lunes, 12 de octubre de 2009

Cenizas




Voz. Voces. Palabra que arde en medio de la noche. Bajo la lámpara el libro se torna maravilla. Es una edición leve, delicada. Me la regaló Marcela Romero, la narradora de historias, la chilanga, la que un día se me perdió en medio del tumulto de la Feria del Libro de Guadalajara. La flaca trabaja ahí de campana a campana, sólo le quedaba tiempo para algún que otro café en la noche, una conversada con los amigos o visitar el Hospicio Cabañas para escuchar por última vez a Noel Nicola. Entre sus manos descubrí Seda de Alessandro Baricco. Ella creyó me podría gustar.
Debe haberse decepcionado. Mi cara indicaba que no me interesaba el libro. Y era cierto. Mi amiga me había ido dotando, poquito a poco, y no sin sobresaltos y reservas, de una enjundiosa colección de libros que prometían suplir la inalcanzable edición de las Obras Completas de Octavio Paz recogidas por el Fondo de Cultura Económica en doce tomos. Mi pasión por el poeta es pública y me ha proporcionado abundantes luces y graciosas escenas versallescas que alguna vez contaré como quien cuenta la historia del rey que andaba desnudo.
Me paseé por todos los estantes del muy nutrido festival de editores y libreros persiguiendo libros de Thomas Merton e intentando comprar algunos que me hablaran del budismo Zen y del budismo tibetano. Aunque esa operación parezca sencilla es una de las más arduas búsquedas que uno puede emprender en su vida de lector. Tanto y de tan mala calidad se publica sobre esos temas que es peligroso hasta acercarse a los catálogos de las “editoriales serias” pues ellas, ocasionalmente, también sucumben ante el encanto del gato que parece liebre. Buscando a uno encontré a los otros. En un anaquel estaban prácticamente juntos el Bardo Thodol (Editorial Kairós, 2001) y Místicos y Maestros Zen de Thomas Merton (Editorial Lumen, 2001). Por un lado el Libro Tibetano de los Muertos y por otro uno de los acercamientos más certeros a la cultura del Oriente que se pueden leer de este lado del mundo. Fray María Luis, el poeta Merton, nos introduce en el Zen, en el Tao, en el pensamiento clásico chino, para desembocar en el monaquismo ruso o protestante, ambos poco conocidos y peor valorados por la pragmática cultura contemporánea.
Mi amiga, respetuosa de tantas rarezas, no resistió la envestida de un miura que no atendió con suficiente pericia sus telas. El libro de Baricco era una llamada de atención.
Me precio de ser un buen lector de símbolos y signos, más sucumbí en la simple lectura de un libro con nombre delicado.
Estuvo durmiendo el sueño de los libros justos, es decir, amontonado por años en la fila de lo porvenir. Un día, sin saber por qué, comencé a leerlo. Me sucedió lo mismo que a una amiga al leer mi primer libro de poemas: confesó no haber entendido nada pero no pudo dejar de llorar mientras lo sostenía sobre su pecho. Yo entendí el libro, entendí la historia, pero quedé fascinado, tanto que aún ciento como me quema.
Aquel hombre escribía como los viejos contadores de historia. Se me confundían las formas de las escuelas japonesas de narrar, la intuición de lo que debe ser el arte de los contadores marroquíes en la Yemá El-Fná, o los recuerdos que tengo de la primera vez que descubrí a Emilio Salgari de la mano de mi amigo Pedro Báez Centelles, el que me regaló toda la serie de Sandokan. Baricco escribe con la precisión y el encanto con el que narran los Kouyaté, que es el de los grandes griot de África, con la emoción que debió poseer frau Catalina Viehmann mientras le contaba cuentos de hadas a Jacob y Wilhem Grimm, con la serena majestad de Marie Shedlock, Ruth Sawyer, Sara Cone Bryan, Mayra Navarro, Coralia y Ury Rodríguez, Luis Gómez, el cienfueguero, o el ciego Hermógenes, allá por los firmes de la Sierra Maestra. Baricco borra toda huella de escritura y le incorpora a la letra el fulgor de la voz.
Para nuestro autor la escritura es apenas cenizas de una voz quemada, al menos esa fue la impresión que le atribuye él a Hervé Joncour, buscador de huevos de gusanos de seda y su protagonista, cuando mira los caracteres de la escritura japonesa sobre el papel de arroz con los que una distante y enigmática mujer intenta, desesperadamente, comunicarle lo que quedó en ella de una noche, que bien pudo no haber existido, si nos atenemos a que el autor apenas dibuja trazos y susurros, insinuaciones. La técnica del italiano se remite directamente al narrador oral tradicional, que no dibuja, que no precisa, que no describe, sino que cuenta hechos, cabalga sobre el potro de los sucesos, y esta montura no se permite largas parrafadas sino atmósferas, detalles, reflejos, entreluces, que sin embargo impactan tanto en los oyentes que estos terminan por construir un mundo de situaciones y paisajes tan preciso, tan exacto, que hasta pueden percibir olores, texturas, sabores que nunca fueron mencionados o descritos. Es famosa la anécdota de la maestra argentina Dora Pastoriza de Etchebarne que después de contar una niña le dijo que a pesar de que había descrito a un personaje llamado Mercedes como “morocha de cabellos lacios” ella “siempre la iba a ver rubia con una cabellera suelta llena de rulos…” La Pastoriza se atuvo a la letra y lo morocho lo describió tal, más el sonido de la voz hizo que en la cabeza de la niña lo negro se tornara oro y hasta pudiera presentir el olor a jabón de castilla del pelo recién lavado que le golpeaba la cara. Vean que dice “siempre”, es decir, la sensación es permanente, intemporal, eterna; está aunque nunca se le anunció. Alessandro Baricco provoca reacciones similares. A estas alturas no sé si leí Seda o si lo imaginé.
Cuando está de moda el autor impío, el autor torturador, el escritor dominador, el que es incapaz de hacer ni siquiera pequeños gestos, mínimas señales que permitan una lectura placentera, el que empuja a los otros a su mundo, el que siempre coloca la sardina en su braza, el que desinforma, tergiversa, manipula, sita, asalta, plagia, retuerce, se apropia; Baricco se sale de la moda y regresa a las viejas artes, a las antiguas mañas. Aquí todo es lugar común: un héroe común, que visita lugares comunes, que como todos los protagonistas de los relatos tradicionales tiene pruebas y premios, que hay sorpresas al final y que todo está bajo el manto espeso del misterio pero facilitado por frecuentes reiteraciones que tienen el sabor de la formula, aunque con pequeños giros y variaciones, la música del texto funciona cada vez como un tema repetido pero siempre nuevo. Lo cotidiano entra en la dimensión de lo poético. El camino, reiterado hasta la saciedad, de adelante hacia atrás y de atrás hacia delante, adquiere resonancias que no se esperarían nunca de la enumeración. La simple mención del lago Bajkal, y el cambio de epíteto cada vez que se nombra, hacen del listado uno de los momentos más memorables y sugerentes de la obra. Todo lo que viene deberá ser leído desde la emoción, la sensación, que nos provoque el epíteto. En el lago está el nudo de la ruta y de la historia.
Pequeños detalles, estructura delicada y frágil como la seda, que sin embargo ofrece resistencia y amparo, seguridad. Si esta historia pudiera ser tocada, y lo es, tendría la sensación de la seda pero la consistencia y la firmeza del acero.
Aunque Alessandro Baricco repita o insinúe la idea de que la escritura es reservorio de la voz, recurso para atrapar y fijar la fugacidad, y vea a está como esencial y auténtica, como nacida del hombre sin que medien artefactos, aunque yo no esté de acuerdo con él, aunque piense que la escritura y la oralidad son dos tecnologías, dos sistemas (autónomos y autosuficientes) productores de sentido, diversos, que se rozan, que se complementan; no dejo de admirarme. Soy un ser humano lleno de sutiles o gruesas incoherencias, y caigo siempre en mi propia trampa. A Seda lo leí como si tuviera delante uno de esos manuscritos iluminados que nacían en los monasterios europeos, uno de aquellos que no tenían espacios entre palabras de manera que reproducían, o daban la sensación de hacerlo, el fluir de la palabra viva, nacida de los labios y del cuerpo de un ser humano que cuenta.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Otra nota... Colección Oralia de la Editorial Tablas-Alarcos


