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domingo, 25 de noviembre de 2012

En su centenario, llamémosle Virgilio

Loma, aunque los registros oficiales camagüeyanos insistan en llamarla Tula Aguilera, fue una calle corta y ancha, que desembocaba en la nada, si es que así se lo podía llamar al campito de San Zenón, colindante con la Escuela Normal para Maestros, donde terminó estudiando mi madre, a pesar de que quiso ser “hogarista”, que no “normalista”, pero, por azar violento y revuelto, no le quedó más remedio que aceptar su cruz y convertirse en una “maestra de escuela”; eso sí, recordada como la elegante y dulce muchacha que le cambió el destino a sus alumnos. En esa calle, y en otras, vivió en Camagüey, durante veinticinco años, Virgilio Piñera, el autor de cuentos y aires fríos, congelados absurdos, y de rabiosas ironías escénicas o narrativas. Había nacido en Cárdenas y murió en El Vedado habanero. Él, espíritu burlón y trashumante, más “por malparada economía”, como la de las cojas de su relato, que por vocación viajera, fue llevado a una multitud de casas pobres en diversas ciudades cubanas o en Buenos Aires. También vivió en esa calle de La Zambrana, según cuenta la lengua de trapo y la vox populi, Severo Sarduy, escritor barroco y posmoderno, delirante, tan de la ciudad, a pesar de París, tatuado por la cubanía y, muy especialmente, por esa condición humana, que yo defino como la camagüeyanidad, en sus dos variantes: principeño civilista y polis endemoniada. Pero dejemos esos zarandeos para otros lugares. En Loma # 13 viví desde los once años hasta los veintitrés. Estaba, entonces y ahora, muy orgulloso de residir en la periferia, al margen, aunque lo suficientemente cerca del centro como para conservar orbita propia, sin necesidad de dejarme imponer una, gobernada por las fuerzas centrífugas de aquella ciudad provinciana y polvorienta que presume de su prosapia. De este modo mantuve distancia crítica e independencia frente a sus designios, por lo que pude ser y estar lejos de la “tradición” y del rol y las maneras que se supone deban asumir los intelectuales allí. Según Carlos Manresa, en Camaguey, crece como la verdolaga, cierto “formalismo cubano”, tendente a reafirmar la pureza del idioma, la sujeción a las formas clásicas en poesía. Si usted me escucha y me lee se dará cuenta que esa tendencia en mi se da más por el camino de la fragmentación en la forma, y que, no obstante, en lo esencial, repito, con insistencia, los temas camagüeyanos más sostenidos: el silencio, la insularidad, la religiosidad y la ciudad entendida como construcción poética-mítica que se encarna más allá de sus ladrillos, argamasas y sangres de toro. Mi interés por los ilustres vecinos se acrecentó con la juntamenta que me proporcioné. Muy jovencito frecuentaba los círculos de José Rodríguez Lastre – alias Nikitín- y de Carlos Victoria – que trabajó en un almacén de la Empresa Forestal Integral donde mi padre era vicedirector-, o escuchaba con fruición las historias de Carlín Galán Sariol, amigo de Virgilio, de Nicolás Guillén, de Severo, de Emilio Ballagas, de Rolando T. Escardó, de Rita Montaner, de Luis Carbonell, y de otros muchos personajes que hoy habitan en el panteón de los héroes de la Cultura Nacional y que entraron, por derecho propio, muchas veces a empellones, dentro de la mitología insular, tan rica en chismes y leyendas, tan intervenida o ignorada por los aficionados a las reglas, los cánones y los dogmas. Los literatos que están en el cielo de las titanes patrios y en los pensum académicos, sin embargo, sufren del Mal de la Gloria, que consiste en que recibir el premio de la aureola y el misterio, a la vez que son condenados al polvo de las bibliotecas, o a ser minimizados mediante citas elegantes, anécdotas simpáticas, exergos de poemas; más nadie los lee con pasión. Es decir, aquellos personajes y personas que odiaron el cartón, el mármol y el bronce, terminan siendo letras muertas y, créanme, que esa es la peor condena a la que pudieron ser sometidos pues amaron las palabras vivas y sonoras. En este jubileo piñeriano, motivado por el centenario de su nacimiento, se reeditaron sus obras, se volvieron a ver en el escenario las piezas teatrales que escribió, se hicieron coloquios y se celebraron saraos, que ojala tuvieran cócteles decentes, y no aquellos, famosos