domingo, 24 de abril de 2011

Misa del Abandonado

Música: Augusto Blanca

Letra: Jesús Lozada



Para Chiara Lubisch

Canto de Entrada


Veni, creator Spiritus


Ven, Hacedor, visítanos.

Tuyos somos.

Ven.

¿Aún nos amas?

¿Aún escuchas el grito?

¿Puedes oírnos?

La noche llega

y el alba no parece.

Ven

Nada somos.

Ven,

Don de Dios, el altísimo,

Origen,

Ágape,

Yesca,

Óleo santo,

Varón de dolores,

¡Ven!


Haz que el corazón arda,

los sentidos se inflamen,

y la cárcel del cuerpo

se goce en tu fuerza.

¡Ven!

Echa fuera al maligno.

Danos la paz, ahora

Tómanos,

y el mal huirá derrotado.

¡Ven!

Tú nos llevarás al Padre,

por ti conoceremos al Hijo,

al Esposo Abandonado.

Ven Espíritu de la Verdad

¡qué en ti esté

nuestra esperanza,

qué seas para siempre

roca de salvación !

Amén.


Kirie Eleison


Hijo del Hombre,

ten piedad.

Buen Pastor,

ten piedad.

Tú, el Elegido,

ten piedad.


Nada soy,

nada sino en tus manos.

Nada soy.

Hijo del Hombre,

ten piedad.

Buen Pastor,

ten piedad.

Tú, el Elegido,

ten piedad.

Mis palabras, mis obras,

mis silencios,

ya son nada.

Nada soy.

Hijo del Hombre,

ten piedad.

Buen Pastor,

ten piedad.

Tú, el Elegido,

ten piedad.

Libre en tu sangre,

vivo en tu cuerpo,

santo en tu imagen.

Todo soy.


Gloria


Gloria al Padre Creador,

Gloria a Jesús, el Señor,

Gloria al Espíritu Santo.

La multitud de lumbreras,

la hierba del campo,

el cordero y el cabrito,

el león y la tarántula,

el polvo de los caminos,

el bramido de la mar,

el abismo y la montaña,

la fuente que corre y salta,

proclaman:

Gloria al Padre Creador,

Gloria a Jesús, el Señor,

Gloria al Espíritu Santo.

El viejo en su soledad,

el pobre que peregrina,

el joven que muere y canta,

la madre y el crío en brazos,

el célibe que se ofrece,

el padre que acopia y crece,

el que cree y el que duda,

el que no sabe esperar,

proclaman:

Gloria al Padre Creador,

Gloria a Jesús, el Señor,

Gloria al Espíritu Santo.

El poema y la escultura,

la esquina de los encuentros,

las pasiones, los relatos,

la danza y los instrumentos,

la música y la fiesta,

el pesebre y los tratados,

los dramas y el cine mudo,

la historia que hay que contar,

proclaman:

Gloria al Padre Creador,

Gloria a Jesús, el Señor,

Gloria al Espíritu Santo.

Todo grita,

todo clama,

todo llama a su Señor:

Gloria al Padre Creador,

Gloria a Jesús, el Señor,

Gloria al Espíritu Santo.


Aleluia


¡ Aleluya!

Es tu palabra mi fuerza,

es tu grito mi verdad.

¡Aleluya!

Jesús,

habla por mí,

hazlo por mí.

¡Aleluya!

Cristo,

habla por mí,

hazlo por mí,

¡ Aleluya!

Nazareno,

grita por mi,

hazlo por mi,

habla por mi.

¡ Aleluya!


Credo


Escucha pueblo santo,

Casa del Rey,

escucha,

estirpe de profetas,

sacerdotes,

escúchenme:

Creo en Yahvé,

sólo en Yahvé,

porque no hay otro Dios.

Creo en Jesús,

sólo en Jesús, el Señor,

creo en Él,

sólo en Él,

Dios y hombre verdadero,

abandonado en la Cruz.

Creo en Él,

creo en su grito,

creo en su resurrección.

Creo en Jesús Salvador.

Creo en Cristo,

creo en Él,

que es mi Dios.

Creo en el Espíritu Santo,

sólo en Él que aleteó,

sólo en Él que estará.