Buenas,buenísimas noticias. El equipo responsable de la Colección Oralia de la Editorial Tablas-Alarcos (especializado en Oralidad y Narración oral),que integramos la editora Laura Álvarez Cruz, la diseñadora Idania del Río y yo –curador, responsable, coordinador, o como deseen nombrar mi a trabajo- entregamos el primer texto listo para la imprenta. Se trata de Celebración del Lenguaje. Hacia una teoría intercultural de la literatura del antropólogo y teórico argentino Adolfo Colombres, un clásico de los estudios de la Oralidad en Iberoamérica, publicado por primera vez en 1997 por Ediciones del Sol en Argentina. Nuestra edición sale el proximo septiembre aunque tendrá su lanzamiento oficial en la Ferial Internacional del Libro de La Habana (Febrero/2010) y en el Festival Primavera de Cuentos (Marzo/2010. Los otros dos textos serán antologías dedicadas a la Oralidad, la Narración oral y la Técnica del Arte de Narrar. Textos publicados entre 1908 y 2009. Un siglo de pensamiento crítico. La Hora del Cuento y El Árbol de las Palabras reúnen a más de 40 autores de Estados Unidos, México, Colombia, Venezuela, Argentina, Brasil, España, Gran Bretaña, Italia, Camerún, Burquina Faso y Cuba.
Paso a paso llegamos hasta aquí, y lo que es mejor, seguiremos.
Como adelanto vean el diseño de la Colección y sus tres primeros libros.
Desde aquí gracias a los amigos que apoyan, a los autores que entregan generosamente su talento, a Mayra Navarro y al Foro de Narración del Gran Teatro de La Habana porque aconsejan y estimulan, y, por su puesto, gracias a la Editorial Tablas-Alarcos del Consejo Nacional de las Artes Escénicas de Cuba y a su director Lic. Omar Valiño.
Soñamos mucho. Ahora estamos esperando por Rosen Ros y a Tantágora para que dé vía libre a nuestra propuesta. En Cuba había un personaje de la cultura popular, Clavelito, que pedía que pusieran el pensamiento en él. Yo les pido que pongan el pensamiento en Rosen, que ya fue muy generosa y lo seguirá siendo.
Todo indicaba, por la forma en la que comenzó, que mi día se presentaría torcido pero escribimos derecho en renglones torcidos. ¡Aleluya!