y citados, que se ofrecían por la Academia Cubana de Lengua, radicada en casa de Dulce María Loynaz, y que tanto criticó nuestro personaje, motivo por el cual la poetiza lo condenó al ostracismo, solo que, como no podía expulsarlo de la ciudad, se tuvo que conformar con retirarle la invitación a la academia y a la casona de la calle 19. A él lo lanzaron, por unanimidad, para su gloria, que era callejera y revoltosa. Tanto los amigos de Virgilio, como sus enemigos, lo pintan pendenciero, gustoso del tira y jala, pero cobarde. Suerte de gatica de María Ramos. Pero ya no deberían importarnos ninguno de esos detalles, que están tan en el fondo de sus escritos, como para que no tengan importancia a estas alturas. Yo prefiero recordar a Piñera en la voz de Carlín Galán, quien escondió una enorme cantidad de poemas inéditos, justo en el momento, en el que su autor había “caído en desgracia”. Aquellos textos los conservó celosamente, hasta el día en que se los entregó al periodista Manuel Villabella, que también los mantuvo a buen recaudo, en espera de tiempos propicios, que no llegarían hasta mucho después de la muerte del poeta. En los años ochenta, Pablo Armando Fernández, amigo de los hermanos Galán - Carlín y Natalio, este último compositor y musicólogo no muy mencionado, pero importante- le pidió al primero que le entregara los poemas que él sabía guardaba, pues Antón Arrufat, albacea literario de nuestro autor, estaba por editar una suerte de poesía completa. Miguel Barnet, en casa de Candita Batista, un domingo por la tarde, recibió el sobre manila con los poemas, y los llevó desde el Camagüey hasta La Habana. Sabemos que llegaron a su destino, pues aparecieron en el libro La Isla en peso, ya con varias ediciones, aunque el compilador nunca menciona a quienes guardaron estos tesoros, creando la duda de si los textos los tenía él, si estaban en el archivo del autor, si fue un trabajo de reconstrucción o un hallazgo fortuito en almacenes y bibliotecas. Ahora sabemos que no hubo tales rastreos, sino una alta dosis de fidelidad a la amistad, por un lado, y por otro , una profunda honradez intelectual y amor patrio, porque tanto Carlín Galán como Manuel Villabella, pudieron vender los originales a cualquier institución norteamericana, europea o a algún coleccionista privado que les hubiera proporcionado un respiro económico tan necesario. Esas ausencias de oxígeno han llevado a que parte del patrimonio de muchos países no esté en su territorio y sea difícil de consultar, tanto como para llegar a hacerlo prácticamente imposible. Sirva de ejemplo las colección de originales de Juan Francisco Manzano, que distan mucho de lo que conocemos como “su obra”, pues esos textos fueron manipulados, intervenidos y podría decirse que hasta mutilados, por el círculo delmontino, que intentó meter en cintura la obra del poeta esclavo, que componía más con las técnicas y los recursos de un poeta oral que con los de un escritor letrado. Hoy tenemos noticia de ellos gracias al profesor cubano-americano William Luis quien encontró esos documentos en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Carlín Galán y Manuel Villabella nos libraron de un largo viaje hacia la ausencia. A ellos gratitud y honor. Como ven, por razones geográficas, accidentales y hasta por sin razones de la voluntad y la escogencia, Virgilio Piñera, me acompaña. Lo leí cuando era un adolescente en aquellos libros de las Ediciones R, que muchas veces estaban en “cuartos especiales” y oscuros, cuando no en cajas fuertes, de las bibliotecas públicas; pero que uno era feliz leyéndolos aunque para hacerlo tuviera que saltar bardas y necesitar de cómplice. En 1994 hice Un fogonazo, espectáculo donde contaba varios cuentos de Piñera cuyo tema central era el hambre. Todo esto ocurría en un país que atravesaba un periodo virulento, que en muchos sentidos aún está. De un lado se vivía la implosión económica como consecuencia de la crisis estructural que sobrevino a la caída y destrucción de imperios, bloques y muros y, por otro, en lo personal, había sido expulsado del circulo garzoniano, tan fuerte y central en el Movimiento de Narración Oral Escénica de aquellos tiempos, pero hoy descoyuntado e inoperante, aunque patalee, cual balanceante ahorcado. Por suerte, la Narración oral contemporánea en Cuba es un arte de tendencias y