la décima, los cantos sagrados de las religiones africanas, los mitos, los cuentos, la trova y hasta en el son, la guaracha y el complejo de la rumba, los carnavales y la danza el cubano ha ido construyendo la posibilidad de la peregrinación y del viaje entre los tiempos.
La verdad o su encuentro, que a fin de cuentas es la finalidad última del viaje, es también obra de la confluencia de tres verdades: la verdad mía, la verdad tuya y la Verdad, que al encontrarse muestran su rostro definitivo y a la vez múltiple.
II
Enero 6 de 2008. Día de Reyes en La Habana, Cuba. Teatro Las Carolinas. Amargura 61. 7:00 p.m.
Suena un pequeño tambor por detrás del público, entre ellos retumba, la gente se asombra, unos callan, otros miran, algunas comentan, un hombre viene con su instrumento y sonríe, lo carga bajo el brazo y golpea el cuero con una pequeña baqueta curva. Canta, se mueve, danza y entra. Es Hassane Kouyaté. Está vestido con un hermoso traje azul, de su tierra ( Burkina Faso), y sonríe. No es carcajada, es sonrisa que nace del fondo de sus ojos. Ellos son realmente pequeños, pero el djeli sonríe con todo su cuerpo y con todo su espíritu, a través de él sonríe África y uno puede sentir que esa sonrisa es también suya. No está riendo sólo un hombre negro, que es lo es en toda su grandeza, sino que con el sonríe la humanidad, desde el primero hasta el último. No ha dicho palabra, porque aprendió primero a callar, porque sabe el valor y el decir del Silencio, y uno de inmediato descubre que está delante de un Maestro de la Palabra, aunque unos días después él reconozca que sólo posee la Madre de los Cuentos, que sus mayores le han dicho que para llegar a atesorar la Madre de la Palabra le hace falta controlar su generosidad, porque es demasiado generoso.
Kouyaté está de pie, y es que así circula mejor su energía. Primero nos escucha el alma, esta ahí parado y lo hace con los ojos, con la piel, con la sangre. Ya tendrá ocasión de escucharnos con los oídos.
Abre la boca y salen las primeras palabras. Generosas, cálidas. Agradece a los que lo trajeron hasta aquí, en primer lugar a la gran narradora y actriz Coralia Rodríguez, que además será su traductora, y después para cada uno de los que le están prestando sus orejas, porque el cuento para él no se hace sólo en la lengua, en la boca del que cuenta, sino que es cosa que viaja de boca a oído, se realiza allí y se devuelve. Cada de uno recupera su Palabra en la palabra del cuentero.
Habla de la Verdad, confiesa que no la tiene y que la tiene al mismo tiempo. Posee la suya, pero espera por la verdad de los que están frente a él, que juntos llevarán esa verdad hasta lo alto y allí, fundidas las dos con la Verdad podrán entonces contemplarla.
Es un sabio, pero no como lo entendemos en Occidente. Lo es porque tiene tras de si al menos siete siglos de saberes que acumuló su pueblo y que los Kouyaté han atesorado. Hassane Kouyaté es un djelis, un griot, pero no cualquier griot.
El clan Kouyaté desde 1235, año de instauración del Imperio de Mali por el Mansa Soundjata Keita (1190-1255), hasta hoy son los Djelis del Mansa y Belen Tiqui en la Gbara – es decir, son además los amos de las ceremonias-; así está reconocido en el artículo 43 de la Carta de Madén ( Kourukan Fouga), constitución de transmisión oral sin precedentes en la historia de la humanidad, que declaró, entre otras cosas, abolida la esclavitud, organizó el Imperio y otorgó a Balla Fasséké Kouyaté la condición de amo de las ceremonias y mediador principal, así como se le permitió bromear sobre todas las tribus y también con la familia real. Desde entonces ellos son guardianes de la tradición y mediadores en los conflictos tanto en dos personas, como entre clanes, tribus, en las relaciones con otros reinos y pueblos, y también entre los djelis. Ellos fueron uno de los siete clanes de Nyamakala (energías ocultas) del Imperio y en alguna medida hoy siguen siendo lo mismo.
Esas energías invisibles, pero ciertas, salen por los ojos y la boca de Hassane Kouyaté, también actor, músico, director artístico de la compañía de Peter Brook, hijo de Sotigui, hermano de Dany, hijo de Adama Kouyaté, Caballero de las Artes y las Letras de Francia y de Burkina Faso.
Cuenta. Apenas recuerdo íntegramente dos o tres de los cuentos que contó esa noche, y es que esos son mis cuentos, los que debo recordar y no otros o los que me escogieron, los que me conmovieron, pues con los ellos sucede lo que dijo Kouyaté: “ Son las historias las que me escogen a mi, pero una de ellas puede perderse durante cinco o seis años en mi vientre y reaparecer de forma inesperada”.
Ahora aparece un primer cuento: El pequeño Juan.
Pequeño Juan, era un hombre joven y fuerte, gracioso y bueno para cantar y bailar, buen mozo y había aprendido las artes y las mañas que le gustaban a las mujeres, pero era muy, muy, muy haragán.
Un día se casó con una hermosa mujer y ella, junto a la madre de él, comenzó a hacerlo todo en la casa, pero no sólo allí, sino que también en el campo. Las dos eran el sostén de la familia porque, como ya dijimos, con el hombre no se podía contar, era muy, muy haragán.
El enojo de la esposa y la tristeza de la madre crecía por día, mientras ellas se enojaban, sufrían, pero sobre todo trabajaban, Pequeño Juan dormía y holgazaneaba.
También había otro problema en la familia. Pasados los quince años de matrimonio Juan no tenía descendencia, pero parecía no importarle, a él sólo le interesaba comer, dormir, dormir, comer y holgazanear.
