miércoles, 5 de mayo de 2010

Presentación de la Colección Oralia de la Editorial Tablas-Alarcos – especializada en Oralidad y Narración oral- y del libro Celebración del lenguaje.



La voz no deja marcas. No puede pensarse a sí misma. Al nacer muere. No tiene sentido de lo eterno ni de lo permanente. Al crear otros mundos los destruye. La palabra dicha es voz quemada. La escritura son sus cenizas. Sólo ellas pueden atesorar, sólo con ellas se puede hacer la Historia. Esta podría ser la Verdad.

Celebración del Lenguaje, entonces, la niega. Inaugura otra.

El autor nos lleva hacia una teoría de lo literario en la que se escuchan, a un mismo tiempo, los ecos de la tierra y del hombre de la escritura y de la oralidad. Como en una gavilla Adolfo Colombres ata voces, gestos y silencios, proponiendo una nueva manera de abordar la más esplendorosa de las creaciones humanas: la Palabra.


Adolfo Colombres nació en Tucumán, Argentina, en 1944. Se graduó en Derecho en Buenos Aires y realizó estudios de filosofía, literatura y antropología. Como narrador publicó catorce novelas y fue premiado por ellas tanto en su país como en otras partes de América. Por el presente libro recibió el Premio Brocal de Oralidad, otorgado por la UNEAC en 1999 y el Premio Nacional de Etnología y Folklore, otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación en 2004. Su ya vasta obra antropológica incluye títulos como La colonización cultural de la América indígena (1977), Sobre la cultura y el arte popular (1987), Seres mitológicos argentinos (2000), América como civilizaciónemergente (2004) y Teoría transcultural del arte. Un pensamiento visual independiente (2005).

Lugar: Cine 23 y 12
Día: martes 25 de mayo
Hora: 1:00 p.m.

FAVOR, DIVULGAR

domingo, 4 de abril de 2010

Cuentos+Cuentos=Cuentero



El cuento como espectáculo unas veces nos atrapa y nos convoca, más en otras tantas ocasiones nos produce esa rara sensación de disgusto tan igual a la que sentimos cuando se está delante, sino de lo totalmente falso, al menos sí frente a la impostura. Querámoslo o no, somos el resultado de la acumulación, individual y colectiva, de ideas, sensaciones, expresiones y lenguajes que nos anteceden y a la que nosotros contribuimos, las más de las veces inconcientemente, a convertirlos en tradición nunca puesta en entredicho, porque hasta nosotros ha parecido funcionar y dar coherencia y cohesión al entramado social. No soportamos que se nos ofrezca gato por liebre, mas nunca nos atrevemos a admitir, o al menos estudiar, el posible intercambio de sus roles, es decir, la posible gatunidad del roedor y viceversa. Lo nuevo asusta; lo que se desconoce, provoca pavor. El cuento dicho es casi siempre igual a palabra de cuentero, lo otro es artificio, simulación que provoca la nausea o la duda. El cuento oral se sujeta a la normas de la palabra a viva voz, pero, hoy ¿qué textura, qué consistencia tiene ella?

Cuentero es una figura casi mítica y sumamente floclorizada que sobrevive en medio de la ruina de sus ambientes, la urbanización forzosa, el cambio de las polis, la aldeanización universal y el proceso de reciclaje social que engendran las sociedades diseñadas para el consumo y que vienen a sustituir a sus predecesoras inmediatas que eran sociedades productoras, tanto de sentido como de valores y que vivían de sí y para sí. Nadie vaya a confundir este análisis con un elogio maniqueo de la “sociedad moderna” y una descalificación forzosa de la postmodernidad. Una engendra a la otra, y la última se envilece al entrar en contacto con la decadencia de los imperios y la deconstrucción de las “historias”. La postmodernidad bien pudo engendrar los nuevos instrumentos y los sentidos últimos, mas se conformó con intentar sostener las nuevas leyes del consumo. La postmodernidad, sin que esto implique un juicio sumarísimo, en mucho se convirtió en el nuevo ropaje de la usura, sólo que ahora no le bastaba con la acumulación del valor dinero sino que aspiró a tragarse todos los valores, desmontando sus estructuras y despojándolos de toda humanidad. Aunque aún estamos sólo en los prolegómenos de la parusía y no sería sorprendente que el postmodernismo termine siendo un arma apocalíptica, en tanto revelación y no fin último, y nos permita desde la mixtura y la hibridación alcanzar los nuevos cotos que José Lezama Lima vislumbraba y que no se concretarán sólo en accidentes, sino en potencias nuevas.

Los cuenteros actuales - confundidos muchas veces con actores, actantes, histriones u otros artistas de la palabra y la escena- se enfrentan a una duda que muchas veces adquiere el patetismo de la “herida metafísica”. La indefinición y el balanceo no sólo vienen desde afuera sino desde adentro. Es común verlos anunciarse como actores, juglares, animadores o cumpliendo otros roles de mayor prestigio y poder social, como sería el de terapeutas o intermediarios culturales, cuando estos últimos roles no son más que instrumentos o ropajes excepcionales del oficio. Para no crear dudas o incertidumbres yo mismo uso el término Narrador oral contemporáneo, otros usan el de cuentacuentos, contadores de historias, etc., cuando en realidad deberíamos admitir que en nuestra lengua, al menos hasta hoy, no hay un término más claro y preciso, por qué no decir hermoso, que el de cuenteros.