Una nota


Por razones que aún sospecho pero no quiero admitir… podría ser el despiste… no dejé en el Archipiélago una dirección de correo electrónico donde se me pudiera escribir sin que la persona se viera expuesta a la publicidad. Los que me han pedido hacerlo directamente ahora podrán. El correo es jesuslozadaguevara@gmail.com
Lo atenderé quincenalmente, pero todos tendrán acuse de recibo y comentarios. No faltaba más.
De paso así aprovecha mi amigo Pedro Báez Centelles y me escribe. Hace treinta años que no sabemos el uno del otro, pero para mi él sigue siendo un amigo, un gran amigo al que le debo muchas cosas buenas y eternas. Descubrímos juntos el sabor de la amistad y la certeza de saberse escritor, aún cuando el texto primero estuviera por hacerse. Con él leí aventuras y las viví… Nos vemos.
En próximos días podrán leer Cenizas, un texto que comenta el libro Seda de Alessandro Baricco y otro sobre Tantágora, la revista de Narración oral que dirige la fraterna Rosen Ros.
¡A leer… que no hay de otras!

lunes, 3 de agosto de 2009

Las buenas maneras



Las buenas maneras, las pobrecitas, las tan llevadas, traídas y estrujadas buenas maneras. A pesar de que ellas sostienen la decencia y hasta a nosotros mismos, todavía insistimos en pisotearlas, en mofarnos cual si de cosa antigua se tratase; y lo que es peor, hemos terminado viéndolas como a trastos inútiles que, desde la impedimenta, retrasan la marcha triunfal del ejército de los adelantados, los postmodernos, los pioneros del porvenir. Sin embargo, yo, que soy persona del siglo pasado, insisto en convocarlas, aún cuando me refrenen en mis más legítimos fueros. Quiero escribir sobre Cuentos del Buen Humor, el espectáculo de cierre de la temporada de Narración Oral que los proyectos NarrArte, TeCUENTO, Para Contarte Mejor -con algunos invitados- y el Centro de Teatro de La Habana presentaron en la Sala Teatro El Sótano durante todos los domingos del mes de julio, siempre a las ocho de la noche. Pero no puedo.
A estas alturas ustedes se estarán preguntando ¿qué tendrán que ver las maneras y los deseos del escribano? ¿Acaso ellas le aconsejan no hacer uso de su legítimo derecho con tal de no perturbar la tranquilidad de sus congéneres? ¿No estaremos delante de una de esas raras estrategias en las que el victimario se disfraza de víctima y apela a la decencia de los moribundos mientras este le cercena el cuello con una multitud de argumentos elegantes y filosos? ¿No estaremos cayendo en la red de uno de esos escritores-araña? Puede ser, todo puede ser… pero no es. Confieso haber participado en el espectáculo y no del lado de la platea. Mea culpa, mea culpa. Estaba en la escena, con una participación discreta, pero en escena. La cosa está entonces en que la urbanidad y las buenas prácticas indican que la parte debe renunciar a ser juez. En buena ley, hay conflictos de interés. Renuncio. Debo hacerlo. No escribiré la crítica del evento, pero, y siempre hay un pero por estos lares, relataré los sucesos, me atendré a ellos y nada más que a ellos. Como si fuera un cuento de cuentacuentos, uno que nadie ha contado antes o que se ha narrado millones de veces, un cuento como el del Elefante y la hormiga, como el de la Buena pipa, como el de la Mujer chiquirritica…
Había una vez, había una vez…una mujer llamada Mayra Navarro, una mujer puente, una mujer río, una mujer huracán, una mujer sol…una mujer. Y ya se sabe que las mujeres son de armas tomar. Esta tiene las suyas, sólo que son instrumentos de una guerra fuera del tiempo o en el tiempo, a un mismo tiempo. Yo no había nacido y ya ella las había jurado. Fue alumna de Eliseo Diego, de María Teresa Freyre de Andrade y de María del Carmen Garcini. Después de Francisco Garzón. ¿Y quién con tales maestros no se pone enseguida en el camino? Ella no encontró nunca el Ungüento de la Magdalena, ni el Bálsamo de Fierabrás, ni la Piedra Filosofal, pero cuando toca a una persona, a uno que quiera ser tocado, enseguida por la boca le salen cuentos, todas las historias de un tirón. Como ella no ha dejado de aproximarse a otros seres humanos y como ellos no han dejado de buscarla, hoy puede lanzar un chasquido de sus dedos al viento, dar un pase mágico sobre una chistera o frotarles el corazón a sus amigos y enseguida arma programa, no con un solo espectáculo, sino con cuatro.
Y así fue, desde el fondo del esfuerzo y la amistad brotaron El Menú, Bar del Infierno, Rompo con la rutina y el ya mentado Cuentos del Buen Humor.
El Menú (tercera versión, a saber), dirección de Octavio Pino y esta vez, con guión de ambos –Pino y Navarro-, fue el pórtico de la temporada estival de cuentos. Es un espectáculo de larga trayectoria, primero lo hicieron en Ecuador Pino y Nubelia Leyva; después en el 2008, con músicos agramontinos, se le sumaron Lucas Nápoles y Mirta Portillo durante el Festival del Proyecto EjO, y ahora se presentó como una degustación para gourmet. El entrante fue excepcional con Por qué cundió brujería mala, de Lydia Cabrera, en la voz de Luis M. Carbonell, el primero de los cubanos que subió los cuentos a la escena teatral, y que asume el texto literario como quien interpreta una partitura musical, logrando que tras esa “lectura” se escuche una melopea que, acompañada de gestos discretos y precisos, bastan para que uno vaya descubriendo los paisajes, los personajes y los sucesos. Los ochenta y seis años de Luis fulguran. También intervino Aris Garit, trovador de fina musicalidad, mientras tras los aforos, Elhiete Manso, Ernesto Lugones, Ricardo Martínez, Nubelia Leyva, Lavinia Ascue y la Navarro, cocinaban sus historias, a la espera de ser presentados por el capitán Benny Seijo, actor sobrio y orgánico. Cada nueva versión de esos cuentos-platos se agradecen en su variedad y equilibrio, segura puerta para las “degustaciones” que tuvieron lugar.
Bar del Infierno y el espectáculo de Georgina Almanza, Rompo con la rutina, no alcancé a verlos en el Sótano. Del primero hablé en un texto publicado en este mismo espacio y que está estructurado partiendo de cuentos literariamente complejos, sólidos, que fueron presentados con una maestría que se sostiene en los años de práctica escénica y el talento excepcional de sus hacedores: Mayra Navarro y Octavio Pino. El segundo, con dirección de Simón Carlos, aún no le he disfrutado, aunque por su protagonista, se puede sospechar una corrección y experiencia que emanan de la trayectoria de esta actriz devenida narradora oral, por lo que dejo endiente un comentario al espectáculo de Georgina.