Creo en Él,

Dios que brota,

Dios que nace del Amor.

Creo.

¡Creo en la Trinidad!

Creo en la Iglesia que es una,

carne en su carne,

sangre en su sangre,

cuerpo en su cuerpo.

Creo en el agua de Dios,

que me lava,

que me limpia,

que me hace fuerte en Él.

Creo en la resurrección.

y creo en lo que vendrá.

Escucha pueblo santo,

Casa del Rey,

escucha,

estirpe de profetas,

sacerdotes,

escúchenme:

Creo

que creo por Ti,

gracias a Ti.

Creo en Ti.


Ofertorio


Te ofrezco un país,

mi país,

todo el país.

Te ofrezco el agua,

el arroyo y el mar,

toda el agua.

Te ofrezco el archipiélago,

las islas,

todas ellas.

Me ofrezco.

Te ofrezco.

Mira, Jesús,

como vengo hasta ti,

mira mis manos,

mi cansancio y mi ser.

Mírame tú,

que me amaste,

desde siempre y por siempre,

mírame.

La tarde está cayendo

y no tengo quién me explique

una palabra,

la Palabra,

y no entiendo

cómo el pan

puede ser pan y algo más,

y ya no entiendo

cómo el vino

es el vino y algo más.

Sólo sé cuando hablas,

sólo sé cuando en tus ojos,

ya míos,

la luz se va descubriendo.

Sólo sé en ti.

Mira, Jesús,

lo que vengo a ofrecer.

Mira

como te ofrezco.

Te ofrezco un país,

mi país,

todo el país.

Te ofrezco el agua,

el arroyo y el mar,

toda el agua.

Te ofrezco el archipiélago,

las islas,

todas ellas.

Me ofrezco.

Te ofrezco.


Sanctus


Santo, Santo, Santo,

Santo es el Señor.

Santo

en las alturas,

Santo en la tierra,

en el abismo,

Santo.

Lleno de gracia el que viene,

pleno de Amor el que va.

Santo,

Santo es.

¡ Hosanna!

¡Bendito!

Santo, Santo, Santo,

Santo es el Señor.

Santo es.


Amén solemnísimo


Agnus Dei


Cordero de Dios,

¡Paz y Piedad!

Caña al viento,

¡Paz y Piedad!

Siervo sufriente,

¡Paz y Piedad!

Cristo que clama,

Cristo que llama,

Cristo que grita,

¡ten piedad,

soy un pecador,

ten piedad

y dame de tu paz,

la Paz!

Cordero de Dios,

¡Paz y Piedad!

Caña al viento,

¡Paz y Piedad!

Siervo sufriente,

¡Paz y Piedad!


Canto de Comunión


Cantares


Esposa:

Dame un cuerpo,

amado mío,

uno para obedecer.

¡Me hundo ¡

La noche arde,

se desbarranca en mí.

¡Me muero!

Dame un cuerpo,

tu cuerpo.

¿ No ves como me pierdo

y no soy?

¿No sientes como me apago,

no contemplas que en mis prados

la hierba enmudece,

el agua no canta más?

¿No tienes ojos par ver,

dónde tus oídos?

Oh, Dios,

mi Dios,

Amado mío,

te fui fiel hasta en la duda,

en el silencio perseveré,

y ahora te llamo,

más no respondes.

Dame un cuerpo,

amado mío,

uno para obedecer.

Dame un pequeño cuerpo.

¿Es mucho pedir un cuerpo,

tu cuerpo?

Esposo:

Toma mi carne,

esposa mía,

toma el costado y el agua,

la lanza y los espinos,

toma los quebrantos,

la saliva y la muerte.

Toma la sangre que corre

como manantial del cuervo,

toma mi sangre,

las lagrimas y la voz.

Toma tú,

mi grito

¡Toma el grito!

¡Tómalo todo!

Nada tengo,

nada doy,

sólo mi grito.

No lo olvides.

¡Eli, Elí, lemá sabactaní!

Esposa:

¿Dime qué se hace con un grito,

qué con el lamento del que va morir?

¿Dime a quien podré salvar?

