lunes, 3 de agosto de 2009

Las buenas maneras



Las buenas maneras, las pobrecitas, las tan llevadas, traídas y estrujadas buenas maneras. A pesar de que ellas sostienen la decencia y hasta a nosotros mismos, todavía insistimos en pisotearlas, en mofarnos cual si de cosa antigua se tratase; y lo que es peor, hemos terminado viéndolas como a trastos inútiles que, desde la impedimenta, retrasan la marcha triunfal del ejército de los adelantados, los postmodernos, los pioneros del porvenir. Sin embargo, yo, que soy persona del siglo pasado, insisto en convocarlas, aún cuando me refrenen en mis más legítimos fueros. Quiero escribir sobre Cuentos del Buen Humor, el espectáculo de cierre de la temporada de Narración Oral que los proyectos NarrArte, TeCUENTO, Para Contarte Mejor -con algunos invitados- y el Centro de Teatro de La Habana presentaron en la Sala Teatro El Sótano durante todos los domingos del mes de julio, siempre a las ocho de la noche. Pero no puedo.
A estas alturas ustedes se estarán preguntando ¿qué tendrán que ver las maneras y los deseos del escribano? ¿Acaso ellas le aconsejan no hacer uso de su legítimo derecho con tal de no perturbar la tranquilidad de sus congéneres? ¿No estaremos delante de una de esas raras estrategias en las que el victimario se disfraza de víctima y apela a la decencia de los moribundos mientras este le cercena el cuello con una multitud de argumentos elegantes y filosos? ¿No estaremos cayendo en la red de uno de esos escritores-araña? Puede ser, todo puede ser… pero no es. Confieso haber participado en el espectáculo y no del lado de la platea. Mea culpa, mea culpa. Estaba en la escena, con una participación discreta, pero en escena. La cosa está entonces en que la urbanidad y las buenas prácticas indican que la parte debe renunciar a ser juez. En buena ley, hay conflictos de interés. Renuncio. Debo hacerlo. No escribiré la crítica del evento, pero, y siempre hay un pero por estos lares, relataré los sucesos, me atendré a ellos y nada más que a ellos. Como si fuera un cuento de cuentacuentos, uno que nadie ha contado antes o que se ha narrado millones de veces, un cuento como el del Elefante y la hormiga, como el de la Buena pipa, como el de la Mujer chiquirritica…
Había una vez, había una vez…una mujer llamada Mayra Navarro, una mujer puente, una mujer río, una mujer huracán, una mujer sol…una mujer. Y ya se sabe que las mujeres son de armas tomar. Esta tiene las suyas, sólo que son instrumentos de una guerra fuera del tiempo o en el tiempo, a un mismo tiempo. Yo no había nacido y ya ella las había jurado. Fue alumna de Eliseo Diego, de María Teresa Freyre de Andrade y de María del Carmen Garcini. Después de Francisco Garzón. ¿Y quién con tales maestros no se pone enseguida en el camino? Ella no encontró nunca el Ungüento de la Magdalena, ni el Bálsamo de Fierabrás, ni la Piedra Filosofal, pero cuando toca a una persona, a uno que quiera ser tocado, enseguida por la boca le salen cuentos, todas las historias de un tirón. Como ella no ha dejado de aproximarse a otros seres humanos y como ellos no han dejado de buscarla, hoy puede lanzar un chasquido de sus dedos al viento, dar un pase mágico sobre una chistera o frotarles el corazón a sus amigos y enseguida arma programa, no con un solo espectáculo, sino con cuatro.
Y así fue, desde el fondo del esfuerzo y la amistad brotaron El Menú, Bar del Infierno, Rompo con la rutina y el ya mentado Cuentos del Buen Humor.
El Menú (tercera versión, a saber), dirección de Octavio Pino y esta vez, con guión de ambos –Pino y Navarro-, fue el pórtico de la temporada estival de cuentos. Es un espectáculo de larga trayectoria, primero lo hicieron en Ecuador Pino y Nubelia Leyva; después en el 2008, con músicos agramontinos, se le sumaron Lucas Nápoles y Mirta Portillo durante el Festival del Proyecto EjO, y ahora se presentó como una degustación para gourmet. El entrante fue excepcional con Por qué cundió brujería mala, de Lydia Cabrera, en la voz de Luis M. Carbonell, el primero de los cubanos que subió los cuentos a la escena teatral, y que asume el texto literario como quien interpreta una partitura musical, logrando que tras esa “lectura” se escuche una melopea que, acompañada de gestos discretos y precisos, bastan para que uno vaya descubriendo los paisajes, los personajes y los sucesos. Los ochenta y seis años de Luis fulguran. También intervino Aris Garit, trovador de fina musicalidad, mientras tras los aforos, Elhiete Manso, Ernesto Lugones, Ricardo Martínez, Nubelia Leyva, Lavinia Ascue y la Navarro, cocinaban sus historias, a la espera de ser presentados por el capitán Benny Seijo, actor sobrio y orgánico. Cada nueva versión de esos cuentos-platos se agradecen en su variedad y equilibrio, segura puerta para las “degustaciones” que tuvieron lugar.
Bar del Infierno y el espectáculo de Georgina Almanza, Rompo con la rutina, no alcancé a verlos en el Sótano. Del primero hablé en un texto publicado en este mismo espacio y que está estructurado partiendo de cuentos literariamente complejos, sólidos, que fueron presentados con una maestría que se sostiene en los años de práctica escénica y el talento excepcional de sus hacedores: Mayra Navarro y Octavio Pino. El segundo, con dirección de Simón Carlos, aún no le he disfrutado, aunque por su protagonista, se puede sospechar una corrección y experiencia que emanan de la trayectoria de esta actriz devenida narradora oral, por lo que dejo endiente un comentario al espectáculo de Georgina.
Cuentos del Buen Humor se presentó el domingo 26 de julio. Desde la escena no dejamos de preguntarnos sobre la conveniencia de hacer la función ese día, cuando sabíamos que los feriados, y más este, pueden ser días de jolgorio extenso e intenso, que alcanzan la madrugada y después requieren un sueño reparador. Pero el público estuvo ahí, fiel y agradecido.
Las primeras palabras fueron las de Mayra Navarro. Un pequeño tropezón, al introducir el espectáculo, la hizo temblar. Era una palabra, una de esas libertinas e independientes palabras que se tuercen cuando menos uno lo espera. Ella, al regresar a la pata, me miró con cara de espanto. Fue una las lecciones más impactantes que he recibido en mis días. Mayra no sufría por temor a un ridículo, que sabe que no hizo; temblaba por el público, que merecía lo perfecto. Seguidamente, había contado un cuento indio de tradición oral, simpatiquísimo, una de esas historias, complejas por la reiteración de un trabalenguas, que conectan con todos los públicos de inmediato, y lo había hecho con maestría singular, pero no le bastó. Ella quería limpieza en todo, ella hubiera querido que aquella palabra dicha para los otros saliera perfecta y luminosa. De alguna manera lo fue. Desde la platea la gente sabe, reconoce el deseo profundo de verdad y belleza de los verdaderos narradores, como también reconoce a los ególatras, a los oscuros. De modo que, como vieron la luz, olvidaron, no escucharon. No digo que perdonaran; digo que vieron la belleza esencial. No obstante, en su cuento final, el efectivo Divorcio, del mexicano Vicente Rivas Palacio, resultó un momento espléndido. Yo que he escuchado ese cuento tantas veces en los últimos treinta años, digo que para reverenciar a su público, Mayra Navarro saltó sobre sí misma y alcanzó cotos muy altos, como pocas veces uno alcanza a ver.
Entre adagio y coda, variaciones recias y seguro humor, hubo un bloque de cuentos en homenaje a Héctor Zumbado, con Octavio Pino, Lucas Nápoles, Ernesto Lugones, Nubelia Leyva, Elhiete Manso y Ricardo Martínez. Todos aportando al conjunto una nota de serena y simpática armonía. Sin embargo, quisiera destacar también los efectivos momentos de Octavio y de Ricardo, en sus apariciones independientes, que desde historias que apelan a una realidad inmediata, nunca traspasaron la barrera sutil que separa a una contada oportuna de una oportunista.
Junto a ellos estuvo también Miriam Broderman, con su ya reconocido estilo personal, y estuvo el que suscribe, ciertamente correcto a pesar de alguna que otra pausa excesiva contando Historia de un caballo que se alimentaba de jardines, de Aquiles Nazoa, quien esa noche hubiera merecido mejor suerte en mi voz. Es un poema en prosa que me acompaña desde hace más de veinticinco años, cuando aún no había aparecido en su hermoso libro Historia privada de las muñecas de trapo y lo transcribí personalmente, de uno de aquellos antiguos discos de placa de acetato, publicado en la serie Palabras de Nuestra América de la Casa de las Américas. Por aquellos tiempos todavía no era médico, ni siquiera pensaba estudiar medicina, e iba todas las tardes a escuchar esa historia a la Sala de música de la Biblioteca Provincial de Camagüey. Los encargados, Merceditas y Pimentel, tenían mucha paciencia, pero no los otros usuarios. Cuando llegaba, era como si llegara un caballo de carretón con uno de esos sacos pestilentes bajo las ancas y todos se marchaban sin decir palabra. Es que los principeños somos muy educados. No sé si alguien me regalo un cassette ORWO, de aquellos que venían de la RDA, o yo lo busqué o lo compré; lo seguro es que me grabaron el poema y ya en la cinta, pasito a paso, yo lo transcribí. Lo demás fue coser y cantar. Hasta hoy lo cuento. Unas veces mejor, otras peor, pero lo digo. Esta vez no estoy contento con lo que hice. Pero no debo hablar de mi mismo, que para algo me hicieron leer el Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres de Carreño.
Otros proyectos continuarán en agosto, lo que será sin dudas la primera temporada estable dentro una programación especial de verano con espectáculos de narración oral que se produce en el país. Antes de estar de El Sótano, sólo se podían ver espectáculos aislados de un día o una serie de ellos, dentro de uno de los muchos festivales de este arte que hoy ocupan espacios en el calendario cultural.
En otros países, como Argentina, Italia, Francia y Colombia, existe la tradición de permanencia en cartelera de un mismo espectáculo de cuentos mientras haya público que asista a ellos. Debíamos aprovechar esta experiencia pues es ciertamente positiva. Todo el mundo sabe que un espectáculo alcanza madurez y equilibrio en la medida en que es presentado; sin embargo, en nuestro país tenemos la manía -o la desgracia- de armar espectáculos de vida efímera, con una o dos presentaciones que no dejan espacio para que el público descubra las claves y para que el narrador aprenda del público. Apelamos a la Oralidad y le cerramos las puertas a sus expresiones más exactas.
Contar un cuento es un arte efímero que se produce siempre en el aquí y ahora, frente a frente, cara a cara, y en el cual la comunicación, que es su razón de ser, se produce por la conjunción de un narrador, de un texto narrativo, de una situación de representación o espectacularidad, de un receptor y de una recepción determinada, en una circunstancia temporo-espacial única e irrepetible. Cada vez es la primera y la última. No hay segundas oportunidades, es todo o nada; aunque en cada versión aprendemos algo que seguramente será útil, porque creará un repertorio de fórmulas, de estructuras, que permitirán echarle mano en una nueva ocasión efímera, que tampoco concederá otras oportunidades sino que se concretará o no, dependiendo del modo en que se produzcan las complejas sinergias necesarias para un momento de arte en el reino de la Oralidad.
Esperemos que esta temporada de verano no sea la última y que los narradores orales, los programadores y “decisores” culturales, unan voluntades para que la buena costumbre de narrar y escuchar cuentos sea sólo leve en su esencia, pero reiterada en su presencia. Colorín colorado… He terminado.