¿Por qué cuenteros si no cuentan historias desde la oralidad primaria, si no cumplen el rol social que estos tenían, si privilegian en su presentación lo puramente estético, si tienen conciencia de las leyes y recursos de su arte y de los otros, si se presentan en sociedad como un artistas? Pues bien, vayamos por partes: el Narrador oral contemporáneo es el cuentero refuncionalizado, es el cuentero de la tribu global. Cuenta desde la escritoralidad, suerte de hibridación entre la oralidad, la escritura y las tecnologías audiovisuales y digitales, potencializa tanto el vector de representación, que lo acerca a las artes escénicas, como el vector de narratividad de su discurso, y lo construye desde los instrumentos del cuento escrito, producto genuino que se ha ido acomodando a las necesidades humanas desde el siglo XIX hasta hoy. De todo esto se desprende que en puridad es legítimo, y por demás funcional, decir que los narradores orales de hoy son cuenteros, es decir, son los nuevos cuenteros, que no han dejado de ser lo que siempre fueron, sólo que ahora desde los signos de los tiempos actuales y para ellos.

El cuentero de hoy es un elemento altamente subversivo. Tipifica y particulariza el discurso de los colectivos y fagocita las individualidades, colocándolas dentro de ellos y al mismo tiempo ponderándolas, distinguiéndolas, cuando lo que se exhibe hoy como legítimo es el acriticismo individualista y el consumismo. Él ofrece un valor, introduce una mercancía nueva en el mercado, pero junto a ella coloca las reglas y los “programas libres” que la sostienen y contienen, y ofrece un rango de libertad real de escogencia, que es el resultado de la presencia viva del emisor, de los receptores y de las condiciones de recepción, de los códigos, y especialmente de los acuerdos y negociaciones colectivas. Un receptor en solitario apenas percibe uno y sólo uno de los sentidos y los mensajes; el codo a codo, la aceptación colectiva de penetrar en el espacio-tiempo de la historia, saliendo en masa del espacio-tiempo de la realidad, ofrece las condiciones óptimas para la creación de un discurso múltiple e inclusivo, que va mucho más allá de sumatoria de las partes y que se expresa en la creación de un mundo colectivamente convenido.

Durante el Festival Primavera de Cuentos 2010, del 15 al 21 de marzo, y que fundara y dirige la maestra Mayra Navarro, pudimos disfrutar de uno de esos cuenteros nuevos. Advierto que ellos son escasísimos y no sólo a nivel nacional. Se trata de Ury Rodríguez.

Cuentos+Cuentos, el último espectáculo de Rodríguez, clausuró la fiesta y está en la raíz de toda la reflexión anterior. Este cuentero viene de zonas periféricas y populares de Guantánamo, de la más profunda interioridad, nacido en una familia campesina urbanizada, actor, director teatral y protagonista, durante los últimos veinte años, de una de las aventuras culturales más sorprendentes en Cuba: La Cruzada Teatral. Es decir, en él convergen, de manera casi espontánea, la tradición popular narrativa y las nuevas formas citadinas de expresión. Digo casi espontánea porque su discurso, su tecnología, sus modos, son también el resultado de la elaboración conciente, de la síntesis y la escogencia de las fuentes, del discernimiento, aunque para esto apele tanto a la inteligencia emocional como a un cuerpo de ideas que le llegan como resultado de vivir en una sociedad más o menos letrada e influida por un conjunto de ideas y conceptos de amplia resonancia colectiva.

El cubano de hoy, hombre de islas y de aperturas, recibe y exporta, toma y da, y a la mixtura primigenia suma los ecos del mundo. La palabra nacida en los más intricados lugares de este país es hoy también palabra de resonancias universales, y esto no se produce sólo por las interconexiones y los vaivenes de la genética, sino también por la influencia de los medios y de la Cultura. Así en las montañas del Alto Oriente cubano se escucha un ballenato típico o unas rancheras locales cuando ya se sabe que Colombia y México pueden estar muy lejos o muy cerca, depende desde donde se mire y con qué medios se escuchen, o usted puede descubrir allí también estructuras narrativas en sus discursos de una actualidad sorprendente. Ury Rodríguez cuenta una versión de La sopa de piedra, narración tradicional de raíz ibérica, que según él mismo confiesa, es el resultado del trueque y la vivencia con las comunidades de las serranías del macizo Guantánamo-Baracoa. Si usted estudia la estructura del texto, la conformación del discurso, verá que es una historia sujeta a las leyes de la escritura o más bien es el resultado de la hibridación de la tradición oral y la escritura. Si se piensa que es una historia cocreada entre un cuentero letrado y unas comunidades campesinas, no le queda de otras que renunciar a todo lo que sabe hasta hoy, pues son instrumentos inútiles. Supuestamente esta comunidad debía ser aislada de referencias librescas, no contaminada con ambientes y productos urbanos, debía ser de preferencia o preeminencia oral y, de pronto, se enfrenta a un producto, a un discurso, a un texto, que resiste la prueba de universalidad y de la contemporaneidad. De lo se trata entonces es que hay que renunciar, por inoperantes, a los conceptos y los pretextos, y arriesgarnos con nuevos conocimiento y nuevos lenguajes. Nos hace falta una suerte de puesta al día instrumental.