matices plurales, en el que no hay una fuerza abiertamente dominadora y prepotente sino una variedad de expresiones y posibilidades infinitas, aunque en lo artístico se sepa “de dónde son los cantantes”. En España, cuando presentaba aquel espectáculo, no me regalaban flores, sino suculentos bocatas, con abundante jamón, sobreasada, chorizo y otras delicadezas de la cocina peninsular. Pasó el tiempo, y en 2009, Mayra Navarro me invitó a participar en la inauguración de la exposición Las furias de Virgilio en la Galería Raúl Oliva, con las escenografías y utilerías usadas en algunas puestas en escena de las obras de nuestro autor; ahí se nos unió Ricardo Martínez, y su recordada versión de Tadeo. A aquella aventura, su directora la bautizó como Un fogonazo para Virgilio. Conté La Carne sentado en el sillón donde se balanceara el escritor en su apartamento habanero. Entre los asistentes estaba Manuel Villabella. No lo dije, pero conté para él, sólo para él. Después, durante el Festival Internacional de Teatro 2009, el espectáculo se amplió y cambió su concepción escénica; entraron Lavinia Azcue, Beatriz Quintana, Octavio Pino y Benny Seijo, pero, por razones dolorosas y urgentes, Mayra Navarro no estuvo. Freddy Artiles, su compañero e importante intelectual cubano, estaba para morir, aunque no lo sospecháramos. Del primer fuego quedamos, entonces, Ricardo Martínez y yo. En la Sala Ernesto Lecuona del Gran Teatro de La Habana (GTH), sede habitual del Foro de Narración oral, usando algunos elementos prestados por Raúl Martín y Teatro de la Luna, protagonizamos tres funciones aquel Festival, que fueron reseñadas por mí. Como en aquella ocasión, les advierto, que todo lo que diré será a título de juez y parte. La crítica de espectáculos y los periodistas culturales de nuestros medios prefieren ignorar a un arte y un movimiento que está en el centro del panorama iberoamericano de la Cuentería, dejando pasar así elementos esenciales que marcan nuestro devenir, pues, ya lo he dicho, en las fronteras del tiempo y de la Cultura se está generando un nuevo sistema simbólico de producción de lenguaje, la Escritoralidad, que se hace evidente en la Oralidad ficcional, y que incluye, no solo a la Narración oral, sino que también a la Poesía oral improvisada, al Chiste, la Poesía narrativa cantada, y otras formas de generación de los relatos. Sin saltar las barreras de la ética, me urge testimoniar lo que se está creando, produciendo en materia de Narración oral en la Isla. Como indica el Dante, a este tiempo llamarán antiguo, y es necesario guardar memoria de él, usando todos los recursos. La palabra pronunciada de viva voz mantendrá el recuerdo de estos sucesos mientras ellos sean útiles, o nos permitan entender cuánto de salto, de aporte, de reiteración y retroceso estamos generando. Este proceso de memoria-olvido hay que custodiarlo y propiciarlo también desde la Escritura. Por eso he comentado los fogonazos, y para eso estoy aquí, escribiendo sobre el de noviembre 16 al 18 de 2012. Cerrados por obras los Salones del GTH, Teatro El Arca, de la Oficina del Historiador de La Habana, nos acogió. Fueron generosos pues tuvieron que reacondicionar su pequeño espacio. No se usó el escenario, sino la platea, donde se colocaron sillas, en sustitución de sus pesados bancos, que permitían a los asistentes cambiar de posición para así poder recorrer los distintos espacios narrativos, situados en circulos de irregulares contornos pero siguiendo una lógica representacional que favorecía su participación. Uno de los problemas más frecuentes en los espectáculos actuales de este arte radica en la ignorancia o el descuido de sus hacedores de las reglas de la Oralidad, y una de ellas es la necesaria e imprescindible fidelidad a los diseños del discurso oral, visible a través del Ciclo Oral, que no es otra cosa que la representación esquemática de los procesos, internos y externos, que tienen lugar durante el acto de narrar oralmente. Partiendo de Paul Zumthor y de las operaciones retóricas clásicas, diseñamos este modelo teórico, pensando a sus elementos también como operaciones, como actos. Este proceso o ciclo está integrado por producción, enunciación, recepción, almacenamiento y conservación; de lo que se desprende que la historia se genera a través de un texto narrativo propiamente dicho, de un texto