lunes, 1 de junio de 2009

Viaje a la calle de San Juan, en Orihuela


Para Antonio González, José Manuel Garzón,
Cristina, Maite y la familia González-Beltrán.

1993. El sol era copioso, como el fuego. Las calles de La Habana, polvo y silencio. Guijarro seco. La ciudad a oscuras daba tumbos. Se presentía la rosa de los vientos, la indicación de un norte, de un destino, más nadie se atrevía a pronunciarlo. Andar era un lujo. Encontrar ruta un acto de gracia que cuando llegaba traía largas celebraciones, aunque a la mesa sólo hubiera un pedazo de pan de apenas ocho gramos. Pan verde y amargo sobre el mantel manchado, antes blanco, paño de las grandes ocasiones familiares. Generoso saltaba el alcohol destilado en alambique casero. Tortuoso camino el del azúcar hasta convertirse en aguardiente. Animal duro que te raspaba el alma y la garganta. La cosa es que me invitaron a las Islas Canarias en Febrero, al Festival Internacional de Narración Oral Escénica, y ya eso era un andar. De más está decir que hubo celebración, gozo y muchas horas para llegar al aeropuerto. Boyeros era una cinta larga y descolorida. Llegamos al avión, bestia salvadora, que al decir de Lezama era una “lata que nos separa milímetros de la eternidad”. Fue un viaje tranquilo. Era de noche.

Madrid me recibió, al amanecer, con un cuchillo helado cortándome el aliento. Ocho grados bajo cero, más confieso haber sido feliz. Una gabardina alquilada y las ganas fueron suficientes. Horas más tarde ya sobrevolaba las Islas Canarias, las Afortunados, el Jardín de las Hespérides, la patria de la Locura según Erasmo de Rotterdam, la de mi bisabuelo Antonio Reyes, natural de Güimar, que peleó en la Guerra de Martí y que nunca quiso aceptar la vergüenza de la derrota representada por aquella pensión de setenta y nueve pesos. A mi lado iba un turista japonés, que a pesar de que fingía muy bien no dejó de mirarme con cara de espanto al no entender el por qué un hombretón de seis pies podía llorar si allá abajo solamente estaban siete montones de lava volcánica, algunos kilómetros de arena y unos graciosos platanales. Pocas veces los turistas logran entender algo que sea realmente sustancioso.
Me parecieron fríos los canarios, demasiado peninsulares para mi gusto. Pero esa fue una primera impresión que me duró muchos años hasta que entendí que ellos no eran fríos, sino que un personajillo había lanzado entre nosotros los polvos de la discordia. Me salva la memoria de la patria primera de los míos el rostro de Alicia, la ceramista, la constructora de afectos que ahora trabaja en la eternidad con materias más nobles, más duraderos. Ella me enseñó la isla, los lugares hermosos, los esenciales, los que casi nunca aparecen en los mapas. Ella me enseñó la isla de los caminantes.

Trabajé mucho y bien en las Canarias. Recuerdo la función del Teatro Chico en la Isla de la Palma. Pequeña joya en miniatura. A la puerta de ese teatro unos simpáticos escolares cantaron para mí viejas canciones cubanas que los nuestros no cantan porque no las conocen, o porque no se las hemos cantado nunca, como si no supiéramos que ellas son el Libro de los Libros de la Patria. Fue hermoso en Agüimes recibir el Premio Chamán (Internacional de Narración Oral Escénica otorgado por la CIINOE) que le otorgaron a La Peña del Brocal, que fue como dármelo a mí mismo.

Respirar las Islas me hizo bien. No sería decente, y eso a mi me importa mucho, enumerar las piedras que fueron a parar a mis zapatos. La fortuna de esos lugares merece mi silencio. Algún día, si vuelvo, me prometo a mi mismo cantar canciones viejas a la puerta de todas sus iglesias, teatros, en sus bares, en sus calles, en los colegios, en la casa de la gente buena que por allí se da como la verdolaga en Cuba.

Después me fui a Madrid. Vivía en un colegio de señoritas, el Colegio Mayor Isabel de España. Uno siempre se imagina esos lugares como internados lúgubres y pacatos. Este era un colegio disciplinado y noble, lleno de mujeres hermosas que recibían la cultura como lo que es, fiesta. Desde allí visitamos otros lugares de España, entre ellos una noche a Elx, la tierra de La Carátula, la de los González Beltrán, la de José Manuel, la de Cristina, la de Maite, la de Adrián. En aquellos tiempos su Teatro Principal no estaba restaurado y la zona de camerinos parecía un antro. Esa noche bajó tanto la temperatura que yo creí que podía desarmarme en pequeños témpanos. Suerte que estaban Marcela Romero y Marilú Carrasco. Nos pusieron un pequeño hornito eléctrico y nos juntamos, apretados, en derredor de él, casi en actitud de adoración.

De regreso a la capital me fui a vivir a la calle de Las Huertas, saliendo por la estación del metro de Antón Martín, poco más abajo de la Real Academia de Historia, a punto de llegar a la calle Paseo. Como a unos pasos de allí está la Plaza de Santa Ana, famosa por sus polvos blancos y sus alucinados, en la mañana uno tenía que salir del edificio saltando sobre los cuerpos de una multitud de pobres seres que seguramente habían sido sorprendidos por sus propias guerras y sucumbieron en ellas. Cuerpos tumbados, jeringuillas, ligas, preservativos. El metro era una bestia que escupía cuerpos desechos y que luego volvía a engullirlos. Paraba, junto a dos amigos, en la buhardilla de un edificio del Madrid del Siglo XIX. A nuestras espaldas estaba la tumba de Miguel de Cervantes, desde una ventana se veía una casa en la que habitó Francisco de Quevedo, la casa de Mariano José de Larra y la tumba de Félix Lope de Vega. Madrid era una ciudad de muertos. Entonces me quise ir hasta la vida y me fui al sur. A Elx, a la ciudad del Misterio. ¡Viva la Madre de Dios!