¿Dime si sirve,

al menos, para ir

hasta las aguas de Siloé

y que los ciegos vean,

los mudos hablen

y los paralíticos

carguen sus camillas?

¿Dime si podré,

con un grito

resucitar a mis amigos muertos,

dime si podré hacerlo,

con el lamento

del que va a morir?

¿Dímelo, por favor?

No tardes.

Esposo:

Dices bien,

un grito,

el aullido,

el dolor del que va a morir,

de nada sirve.

Dices bien.

Es inútil que clame

pues yo sé que nadie

mirará con piedad,

nadie entenderá jamás

por qué

estoy colgando de un madero.

Ya se que soy

escandaloso y necio.

Yo lo sé,

lo se de cierto.

Más tú olvidas

que es Dios quien grita,

que es Dios a quien abandonan

y se abandona.

Olvidas,

tú lo olvidas todo.

Tan fácilmente el hombre olvida.

Y hacen bien.

Y haces bien.

Cuando no tengas memoria de mí,

cuando seas sólo polvo

en mí,

sabrás por qué estoy,

que soy,

sabrás que grito,

clamo,

me lamento y me duele,

me duele hasta la luz.

Cuando seas polvo en mí

descubrirás también

como Dios se recompone,

como regresa,

como todo es nuevo,

hasta el dolor,

nuevo.

Esposa:

Dame un cuerpo,

amado mío,

uno para obedecer.

Dame un pequeño cuerpo.

¿Es mucho pedir

un cuerpo, tu cuerpo?

¡Eli, Elí! ¿lemá sabactaní?

Esposo:

¡Toma el grito!

¡Tómalo todo!

Nada tengo, nada doy,

sólo mi grito. Un grito.

No lo olvides.

Un grito, el grito.

¡Eli, Elí! ¿lemá sabactaní?


Meditatio


María de la Soledad


Me llamaste feliz,

más yo nunca he sabido por qué.

Las muchachas al verme pasar

gritaban ¡dichosa!,

los cedros del Líbano se doblaban,

los peces del mar de Galilea

saltaban de gozo,

la paloma y el cuervo

me proclamaban bienaventurada,

más yo nunca he sabido por qué.

Feliz,

¿qué significa ser feliz?

¿qué para ti?

Quizás,

al principio,

cuando él jugaba bajo el olivo

o cuando José puso en sus manos

las herramientas del carpintero,

quizás yo fui feliz,

por esa vez.

Quizás

cuando el vino brotaba en Canaán,

cuando bailamos juntos,

o cuando él regresó del desierto,

quizás yo fui feliz,

por esa vez.

Quizás

cuando en el Jordán

su primo lo empapaba

y Tú sonreías,

quizás yo fui feliz,

por esa vez.

Quizás

cuando vi huir al pecado,

a la enfermedad y a la muerte,

quizás,

cuando él les miraba,

vencedor, a los ojos,

quizás entonces fui feliz,

por esa vez.

Pero de eso hace ya tanto,

que no puedo recordar

qué cosa es la felicidad.

Una madre no puede recordar

si su hijo está muriendo.

No puede.

¿Qué significa ser feliz?

¿Qué para ti?

¡Elí, Elí!

¿Qué significa ser feliz?

¿Qué para ti?

El grita en la cruz y yo espero,

espero respondas:

¿qué significa la felicidad?,

¿qué para ti?.

Yo espero,

aún espero.

Contra todo pronóstico

espero.

Espero por ti

y grito,

¿por qué?

¿por qué lo has abandonado?

¿por qué?,

¿por qué me has abandonado?,

¿qué significa ser feliz?

¿qué para ti?

En tu silencio,

yo espero,

Elí, Elí,

yo espero,

espero por ti.

No lo olvides.

Yo esperaré,

aquí.


Envío


Himno de la Ascensión


¡Alabanza, Alabanza!

Para ti el honor y la gloria,

el poder y la paz.

Para ti las manos,

mis manos,

tuyas en la eternidad.

Yahvé,

un día olvidaré mi rostro,

las caras que amé,

lo que perdí,

lo que gané,

lo que me diste.