espectacular o de la representación y de un texto de la recepción. Este último es clave y distintivo de los procesos orales, ya que la fábula que arma la historia – que es tiempo y espacio fabular, sucesos y personajes-, habrá de componerse en el aquí y ahora, en presencia del otro, y sabiendo que no solo implica al que emite las palabras sino al que las acoge. El público entonces es un elemento activo y creador que si, por impericia o ignorancia, separamos del proceso y lo convertimos en receptor pasivo, estaremos creando o vivenciando quizás algo bello y útil, sin embargo no nos colocaremos dentro de la orbita de la Oralidad. Esta voluntad de escogencia, de distribución del espacio, del tercer fogonazo, reitera la vocación de reproducir, en la contemporaneidad, los recursos del cuentero original. Se toma un texto literario, se coloca en un espacio y un tiempo dados, se abre el proceso al espectador, se repiten los diseños de la palabra hablada, y se invoca y convoca al espectador para que participe, creando su propio relato, porque éste, a pesar de ser colectivo e integrado por varios cuentos, resulta una historia única, que intenta retratar la vida del ser humano, puesto en situaciones límites, que, sin embargo, no se deja vencer y grita, patea, muerde, sueña. Estas son historias duras, de peso completo, que sin embargo alcanzan cierta ligereza, cierta capacidad de elevación, que viene más de la técnica oral empleada que de la reproducción del texto escrito como partitura, al que hay que ajustarse y conservar a toda costa. No se trata de interpretar a Mozart haciendo sonar con exactitud las notas, una detrás de otras, sino de improvisar como en el jazz. Permítaseme el ejemplo musical, como recurso para remarcar, además, el sentido “metafórico” del espectáculo. Pudiera hablar de las gracias y aciertos, de las desgracias e imprecisiones, de los verbos irregulares que no se dejaron domar o de la diferencia en las calidades de las tres funciones, pero eso en nada ilustraría lo sucedido. Si en algo es importante este espectáculo, es porque viene a proponer un discurso espectacular distinto en el panorama de la Narración oral contemporánea cubana. Un fogonazo para Virgilio es para Cuba lo que fue para la Iberoamérica de 1990 Pavana de Amor y Muerte, aquel mítico espectáculo de Antonio González y La Carátula, puesto durante el II Festival Iberoamericano de Narración Oral Escénica (1990), en México, y que introdujo formas de representación, nunca vistas hasta entonces. Aquella puesta, centrada en el acto de narrar, aprovechando los recursos de la juglaría y del arte popular español, no dejaba de introducir elementos contemporáneos que garantizaban esa necesaria sintonía con un espectador altamente influenciado por los medios y los mensajes de la era audiovisual globalizada. Un fogonazo para Virgilio, deja a la palabra y a la imagen desnuda, no apela al canto por el canto, a la danza por danzar, a los elementos inútiles o únicamente decorativos, o mete mano a un supuesto o real alarde de tecnicismos, o se apoya en la provocación a partir de instrumentar un relato cuestionador directo o abusa de textos lacrimosos y banalizadores, sino que va a la parábola y a la elipsis, a la sugerencia, a la participación de cada uno, dejando que el público interrogue y no solo sea cuestionado. Como un todo dejamos que la gente mirara y se mirara, escuchara y se oyera, le dejamos espacio para construir y pensar. Intentamos no manipular; por lo que las reacciones fueron de muy variado pelaje, pero coincidentes en una reacción común: se sintieron removidos, conmovidos, cuestionados; llamados a moverse, pero desde lo interno, acción que comienza en el momento en que nos reconocemos y reconocemos los paisajes íntimos reflejados en relatos, que, al principio, nos parecían ajenos e improbables. Esta vez, en su centenario, gritamos el nombre de Virgilio, como quien dispara un revolver, teniendo la certeza de que algunos nombres pudieran ser nada más que fuegos de artificio, breves explosiones sin resonancia, pero que el suyo, sigue siendo un arma potente, que propicia, que resiste, que implica al arte del cuentero, a la manera en que lo concebimos hoy, que es una suerte de puerta al camino, de resquicio por donde la Cultura Popular y el Juego se filtran, rompiendo la solemnidad de las peroratas de la mentira.