En el espectáculo de este marzo, Ury Rodríguez se arriesga otra vez y apela a cuatro historias tradicionales, dos cubanas y dos rusas. Estamos ante la lucha y la unidad de los contrarios, puede pensar alguien con sorna o suspicacia. Más no es así, el cuentero pone frente a frente dos tradiciones que por más de treinta años se confrontaron y retroalimentaron, y que valdría la pena retar a los especialistas a estudiarla. El contacto con la Unión Soviética fue algo más que una unidad táctico-estratégica frente a la hegemonía norteamericana, fue más allá de ser una jugada política o una operación económica de sobrevivencia, resulto ser también un intercambio cultural que supera incluso lo intangible, solo que hace falta que los que pueden hacerlo, los que tienen los medios, se dispongan a pensar, a estudiar, pues de allí depende en mucho el entendimiento del pueblo que somos hoy y del que querríamos ser en el futuro. Durante una hora, sin apelar a la castración o a la máscara, el cuentero hizo sonar sus aires rusos y guantanameros en un lenguaje cubano actual, pareció que una y otra tradición se fundían y se hacían contemporáneas, válidas. El ambiente ruso, los cargos, el ordenamiento de ese país, la gracia popular cubana, se mantienen intactos pero en su boca estas historias alcanzaron la robustez de lo clásico, es decir, de lo permanente, de lo útil y lo bello.

El cuento como espectáculo, el cuentero como artista, no tienen necesariamente que convocar la duda y provocar la suspicacia de lo infiel, lo falso o lo ficcticio. La condición de popular y contemporáneo a un mismo tiempo tampoco debe provocar la chispa. Un auténtico hacedor de historias es capaz de anular todas las barreras y proponernos la levedad y el momento presente, que es el cuento oral, con la misma consistencia y peso con que hasta hoy se nos ofrecen los nombres, las obras y las emanaciones de Shakespeare, Dante, Milton y Cervantes. José Martí, quizás nuestro más contundente clásico, encontró en su palabra la dimensión exacta del ser humano. En su varonía absorbió a los hombres y a las cosas, si no, miren ustedes el raro intercambio, las iluminaciones, que se producen al leer sus diarios y Martí a flor de labios de Floirán Escobar.

Los cuenteros contemporáneos van adelante en el carro de los cuentos y de los pueblos, tiran de la Palabra. A los críticos, a los especialistas, nos queda la noble y sustanciosa empresa de leer, con exactitud y gracia, sus huellas. Detrás irán quedando las nuestras, confundidas y ocultas en el barro. El nuestro deberá ser un arte de silencios. Discreto y puro. Saludemos pues los espacios, que como los que ha creado la Navarro, van haciendo rutas y poniendo puentes. Saludemos a Ury Rodríguez que desde el hacer levanta el oficio de cuentero. Él tiene, a no dudar, esa “cierta elegancia que viene de la raíz del ser…”, esa “fidelidad casi fanática a los diseños de la palabra viva” que Eliseo Diego creía ver en los “verdaderos narradores populares”.

Impudicia al contar



El mundo reta, insulta, clama, se pone de pie y ataca. A todos nos duele hondo. Más la delicadeza al decir, la capacidad de donarse, la disposición a acoger, no pasan o no deberían pasar. ¿A dónde han ido? No se trata de asumir, a pie juntillas, las normas del Manual de urbanidad y buenas costumbres de Carreño, aunque a veces no vendría nada mal. No se trata de aplicar la rigidez del silencio a lo feo, lo absurdo, lo banal y lo violento, porque están ahí y muchas veces no sólo delante de nuestras narices, sino detrás de ellas, metidas en el alma. No se trata de ocultar. Negar la realidad no la mejora. Entonces, ¿qué hacer?, cuando la urgencia nos llama a hacer, en arte y cultura, que el hombre se confronte, resuelva sus heridas y sane sus dolores, ¿qué hacer? si la realidad es tan cruel que tal parece que cada frase tiene el tufo de la obscenidad y que a cada paso corremos el riesgo de la impudicia y la grosería.

Hasta bien entrado el siglo XX el cuerpo y las pasiones estaban sometidas a la férrea disciplina del ocultamiento o el disimulo. Solo unos pocos, descarados o locos, se lanzaron a la aventura de romper las fronteras entre lo público y lo privado. La polis estaba vaciada de intimidad, pero de pronto hemos saltado al otro extremo: la irrupción de lo privado en lo publico y de esto último en lo primero, borró fronteras. La solución que dimos a la fractura de la vida humana corre el riego de tornarse pornografía.

En la Narración oral contemporánea, en tanto hija de su tiempo, se pasó desde el cuidado y la selección del texto y el discurso, creándose las bases de ciertas ortodoxias limitantes, al desenfreno en lo “confesional” y el abuso del vector instrumental que este porta. Nos detendremos a explicar el asunto.