Cuentos del Buen Humor se presentó el domingo 26 de julio. Desde la escena no dejamos de preguntarnos sobre la conveniencia de hacer la función ese día, cuando sabíamos que los feriados, y más este, pueden ser días de jolgorio extenso e intenso, que alcanzan la madrugada y después requieren un sueño reparador. Pero el público estuvo ahí, fiel y agradecido.
Las primeras palabras fueron las de Mayra Navarro. Un pequeño tropezón, al introducir el espectáculo, la hizo temblar. Era una palabra, una de esas libertinas e independientes palabras que se tuercen cuando menos uno lo espera. Ella, al regresar a la pata, me miró con cara de espanto. Fue una las lecciones más impactantes que he recibido en mis días. Mayra no sufría por temor a un ridículo, que sabe que no hizo; temblaba por el público, que merecía lo perfecto. Seguidamente, había contado un cuento indio de tradición oral, simpatiquísimo, una de esas historias, complejas por la reiteración de un trabalenguas, que conectan con todos los públicos de inmediato, y lo había hecho con maestría singular, pero no le bastó. Ella quería limpieza en todo, ella hubiera querido que aquella palabra dicha para los otros saliera perfecta y luminosa. De alguna manera lo fue. Desde la platea la gente sabe, reconoce el deseo profundo de verdad y belleza de los verdaderos narradores, como también reconoce a los ególatras, a los oscuros. De modo que, como vieron la luz, olvidaron, no escucharon. No digo que perdonaran; digo que vieron la belleza esencial. No obstante, en su cuento final, el efectivo Divorcio, del mexicano Vicente Rivas Palacio, resultó un momento espléndido. Yo que he escuchado ese cuento tantas veces en los últimos treinta años, digo que para reverenciar a su público, Mayra Navarro saltó sobre sí misma y alcanzó cotos muy altos, como pocas veces uno alcanza a ver.
Entre adagio y coda, variaciones recias y seguro humor, hubo un bloque de cuentos en homenaje a Héctor Zumbado, con Octavio Pino, Lucas Nápoles, Ernesto Lugones, Nubelia Leyva, Elhiete Manso y Ricardo Martínez. Todos aportando al conjunto una nota de serena y simpática armonía. Sin embargo, quisiera destacar también los efectivos momentos de Octavio y de Ricardo, en sus apariciones independientes, que desde historias que apelan a una realidad inmediata, nunca traspasaron la barrera sutil que separa a una contada oportuna de una oportunista.
Junto a ellos estuvo también Miriam Broderman, con su ya reconocido estilo personal, y estuvo el que suscribe, ciertamente correcto a pesar de alguna que otra pausa excesiva contando Historia de un caballo que se alimentaba de jardines, de Aquiles Nazoa, quien esa noche hubiera merecido mejor suerte en mi voz. Es un poema en prosa que me acompaña desde hace más de veinticinco años, cuando aún no había aparecido en su hermoso libro Historia privada de las muñecas de trapo y lo transcribí personalmente, de uno de aquellos antiguos discos de placa de acetato, publicado en la serie Palabras de Nuestra América de la Casa de las Américas. Por aquellos tiempos todavía no era médico, ni siquiera pensaba estudiar medicina, e iba todas las tardes a escuchar esa historia a la Sala de música de la Biblioteca Provincial de Camagüey. Los encargados, Merceditas y Pimentel, tenían mucha paciencia, pero no los otros usuarios. Cuando llegaba, era como si llegara un caballo de carretón con uno de esos sacos pestilentes bajo las ancas y todos se marchaban sin decir palabra. Es que los principeños somos muy educados. No sé si alguien me regalo un cassette ORWO, de aquellos que venían de la RDA, o yo lo busqué o lo compré; lo seguro es que me grabaron el poema y ya en la cinta, pasito a paso, yo lo transcribí. Lo demás fue coser y cantar. Hasta hoy lo cuento. Unas veces mejor, otras peor, pero lo digo. Esta vez no estoy contento con lo que hice. Pero no debo hablar de mi mismo, que para algo me hicieron leer el Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres de Carreño.
Otros proyectos continuarán en agosto, lo que será sin dudas la primera temporada estable dentro una programación especial de verano con espectáculos de narración oral que se produce en el país. Antes de estar de El Sótano, sólo se podían ver espectáculos aislados de un día o una serie de ellos, dentro de uno de los muchos festivales de este arte que hoy ocupan espacios en el calendario cultural.
En otros países, como Argentina, Italia, Francia y Colombia, existe la tradición de permanencia en cartelera de un mismo espectáculo de cuentos mientras haya público que asista a ellos. Debíamos aprovechar esta experiencia pues es ciertamente positiva. Todo el mundo sabe que un espectáculo alcanza madurez y equilibrio en la medida en que es presentado; sin embargo, en nuestro país tenemos la manía -o la desgracia- de armar espectáculos de vida efímera, con una o dos presentaciones que no dejan espacio para que el público descubra las claves y para que el narrador aprenda del público. Apelamos a la Oralidad y le cerramos las puertas a sus expresiones más exactas.
Contar un cuento es un arte efímero que se produce siempre en el aquí y ahora, frente a frente, cara a cara, y en el cual la comunicación, que es su razón de ser, se produce por la conjunción de un narrador, de un texto narrativo, de una situación de representación o espectacularidad, de un receptor y de una recepción determinada, en una circunstancia temporo-espacial única e irrepetible. Cada vez es la primera y la última. No hay segundas oportunidades, es todo o nada; aunque en cada versión aprendemos algo que seguramente será útil, porque creará un repertorio de fórmulas, de estructuras, que permitirán echarle mano en una nueva ocasión efímera, que tampoco concederá otras oportunidades sino que se concretará o no, dependiendo del modo en que se produzcan las complejas sinergias necesarias para un momento de arte en el reino de la Oralidad.
Esperemos que esta temporada de verano no sea la última y que los narradores orales, los programadores y “decisores” culturales, unan voluntades para que la buena costumbre de narrar y escuchar cuentos sea sólo leve en su esencia, pero reiterada en su presencia. Colorín colorado… He terminado.