lunes, 3 de agosto de 2009

Las buenas maneras



Las buenas maneras, las pobrecitas, las tan llevadas, traídas y estrujadas buenas maneras. A pesar de que ellas sostienen la decencia y hasta a nosotros mismos, todavía insistimos en pisotearlas, en mofarnos cual si de cosa antigua se tratase; y lo que es peor, hemos terminado viéndolas como a trastos inútiles que, desde la impedimenta, retrasan la marcha triunfal del ejército de los adelantados, los postmodernos, los pioneros del porvenir. Sin embargo, yo, que soy persona del siglo pasado, insisto en convocarlas, aún cuando me refrenen en mis más legítimos fueros. Quiero escribir sobre Cuentos del Buen Humor, el espectáculo de cierre de la temporada de Narración Oral que los proyectos NarrArte, TeCUENTO, Para Contarte Mejor -con algunos invitados- y el Centro de Teatro de La Habana presentaron en la Sala Teatro El Sótano durante todos los domingos del mes de julio, siempre a las ocho de la noche. Pero no puedo.
A estas alturas ustedes se estarán preguntando ¿qué tendrán que ver las maneras y los deseos del escribano? ¿Acaso ellas le aconsejan no hacer uso de su legítimo derecho con tal de no perturbar la tranquilidad de sus congéneres? ¿No estaremos delante de una de esas raras estrategias en las que el victimario se disfraza de víctima y apela a la decencia de los moribundos mientras este le cercena el cuello con una multitud de argumentos elegantes y filosos? ¿No estaremos cayendo en la red de uno de esos escritores-araña? Puede ser, todo puede ser… pero no es. Confieso haber participado en el espectáculo y no del lado de la platea. Mea culpa, mea culpa. Estaba en la escena, con una participación discreta, pero en escena. La cosa está entonces en que la urbanidad y las buenas prácticas indican que la parte debe renunciar a ser juez. En buena ley, hay conflictos de interés. Renuncio. Debo hacerlo. No escribiré la crítica del evento, pero, y siempre hay un pero por estos lares, relataré los sucesos, me atendré a ellos y nada más que a ellos. Como si fuera un cuento de cuentacuentos, uno que nadie ha contado antes o que se ha narrado millones de veces, un cuento como el del Elefante y la hormiga, como el de la Buena pipa, como el de la Mujer chiquirritica…
Había una vez, había una vez…una mujer llamada Mayra Navarro, una mujer puente, una mujer río, una mujer huracán, una mujer sol…una mujer. Y ya se sabe que las mujeres son de armas tomar. Esta tiene las suyas, sólo que son instrumentos de una guerra fuera del tiempo o en el tiempo, a un mismo tiempo. Yo no había nacido y ya ella las había jurado. Fue alumna de Eliseo Diego, de María Teresa Freyre de Andrade y de María del Carmen Garcini. Después de Francisco Garzón. ¿Y quién con tales maestros no se pone enseguida en el camino? Ella no encontró nunca el Ungüento de la Magdalena, ni el Bálsamo de Fierabrás, ni la Piedra Filosofal, pero cuando toca a una persona, a uno que quiera ser tocado, enseguida por la boca le salen cuentos, todas las historias de un tirón. Como ella no ha dejado de aproximarse a otros seres humanos y como ellos no han dejado de buscarla, hoy puede lanzar un chasquido de sus dedos al viento, dar un pase mágico sobre una chistera o frotarles el corazón a sus amigos y enseguida arma programa, no con un solo espectáculo, sino con cuatro.