Madrid es también la ciudad de grandes y preciosos museos, la del buen llantar, la de las librerías – ah, y yo siempre sin dinero-, la de los café – Libertad 8 es mi preferido-, la de los sitios hermosos, pero esa es harina para otro costal. Perdón, hablé de harina, y me saltó a la memoria una diminuta pastelería en la Calle del Amor de Dios. El viejo pastelero amaza, hornea; su mujer vende. Noble hojaldre el de sus almas. La ciudad tiene mucho de esa fina masa.

Descendí a los infiernos madrileños hasta que una voz me anunció que estaba en la estación de Chamartín. Cuatro horas en tren hasta Alicante. Tierra seca y roturada, grandes viñedos y algún que otro miura, pueblos blancos, pequeños, tristes, de viejos, algunos abandonados. Aquella planicie ocre me era tan familiar, era cosa de la sangre, de los labriegos castellanos que llegaron por la derecha de mis venas.

En el andén estaban José Manuel Garzón, actor de muchos dones que alguna vez interpretara, entre otros personajes, a Miguel Hernández, estaba Antonio González, fundador del Grupo de Teatro La Carátula, el hijo de Don Nazario, republicano puro y hombre de una sola pieza. Veinte minutos después estábamos en la casa quinta de los González Beltrán, mi casa ilicitana que hoy es sólo memoria en nosotros, la casa en la plantamos un árbol para Isabel, la de la pinada del viejo, la del olivar, la casa en la que conocí a mis amigos españoles buenos, la casa donde me enamoré de toda la vasca de José Manuel que preside la Virtu. Elx es una ciudad de vivos.

Por las tardes iba puntualmente a la Plaza Mayor, al bar Arlequín, a tomar ginebra con agua tónica, junto a Don Nazario. El me contó de la República, de sus héroes y sus mártires, de sus traidores, de cuando salió por el puerto de Alicante hasta Orán, del exilio argelino, de cuando Antonio nació, de cómo hacían teatro, del regreso. Era una escuela de historia pero sobre todas las cosas de bonhomía. Por las noches regresaba con Antonio al mismo sitio, entonces yo tomaba una cerveza negra, La Cueva del Ermitaño. Hablamos de lo humano y lo divino.

Fuimos a muchos sitios. Bares como el Jamboree en Alicante, el de Pepa y Julio que ya no existe, al menos como era entonces, o el Club Directo de allí, o vistamos el Carmen del Campillo, donde el otro José Manuel, su dueño, me contó la historia del lugar y me mostró su reliquia más preciosa: la carretilla de su abuelo labriego. Subimos hasta la Fuente Roja, visitamos infinidad de restaurantes para comer cuscús y costra, paella valenciana o mariscos, sopa de cebollas y delicadezas como los frutos secos, o comimos múltiples recetas de cordero o aquellas judías con perdices que tanto recuerdo.

Todo eso fue importante, aprendimos a querernos y a ser fieles los unos con los otros a pesar de los vientos, pero nada como visitar juntos a la casa de la calle San Juan, en Orihuela, en la que nació Miguel Hernández, el poeta, en 1910. Fue él quien me hizo amar a mis amigos con uno de esos amores viriles que ni la muerte vence.

No recuerdo si fuimos camino de Murcia o de Alicante, seguramente de Alicante, si que lo primero que hicimos fue llegarnos al Colegio Santo Domingo, el de los jesuitas, donde estudiara el poeta. Creo que hoy es una institución pública. Tiene ese olor tan típico que he encontrado en las escuelas del mundo. Me llevaron hasta un gimnasio, dicen que allí estuvo el aula donde estudió el poeta por muy poco tiempo pues su padre quería para él destino de pastor, y para eso las letras ofuscan y confunden, sólo basta con seguir el paso de las cabras. Mucho le rogaron los hijos de San Ignacio, hasta prometieron garantizarle los estudios universitarios al muchacho; pero ya se sabe, el hambre no es buena consejera y si eso se junta en un ser amargado y severo, se puede llegar hasta donde el amor no llega y él no aceptó y se lo llevó de regreso a la casa.

El tiempo borra y limpia. Hoy el nombre del poeta maldito, muerto entre los piojos y la tuberculosis, preso, el que ni siquiera se podía pronunciar en otra época, está en todas partes. Todo lo recuerda. Posiblemente a los demás, a mi no. Su nombre escrito en las paredes, en los muros, en las tarjas, en las telas que cruzaban a cada lado de las calles, no tienen la consistencia que adquiere cuando escucho su versos dichos a viva voz, sus poemas en el aire, cantados por Juan Manuel Serrat, o dichos por un buen recitador.

Por los lados de unos riscos, al final de la calle de San Juan, si no recuerdo mal, está la casa. Paredes blancas, techo de tejas a dos aguas, puerta y dos ventanales enrejados. Una tarja de cerámica indica que allí nació Miguel Hernández. Casa sencilla. Estaba cerrada a cal y canto. En silencio nos fuimos por un costado y subimos a las piedras, una pequeña montaña escalonada, a la que seguramente subía el poeta. Era su aposento alto. Desde allí vi la higuera y el techo de los corrales, la casa desde atrás y un poco arriba. Quise gritarle a Miguel, pero sabía que era inútil, que aquella ya no era su casa. Su casa es el viento.

Estuve allí no sé cuánto tiempo, hasta que por la calle vimos acercarse a un hombre, llegar a la puerta, abrirla y entrar como Pedro por su casa. Era el celador. Como una cabra bajé hasta la calle. El hombre había ido a comer y después a la siesta, tan castiza. Se disculpó por hacernos esperar. Por sus maneras tuve la impresión de que aquel sitio no era muy visitado, y menos en las tardes. Era un hombre pocas luces, conocía sólo pequeños datos sobre los habitantes de la casa, pero era gentil y sabía hacer su trabajo dejándole a uno tiempo para encontrarse con las huellas de Miguel. De frente, un poco a la derecha, está una habitación donde se guardaban unas alpargatas y un bastón, dicen que del poeta, y una cama. La cocina, más bien estrecha como la economía de sus moradores.

Salí al patio y pude encontrarme de frente con la higuera. Supongo que es el árbol que inspiró muchas veces al poeta, el que sentía con cualidades ígneas. “Cómo escuecen las higueras…” dice en El adolescente, que se encuentra entre sus primeros poemas. Otros textos hacen referencia a la higuera hasta llegar a la Elegía dedicada a Ramón Sijé, “con quien tanto quería”, el que se había muerto “como del rayo”:

Volverás a mi huerto y a mi higuera;
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Hasta ese momento vi objetos sencillos, cosas de un museo o de una casa cuyo dueño se marchó hace mucho tiempo. Al estar frente a la higuera, que está viva, la abracé llorando y se me reveló el sentido mi viaje a España: ¡Miguel, hermano, aquí estoy. Vine a encontrarme contigo! Fueron unos segundos en los que estaba el tiempo, todo él.

El sencillo celador me dejó llorar, después me llevó al corral de las ovejas, que está al fondo del patio. De regreso, íbamos otros, me llevó a mi solo hasta un cuarto, con ventana a la calle, iluminadísimo, y puso en mis manos el libro de visitantes; escribí cosas que no recuerdo, quizás puras tonterías, sólo sé que firmé en nombre de Cintio Vitier, de Fina García Marruz, de José Lezama, de Eliseo, de Roberto Manzano –cuyo estro siempre me recuerda el del oriolano-, de Rafael Almanza y de Jesús Curbelo, en nombre de mis ángeles tutelares, los poetas.

En la sala estábamos todos cuando ya a punto de salir, quizás conmovido por el llanto y la emoción o por quién sabe qué, el señor volvió a separarme del grupo y me llevó a otra habitación que estaba a mano izquierda. Allí había un enorme arcón, uno de esos que en Europa usan para la ropa de cama o los vestidos, que siempre huelen a alcanfor y a naftalina, que dicen sirven para matar la polilla y otros bichos como el olvido. Abrió la caja enorme y extrajo una más pequeña, de vidrio. Fría y transparente, que contenía hojas secas y tierra y otros despojos insignificantes.

Me miró de frente y al verme mudo, con cara de extrañeza me dijo:

- Mire bien… mire al fondo. Mire. Eso que ve allí es la mejilla derecha del poeta y el cuero cabelludo. Tenía piojos y estaba rapado, por eso parece un pedazo de piel cruda.