La madre trabajó tanto que fue perdiendo poco a poco la vista hasta que se quedó ciega del todo. Entonces sólo la esposa podía trabajar. Estaba cansada de trabajar y de esperar inútilmente un hijo, uno que pudiera ayudarla en el futuro, uno que le hiciera compañía, porque ella sabía que Pequeño Juan no servía para nada o mejor, sólo servía para dormir, comer y vagabundear.
Un día amaneció con el cansancio al borde y se le desbordó la vasija, por lo que se presentó delante de su marido, que por su puesto dormía y dándole un puntapié le dijo:
- Pequeño Juan, levántate y busca trabajo. Si no regresas con empleo tendrás que irte de la casa.
El se puso en pie, descubrió que su mujer estaba hastiada, cansada y furiosa. Y una mujer furiosa es de temer. Tuvo miedo unos segundos, pero como era muy haragán, en vez de buscar trabajo se fue a dormir debajo de un frondoso árbol.
Durmió todo el día, al llegar la tarde le dio hambre y quiso regresar a su casa, pero como no lo podía hacer sin haber conseguido empleo, y él no se había molestado en buscarlo, tomo polvo de la tierra y con él se embadurnó los zapatos y los bajos del bubú.
Llegó con cara de cansancio y lloroso le dijo a su mujer:
- Mujer, déjame entrar a la casa. No conseguí trabajo por mucho que lo busqué. Anduve por todos lados. Mira el polvo en mis zapatos, mañana seguro tendré más suerte. Déjame pasar.
La mujer lo dejó entrar, había visto el polvo.
A la mañana siguiente se repitió la escena, pero Pequeño Juan, que era el hombre más haragán del mundo, volvió a hacerlo mismo que antes, se fue debajo del árbol y se acostó a dormir. Así estaba cuando lo despertó una voz de trueno:
- ¡Despierta Pequeño Juan, despierta!
Era Dios el que le hablaba. Pequeño Juan no alcanzaba a verlo. Estaba muy alto.
- Ya sé lo que te pasa. Te voy a resolver tus problemas. Pídeme un deseo y sólo uno…Ah, no se te ocurra pedirme uno de esos deseos que son tres, me aburren y además me irritan…
Pequeño Juan no lo podía creer, Dios en persona le hablaba a él.
Pero Juan no sabía que pedir, el necesitaba trabajo o dinero, pero como era muy vago decidió pedir dinero de modo que no tuviera que trabajar, en esas estaba cuando Dios volvió a hablar:
- No me vayas a pedir nada de lo que después puedas arrepentirte. Mejor te vas a tu casa, piensas bien el deseo, lo consultas con tu familia y regresas mañana.. y recuerda que es uno sólo… uno.
El regresó a su casa, le contó a su mujer lo sucedido y ella dijo:
- Pide un hijo, pide un hijo. Eso es lo que debes pedir…
Y él como le debía tanto a ella y deseaba complacerla le dijo que si; pero detrás de la puerta estaba escuchando su madre que lo llamó y lo recriminó de esta manera:
- Llevo años trabajando para ti, hijo haragán e ingrato, estoy ciega de tanto trabajar y ahora Dios te da la oportunidad de pedir un deseo y pides un hijo, porque tu mujer te lo pide…! Desnaturalizado! Deberías pedir la visión para tu madre.
Pequeño Juan, se quedó sólo pensando. Su mujer quería un hijo y tenía razón, su madre quería recuperar la vista y era justo, él quería salir de la pobreza sin trabajar y eso era muy necesario. Pero como era muy haragán pudo pensar poco pues se quedó dormido hasta que al amanecer la mujer lo levantó y le recordó lo que debía pedirle a Dios.
Él se fue pensando por el camino, llegó hasta donde estaba el árbol y espero hasta que apareciera Dios, y este apareció y le ordenó formular el deseo.
Pequeño Juan se rascó la cabeza, se rascó la axila y dijo:
- Dios, yo quiero que mi madre pueda ver a mis hijos comer en platos de oro.
Ahora tengo dudas y certezas, este es el cuento que contó Hassane Kouyaté y no es. Lo advierto, debo ser honesto. Como la de Obbara la palabra puede ser veraz y mentirosa a un mismo tiempo. Esta es mi memoria del cuento, pero no es el cuento o acaso lo es, al menos en mis ojos, en mis oídos, en mis entrañas, lo es, puedo asegurar que esta es la memoria que tengo de la historia, del cuento contado una noche en La Habana, pero sin los gestos, la piel y el aliento de su narrador. Este es un cuento para los ojos, aquel uno para el oído. Falta aquí la precisión del lenguaje gestual del Maestro, el desplazamiento justo, faltan las palabras en bambará y la multitud de lenguajes verbales y no verbales que se agolpaban en el cuerpo de Kouyaté. Cuando hablaba la mujer del Pequeño Juan él insinuaba la gestualidad con la que las féminas de la actual Burkina Faso manifiestan el enojo, la gestualidad social que las caracteriza y eso es imposible de reproducir en la escritura, si bien esta puede ayudar a recordar nunca podrá sustituir al entrenamiento riguroso y al poder de la presencia del ser humano, cisterna frágil ciertamente, pero hasta hoy insustituible. No importan las grabaciones de sonido o de imágenes, el audiovisual, hay en la presencia del Narrador oral lo que podríamos llamar energía de la memoria ancestral, que la tecnología mata, que no posee.
III
La verdad de Hassane Kouyaté, mi verdad, la verdad colectiva, la Verdad, se hacen una.
Esta fue la mejor manera con la pudimos abrir el año aquí. Gracias al clan Kouyaté, Maestros de la Palabra, Amos de las ceremonias, Mediadores, gracias al África, que aún conserva viva e incontaminada la Palabra.
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