Y así fue, desde el fondo del esfuerzo y la amistad brotaron El Menú, Bar del Infierno, Rompo con la rutina y el ya mentado Cuentos del Buen Humor.
El Menú (tercera versión, a saber), dirección de Octavio Pino y esta vez, con guión de ambos –Pino y Navarro-, fue el pórtico de la temporada estival de cuentos. Es un espectáculo de larga trayectoria, primero lo hicieron en Ecuador Pino y Nubelia Leyva; después en el 2008, con músicos agramontinos, se le sumaron Lucas Nápoles y Mirta Portillo durante el Festival del Proyecto EjO, y ahora se presentó como una degustación para gourmet. El entrante fue excepcional con Por qué cundió brujería mala, de Lydia Cabrera, en la voz de Luis M. Carbonell, el primero de los cubanos que subió los cuentos a la escena teatral, y que asume el texto literario como quien interpreta una partitura musical, logrando que tras esa “lectura” se escuche una melopea que, acompañada de gestos discretos y precisos, bastan para que uno vaya descubriendo los paisajes, los personajes y los sucesos. Los ochenta y seis años de Luis fulguran. También intervino Aris Garit, trovador de fina musicalidad, mientras tras los aforos, Elhiete Manso, Ernesto Lugones, Ricardo Martínez, Nubelia Leyva, Lavinia Ascue y la Navarro, cocinaban sus historias, a la espera de ser presentados por el capitán Benny Seijo, actor sobrio y orgánico. Cada nueva versión de esos cuentos-platos se agradecen en su variedad y equilibrio, segura puerta para las “degustaciones” que tuvieron lugar.
Bar del Infierno y el espectáculo de Georgina Almanza, Rompo con la rutina, no alcancé a verlos en el Sótano. Del primero hablé en un texto publicado en este mismo espacio y que está estructurado partiendo de cuentos literariamente complejos, sólidos, que fueron presentados con una maestría que se sostiene en los años de práctica escénica y el talento excepcional de sus hacedores: Mayra Navarro y Octavio Pino. El segundo, con dirección de Simón Carlos, aún no le he disfrutado, aunque por su protagonista, se puede sospechar una corrección y experiencia que emanan de la trayectoria de esta actriz devenida narradora oral, por lo que dejo endiente un comentario al espectáculo de Georgina.
Cuentos del Buen Humor se presentó el domingo 26 de julio. Desde la escena no dejamos de preguntarnos sobre la conveniencia de hacer la función ese día, cuando sabíamos que los feriados, y más este, pueden ser días de jolgorio extenso e intenso, que alcanzan la madrugada y después requieren un sueño reparador. Pero el público estuvo ahí, fiel y agradecido.
Las primeras palabras fueron las de Mayra Navarro. Un pequeño tropezón, al introducir el espectáculo, la hizo temblar. Era una palabra, una de esas libertinas e independientes palabras que se tuercen cuando menos uno lo espera. Ella, al regresar a la pata, me miró con cara de espanto. Fue una las lecciones más impactantes que he recibido en mis días. Mayra no sufría por temor a un ridículo, que sabe que no hizo; temblaba por el público, que merecía lo perfecto. Seguidamente, había contado un cuento indio de tradición oral, simpatiquísimo, una de esas historias, complejas por la reiteración de un trabalenguas, que conectan con todos los públicos de inmediato, y lo había hecho con maestría singular, pero no le bastó. Ella quería limpieza en todo, ella hubiera querido que aquella palabra dicha para los otros saliera perfecta y luminosa. De alguna manera lo fue. Desde la platea la gente sabe, reconoce el deseo profundo de verdad y belleza de los verdaderos narradores, como también reconoce a los ególatras, a los oscuros. De modo que, como vieron la luz, olvidaron, no escucharon. No digo que perdonaran; digo que vieron la belleza esencial. No obstante, en su cuento final, el efectivo Divorcio, del mexicano Vicente Rivas Palacio, resultó un momento espléndido. Yo que he escuchado ese cuento tantas veces en los últimos treinta años, digo que para reverenciar a su público, Mayra Navarro saltó sobre sí misma y alcanzó cotos muy altos, como pocas veces uno alcanza a ver.