No miré. No pude mirar. Yo que siempre veo o que siempre quiero ver, como Tomás, o meter los dedos en la llaga, no pude.

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento…

Nos fuimos por la calle de San Juan, hacía arriba. Mis amigos me llevaron a conocer un teatro circular y no lo vi. Compraron carne de vaca, hicieron bromas, pero yo no estaba de ánimos. Sólo pensaba en él, en Miguel Hernández, el poeta que cuando yo nací ya había adquirido esa suerte de universalidad que sólo otorgan el don, la gracia, el canto y la muerte. Su voz y su escritura habían descendido al reino de la oscuridad y ahora estaban, después del retumbar de flautas y atabales, en el viento, en el olor de la guayaba, en el reino de lo resurrecto, que es el de la tierra y el cielo nuevos, el de la Luz.

Nunca más he regresado por los lados de Orihuela. Ya no somos los mismos, para bien nuestro y de los otros, pero si alguna vez regreso, conozco ya el destino, la ruta de mi viaje. Entraré hasta el patio, abrazaré la higuera, que está viva. Y volveré a decir las mismas palabras: ¡Miguel, hermano, yo soy Jesús, poeta, y vine a visitarte! No veré nada más. Nada. Sólo la higuera.

Bajo el Árbol de las Palabras


Conversación con Bonifacio Offogó, Príncipe de los Yambasa


La serpiente iba cazando por el bosque, iba cazando la serpiente, cazando ratones, porque a la serpiente le encanta cazar ratones. Mientras ella iba cazando por el bosque su cola y su cabeza no paraban de pelearse. Eran como esos hermanos que siempre se están peleando aunque se quieren.

Por ejemplo, la cola le decía continuamente a la cabeza:

- Oye, ¿por qué tú siempre vas delante y yo detrás? ¿por qué tú siempre eliges el camino y yo no tengo más remedio que seguirte?

La cabeza le contestaba:

- Escucha, yo voy delante porque soy la cabeza. Como tú eres la cola me tienes que seguir.

Un día la cola se hartó y estaba muy indignada, así que le dijo a la cabeza que le gustaría ponerse delante.

- No tengo ningún problema. Si esto es lo que quieres, sea. - dijo la cabeza y mando parar a la serpiente. Cuando ella se detuve se colocó en el lugar que ocupaba la cola y la cola se colocó en el suyo.

Entonces la serpiente continuó, pero esta vez con la cola delante y la cabeza detrás. Pero no veía el camino, se tropezaba por aquí y por allá, no podía cazar ratones. Casi se muere de hambre, un verdadero desastre. Incluso la cola llegó a perder la cabeza.

Por eso en mi pueblo decimos que hay que aprender a respetar el orden natural de las cosas. La cabeza siempre tiene que ir delante y la cola detrás.

I

Ven. Vamos a conversar sobre mi pueblo. Soy Bonifacio Offogó, un yambasa de Camerún.

Sentémonos bajo este árbol.

La Palabra para nosotros es un ritual sagrado. Un yambasa, mi padre, para no ir más lejos, cuando quiere hablar en público se levanta, porque es un ritual, porque la Palabra no se toma de cualquier manera, sino que se pide, y cuando uno está en el uso de ella, los demás respetan eso, porque es un momento mágico. Por eso mi padre se levanta. Por ejemplo, han llegado varios miembros de la familia, y él, que quiere decirles algo, se levanta y habla. Los demás escuchan con un respeto absolutamente religioso, y es que estamos hablando de un ritual.

Como en todos los rituales, en este también se comparte. Por eso hay varios instituciones en nuestra cultura, instituciones milenarias dedicadas al ritual de la Palabra, al culto de ella; aunque alguna podría parecer de la Edad Media sin embargo todas son actuales, vigentes, todavía se usan, como el Árbol de la Palabra, que es uno -suele ser un baobab- plantado, cuidado por todos los vecinos especialmente para esa función. Cuando llega una comunidad a un sitio y quiere crear un asentamiento, lo primero que hace, antes que construir las casas, es plantar el árbol, que va creciendo, y que llega a ser centenario. Es ahí donde se reúnen los vecinos por grupos de edades, los niños en su turno, los hombres mayores, los jóvenes, para hablar; a veces simplemente para conversar. Es muy parecido a lo que yo vi en el Parque Central, en La Habana, donde se reúnen los jóvenes para hablar de béisbol.

Nos reunimos en el Árbol de la Palabra. Los jóvenes, por ejemplo, allí hablan de sus aventuras, de sus conquistas amorosas, o los niños, o hay reuniones intergeneracionales.

Parece una paradoja porque el Árbol es un espacio sagrado y sin embargo allí se puede sencillamente conversar. Es que todo acto de la vida es sagrado, hasta el más simple. Toda la vida es esencialmente sagrada.

Si yo te trajera aquí a mi padre, y estuviéramos conversando de cualquier tema, y él empieza a hablar o tú le haces una pregunta, primero él te dirá tres o cuatro proverbios, luego te narrará una historia -una con sus personajes, sus acciones, su desenlace-, la llevará a su fin antes de contestar a tu pregunta o a veces demora días en darte una razón; pero siempre te la dará.

Es que entre los yambasa no hace falta un momento ni un lugar específico para la poesía, para la filosofía. Todo se hace en la vida cotidiana, todo esto tiene lugar en la conversación cotidiana, en el hablar normal.

También el silencio, que está lleno de sentido. Cuando dos seres humanos se encuentran, se reúnen y hablan, el silencio es muy importante porque él permite pensar, analizar, valorar lo que uno va a decir, escuchar al otro. Es una escuela no fácil de cursar porque es algo que hay que practicar diariamente. Lo común en la vida de Occidente es que la gente no se escucha. No sabe escuchar. Mientras uno está hablando, el otro, en el mejor de los casos, si guarda silencio, está pensando en cómo contrarrestar, o en cómo desarmar o pulverizar al otro. Otras veces el silencio entre ustedes es signo de desprecio, de ninguneo.

Ya deberíamos saber que nadie tiene la Verdad, sino que ella es propiedad de todos, construcción colectiva. Por eso hay que aprender del Silencio.

Otra institución para saber hablar es el Consejo de Ancianos, formado por gente elegida a razón de su capacidad oratoria, por su saber escuchar, por hablar con sabiduría. Por eso cuando ellos se reúnen, bajo la presidencia de mi padre que es el Rey y presidente de ese consejo, siempre lo hacen con un tema concreto, ya sea porque hay un conflicto que afecta a la comunidad o que hay un proyecto común. Entonces hablan, por turnos, nadie interrumpe a nadie, nadie, todo el mundo pide la palabra antes de hacer uso de ella.

La primera vez que llegué a España estuve un año en la Universidad Complutense de Madrid sin tomar la palabra, no la pedí, y cuando había reuniones, al final, siempre algún amigo me decía si yo no iba a hablar, y era que como intervenían espontáneamente, yo no era capaz de hacerlo de ese modo. Esperaba a que ellos terminaran de hablar, de desfogarse, y entonces cuando me preguntaban era que tomaba la palabra.

II

El aire de mi pueblo, el aire de Camerún, es verde, huele a verde. Ya sé que los colores no tienen olor, pero en este caso si, es un aire puro. Lo puedo olfatear en la distancia. Yo recuerdo las mañanas en las colinas de Yaundé, que es una ciudad rodeada de siete colinas, donde puedes respirar el aire fresco. Es lo más parecido al aire del Paraíso.

La eternidad, fíjate, es curioso, porque esta cifra, el siete, no es inocente, no es causal, porque ella, el siete de las colinas, es una cifra mágica en muchas culturas del mundo. Yo no sé si los que fundaron la ciudad tuvieron en cuenta este hecho, de que eran siete las montañas que rodearían la ciudad y precisamente por eso la fundaron allí, es posible que así sea porque antes la gente no hacia las cosas por gusto, sino porque tenían un significado, un sentido. La eternidad para nosotros es un concepto real, aún pensamos, creemos, que el ser humano es eterno, que el ser humano no muere sino que cambia de condición, de estado, de dimensión; por eso tenemos una relación muy estrecha, muy íntima, con nuestros antepasados, porque sabemos que ellos viven en otro lugar, en otra dimensión, y velan sobre nosotros, nos protegen, y que, de alguna manera, convivimos. En mi pueblo hay gente que entierra a seres muy queridos dentro de casa.