lunes, 1 de junio de 2009

Viaje a la calle de San Juan, en Orihuela


Para Antonio González, José Manuel Garzón,
Cristina, Maite y la familia González-Beltrán.

1993. El sol era copioso, como el fuego. Las calles de La Habana, polvo y silencio. Guijarro seco. La ciudad a oscuras daba tumbos. Se presentía la rosa de los vientos, la indicación de un norte, de un destino, más nadie se atrevía a pronunciarlo. Andar era un lujo. Encontrar ruta un acto de gracia que cuando llegaba traía largas celebraciones, aunque a la mesa sólo hubiera un pedazo de pan de apenas ocho gramos. Pan verde y amargo sobre el mantel manchado, antes blanco, paño de las grandes ocasiones familiares. Generoso saltaba el alcohol destilado en alambique casero. Tortuoso camino el del azúcar hasta convertirse en aguardiente. Animal duro que te raspaba el alma y la garganta. La cosa es que me invitaron a las Islas Canarias en Febrero, al Festival Internacional de Narración Oral Escénica, y ya eso era un andar. De más está decir que hubo celebración, gozo y muchas horas para llegar al aeropuerto. Boyeros era una cinta larga y descolorida. Llegamos al avión, bestia salvadora, que al decir de Lezama era una “lata que nos separa milímetros de la eternidad”. Fue un viaje tranquilo. Era de noche.