Cuando en los sesenta y los setenta del pasado siglo, en un proceso de rara universalidad y unanimidad, el arte de contar cuentos encontró los medios para comunicarse con el hombre de su tiempo, dejando atrás folclorismos y utilitarismos, se produjo un fenómeno, por demás comprensible, a través del cual sus cultores intentaron remarcar las diferencias que entre este y los modos artísticos dominantes entonces, de allí que aparecieran conceptualizaciones que sostenían la supuesta o real condición literaria o escénica del mismo y su papel como instrumento sociológico, psicológico o difusor y reproductor de valores y costumbres en peligro de extinción. Frente a esta postura todavía “utilitarista” se opuso una tendencia más “escénica” que si bien no se despreocupó del qué valorizó más el cómo decir. Cierto estétismo enfermó el naciente “movimiento”. En busca de nuevas formas de comunicación y representación llegaron los aires de la “comedia norteamericana”, amiga de parloteo, el chiste y lo confesional, aunque conocemos de cultores del subgénero que son verdaderos maestros de la palabra y vehículos de un arte urbano emergente que se enfrenta a la banalidad y el borramiento al que son sometidos los habitantes de las aldeas hipertrofiadas. Recuerdo que los primeros síntomas de esta reacción se dieron en Colombia quizás con Roberto Nield, Gonzalo Valderrama y el Mono Linares, entre otros. Pronto lo que pareció ser una tendencia renovadora frente a la aburrida perorata de recitadores de cuentos, ya convertida en fórmula, se convirtió en norma primero y después en horma empobrecedora. No se apeló al arte de contar cuentos en toda su pureza sino a la presentación de seres generalmente estrafalarios y decadentes que, invariablemente armados de frascos de agua embotellada, cuentan con pelos y señales sus vidas, las de su familia, y lo que es peor, a través de un ejercicio desmañado y sin propósitos, que fuerza de mentiras y exageraciones, que tiene como único fin la exhibición y el escándalo, por lo que resulta francamente impúdico. Pocas nueces y ruido en demasía.

Recuerdo haber visto en los noventa a Roberto Nield contar la historia de su pasado guerrillero, las torturas a las que fue sometido, hasta llegar a la traición de la mujer amada y el fracaso del once argentino frente al equipo colombiano de fútbol, que venía a ser como el punto más alto de sus fracasos existenciales. Roberto contaba con desparpajo, se enfocaba, con saña y meticulosidad, en colocar su “nada cotidiana” en un primer plano, pero este, más que catarsis individualista, era un ejercicio de complicidad y compasión con los otros. Su nada, frente a la mía o la nada colectiva, asumían la contundencia de la revuelta, de lo político. Por otro lado, cuando estuvo en Cuba el narrador gallego Quico Cadaval, nos mostró otra cara de lo confesional que subrayaba el costumbrismo. ¿Qué diferencia entonces a Roberto Nield, a Quico Cadaval, de los narradores “exhibicionistas”? Quizás la primera diferencia sea exactamente el alto nivel artístico de la puesta en escena con la que arropan su desnudez, que quiere ser compartida y para esto se muestra, pero nunca se exhibe. Otro elemento importante sería que en ambos casos el discurso no tiende a la esterilidad por la esterilidad, a lo extremo y lo escandaloso cerrándose en sus propios fueros sino que hace de lo estéril un camino estético, y por otro lado, su queja alcanza la resonancia de lo colectivo, de lo que se desparrama y se extiende sobre la comunidad. Ante los poderosos los narradores de historia se desnudan para confirmar la potencia transformadora de las vidas ninguneadas, de las existencias negadas e incluso, para hacer profesión a favor de la energía de los fracasos y los fracasados. Frente al elogio imperial de los triunfadores se confronta la derrota, que es, como la pobreza lezamiana, irradiante.

Lo impúdico, lo realmente estéril, radica en el bufonada, en el chiste sin sentido y en la exhibición sin propósitos, en lo socialmente ignorado o distorsionado, en el individualismo onanista.

Acaba de finalizar en La Habana el Festival Primavera de cuentos -del 15 al 21 de Marzo- que organiza la Maestra Mayra Navarro y el Foro de Narración oral del Gran Teatro de La Habana, que es quizás la vitrina más importante en Cuba donde poder asomarse a la Narración oral desde múltiples ángulos, y que este año rindió homenaje a Haydeé Arteaga en sus noventa y cinco años. La directora del evento cuida al detalle la programación, que en su caso privilegia el arte del cuentacuentos frente a las tendencias, muy validas por cierto, de hibridación y mestizaje que se dan en él, aunque este no es, por suerte, un evento cerrado e inflexible en sus proyecciones. Independientemente que creemos que ha llegado la hora de extender más el diapasón del festival y de que se hace necesaria una mayor implicación institucional, que daría a los organizadores una real y potente capacidad de escogencia, no deja de llamarnos la atención que por ahí están pasando hoy todas las posibilidades y variantes del contar contemporáneo.

También en el Festival de la Navarro se puede encontrar lo confesional, y quisiera detenerme en dos espectáculos vistos, aunque no fueron los únicos, porque cada cual representa alguna de las aristas descritas.

De Argentina llegó por segunda vez Ana Rosa Ortiz, con una intervención que no alcanza la categoría de espectáculo (Así en la tierra como en el cielo), y que centra su discurso en la narración de sucesos personales encaminados, de manera directa, a divulgar su ideario ecologista y su filiación con los “ángeles”, tan de moda en la filosofía de la Nueva Era. Yo creo en la capacidad instrumental de la Cultura, creo en su utilidad, como también creo también que ella puede servir para generar o hacer disfrutar la belleza como para procurar el conocimiento de lo útil o provocar la contemplación; pero una cosa es ponderar el servicio y otra es hacer un tortuoso itinerario de propaganda y proselitismo. La historia muere entonces a manos del panfleto. Esta vez se estuvo lejos del tradicional cuestionamiento político y la narradora se adentró en zonas aparentemente más nobles y potables, sin embargo, no pasó de ser una charla sazonada con gestos y desplazamientos.