Olvidaré

el agua, los peces,

las costas y el arrecife,

olvidaré la manigua,

las palmas y el sol,

olvidaré la ceiba

y el olor de las guayabas.

Olvidaré.

Lo olvidaré todo,

menos tus nombres.

Tú nombre.

¡Alabanza, Alabanza!

Para ti el honor y la gloria,

el poder y la paz.

Para ti las manos,

mis manos,

tuyas en la eternidad.

Jesucristo,

memoria de mi,

podría olvidar que una vez

yo subí hasta el monte

y encontré tu rostro,

podría olvidar,

tal vez ignorar

tu raíz en mi raíz,

podría la cruz,

podría tal vez negar la cruz,

la tuya,

olvidarme del grito,

tu grito.

Podría, tal vez,

no querer habitar,

habitarme.

Más no puedo, no quiero,

no alcanzo a olvidarme de ti,

de tu nombre en mi nombre:

¡ Jesús es Señor, El Señor!

¡Alabanza, Alabanza!

Para ti el honor y la gloria,

el poder y la paz.

Para ti las manos,

mis manos,

tuyas en la eternidad.

Cuando no me alcance la memoria,

ni el recuerdo de mi padecer,

cuando no me nazcan

la alegría y las ganas,

cuando el mar sólo sea

un gigante que se traga la luz,

cuando ignore al camino,

cuando sienta que todo

está por acabar,

cuando crea que no vale la pena,

que he sido nada más

que un puñado del polvo

flotando en el rectángulo de una plaza,

cuando me falte tu nombre,

él Nombre,

y los rostros del Amor,

cuando ya no sepa decir gracias,

dilo por mí,

Espíritu y Fuego de Dios,

Dilo por mí.

Yo se que estarás.

Dilo por mí.

Habla por mí.

Vive en mí.

¡Alabanza, Alabanza!

Para ti el honor y la gloria,

el poder y la paz.

Para ti las manos,

mis manos,

tuyas en la eternidad.

viernes, 22 de abril de 2011

Catalejo de Cuentos o la aventura de narrar la Ciudad



En el principio fue el rectángulo de San Juan de Dios. La plaza, el hospital, la Iglesia y una cesta de pan tras la puerta. De la plaza, irregular y recoleta, brotaron las aguas, que al principio dividían y emporcaban, pero que luego tomaron su cause, se hicieron agua en el agua primordial y tomaron los sonoros nombres de Hatibonico, Tínima, y otros caños mínimos de los que no se guarda memoria. También nacieron los manantiales de San José. Todo esto ocurrió cuando, desde el hospital, sopló el viento, ruah, que puso orden y la tierra comenzó a separarse de las aguas. Cada quien tuvo su sitio, su reino. La Trinidad de la Iglesia endureció el barro y con él a sus pies, trono y asiento, trazó las calles y puso los ganados, las bestias y todo lo que nace de la tierra o se arrastra o camina o vuela. Con la cesta de pan ellos, los del Triangulo, hicieron a los hombres y a las mujeres. Primero a las mujeres, porque de su costado, de su costilla, nacieron los hombres y las casas, y dentro ellas se hizo el milagro del nacimiento de los fogones, los patios, los largos zaguanes, los corredores, las comadritas, las agujas de tejer y los tinajones.

Y como ya estaban las cosas hechas se les dejó a todos tomar posesión de la ciudad el Día de las Candelas o de la Purificación de Nuestra Señora, que así fue nombrado esa jornada de abundancia y orden. Al principio, desde la Plaza se veía el mar, pero como recordaba al caos, a las cosas sin forma, a la violencia de lo no conocido, la gente, reunida en capítulo, decidió pedirle a la Trinidad que los levantará de allí y que creará para ellos una tierra de promisión, donde brotara leche y miel, pero que no se viera el mar.

Así fue. Pasó un día, dos, y hasta siete. La ciudad levantada en el aire. Cuando todo estuvo listo abajo, ella, con todo y todos, se aposentó en el centro de la tierra; y para que nadie se olvidara jamás de la posibilidad de regresar al desorden y la Nada, Dios, el Uno y el Tres, dijo una última palabra: Creado está el mundo, este es su centro, y se llamará Santa María del Puerto del Príncipe.