Madrid me recibió, al amanecer, con un cuchillo helado cortándome el aliento. Ocho grados bajo cero, más confieso haber sido feliz. Una gabardina alquilada y las ganas fueron suficientes. Horas más tarde ya sobrevolaba las Islas Canarias, las Afortunados, el Jardín de las Hespérides, la patria de la Locura según Erasmo de Rotterdam, la de mi bisabuelo Antonio Reyes, natural de Güimar, que peleó en la Guerra de Martí y que nunca quiso aceptar la vergüenza de la derrota representada por aquella pensión de setenta y nueve pesos. A mi lado iba un turista japonés, que a pesar de que fingía muy bien no dejó de mirarme con cara de espanto al no entender el por qué un hombretón de seis pies podía llorar si allá abajo solamente estaban siete montones de lava volcánica, algunos kilómetros de arena y unos graciosos platanales. Pocas veces los turistas logran entender algo que sea realmente sustancioso.
Me parecieron fríos los canarios, demasiado peninsulares para mi gusto. Pero esa fue una primera impresión que me duró muchos años hasta que entendí que ellos no eran fríos, sino que un personajillo había lanzado entre nosotros los polvos de la discordia. Me salva la memoria de la patria primera de los míos el rostro de Alicia, la ceramista, la constructora de afectos que ahora trabaja en la eternidad con materias más nobles, más duraderos. Ella me enseñó la isla, los lugares hermosos, los esenciales, los que casi nunca aparecen en los mapas. Ella me enseñó la isla de los caminantes.

Trabajé mucho y bien en las Canarias. Recuerdo la función del Teatro Chico en la Isla de la Palma. Pequeña joya en miniatura. A la puerta de ese teatro unos simpáticos escolares cantaron para mí viejas canciones cubanas que los nuestros no cantan porque no las conocen, o porque no se las hemos cantado nunca, como si no supiéramos que ellas son el Libro de los Libros de la Patria. Fue hermoso en Agüimes recibir el Premio Chamán (Internacional de Narración Oral Escénica otorgado por la CIINOE) que le otorgaron a La Peña del Brocal, que fue como dármelo a mí mismo.

Respirar las Islas me hizo bien. No sería decente, y eso a mi me importa mucho, enumerar las piedras que fueron a parar a mis zapatos. La fortuna de esos lugares merece mi silencio. Algún día, si vuelvo, me prometo a mi mismo cantar canciones viejas a la puerta de todas sus iglesias, teatros, en sus bares, en sus calles, en los colegios, en la casa de la gente buena que por allí se da como la verdolaga en Cuba.

Después me fui a Madrid. Vivía en un colegio de señoritas, el Colegio Mayor Isabel de España. Uno siempre se imagina esos lugares como internados lúgubres y pacatos. Este era un colegio disciplinado y noble, lleno de mujeres hermosas que recibían la cultura como lo que es, fiesta. Desde allí visitamos otros lugares de España, entre ellos una noche a Elx, la tierra de La Carátula, la de los González Beltrán, la de José Manuel, la de Cristina, la de Maite, la de Adrián. En aquellos tiempos su Teatro Principal no estaba restaurado y la zona de camerinos parecía un antro. Esa noche bajó tanto la temperatura que yo creí que podía desarmarme en pequeños témpanos. Suerte que estaban Marcela Romero y Marilú Carrasco. Nos pusieron un pequeño hornito eléctrico y nos juntamos, apretados, en derredor de él, casi en actitud de adoración.

De regreso a la capital me fui a vivir a la calle de Las Huertas, saliendo por la estación del metro de Antón Martín, poco más abajo de la Real Academia de Historia, a punto de llegar a la calle Paseo. Como a unos pasos de allí está la Plaza de Santa Ana, famosa por sus polvos blancos y sus alucinados, en la mañana uno tenía que salir del edificio saltando sobre los cuerpos de una multitud de pobres seres que seguramente habían sido sorprendidos por sus propias guerras y sucumbieron en ellas. Cuerpos tumbados, jeringuillas, ligas, preservativos. El metro era una bestia que escupía cuerpos desechos y que luego volvía a engullirlos. Paraba, junto a dos amigos, en la buhardilla de un edificio del Madrid del Siglo XIX. A nuestras espaldas estaba la tumba de Miguel de Cervantes, desde una ventana se veía una casa en la que habitó Francisco de Quevedo, la casa de Mariano José de Larra y la tumba de Félix Lope de Vega. Madrid era una ciudad de muertos. Entonces me quise ir hasta la vida y me fui al sur. A Elx, a la ciudad del Misterio. ¡Viva la Madre de Dios!