Por otro lado llegó desde la Casa del Cuento en Holguín Fermín López, con una pincelada de un espectáculo mayor – En mí toda- , en el que se cuenta la historia de su familia. Sólo que aquí, por suerte, lo confesional abandona lo trillado y entra en el plano de lo poético, de las sugerencias, y se viste con los ropajes de la precisión verbal, el cuidado uso del espacio escénico y una sugerente gestualidad, cercana a la danza, que realza lo vaporoso de los recuerdos. Hay un cierto pudor que nos cautiva, hay una gracia que convierte la confesión en susurro y que la aleja de lo estruendoso y del escándalo. Se llegan a contar cosas tan duras como la decisión, ante la pobreza extrema, que debe tomar una madre que termina distribuyendo a sus hijos entre los parientes. No hay queja, que ya sabemos prostituye, no hay asomo soez, no hay regodeo morboso ante del dolor y la perdida. Abundan el arte y la mesura al decir.

Como habrán descubierto ya, no estoy para nada en contra de la asimilación de la stamp up comedi y mucho menos en contra de la existencia de lo confesional o lo anecdótica en el arte contemporáneo de contar, pues a fin de cuentas, por el solo hecho de seleccionar una historia o desechar otra, de algún modo, cada contador está narrando la suya propia o al menos está mostrando un sector de su sensibilidad en un tiempo y en un espacio dado, lo que hace que cada presentación en público sea, en primer lugar, un acto de desnudamiento y una suerte de autobiografía. De lo se trata entonces es que esa desnudez se nos ofrezca usando todos los recursos de un arte milenario que ha encontrado ya, por si mismo, los recursos y los métodos que le hacen vigente. Pero una cosa es la refuncionalización de un arte y otra la impudicia al contar, que empobrece y atonta; cuando de lo que se trata es de colocar la Palabra en el centro de las revueltas y los levantamientos, de los gozos y las permutaciones.

jueves, 25 de marzo de 2010

Fernando Ortiz, ¿Tercer descubridor?

Las palabras, las muy engañosas, tienen fama de santas, de eternas, de contener, de portar, de ser vasijas de la Verdad, la Belleza y la Inmortalidad. También hay malas y putas palabras. Cuelgan sobre ellas esos sambenitos. Sin embargo, ¿cuántas veces no hablamos sin pensar antes lo que decimos, sin advertir qué es lo que se esconde detrás de los términos, las frases, las palabras de uso común?; ¿cuántas veces ellas salen de nuestra boca sin que advirtamos que la vox populi no siempre es vox dei?, porque ellas, las palabras, no son santas ni pecadoras, diestras o siniestras, sino que son lo que son, palabras, instrumentos en la lengua y la cabeza de un hombre que si tiene atributos, pasiones, seducciones y partidos. Confundimos el Logos con cualquier palabra. Las sencillas palabras de cada día adquieren potencia creadora por obra y gracia del no pensar, del no ser, del no estar. El lugar común se hace sitio en lo sagrado y las palabras adquieren, seguramente sin quererlo, la condición de pequeñas cajas de Pandora. Todos los demonios empiezan a danzar.

Podría mencionar miles de frases hechas, “comunes”, que usamos a diario y que o dicen lo contrario de lo que creemos que dicen, o esconden verdades, rémoras enquistadas en cada uno, y que, de detenernos a meditar en ellas y sobre ellas, sentiríamos vergüenza de notrosos, pena. Otras palabras son simpáticas trampas, como aquella invitación que hacía un profesor mío a ser “entusiastas ateos”, y ante quien yo siempre sonreía imaginando a los griegos que bien podían interpretar aquello como “estar llenos del Dios ateo”.

En estos días he leído un enjundioso libro. Un texto esencial pues en él hablan algunos de los poetas e intelectuales más importantes que llenan el siglo XX cubano. Uno de ellos habla de Don Fernando Ortiz, y no vacila, o aparentemente no lo hace, al repetir el más famoso de los epítetos que acompañan al sabio cubano: Tercer descubridor.

La tradición judeocristiana, cabalística, numerológica, santera, palera, brillumbera o la costumbre, hacen que disfrutemos viendo y enunciando trinidades por todas partes. Pero esta que se nos propone es una triada desigual, donde seguramente sus partes se repelen y remueven cada vez que las convocan juntas. Observen ustedes con atención. El primer descubridor es Cristóbal Colon, el segundo Alejandro de Humbolt, y el tercero ya lo mencionamos.

Descubrir, lo que se dice descubrir los tres descubren, o vuelven a cubrir, o colocan nuevos velos, que es lo mismo. Pero puestos en una balanza cada uno de los descubrimientos veremos que como se repelen entre sí, o al menos, podemos hacer varias combinaciones de contrarios repelentes o repelidos usando a cada uno de los personajes. Luego entonces la “trinidad” no es, o falla en su enunciado o es una manipulación que se mueve entre la ingenuidad y la desidia. Para que exista equilibrio y armonía en el tres, las partes deben formar una unidad estable de tal consistencia que de lugar al nacimiento de lo nuevo, de una nueva sustancia verdadera.No se trata únicamente de descubrir sino de hacer explícito que contenido acumula cada uno de los descubrimientos invocados.