III

Desde que yo viajo a Latinoamérica, ya son doce o trece viajes los que he dado por aquí, por distintos países, lo que más me duele es observar que no nos conocemos los latinos y los africanos a pesar de que somos pueblos muy emparentados, muy unidos por la historia, que compartimos no solamente valores sino que hasta la sangre; pero no nos conocemos. Esta cuestión me preocupa mucho, por eso a cada uno de mis viajes lo convierto en un viaje de enseñanza y de aprendizaje. Yo quiero hacer el papel de puente, para aprender, para enseñar a otros.

El pueblo yambasa en un pueblo de gente sencilla, gente campesina, que no tiene prisa, gente que se toma todo el tiempo, por ejemplo, para saludar. Sólo saludándose pueden estar diez minutos. Un yambasa se encuentra con otro yambasa en el camino, uno, digamos, vuelve de su plantación de cacao, ya que muchos se dedican a esa faena, y otro vuelve, por ejemplo, regresa de cazar, entonces el primero le lanza al segundo una larga parrafada que es apenas el inicio de la conversación, y que sólo significa algo así como ¡Hola! Después el otro le suelta una idéntica, pero no se termina ahí el saludo. Preguntan cómo está tu mujer, cómo está la casa, cómo están las ovejas, cómo está la plantación; o sea es un saludo realmente profundo, completo, se mete toda la historia en el saludo y es que los africanos somos seres comunitarios, colectivos, colectivistas, luego entonces no hay saludos individuales. El saludo es a la persona y a todos los seres que la rodean, a todos los que forman parte de la comunidad de esa persona.

IV

Mi papá es un Rey, no como el Rey de España, no como el de Jordania, es un Rey de tribu. Mi padre es el Rey de los Yambasa, se le llama Babá, Papá, pero ese es un titulo, no todo el mundo puede usarlo, porque es un poder institucional, ya que es el Presidente del Consejo de Ancianos, además, sobre él descansa un poder espiritual, un poder social. Él forma parte de una dinastía, mi abuelo ya era Rey.

En tiempos de la esclavitud muchos reyes o príncipes fueron capturados, desconociendo esta condición o menospreciándola, fueron esclavizados. Mi padre podría haber sido uno de esos. Su padre era Rey, él era Príncipe. Ahora es el Rey, es decir, es el líder espiritual del pueblo, es el que preside el Consejo de Ancianos, es el que dirime los conflictos, los relativos a la tradición, los temas de herencia, las disputas de tierras, de propiedades, el monto de las dotes, los matrimonios tradicionales; todos esos temas son competencia de mi padre, y en general del Consejo que él preside. Entonces no es sólo un líder espiritual sino que tiene un papel concreto en la sociedad y es una persona muy respetada.

Mi padre, desde que yo era muy pequeño, me eligió para sustituirlo. Soy el Príncipe heredero. El ha tenido doce hijos. Yo formo parte de una gran familia, de una familia africana. Cuando tenía cuatro años él me escogió al darme el apellido de su padre. Nosotros tenemos otro sistema de apellidos, distinto al occidental, es decir, los doce hermanos no llevamos el mismo apellido, tampoco tenemos por qué llevar el apellido del padre. Entonces él al darme el apellido de su padre, con este gesto, buscaba la reencarnación; porque para nosotros ese gesto significa reencarnar. Por ejemplo, mis hermanos no me llaman directamente Offogó, sino que me llaman Abuelo, o sea, yo soy la reencarnación del abuelo.

Al darme el apellido me eligió inmediatamente para ocupar su lugar cuando él no estuviera y de hecho, desde muy pequeño, comenzó a iniciarme, ya que no es algo que se aprende de un día para otro. Él me enseñó los secretos, me llevaba a los Consejos de Ancianos a escuchar como hablaban; porque un Rey debe saber hablar bien. Eso es muy importante. Mi padre me llevaba para aprender a hablar, no para hablar. Escuchar es absolutamente fundamental. Un sabio, como mi padre, que habla bien, es un hombre que debe conocer el valor del silencio. No es una persona que habla por hablar, que habla porque le dijeron algo. Puedes llegar a casa de mi padre, le cuentas, él te escucha durante media hora, guarda silencio, y luego te dice:

- Te he escuchado, te he entendido, ya te daré la respuesta.

V

Mi padre dice que los blancos están locos porque pagan para escuchar cuentos. Aún sigue escandalizándose por ello. Cuando supo que vendría a Cuba sólo a contar cuentos se sonrió y dijo que ahora si estaba seguro de que por todas partes hay locos.

Yo llegué a la Narración oral en medio de una historia alucinante. Desde pequeño ya contaba, había aprendido escuchando a los abuelos, porque en la noche en mi pueblo es costumbre organizar, en torno al fuego, veladas de cuentos, donde cuentan niños y mayores. Yo allí lo hacía en mi lengua materna, más nunca sospeché que aquello era un espectáculo, y mucho menos que estos se podían hacer en grandes escenarios, ante cientos de espectadores o imaginar que alguien estuviera dispuesto a pagar por escuchar cuentos; hasta que un día estando yo en la Universidad Complutense de Madrid, donde me gradué, una estudiante que se llama Paloma, se me acercó y me dijo que estaban preparando una Semana Cultural y que les gustaría que un africano viniese a contar cuentos de su tierra, pero le dije que había un problema en eso porque yo sólo contaba cuentos en mi hogar, junto a mi familia, alrededor de una hoguera, en mi propio idioma, pero nunca para un publico numeroso y mucho menos universitario. Ella insistió y dijo que eso era lo que querían escuchar. Como tampoco, en esa época, hablaba bien el español, ella se ofreció a ayudarme a prepararlos. Fue así como Paloma me convenció. Nos estuvimos reuniendo durante varios días. Eran cuentos totalmente orales que yo tenía en mi memoria. Entonces nos sentábamos, yo le contaba la historia y la poníamos por escrito. Ella me daba sugerencias. Fue así que me atreví, conté una fábula. La reacción fue inesperada. Se produjo una catarsis en el grupo de estudiantes. Se me acercaron varios asombrados. A partir de la semana siguiente ya me estaban llamando de colegios, de bibliotecas, para que contara historias. Además me pagaban, y yo seguía sin entender nada. Me sentía como un verdadero estafador. Me decía: Dios mío, ¿cómo yo puedo estar aquí, cobrando por hacer cuentos? En mi pueblo toda la gente cuenta historias y nadie cobra. Luego, poco a poco, grandes programadores de festivales empezaron a llamarme. Yo sentía una responsabilidad enorme. Eran Festivales Internacionales en Asturias, en Galicia, pero después he estado en eventos de Argentina, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, México, entre otros países.

El mundo de los festivales de Narración oral es muy raro. Primero estuve diez años contando cuentos y no podía llegar a ellos. Yo contaba en circuitos al margen. Estaba en colegios y bibliotecas, en Organizaciones No Gubernamentales que cada vez que querían hacer algo sobre África recurrían a mí. Yo no entendía, hasta que poco a poco fueron llamándome. Allí me sentía como pulpo fuera del agua. Estaba gente que había recorrido el mundo narrando cuentos y se las pasaba todo el tiempo contando anécdotas de viajes internacionales, pero no se contaban cuentos entre ellos.

Hace sólo cuatro años que empecé en festivales, y mire usted, ya van por más de cuarenta en los que he participado. Es increíble. En los festivales nadie se escucha, y es que no hay espacio para que los participantes se cuenten entre ellos, se escuchen. Cada quien va al festival a demostrar lo bien que sabe contar, lo mucho que ha viajado, y las más de las veces le hacen quedar a uno en una mala posición al excederse del tiempo asignado y cansar a los públicos.

Para África el ser humano es el centro de todo, el centro del Universo. Todo pensamiento, toda acción, tiende hacia el Hombre, que está por encima de todo; incluso por encima de los dioses, que de hecho los nuestros son muy humanos. Está por encima de la cosa económica. Ese es un problema del mundo de hoy.

Fíjate si nos preocupa el ser humano que tenemos la costumbre de compartirlo todo. Muchos occidentales me critican. La familia africana es tentacular, no es sólo madre, padre, hermanos, es también los primos, los primos segundos, los sobrinos… Entre nosotros se comparte porque antes está el ser humano. Luego se pensará en la economía, pero lo primero es lo primero. Yo no puedo dormir si me llaman de Camerún y me dicen que hay un sobrino enfermo, que hay un primo que está enfermo; inmediatamente tengo que hacer todo lo posible por enviar dinero para que lo lleven al médico. Cuando sucede algo el calor humano está ahí, pues no debemos sentirnos solos. Tenemos que estar arropados por los nuestros, por la comunidad. Por eso cuando yo llegué a España y me di cuenta de que había entierros privados, casi por invitación, no entendía; y es que nosotros no entendemos eso, no se invita a nadie a un entierro, como no se invita a nadie a una boda, porque todos están invitados, porque el ser humano nunca debe estar solo ni en lo malo ni en lo bueno. Siempre tiene que estar rodeado, arropado.