¿El Príncipe de los Demonios, el Príncipe de las Tinieblas? Si ciertamente ese es, si es el que sospecho, ¿por qué en un mismo nombre Él juntó al innombrable y a la Toda Belleza? No hay respuesta, esa es una historia que deberá ser narrada, que espera aún por hacerse palabra.

Los primeros habitantes se reunían en Las Cinco Esquinas del Ángel e intentaban contestar a esas preguntas, pero no habiendo respuestas, con mucho sigilo fueron tejiendo sonetos y octavos reales con otro tema, y que es lo que hoy está recogido y se conoce como Espejo de Paciencia, que no es más que una historia de travesuras, que de tanto ser contada y conversada adquirió ese aire de misterio y densidad que hoy le acompaña. Allí mismo, e insistiendo en resolver el enigma primordial, y otra vez agotados por el inútil zafarrancho, los habitantes se dedicaron a inventar otros sucesos más claros, más pedestres, pero no por eso menos deslumbrantes y hablaron de una carreta hundida de que salta una virgen con traje de bordados catalanes, de indios bravos, del sonar y el soñar de un Santo Sepulcro, de un aura blanca, de un medico chino, de una Veracruz, y, por su puesto, hasta de otra visita del Enemigo malo.

Se contaban historias en las casa, se hacían fiestas y teatro, se recibían a comedieros y comediantes, y se fueron fundando otros lugares sagrados como el Teatro Principal, el Bar Correo, o la Cafetería La Babita, o el Parque Agramonte, hasta desembocar en La Peña del Brocal. Salto de Siglos, del que nace el Té de Manolo, que no puede ser otro que Martínez, y que devolvió a la ciudad a su estado primordial, la colocó otra vez alto en el cielo, para eso, él, ciudadano de marras, no encontrando ni estando dotado de artes más potentes, se limitó a trepar a tirios y troyanos, porque en el centro del mundo siempre hay dos y hasta tres o cuatros bandos o bandas, en fila india, hasta depositarlos en la azotea de la antigua Sociedad Popular San Cecilia. Ese fue el sitio más alto al que se podía aspirar por aquellos años. Pero un día, a él, al Manolito, se le clavó una espina en el costado y se fue a contar sus cuentos a otra parte.

Pareció que el centro del mundo ya no era más. Un omphalos, lo que se dice uno que se respete, tiene que tener voz y palabras, pero no cualquiera, sino una que lo cree, que lo invente, que lo rehaga. Santa María del Puerto del Príncipe se estaba muriendo de silencios.

Hasta aquí la historia, la fábula que cuenta el nacimiento de mi mundo, el origen de Camagüey y los dueños de su Palabra.

Ya la memoria no me da para más. Pues yo hace muchos años me fui a vivir junto al mar, junto a ese océano que tanto me recuerda al caos y a la Nada, pero del que no puedo desprenderme.

Tenía la percepción de que la ciudad estaba viviendo más de su prosapia que de fueros vivos. Se hacía un Festival Nacional de Narración Oral pero no tenía sustento, o los estos se limitaban a Zaida Montells, a quien escuché contar desde que ella estaba recluida en el pequeño espacio de la Biblioteca Provincial Julio A. Mella, otrora Sociedad Lyceum, y mucho antes casa señorial del Marqués de Santa Lucia. Pero una sola voz no hace ciudad.

Es cierto, muy cierto que una no basta, pero si esa voz persiste, insiste, se esfuerza y grita, de ese aullido, de ese resonar, pueden brotar ecos.

Y así sucedió. El Proyecto Cultural eJo, el de Omar González Catá y Julito Hernández, acogió la palabra que clamaba en el desierto, que estaba por manifestarse, y se hizo el milagro de la aparición de un grupo y de un espacio de creación, que recibieran el legado y la memoria, el gusto por contar y la necesidad de reinventar la ciudad.

Hay que reconocer que entre eJo y Zaida Montells está el origen, la llama primera, la chispa que encendió el bosque. Otra vez Santa María tiene quien la narre, la invente desde la palabra viva. Ya no más es sólo la ciudad de los poetas, grandes, notables, potentes, ya no será más la Casa del Silencio, ahora será además una ciudad de Narradores Orales, de Cuenteros.