Cristóbal Colon, un genovés al servicio de las Coronas de Castilla y Aragón, empeñadas en consolidar una unidad –inexistente en lo real- idiomática, religiosa, geopolítica y económica, es decir, un pacto conformado alrededor de una utopía imperial, se lanza a una aventura cuyo objetivo, como se sabe, es crear una ruta comercial que deje en el camino a la pérfida Albión y a venecianos, genoveses, franceses, portugueses, y otros, en su intento de acaparar el control de las rutas comerciales hacia el Oriente. Olor de cúrcuma y jengibre. La proeza del marino, el salto que provoca al fiarse de los relatos de Polo, de las Escrituras de Isaías y de los cálculos griegos, a contrapelo de la muy aceptada idea de la planicie terráquea, es innegable, como también lo es que el Gran Almirante de la Mar Océana creyó haber llegado a Cipango y que pronto en Catay, que estaba ahí mismo, al cantío de un gallo, se encontraría con una avanzada de soldados y comerciantes que le darían noticias del Kan, como también es cierto que buscaba oro y que estaba obsesionado con él, y que a los reyes le interesaba más acabar con los reinos moros del sur de la península o desarrollar la Contrarreforma, que se vería consagrada por obra de la “providencia” que, en un arranque de hispanidad, inclinó sus favores hacía un mundo naciente cuya misión histórica sería salvar a la Europa desangrada y moribunda, inyectándole metales preciosos, y extender una cristiandad católica romana, que no un Cristianismo, amenazada desde el centro y el norte por la Reforma luterana y calvinista, y carcomida por la corrupción de sus príncipes y potentados. Alejandro VI, el papa Borgia de infeliz memoria, terminará consagrado el despojo y dividiendo al mundo en dos, como si fuera una naranja valenciana.

Cristóbal Colon, quizás sin quererlo o sabiéndolo, abrió la puerta a los demonios de la sangre y de la usura. Él inauguró el proceso que podemos muy bien, siguiendo nuestra manía con los números, delimitar en cuatro fases: Descubrimiento, Conquista, Colonización-Saqueo y Etnocidio. Holocausto podríamos llamarle a esta última etapa, en afán unificador, y no estaríamos exagerando. Todas estas fases deben ser vistas como parte de un mismo proceso imperial, como parte de una realidad y una mentalidad, de la que el marino no deja de ser un participante conciente, un actor. No sólo reclama para sí títulos sino que cargos y dineros. ¿Qué estaba conciente el “descubridor” de lo que vendría después de sus avistamientos? Revísense sus diarios y lo sabremos. Es él el primero de los colonizadores, el primero de los saqueadores y el primero de los destructores de pueblos y culturas.

Cuando Colon llega los habitantes de esta ínsula, siempre extraña, ya sabían vivir en ella, ya tenían una Cultura, si por tener cultura entendemos la capacidad de ser y de pensar el mundo habitado, la de vivir. A saber, si quien habita es quien descubre, el titulo de primer descubridor le pertenece al tronco arauco y no al marinero genovés.

Alejandro de Humbolt ya sé sabe que fue un científico extraordinario que le permitió a Europa, y después a nosotros, reconocer la existencia de un mundo natural y social distinto. Los europeos entran con gente como Humbolt en el reino de la otredad. Pero ese mundo ya estaba de par en par abierto por los cronistas, los cartógrafos, los misioneros, y especialmente por los defensores de indios – de las Casas, Sahagún, de Acosta, Montolinea, y otros- dos siglos antes que él. Es importante, colosal, el trabajo del alemán, hoy nos sirve a nosotros. De él podríamos decir lo mismo que Martí de los padres dominicos “Buenos siempre, hasta para América buenos”. Humbolt representó el saber y la conciencia de una Europa que se recompone, pero no sirvió de adelantado a saqueos y destrucciones. La naturaleza de sus saberes y descubrimientos lo alejan de Colón y quizás lo emparienten con Ortiz, sólo que este último es la más acabada expresión de un “conocerse” que brota de Caballero, de Luz, de Varela, de Saco, de Romay, de Poey, de Finlay, y que llega hasta José Martí, para desembocar en la primera generación republicana empeñada en pensar a Cuba desde si misma, eligiendo sus instrumentos, conforme a su corta pero enjundioso tradición.

La costumbre, lo pegajoso de los epítetos –que conocemos bien desde Homero-, hacen que enunciemos, en reiteración y sin detenernos a pensar, una trinidad, que sin embargo implosiona cada vez que es convocada; sus partes ejercen entre si una fuerza tal de repulsión que sólo la costumbre, el lugar común y la repetición acrítica pueden explicar en su vigencia.

Si queremos para Don Fernando Ortiz, y hasta para Humbolt, un epíteto agradecido, una frase de uso común, debemos renunciar a su condición de tercero de una lista espuria. Pensemos en el sitio de los fundadores de patria y allí estará él, seguro sonriendo, pues le habremos quitado de encima el peso muerto del fantasma colombino, que es algo así como invocar la soga en casa del ahorcado, la Silbona, la Llorona, la Madre de agua, y cuanto espanto, espíritu maligno o burlón, meiga o bruja canaria nos acosa. ¡Solavaya!