Entre adagio y coda, variaciones recias y seguro humor, hubo un bloque de cuentos en homenaje a Héctor Zumbado, con Octavio Pino, Lucas Nápoles, Ernesto Lugones, Nubelia Leyva, Elhiete Manso y Ricardo Martínez. Todos aportando al conjunto una nota de serena y simpática armonía. Sin embargo, quisiera destacar también los efectivos momentos de Octavio y de Ricardo, en sus apariciones independientes, que desde historias que apelan a una realidad inmediata, nunca traspasaron la barrera sutil que separa a una contada oportuna de una oportunista.
Junto a ellos estuvo también Miriam Broderman, con su ya reconocido estilo personal, y estuvo el que suscribe, ciertamente correcto a pesar de alguna que otra pausa excesiva contando Historia de un caballo que se alimentaba de jardines, de Aquiles Nazoa, quien esa noche hubiera merecido mejor suerte en mi voz. Es un poema en prosa que me acompaña desde hace más de veinticinco años, cuando aún no había aparecido en su hermoso libro Historia privada de las muñecas de trapo y lo transcribí personalmente, de uno de aquellos antiguos discos de placa de acetato, publicado en la serie Palabras de Nuestra América de la Casa de las Américas. Por aquellos tiempos todavía no era médico, ni siquiera pensaba estudiar medicina, e iba todas las tardes a escuchar esa historia a la Sala de música de la Biblioteca Provincial de Camagüey. Los encargados, Merceditas y Pimentel, tenían mucha paciencia, pero no los otros usuarios. Cuando llegaba, era como si llegara un caballo de carretón con uno de esos sacos pestilentes bajo las ancas y todos se marchaban sin decir palabra. Es que los principeños somos muy educados. No sé si alguien me regalo un cassette ORWO, de aquellos que venían de la RDA, o yo lo busqué o lo compré; lo seguro es que me grabaron el poema y ya en la cinta, pasito a paso, yo lo transcribí. Lo demás fue coser y cantar. Hasta hoy lo cuento. Unas veces mejor, otras peor, pero lo digo. Esta vez no estoy contento con lo que hice. Pero no debo hablar de mi mismo, que para algo me hicieron leer el Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres de Carreño.
Otros proyectos continuarán en agosto, lo que será sin dudas la primera temporada estable dentro una programación especial de verano con espectáculos de narración oral que se produce en el país. Antes de estar de El Sótano, sólo se podían ver espectáculos aislados de un día o una serie de ellos, dentro de uno de los muchos festivales de este arte que hoy ocupan espacios en el calendario cultural.
En otros países, como Argentina, Italia, Francia y Colombia, existe la tradición de permanencia en cartelera de un mismo espectáculo de cuentos mientras haya público que asista a ellos. Debíamos aprovechar esta experiencia pues es ciertamente positiva. Todo el mundo sabe que un espectáculo alcanza madurez y equilibrio en la medida en que es presentado; sin embargo, en nuestro país tenemos la manía -o la desgracia- de armar espectáculos de vida efímera, con una o dos presentaciones que no dejan espacio para que el público descubra las claves y para que el narrador aprenda del público. Apelamos a la Oralidad y le cerramos las puertas a sus expresiones más exactas.
Contar un cuento es un arte efímero que se produce siempre en el aquí y ahora, frente a frente, cara a cara, y en el cual la comunicación, que es su razón de ser, se produce por la conjunción de un narrador, de un texto narrativo, de una situación de representación o espectacularidad, de un receptor y de una recepción determinada, en una circunstancia temporo-espacial única e irrepetible. Cada vez es la primera y la última. No hay segundas oportunidades, es todo o nada; aunque en cada versión aprendemos algo que seguramente será útil, porque creará un repertorio de fórmulas, de estructuras, que permitirán echarle mano en una nueva ocasión efímera, que tampoco concederá otras oportunidades sino que se concretará o no, dependiendo del modo en que se produzcan las complejas sinergias necesarias para un momento de arte en el reino de la Oralidad.
Esperemos que esta temporada de verano no sea la última y que los narradores orales, los programadores y “decisores” culturales, unan voluntades para que la buena costumbre de narrar y escuchar cuentos sea sólo leve en su esencia, pero reiterada en su presencia. Colorín colorado… He terminado.