Grabiel Castillo, Kenny García, Mónica Domínguez, Javier del Toro, Silvia Avilés, Diosmani Fernández, Geovanis García y Alberto Tamayo, arman Catalejo de Cuentos, que es el primer grupo estable de Narración Oral creado en Camagüey, porque La Peña del Brocal y el Té de Manolo no fueron nunca un colectivo de ese arte, sino un núcleo de artistas que se movían alrededor de un cuentero y de los cuentos.

Los Catalejo aún están en sus comienzos, se les nota el temblor e imprecisión de los inicios, pero también los fulgores de lo que podrían ser y hasta de lo son. Durante casi una semana conviví con ellos en el pasado febrero y me sorprendió que nunca los escuché repetir una historia, se notaba que estaban trabajando para hacerse de un repertorio lo suficientemente grande y bien temperado, como para poderse enfrentar a todos los públicos y a todos los espacios; tenían la pasión, la fuerza de gozo al contar, el ansia de aprender, y aún conservaban el oído atento, pues lo he dicho muchas veces, apropiándome de los versos de Octavio Paz, “para hablar/aprende a callar”.

El silencio, la escucha del Silencio y de la Palabra, es algo poco frecuente en el movimiento profesional de los nuevos narradores. Hemos llegado a conformarnos con poco, no tenemos, como colectivo, la sed de conocimiento, el ansia de explorar y de experimentar. Algunos han conservado desde la primera historia exitosa un “estilo”, una batería de recursos expresivos que probaron su efectividad pero que no procuraron desarrollar, y hoy, apenas, son una caricatura de lo que podían ser si esos mismos recursos los hubieran explotado y refinado, probado y sazonado con otros, que los hubieran enriquecido. Nos faltó humildad y paciencia. Si, no estoy hablando de virtudes teologales, sino de recursos y estilos, de procedimientos, de virtudes pragmáticas. No puede ser que denostemos de la crítica, del desmonte de nuestro trabajo, de la opinión contraria, que nos conformemos con un pequeño arsenal de conocimientos teóricos básicos y de una batería elemental de recursos en la representación, que en mucho han sido superados, no debería ser que nos siga pareciendo la teoría y la investigación como un mal necesario, como el patico feo que hay que tolerar más no hacerle mucho caso “pues solivianta a la tropa con sus ideas”. Catalejo me proporcionó varias lecciones, yo aprendí de ellos.

Soy feliz, y mucho. Los gestores, las instituciones de la Cultura, los que deciden, los que tienen en sus manos los hilos, las cuerdas, las maromas, deberían atender, acompañar y estimular a Catalejo de Cuentos. Por ahora no veo otra posibilidad para que la Ciudad, ese centro del mundo que es Santa María del Puerto de Príncipe, sea otra vez narrada. Ya sé, lo sé de cierto, que una ciudad es contada por todos sus habitantes, pero nadie, nadie, nadie debería olvidar que la memoria de esos cuentos habita, se pronuncia, se conserva, se almacena, se reproduce, en la lengua del cuentero. No tiene otro lugar de residencia.

domingo, 17 de abril de 2011

Il migliori fabbri del parlar materno (Los mejores maestros de la lengua materna)




Un amigo discute, más bien porfía. Il miglior fabbro, el mejor maestro, el forjador, es Ezra Pound; así lo califica Elliot cuando le dedica The Waste Land. A fin de cuentas estaba en deuda con él, que llegó a fundar La sociedad de amigos de T. E. Elliot, con tal de que se publicara el libro, que, pensándolo bien, no deja de anunciar a voces la presencia de su mano portentosa, con enmiendas y correcciones abundantes, por mucho que el talento del autor hiciera lo suyo. No hay dudas, tiene que ser él y no otro. Argumenta mi amigo e insiste: - Sólo con un poeta, en justicia, podría calificarse de ese modo. Y tiene razón. Los poetas merecen ser llamados hacedores de la lengua, forjadores del hablar materno. Maestros. Ellos atraen las gravitaciones, fuerzas y violencias de las palabras y las convierten en Palabra. Los poetas saben pronunciarla, sin ellos fuera nada más que sonido, balbuceo, y no potencia.