Serán bienvenidas las palabras nuevas para los nuevos tiempos, los de la resurrección y la Gracia, los del logos cubano que ya dejó de expresarse en la futuridad y se encarnó entre nosotros, y se hizo hombre.

martes, 23 de marzo de 2010

Del daño que hacen las mentirosas historias




Según algunos, los libros del ciclo del Amadís de Gaula y Sergas de Esplandián de Garci-Ordoñez de Montalvo , el Tirant lo Blanch de Joanot de Martorell, el Espejo de príncipes, el Primaleón, el Lisuardo de Grecia, y otros de caballería o historias mentirosas, es decir de ficción, muy populares en los siglos XVI y XVII, no debían ser publicados porque distraían a las gentes de los asuntos de la fe, de los más graves centros o contribuían a la disolución de las buenas costumbres al proporcionar ejemplos licenciosos o destemplados a sus lectores o, en el mejor de los casos, atontarlos con su lectura de modo que estuviera todo el santo día tumbados o doblados sobre aquellos legajos que no enseñaban nada sino que entretenían. Se llegó a crear un Índice de libros prohibidos y hasta uno de textos parcialmente impropios, e incluso se quemaron o secuestraron libros. A pesar de los pesares y de los controles, la gente y los potentados de los nuevos y viejos mundos siguieron leyendo cuanto apetecían.

En el Siglo XX, afirmado el pragmatismo burgués, se adoptaron nuevas estrategias de presión y control sobre los lectores que iban desde el ofrecimiento de una literatura de incidencia práctica directa e inmediata (manuales de mecánica popular, de medicina para el hogar, libros de cocina, etc. ) hasta la edición de “concentrados” tipo Selecciones o la edición de volúmenes libres de temas escabrosos, que abonaron el camino a la literatura chatarra disfrazada de tratados, crónicas o de divulgación científica e histórica que manipula la ciencia y la conciencia, y por último, llegaron los libros de autoayuda, que terminan proponiendo el individualismo y la desconexión social como solución a casi todos los problemas humanos, es decir, toda solución se encuentra dentro del individuo y afuera sólo existen elementos de disolución o caos.

Este recorrido, algo reduccionista no lo niego, hace énfasis en una tendencia predominante que alterna por épocas y con obras concretas que, contra todo pronóstico, pasan la prueba del tiempo y conservan la capacidad de dialogar más allá de las contingencias, es decir, obras clásicas cuya utilidad practica muchas veces es apenas reconocible.

El asunto parece centrarse más en el qué publicar que en el cómo. La pregunta de los ciento cuarenta y cuatro mil pesos se reduce a ¿qué se debe publicar, qué no?, ¿qué proponer a los lectores y qué no? La tentación “democrática” indica que habría que abrir todas las puertas y ventanas, dejar a la oferta y demanda la publicación de libros y el estimulo a la lectura y crear una plataforma de conocimientos tales que un individuo sea capaz de discernir, sin interferencia externa pero conforme también a su ambiente y devenir, dónde está lo bello, lo útil y lo bueno sin necesidad de llegar a consensos sociales sobre el tema. Eso suena bien, es más, muy bien. Pero el Hombre es un ser social y necesita de acuerdos sociales, o de acuerdos y consensos a secas, so pena de dejar a un lado su humanidad y convertirse en un pieza del engranaje fácilmente sustituible.

Hay que educar para la escogencia, cierto es, pero esa educación pasa por el reordenamiento de los objetivos y propósitos de las industrias culturales, entre ellas, la editorial. Si la meta es la ganancia se necesita, en primer lugar, un consumo masivo, acrítico, y que tenga una capacidad acelerada de mutación, es decir, que satisfaga necesidades crecientes y cambiantes pero que éstas se agoten en si mismas, de manera casi inmediata, generando nuevas necesidades; y para lograr esto hay que proporcionar productos de bajo contenido, algo así como libros-hamburguesas, que pronto necesiten ser remplazados. Quizás el mejor ejemplo de esos libros, revistas, folletos, magazines, y otros, sean los que se ofertan en aeropuertos y terminales de medio mundo: productos económicamente baratos y de rápida absorción que una vez terminado el recorrido se lanzan en los cestos de basura del destino y son de inmediato reemplazados por otros que acompañarán los nuevos destinos.

¡Cuba está libre de esos entuertos!, gritarán algunos. La odisea de una terminal, y si es de trenes más, nos salva de esas tentaciones. La Cultura, como sistema, no encarna tales propósitos o tentaciones, lo nuestro es el hombre nuevo. Cierto. Cierto. Pero, ¿qué piensan los cubanos, qué sienten, qué desean, qué consumen, qué leen? Valdría la pena estudiarlo. No es este un ensayo o estudio de tendencias, es apenas un comentario, y no se expresarán estadísticas ni se validarán sus tesis usando instrumentos confiables, por lo que lo mejor sería abandonar el tema y dedicarse a mirar para el otro lado. Pero soy obstinado. El hecho de que las circunstancias económicas supuestamente nos libren del consumismo y la banalidad material no significa que no deseemos o no tengamos una percepción distorsionada de nuestras necesidades. Corín Tellado es posiblemente una de las escritoras más leídas por cierto sector de la juventud. Muchos prefieren leer a Dan Brown antes de sumergirse en los textos gnósticos que son la fuente de sus usos y abusos históricos. Los libros de autoayuda, esoterismo y Nueva Era están de moda. Algunos no leen y prefieren “informarse” a través de los programas del corazón alquilados en bancos privados. Eso es en Cuba, también.