Madrid es también la ciudad de grandes y preciosos museos, la del buen llantar, la de las librerías – ah, y yo siempre sin dinero-, la de los café – Libertad 8 es mi preferido-, la de los sitios hermosos, pero esa es harina para otro costal. Perdón, hablé de harina, y me saltó a la memoria una diminuta pastelería en la Calle del Amor de Dios. El viejo pastelero amaza, hornea; su mujer vende. Noble hojaldre el de sus almas. La ciudad tiene mucho de esa fina masa.

Descendí a los infiernos madrileños hasta que una voz me anunció que estaba en la estación de Chamartín. Cuatro horas en tren hasta Alicante. Tierra seca y roturada, grandes viñedos y algún que otro miura, pueblos blancos, pequeños, tristes, de viejos, algunos abandonados. Aquella planicie ocre me era tan familiar, era cosa de la sangre, de los labriegos castellanos que llegaron por la derecha de mis venas.

En el andén estaban José Manuel Garzón, actor de muchos dones que alguna vez interpretara, entre otros personajes, a Miguel Hernández, estaba Antonio González, fundador del Grupo de Teatro La Carátula, el hijo de Don Nazario, republicano puro y hombre de una sola pieza. Veinte minutos después estábamos en la casa quinta de los González Beltrán, mi casa ilicitana que hoy es sólo memoria en nosotros, la casa en la plantamos un árbol para Isabel, la de la pinada del viejo, la del olivar, la casa en la que conocí a mis amigos españoles buenos, la casa donde me enamoré de toda la vasca de José Manuel que preside la Virtu. Elx es una ciudad de vivos.

Por las tardes iba puntualmente a la Plaza Mayor, al bar Arlequín, a tomar ginebra con agua tónica, junto a Don Nazario. El me contó de la República, de sus héroes y sus mártires, de sus traidores, de cuando salió por el puerto de Alicante hasta Orán, del exilio argelino, de cuando Antonio nació, de cómo hacían teatro, del regreso. Era una escuela de historia pero sobre todas las cosas de bonhomía. Por las noches regresaba con Antonio al mismo sitio, entonces yo tomaba una cerveza negra, La Cueva del Ermitaño. Hablamos de lo humano y lo divino.

Fuimos a muchos sitios. Bares como el Jamboree en Alicante, el de Pepa y Julio que ya no existe, al menos como era entonces, o el Club Directo de allí, o vistamos el Carmen del Campillo, donde el otro José Manuel, su dueño, me contó la historia del lugar y me mostró su reliquia más preciosa: la carretilla de su abuelo labriego. Subimos hasta la Fuente Roja, visitamos infinidad de restaurantes para comer cuscús y costra, paella valenciana o mariscos, sopa de cebollas y delicadezas como los frutos secos, o comimos múltiples recetas de cordero o aquellas judías con perdices que tanto recuerdo.

Todo eso fue importante, aprendimos a querernos y a ser fieles los unos con los otros a pesar de los vientos, pero nada como visitar juntos a la casa de la calle San Juan, en Orihuela, en la que nació Miguel Hernández, el poeta, en 1910. Fue él quien me hizo amar a mis amigos con uno de esos amores viriles que ni la muerte vence.

No recuerdo si fuimos camino de Murcia o de Alicante, seguramente de Alicante, si que lo primero que hicimos fue llegarnos al Colegio Santo Domingo, el de los jesuitas, donde estudiara el poeta. Creo que hoy es una institución pública. Tiene ese olor tan típico que he encontrado en las escuelas del mundo. Me llevaron hasta un gimnasio, dicen que allí estuvo el aula donde estudió el poeta por muy poco tiempo pues su padre quería para él destino de pastor, y para eso las letras ofuscan y confunden, sólo basta con seguir el paso de las cabras. Mucho le rogaron los hijos de San Ignacio, hasta prometieron garantizarle los estudios universitarios al muchacho; pero ya se sabe, el hambre no es buena consejera y si eso se junta en un ser amargado y severo, se puede llegar hasta donde el amor no llega y él no aceptó y se lo llevó de regreso a la casa.

El tiempo borra y limpia. Hoy el nombre del poeta maldito, muerto entre los piojos y la tuberculosis, preso, el que ni siquiera se podía pronunciar en otra época, está en todas partes. Todo lo recuerda. Posiblemente a los demás, a mi no. Su nombre escrito en las paredes, en los muros, en las tarjas, en las telas que cruzaban a cada lado de las calles, no tienen la consistencia que adquiere cuando escucho su versos dichos a viva voz, sus poemas en el aire, cantados por Juan Manuel Serrat, o dichos por un buen recitador.