Sólo que el elogio del norteamericano, tan inglés en sus modos, tiene mucho de broma. Es una cita erudita, que no deja de ser socarrona y hasta irónica. Humorada británica, tan del gusto del autor, entre otros textos capitales, de Cuatro Cuartetos, libro de 1943, que en la traducción de Omar Pérez alcanza en nuestra lengua alturas que antes intuíamos, más no podíamos gozar.

El primer fabbro, el que provoca el nacimiento del epíteto, es el trovador occitano Arnaut Daniel, gentilhombre ajuglarado que vivió a caballo entre los siglos XII y XIII, famoso por su refinamiento y complejidad un tanto amanerada, a quien Petrarca consideraba fra tutti il primo (el mejor entre todos) y gran maestro d´amor . Más no es él quien lo llama il miglior fabbro del parlar materno sino Dante Alighieri, y lo hace en el Canto XXVI de la Divina Comedia, aunque para ello se esconda detrás de Guido Guinizzelli; elemento que habla bien y mal del poeta toscano, pues, por un lado, no tiene reservas en elogiar a un colega – cosa rara entre literatos-, pero, por otro, coloca la reverencia en boca ajena, como protegiéndose, de modo que se pueda salvar, a su debido tiempo, de un desliz de la suerte o de la fama que pudiese hacer caer al celebrado en sitio de mala memoria, como sucede hoy, cuando el nombre del trovador ya casi nada dice. A sólo unos pocos nos interesa recordarlo, entre otras cosas, porque nos permite colocar al oficio de juglar, de contador de historias, de poeta oral, y con ellos a la Oralidad, en los fundamentos de nuestra cultura y civilización. La voz deja su marca, aunque sea rasguño. La Palabra hizo al hombre y a las cosas.

Hoy se conocen nada más que dieciocho de las composiciones de Daniel, dos de ellas con su música, y casi nadie las recuerda, cita o canta, y lo que es más llamativo, hemos dejado de calificarlo como lo hacía el Dante y en su lugar colocamos a un extrañísimo poeta norteamericano que hasta hoy es piedra de toque entre los de su gremio.

No soy de los que cree que el tanto saber confunde o lleva a la locura; pero sé que algo le pasó al autor de los Cantos pisanos en lo profundo de su ser, en la raíz, que hizo que este erudito, enemigo de la usura, amigo de raros poetas y traductor libérrimo de poemas chinos y provenzales, terminara vociferando a favor de la dictadura de Benito Mussolini y que juntamente fuera uno de los más extraordinarios artistas de cualquier lengua o nación, uno de esos que no sólo forjan una lengua sino que levantan toda la Poesía.

Celebremos a los dos migliori fabbri, a Pound y a Daniel, pues de algún modo, ambos tienen el común destino del trobar clus.

viernes, 15 de abril de 2011

Retrato de familia: A propósito del Festival Primavera de Cuentos 2011

Una familia tiene su historia, su contexto, su texto, sus claroscuros, su luminosidad. Su foto deberá ser entonces una aproximación a la verdad, a la que se encierra en el signo y el símbolo que es, un acercamiento a su cuerpo. Al menos debería intentar parecérsele lo más posible. Esta representación del Festival Primavera de Cuento 2011, tendrá elementos que harán de ella una fotografía a medio camino entre el daguerrotipo y la imagen digital. Este abordaje tiene además, no lo niego, el poder y el color de mi propia mirada, que es parcial, comprometida y tendenciosa. Este evento también es mío, por derecho y por elección.

La foto debería comenzar, si se respeta, con un sonoro Había una vez… porque existió una anterior y dos, y han sucedido muchísimas cosas durante los últimos veinte años. Primavera de Cuentos es en realidad el más antiguo, definido y coherente de nuestros eventos de Narración oral. Hay que reconocer que adquiere su nombre y su perfil actual hace sólo seis años, en el afán de hacer notar que es un evento distinto de los que hasta ese momento organizaran Mayra Navarro y Francisco Garzón dentro de la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica, pero no se podrá negar que es la continuación natural de estos, que fueron organizados, como bien se sabe, directamente por la Navarro, pues su Director General no reside en este país desde hace muchísimos años; y hay que estar aquí, vivir aquí, construir aquí, para poder coordinar, conveniar, convencer, congeniar, compartir desde adentro, que es el único modo efectivo que se tiene por estos lugares para hacer una obra que exige tanto la participación gubernamental como de la comunidad artística, y que debería ser, y es, la confluencia de saberes y poderes, de dones y atributos.