Yo cuento para trasmitir calor humano, para recibirlo. Cuento para profundizar, para buscar nuestra esencia. Mis espectáculos son actos de comunión, que es algo que va más allá de lo religioso, porque es un acto de hermanamiento, donde nos arropamos mutuamente. Por eso es muy importante la recuperación del arte de contar cuentos.

Pero he hablado mucho. Me gustaría ahora poder escucharte a ti. Bajo este árbol. El Árbol de las Palabras.

lunes, 6 de abril de 2009

El machete de madera



Leyendo a Rafael Almanza Alonso/ Texto en construcción


1.
El No-ser, el No-estar del poeta, arman el verdadero centro. Omphalos. Más que leer o pensar habría que aspirar, dejarse explorar, por un texto cuyo asidero está más en la irradiación, en lo inmanente, que en la presencia, que en lo habitable. Ruakh sobre las aguas. Se sienten los efectos y las insinuaciones en el momento en que se logra definir como un estado, una tensión, que no deja evidencias pero que transforma la sustancia. Para este instante las preguntas deberán adquirir la serena majestad de las respuestas y habrán mostrado su inutilidad, su carácter aparencial, porque nunca las esencias pueden ser mostradas sino presentidas. Cuando una insinuación puede ser evocada o apenas pronunciada como interrogación o certeza ha perdido su sentido, su carácter, su ánima.

2.
El absurdo de la pobreza no alcanza plenitud - tan cara al trascendentalismo lezamiano- sino a través del sacrificio. Aquí lo irradiante no es la pobreza o el pobre, sino su grito, no es el desasimiento sino su emanación. Las armas veladas son una mezcla de lo de arriba con lo de abajo, de la frondosidad con la endebles, de lo permanente con lo transitivo, en las que la alusión a la madera prefigura al madero y no a la inversa.
Todo orden está invertido y se disfraza de una majestuosidad compositiva, de una complejidad simbólica, de una multiplicidad de sentidos, que hacen que parezca ser habitado por la sobreabundancia cuando en realidad el harapo, la hilacha, el fragmento, están por debajo de todo el bosque tropológico. La tierra habitada esconde a la tierra arrasada. El machete es ara. No propiedad, no arma, ni siquiera estandarte, aún cuando en la infancia fuera llevado por las calles, aparentemente levantado, por el niño-poeta. Lo que se enarbolaba era una profecía, la elección del sacrificio que había escogido a un infante y no este a él. ¿Quién sostiene a quién? Bien puede decirse entonces que lo que caminaba era el dolor mostrándole a la urbe y al orbe su elegido.
Un machete de madera proponía su consumación en la carne intocada, la misma que en la penumbra encuentra sentido e iluminación, muchos años después, durante los cuatro días de un octubre absurdo en el que se le mostró al poeta la verdadera dimensión de su nombre y por lo tanto de sus armas: salud y hombre ( fuerza) de Dios.

3.
Un. Dos. Tres. En fila india pasean la madre y las tías del poeta por la calle del Rosario. Cuentas. Bien podrían ser sesenta. Mandala ascensional. Ellas aparentaban la línea recta, de una casa a la otra. El cuerpo se les balanceaba. Hoy descubro el sentido de esa marcha. Ellas son la Rosa de los Vientos. Las escogidas. Una poesía viril, como pocas, sin el lagrimeo del imposible o la queja tan prostituta, se deja ensartar por el ánima. Sin ella, ellas, el cordón no hubiera tenido ilación, sentido. Cada cuenta deberá ser atravesada más no poseída. Renunciar a la posesión como dominio. Renunciar a todo, perderlo, más para perder que para ganar. Poética de la perdida. Abandono. Nada hay que ganar, por eso los poemas reposan bajo la imagen de Nuestra Señora. Caritas. Bajo una barca. Bajo el número tres. Bajo la luna invertida.


4.
Pues el hombre ha de estar muy adentrado en la edad de la razón para aceptar el vacío y el silencio en torno suyo.
María Zambrano

Coloquio más no coloquialismos, que es parloteo, cháchara, alarde de ingeniosidad. Los nuevos juegos florales no entrarán al jardín. El Amor Universal como construcción conversa, dialoga. Se extiende, se abren los puentes. Las matemáticas, las sumas, las arquitecturas, la compleja elaboración simbólica del conjunto arman una nueva Tetraktys, que sin renunciar a su esencia pitagórica descubre la verdadera fuente, la raíz, en el Kirios, no sin cierta dosis de ascesis y sacrificio. Los coloquios siguen su ruta, se hacen más complejos y a la vez más simples, más esenciales, la palestra va cambiando, se trasforma. Cuando en un inicio, es decir en los reinos de Jóveno, se habla desde el kourus, se entabla ciertamente un coloquio trágico (apolíneo en la cáscara, dionisiaco en la almendra) que a medida que avanza va perdiendo, o mejor sería decir que va renunciando a la multitud de participantes, para finalmente abordar el dialogo con el Solo. Gallo de Basalto. La nueva construcción, la que vendrá, tendrá que ser entonces el árbol invertido, que partiendo del nombre, es decir de El Amor Universal, siga la ruta de la ascensión, que no será más conversación desde las palabras sino en la Palabra, o presumiblemente en el Silencio. Se habrá dado cumplimiento a la Edad de la Razón y comenzará la Edad de la Gracia.


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El Amor Universal

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Libro de Jóveno (1975-1984) El gran camino de la vida (1985-1990)

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El octavo día (cuentos 1990-1996) Nada existe (noveleta, 2001) Fíbulas u peróvulas (cuentos, 2002-2003)

º º º º
Visiones (1991-1992) Iconos (1993-1999) Sonetos al amor divino (2002 ) Elíseo SiEgo:el juEgo de DiEs? (ensayo, 1994-1997)



5.
Silencio. El silencioso.

6.
Ruinas Ruinas Ruinas Muros Non natos La iglesia yerta ¿Será el agua o es que los muertos vienen a esta ciudad y no aprendimos aún a recibirlos? Agua de los huéspedes Los muertos beben Puertas El templo son las puertas misterio que será
Camino hasta el parque de 15 y 16, en el Vedado. Frente a la iglesia me detengo. Versos se agolpan. Cuando vivía en Camagüey, al cruzar el puente sobre el Tínima, ellos solían acompañarme. Llegué hasta la puerta. ¿Acaso somos los que están esperando? Paso. Rafael Gabriel entregará a José Julián. A la izquierda del ara están. Sólo es verdad el ara.
Patria Piedra Polvo de Dios
Agustín quedó absorto mientras veía a Ambrosio leer sin mover los labios, algo parecido me sucedió la tarde en la que escuché Los hechos del Apóstol. En la capilla de Nuestra Señora del Rosario José Martí asumía, para mí, sólo para mí, el esplendor del intercesor, del que media; estaba revistiéndoseme de una luz nueva y para eso había tenido que ascender hasta el sitio de la Calavera que le habíamos construido por años, despojárseme de falsas vestiduras, anonadarse, descender, entrar a su caverna y regresar. Martí venía acompañado de los cubanos dignos, que por suerte no nos han faltado jamás en la República. Para el centenario del nacimiento otros tuvieron Insularidad de José Martí, para el de su sacrificio tuve Los hechos…
Ara Verbo mudo Piedra del octavo día.

7.
La República, espacio donde se acrisola la Ciudad. Ciudad País. Ciudad Sol. Ciudad Dios. La Ceiba como anticipación de los cielos nuevos, de la nueva tierra, de la arrebatada. La Ceiba entrevista, la vislumbrada.
El trazado de cada verso es la materia de los otros renglones, de los no dichos, de los no grabados, de los que vendrán. El libro como conformador del verdadero territorio. La Geografía vuelta sobre si misma, concentrada, purificada. La escritura como alquimia. No búsqueda de la Piedra Filosofal sino de la Ciudad que podrá nacer - ¿o renacer?- del Rectángulo de San Juan de Dios, que en su imperfección nos remite al espacio sagrado y al ícono de la Trinidad que es el que le confiere verdadera definición. No es la ínsula o su destello lo que logra realeza, es el trazado, la insinuación, el imposible del Amor Universal lo que da sentido a cada estación, a cada paso, que aquí se llama libro, texto, conjunto, poemario. Lo que parece consecuencia de un diseño es accidente. El accidente que se ha fabricado a si mismo y que hace a su escribano. Mapa, trazo y mano como obra de piedad.