Por los lados de unos riscos, al final de la calle de San Juan, si no recuerdo mal, está la casa. Paredes blancas, techo de tejas a dos aguas, puerta y dos ventanales enrejados. Una tarja de cerámica indica que allí nació Miguel Hernández. Casa sencilla. Estaba cerrada a cal y canto. En silencio nos fuimos por un costado y subimos a las piedras, una pequeña montaña escalonada, a la que seguramente subía el poeta. Era su aposento alto. Desde allí vi la higuera y el techo de los corrales, la casa desde atrás y un poco arriba. Quise gritarle a Miguel, pero sabía que era inútil, que aquella ya no era su casa. Su casa es el viento.

Estuve allí no sé cuánto tiempo, hasta que por la calle vimos acercarse a un hombre, llegar a la puerta, abrirla y entrar como Pedro por su casa. Era el celador. Como una cabra bajé hasta la calle. El hombre había ido a comer y después a la siesta, tan castiza. Se disculpó por hacernos esperar. Por sus maneras tuve la impresión de que aquel sitio no era muy visitado, y menos en las tardes. Era un hombre pocas luces, conocía sólo pequeños datos sobre los habitantes de la casa, pero era gentil y sabía hacer su trabajo dejándole a uno tiempo para encontrarse con las huellas de Miguel. De frente, un poco a la derecha, está una habitación donde se guardaban unas alpargatas y un bastón, dicen que del poeta, y una cama. La cocina, más bien estrecha como la economía de sus moradores.

Salí al patio y pude encontrarme de frente con la higuera. Supongo que es el árbol que inspiró muchas veces al poeta, el que sentía con cualidades ígneas. “Cómo escuecen las higueras…” dice en El adolescente, que se encuentra entre sus primeros poemas. Otros textos hacen referencia a la higuera hasta llegar a la Elegía dedicada a Ramón Sijé, “con quien tanto quería”, el que se había muerto “como del rayo”:

Volverás a mi huerto y a mi higuera;
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Hasta ese momento vi objetos sencillos, cosas de un museo o de una casa cuyo dueño se marchó hace mucho tiempo. Al estar frente a la higuera, que está viva, la abracé llorando y se me reveló el sentido mi viaje a España: ¡Miguel, hermano, aquí estoy. Vine a encontrarme contigo! Fueron unos segundos en los que estaba el tiempo, todo él.

El sencillo celador me dejó llorar, después me llevó al corral de las ovejas, que está al fondo del patio. De regreso, íbamos otros, me llevó a mi solo hasta un cuarto, con ventana a la calle, iluminadísimo, y puso en mis manos el libro de visitantes; escribí cosas que no recuerdo, quizás puras tonterías, sólo sé que firmé en nombre de Cintio Vitier, de Fina García Marruz, de José Lezama, de Eliseo, de Roberto Manzano –cuyo estro siempre me recuerda el del oriolano-, de Rafael Almanza y de Jesús Curbelo, en nombre de mis ángeles tutelares, los poetas.

En la sala estábamos todos cuando ya a punto de salir, quizás conmovido por el llanto y la emoción o por quién sabe qué, el señor volvió a separarme del grupo y me llevó a otra habitación que estaba a mano izquierda. Allí había un enorme arcón, uno de esos que en Europa usan para la ropa de cama o los vestidos, que siempre huelen a alcanfor y a naftalina, que dicen sirven para matar la polilla y otros bichos como el olvido. Abrió la caja enorme y extrajo una más pequeña, de vidrio. Fría y transparente, que contenía hojas secas y tierra y otros despojos insignificantes.

Me miró de frente y al verme mudo, con cara de extrañeza me dijo:

- Mire bien… mire al fondo. Mire. Eso que ve allí es la mejilla derecha del poeta y el cuero cabelludo. Tenía piojos y estaba rapado, por eso parece un pedazo de piel cruda.

No miré. No pude mirar. Yo que siempre veo o que siempre quiero ver, como Tomás, o meter los dedos en la llaga, no pude.

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento…

Nos fuimos por la calle de San Juan, hacía arriba. Mis amigos me llevaron a conocer un teatro circular y no lo vi. Compraron carne de vaca, hicieron bromas, pero yo no estaba de ánimos. Sólo pensaba en él, en Miguel Hernández, el poeta que cuando yo nací ya había adquirido esa suerte de universalidad que sólo otorgan el don, la gracia, el canto y la muerte. Su voz y su escritura habían descendido al reino de la oscuridad y ahora estaban, después del retumbar de flautas y atabales, en el viento, en el olor de la guayaba, en el reino de lo resurrecto, que es el de la tierra y el cielo nuevos, el de la Luz.

Nunca más he regresado por los lados de Orihuela. Ya no somos los mismos, para bien nuestro y de los otros, pero si alguna vez regreso, conozco ya el destino, la ruta de mi viaje. Entraré hasta el patio, abrazaré la higuera, que está viva. Y volveré a decir las mismas palabras: ¡Miguel, hermano, yo soy Jesús, poeta, y vine a visitarte! No veré nada más. Nada. Sólo la higuera.