Pero prometí contar un cuento o más bien un suceso y no le he hecho. Este da pie a las reflexiones anteriores y posteriores. Ya comienzo.

Hace unos pocos días fui a comprar libros a una bien dotada librería. Es un sitio tranquilo, ventilado y luminoso, aunque últimamente sus pasillos se están haciendo intransitables. No importa cuál de las muchas librerías del país es, sólo lo que allí ocurrió. Mientras buscaba, sus empleados conversaban. Uno de ellos estaba histérico pues decía haber tenido que vender un libro absurdo, que nadie compraba, y llevarlo a todos partes de balde. Se lamentaba de que ese libro era muy caro y que seguramente con el dinero invertido en publicarlo se hubieran podido presentar otros muchos que la gente comprara o deseara de verdad, y no como ese, pues vendían de él un ejemplar cada seis meses. Le dolía, se sentía ofendido, humillado, estaba realmente bajo un ataque de furia. Comentaba él, si es que así puedo llamar a su perreta, uno de los libros más importantes publicados en Cuba, suerte de hermenéutica de la poesía, texto que pocos autores pueden darse el lujo de escribir, pues es al unísono una poética, una lectura de la obra de un autor clásico y de la poesía cubana y universal a un mismo tiempo. Para el librero este libro no merecía ser publicado jamás.

No me pude aguantar. Le pedí disculpas, pues sabía que su coloquio no era conmigo y estaba entrando a terrenos donde no fui invitado, pero lo mejor fueron las conversaciones al margen, es decir, las pullas que me lanzó y no la confrontación directa que fue cualquier cosa menos letrada. Dijo que había que publicar sólo lo que el publico quisiera, y lo que es mejor, cortó el posible intercambio llevando la conversación al terreno de lo políticamente correcto o incorrecto. Tema tabú que introducen algunos cuando se les acaban los argumentos. Yo no le tengo miedo a la Política en tanto ella es el arte de hacer posible la convivencia. Me gusta, disfruto y penetro en sus fueros con risueña varonía, y, por demás, aceptemos que la Política era el tema de fondo, el real, pues se estaba discutiendo sobre dos formas de ver y hacer en sociedad y no sobre politiquería bastarda. Así que sean “políticos” mis argumentos.

Vayamos por partes. Lo primero que me gustaría entender es cuál es el modo que tenemos las gentes de conocer lo desconocido, de saber lo no sabido, si no nos ponen en las manos los instrumentos adecuados y la posibilidad de escoger entre ellos los que nos convenienen o los que nos parecen más cercanos a nuestras necesidades y sensibilidades. Para la escogencia hace falta ciencia. Si no me proponen un libro no lo leo, y ya se hay formas y maneras individuales de llegar hasta él, pero si no hay modo de enterarse no hay camino a la asimilación, al disfrute o a la aproximación. Sin saberlo, eso creo, el librero estaba proponiendo una forma totalitaria y avasalladora de dictadura: unos pocos deciden por las mayorías y en nombre de su bienestar usurpan sus deberes y funciones, las infantilizan para finalmente envilecerlas y enajenarlas, y además, abandonan a su suerte o anulan a las minorías, aunque estas sean pensantes o eficaces como catalizadores sociales, o sencillamente sean depositarias de una memoria genética que hay que conservar y respetar. Este método, que llamaremos inquisitorial, se basa en la falsedad de que el papel de los decisores culturales es en primer lugar librar a sus clientes o subordinados del farragoso ejercicio de decidir, dígase también pensar, usurpando y coactando su libertad, además, de determinando “estadísticamente” las tendencias dominantes, reforzándolas y controlándolas para que no se desvíen o se contaminen. Consumismo salvaje disfrazado de populismo pues el decisor terminará imponiéndose e imponiendo.

Puede que este librero sea una excepción, ojala, pero es una expresión minoritaria que hay que atender. El hecho de que un agente cultural piense así nos indica, en el menor de los casos, la posibilidad de la existencia, por más insipiente que esta sea, de una tendencia en la conciencia de algunos a preconizar la sustitución del papel de los individuos y los colectivos por el de grupos de poder o de decisión que hablen en su nombre y por la introducción de reglas de banalización y consumismo en medio de un proyecto cultural cuyas prioridades no son exactamente basadas en la obtención desmedida de ganancias aunque si debería basarse en reglas económicas claras y viables.

La lectura debe seguir siendo una prioridad en la vida de la nación. El debate cultural, civilizado y civilizador, debe sustituir a la perreta y a la imposición. Urge reconocer las reglas y necesidades colectivas como apura seguir proponiendo un catalogo de títulos posibles a leer que no abandonen las mentirosas historias de la ficción ni la estimulante presencia de lo difícil. Confiar en la sabiduría humana, que le ha permitido al hombre salir ileso de sus propias trampas y destrucciones, confiar en la experiencia colectiva que termina acomodando cada cosa en su lugar, debe ser la regla primera del juego de necesidades y posibilidades que es la Cultura.