8.
La caligrafía que se hace trazo nunca alcanza la plenitud del dibujo, se sitúa más en lo especular que por los lados de la recta emanación. Sentido inverso es real sentido. La máscara colocada revela la persona. No se rompen los velos, se fundan los ropajes. Cuando los semitas, desierto por medio, colocan el maná y las tablas dentro del arca y pretenden dedicar el espacio santísimo lo cubren de una multitud de pieles y de velos que tendrán su consumación, a la vez que su rotura, en la hora tercia, cuando los filtros ya no fueron necesarios pues todo el Universo alcanzó verdadera rotundidad en el camino de la sangre.
El trazo del poeta no es pared o celosía sino piel del resucitado. Verdadera hombradía, que ya sabemos por Ignacio, el obispo mártir del siglo II, que será alcanzada después de la muerte. El trazo, la palabra-ráfaga es visión del paraíso recobrado, del pasto en el que lo hacen reposar desde ya. Lo que deslumbra no es lo aparente sino el fondo de hierba, de cañada y de cayado. Las letras perfuman el texto, o mejor, son su aroma.

Dibujo de Jorge L. Porrata

Tejer con las palabras



Diario del Festival Primavera de Cuentos 2009

Adagio

Podría tener cualquier nombre. Haber nacido hace cientos de años, quizás hasta miles, en una isla rodeada de horizontes, o en un horizonte, sólo uno, rodeado de ínsulas diminutas. Podría tener un nombre, más los poseo todos. Y es incómodo, créanme.
Así, como cuando una madre llama a sus hijos, hembras y machos, bajitos y altos, sambos y rectos, no importa; yo siento que me llaman, yo respondo.
Y eso es incómodo, créanme que mucho.
Esta mañana el sol se levantó temprano, el gallo cantó seis veces, y el ajetreo en los patios interiores es infernal. Hay que poner el vino en los odres, y ya sabe que no cualquiera pude contener el vino nuevo y pesado de estos lugares. Mi padre siempre decía - porque yo tengo o tuve uno, no sé, un padre- “vengo de algún sitio, que es este y que a un mismo tiempo no lo es, puede ser otro…” Él, no el sitio sino mi padre, siempre decía que lo más delicado es poner las cosas en el lugar correcto; y el vino no es cualquier cosa. Es el alma de la fiesta, el espíritu.
Desde hace días fregaron los pisos, colocaron los asientos, dispusieron los espacios.
Yo, en secreto claro está, sigo tejiendo y destejiendo. Hice traer hilos de lugares lejanos. Ellos vinieron solos. Por eso no debo seguir diciendo hice traer… Mis amigas me lo recuerdan: “Tú tienes que decir que ellos llegan, llegan y se van; llegan al tapiz y después se van. Los hilos siempre están de un lado para otro”.
Y tienen razón. Esas muchachas saben demasiado para su edad.
Ellos están afuera. Los pretendientes. No he mandado abrir las puertas y ya están. Desde antes del alba. Sería mejor decir que desde antes de los amaneceres. Ellos traen sus armas. Ellos esperan que yo les muestre la tela y que escoja a uno. Pero creo que no podrá ser. Ya escogí. Desde mucho antes, yo escogí…

De golpe se abrieron las puertas de la Sala Ernesto Lecuona. Yo había subido las enormes escaleras que dan a los salones del Gran Teatro de La Habana demasiado temprano y tuve tiempo para imaginar lo que sucedía antes de que ellas se abrieran para acogernos, una vez más, en el Festival Primavera de Cuentos 2009. No podía ser de otra. Cuento llama cuento; historia a historia; palabra a Palabra; y ella llama a la boca, y la boca al cuerpo, y el cuerpo al oído, y el oído a otro cuerpo, y el cuerpo a la boca, y ella al oído, y él a la palabra y ella al cuento, a la historia. ¡Cuidado que me enredo! ¡A su sitio compañeros! Sin saber estaba yo contando, narrando, y toda mi vida se convertía en hilos, en hebras de muchos colores, algunas pobres y raídas; otras gentiles y esplendorosas; otras graciosas y regordetas. Hebras de un tapiz. Cada una es un cuento, pero cada cuento es un nombre, un contador de historias, que vino y se colocó, y se desnudó, y se mostró; cada uno de ellos es una vida, concreta. Este festival, esta edición, fue la de la rapsodia, la del tejido de las palabras de vida.
Por razones que sólo la sinrazón de la pobreza ordena, por la generosidad y tino que tenemos los pobres, irradiantes pero sin plata, sin cobre, sin magüa, sin parné, sin lochas, sin lana, como queráis llamarle a las sonoras monedas, Mayra Navarro, pobre irradiante, tan intuitiva y justa, capaz de olfatear un buen cuentero en cualquier lugar donde este se meta o se esconda, programa “ a ciegas” el evento, y ya se sabe que la programación vertebra o desteje cualquier acto de cultura. A ella esas cosas le van muy bien. Y resulta que sin habérselo propuesto, por los azares de su olfato, salió un festival que en cada noche tuvo grandes momentos de la verdad, historias de vida, personales desnudamientos y desgarramientos.

Variación


Veamos por día. Aunque debo aclarar, desde ya, que este diario no incluye todas las funciones sino a aquellas que se disponen alrededor de la relatoría de la vida privada o pública, personal o colectiva. Otros quedarán afuera, y es justo decir que entre ellos también se encuentran momentos de verdad o de alta elaboración artística, pero para esta noticia he preferido ceñirme a lo que considero fue el signo de distinción de sus jornadas.

Jueves 19
Las mieles secretas. Aldo Méndez. Cuba o sería mejor decir Meneses, Sancti Spiritus.
Al narrador lo conocemos hace años, mucho antes de que se fuera a vivir y a trabajar a España, en medio de la meseta de Castilla- La Mancha, de cuyo nombre me acuerdo, bien que lo hago. Una comida al borde del camino, judías con perdices, o unas tapas en Chinchilla, la de la triste cárcel ya difunta. Lo conozco, claro está que al artista, mucho antes de que adquiriera ese acento entreverado en el que el decir cubano se viste de ces, eses y zeta y las cosas adquieren nombres peninsulares. Ya era entonces un gran narrador, hábil en el arte de mover los cuerpos y de hacer danzar a los rígidos adultos cual niños; diestro en su palabra poética, con una gran dosis de humor y desparpajo, de ingenio. Ya lo era, antes de la castañuela y los toros.
Contó la historia de su pueblo, de su familia, la de sus orígenes. Y ya se sabe que esto es difícil. Podría haber apelado al choteo o la solemnidad, al melodrama o al culebrón lacrimoso, o incluso hasta a la pública o velada sátira política, tan de moda cuando se trata de asuntos insulares y tan efectiva en ciertos sectores europeos. Los cubanos podemos ir del folletín al panfleto, como del “azafrán al lirio”. Con nosotros pocas veces se sabe. Pero otra fue la opción. El narrador se sujetó a las mañas del realismo mágico, más garciamarquiano que carpenteriano, difícil de sostener en un discurso oral, sazonado con cierta dosis de humor negro, de ingenio, de ingrediente cáustico y absurdo, que le permitieron borrar a tiempo las costuras y las deudas, y presentarse desde la verdad, su verdad de hoy, que esta entre el viento seco de Castilla y el huracán antillano. Eso explica por qué no molestó su acento castellano en una historia cubana, por qué la hibrides y el pastiche fueron recibidos como una generosa muestra de autencidad y fidelidad a la vida que es hoy.
Fue un espectáculo postmoderno, quizás sin proponérselo. Efectivo en sus recursos, mesurado incluso hasta en el desgarrador final. Sencillamente alto y luminoso, verdadero.

Viernes 20
Los muertos, ah los muertos con sus caras largas y sus sonrisas grises. Los muertos vienen llegando. Llegan. Toman posesión del lugar.
- ¡Abran paso que llegó la Muerte! – grita uno, pasadito de tragos.
- Señora, con cuidado, que su culo grande y trepado. como el de las negras, puede llevarnos sabe Dios a dónde.
Dice otro amargado, pero sin alcohol.
El fambeco de la Muerte dice que me equivoqué, que erramos. Esto es guachafa. Anuncian velorio y gritería, pero en su lugar vienen cuentos. Es que los habaneros no saben de buenos velorios. Ellos hace mucho tiempo se van a las funerarias y dan pésames y lloran.
Rubén Bustamante parece llegado de un pueblo del interior, de uno detenido en el tiempo. Pero no. El mulato no es cubano. Viene de por los lados de Guayaquil. Claro, por eso el sombrero de topilla. Y cuenta los cuentos de velorio de su pueblo. Mezcla el teatro, los personajes, la danza, el costumbrismo, pero no deja de narrar, de estar en los linderos del cuento oral, tradicional. Lo salva su apego a la cuentería popular, y hasta su oficio teatral. ¿Por qué no? Es alumno de Dirección teatral del cubano Nelson Dorr.
Simpático y auténtico. Centrado y efectivo, guiado por una dramaturgia que resulta beber del rito y la representación social que es aún en los pueblos de América el suceso de los funerales y los enterramientos.

Sábado 21
Murdering Cinderella. Matando a Cenicienta. Espectáculo en inglés, en yiddish, en español. Historia de una familia judía, húngara, que emigra primero a causa de la ocupación y el nazi-fascismo y que después de 1956, se va de Hungría a Canadá. Historia de cuatro mujeres: la abuela, la madre, la hija (que es quien narra) y la nieta. Las tres últimas son hijas únicas, que tuvieron hijas únicas, que después de las cesáreas tienen barrigas como melocotones arrugados. Bueno, a decir verdad, la jovencita aún no se ha sometido a la operación, pero seguramente lo será. No es coincidencia que durante tres generaciones estas judías centraran sus vidas alrededor de una cicatriz. La abuela cuenta versiones sangrientas de los cuentos populares europeos, que son las auténticas, porque aunque lo hayamos olvidado, quien manda a matar a Blancanieves no es la madrastra sino su propia madre, celosa por la belleza de la muchacha; los regueros de sangre de la Caperucita Roja ahogan al más pinto de la paloma y los padres de Hansel y Grettel son los que botan a los muchachos en el bosque por falta de comida, etc. La madre frustrada y metiche, la hija liberada y la muchacha por liberarse, están signadas por una mezcla de historias que están entre la versión de Cenicienta de la abuela, donde las hermanastras se cortan los dedos de los pies para que les sirvan las zapatillas, y la meliflua de Walt Disney. El sueño del emigrante se mezcla con el rosa del consumismo.
Historias de mujeres que levantan sus vidas, como pueden, como las dejan, alrededor de la cicatriz de sus memorias y las su pueblo. Grabriella Klein, cuenta desde su verdad, con economía de recursos, centrada y centrante, conmovedora y efectiva. Todos los sueños se deshacen, se desarman y se vuelven a armar delante del público. Beatriz Quintana traduce, sobria en su lugar, pero dando el acento, abriendo la posibilidad a la comunicación inmediata. Ya se sabe, nada en el contar puede ser gratuito, banal o enrevesado. La comunicación necesita inmediatez. Ella, ellas, comunicaron.

Domingo 22
Dos en el octavo día. A quien no quiere caldo, dos tazas. Como resucitados, como vueltos a la vida, salvados a fuerza de palabras. Ambos por el camino de los viajes. Uno hacia fuera y otra hacia adentro. Para descubrir y descubrirse, al vuelo, a la caminata, al viajar inmóvil.
Oswaldo Cárdenas. De Bucaramanga, Colombia, a Iquitos, Perú. Entre limpiabotas y pescadores, entre marineros y el fuco, conoce a Mardoqueo, quien vende billetes de lotería, pero sueña en grande, y quiere mandar desde el puente a su tripulación perdida; volver a encontrarse con la ballena que en el lomo lleva una isla; sentir el temblor de la tormenta e increpar a la muerte y al viento. Sueña. En el muelle raído Oswaldo lo conoció. Hablaban en la plaza. Pero se le acabó el dinero y el cuentero regresó a Colombia, haciendo el camino inverso. Un tiempo después, junta plata y retorna. Pero Mardoqueo no está. Un viejo a quien todos llaman Fidel y que viste de verde olivo y que habla siempre del otro Fidel y de su isla, le dice que su amigo se ganó el premio gordo y que se fue a recorrer mundos. Después el dueño del bar, poniendo cervezas a cuenta de la casa, le dice la verdad. El capitán de barcos era marinero en tierra, un huérfano que nunca había salido de Iquitos y todas las historias que contaba se las había robado a los fuereños que llegaban al puerto. Mardoqueo está muerto. Lo enterraron en el cementerio de los pobres. Historia conmovedora, narrada con elementos sencillos, quizás con el más sencillo de todos y a la vez el más difícil: la verdad. Al final el contador, revela un último secreto. Lo guardó bajo la manga hasta ese momento. Ya casi se va por una esquina de la escena cuando regresa. No se puede quedar con lo tiene rondándole la garganta. Y habla. Mardoqueo no existe, él nunca ha ido a Iquitos, Perú, nada es cierto, sólo contó sus sueños.
La gente aplaude la mentirosa verdad de las palabras.
Después, desde Argentina, llega Inés Bombara. Diríase que tiene sed. Tras el aforo esconde agua embotellada. Ella sabe que va a necesitarla. Llegado su momento la muestra, con recato, hasta que se desata y cuenta sucesos esenciales, con recursos esenciales. Buenas historias, buenos personajes, excelentes palabras.
El colombiano y la argentina se apoyan en el arte de narrar sin artificios, desde la piel y el alma. No se atreven siquiera a esconder el aroma del miedo, y uno se los agradece; aunque quizás deberían cuidarse de ciertos movimientos erráticos y reiterativos, de cierta morosidad en el desarrollo de la fábula, que, a fuer de ser sinceros, aportaría la cuota de acabado, tan necesaria en la escena, y a hasta podría decirse que indispensable para la obra, para la comunicación.

Coda

Vuelvo sobre lo mismo. Perdón. Soy un animal de costumbres.
Azar y oficio, intuición de artista, fueron armando la programación de Primavera de Cuentos 2009.
Muchos consideran que diagramar un evento es poner en fila india las acciones de forma más o menos coherente, más o menos equilibrada, alternando lo brillante con los compromisos e imponderables y colocando en los finales los espectáculos de puntería, basándose en el principio “infalible” de que la gente recuerda el final y no los intermedios. Quienes piensan así nunca lo han hecho, y lo que es peor, olvidan que se llega a Roma pasito a paso. Luego entonces, cada estación es importante, cada acción es definitiva. Una fiesta no es, no puede ser, una sumatoria de excelencias, sino el arte de combinar y de alcanzar la justa perspectiva, el equilibrio y la armonía entre todos sus componentes.
Estos días tuvieron el peso de lo logrado, y la levedad del disfrute.
Reitero que el festival no sólo fue de jueves a domingo, y que todo no está reseñado aquí. Tuvo lugar entre el lunes 16 y el domingo 22 de marzo. Contadas para niños, un sustancioso evento teórico, y hasta la celebración del décimo aniversario de la Peña Te cuento, dirigida por Octavio Pino, que fue el espacio propicio para que la Cátedra de Narración oral María del C. Garcini, del Consejo Nacional de Casas de Cultura, a través de actual presidenta Nicia Agüero y de la presidenta fundadora Haydee Arteaga, rindieran homenaje público a Luis M. Carbonell, reconociendo en él a un antecedente de los cuentos en la escena cubana, del cuento como posibilidad de espectáculo.
Mayra Navarro nunca ha dejado de nombrar, de convocar, y hasta de mencionar por sus nombres a las personas o instituciones que le antecedieron y que están en la raíz de su palabra. En estos tiempos de olvidos la gente de los cuentos no puede permitirse el devaneo y la deshonra, confundir el juego con lo esencial; es por eso que el había una vez… todavía convoca en Cuba y lo seguirá haciendo. Es que hemos sido fieles en la memoria y el olvido.
Esperemos que para el año próximo las instituciones, y las personas, continúen apoyando, y descubran que un evento de esta magnitud va necesitando de finanzas estables, mayor divulgación internacional e inserción en el sistema de eventos y hasta, ¿ por qué no?, medios para sumarse a los esfuerzos educacionales y culturales que se impulsan desde las estructuras de integración en el continente, porque la crisis actual, ya se sabe, es también una crisis de la cultura burguesa a la que hay que anteponer los modelos de la cultura popular.
La antigua palabra retorna, otra está naciendo, una nueva historia para ser contada por los dueños de las palabras.

… Yo, en secreto claro está, sigo tejiendo y destejiendo. Hice traer hilos de lugares lejanos. Ellos vinieron solos. Por eso no debo seguir diciendo hice traer… Mis amigas me lo recuerdan: “Tú tienes que decir que ellos llegan, llegan y se van; llegan al tapiz y después se van. Los hilos siempre están de un lado para otro”.
Y tienen razón. Esas muchachas saben demasiado para su edad.
Ellos están afuera. Los pretendientes. No he mandado abrir las puertas y ya están. Desde antes del alba. Sería mejor decir que desde antes de los amaneceres. Ellos traen sus armas. Ellos esperan que yo les muestre la tela y que escoja a uno. Pero creo que no podrá ser. Ya escogí. Desde mucho antes, yo escogí…