La Navarro es la hacedora del largo camino que nos lleva hasta Primavera de Cuentos, que no es sólo un historial de eventos sino la creación de un sistema pedagógico único en su tipo en Cuba, que asume el legado de La Hora del Cuento – del contar para niños en escuelas y bibliotecas- y las formas de la Narración Oral Contemporánea. De sus talleres de iniciación, de sus espacios -mantenidos contra viento y marea-, de sus talleres de crítica de repertorio, ha nacido el movimiento profesional de narradores orales; sin ella, sin su trabajo, sin sus eventos, no se podrían explicar ni los proyectos de Narración Oral del Consejo Nacional de las Artes Escénicas ni ninguno de los eventos que hoy forman el entramado de este arte en Cuba. No podría explicarse tampoco la existencia de la Sección de Narradores Orales de la UNEAC, nacida hace ya casi quince años, que es uno de las estaciones más importantes que marcan el reconocimiento público de la Narración Oral como arte independiente y de los narradores como artistas.

Mayra Navarro, a quien en el año próximo le celebraremos sus 50 años como Narradora Oral, está en el origen de casi todo lo que se ha hecho en Cuba en materia de Narración Oral. La adolescente que acompañó, a partir de 1962, a Eliseo Diego, María Teresa Freyre de Andrade y María del Carmen Garcini, en la fundación de los espacios de La Hora del Cuento, se ha convertido en la Maestra, por lo tanto su Primavera de Cuentos es una especie de confluencia de todas las aguas, punto de encuentro y espacio de comunión que permite a mi ojo clínico diagnosticar, clarificar, entender y retratar a las más importantes tendencias que se dan hoy en este arte en Cuba, así como intentar estudiar sus carencias, distorsiones y problemáticas.

Una foto de familia sólo sería válido intentarla si están todos sus miembros. La vocación ecuménica, es decir, de casa común, de este evento, me permitirán intentar fabricarla en las mejores condiciones. Ustedes seguramente se están preguntando ¿de qué puede servir esa postal?, ¿qué hacer con la virtud, con lo bello y con lo útil si es una imagen congelada? Comenzaré, una vez colocado el evento en su lugar, por decir que lo primero que nos aporta la dichosa fotografía es el testimonio de nuestro lugar en el mundo, en un momento, en un espacio y en un tiempo concretos, y que este no deberá aspirar a ser más que un rasguño en la piedra, una marca, una resistencia, y que tales elementos sólo nos serán válidos si aprendemos que lo importante, como sugiere el taoísmo, no será aposentarse en el blanco sino el vuelo de la flecha, el recorrido que esta hace para llegar hasta él. Esta imagen deberá ser entonces tomada en su justa dimensión: no es otra cosa que un apunte que nos permite leer el pasado, contemplar una realidad concreta e intentar aprender de ese instante, de modo que con unos pocos elementos nos sea dado construir la siguiente estación, el próximo rostro que nos queramos dar.

Lo interesante para mi no será describir individualidades, aunque de paso ellas irán apareciendo, sino la impresión que me causa el conjunto; así pues nadie espere lo que no he prometido ni ofreceré. Hablaré de muchos “milagros” y de escasísimos “santos” porque la almendra estará en esas emanaciones, en esas iluminaciones que brotan de la interacción de cada una de las partes, del modo en que ellas se acomodan, se relacionan, se repelen o se atraen.

Hasta hace muy poco la diversidad o la multitud de estilos, e incluso la pluralidad de concepciones y de poéticas en la Narración Oral, eran una rareza. Una “ortodoxia dominante” se repetía y colocaba como única alternativa posible. La presencia de los fundadores, convertidos en referentes y gerentes, hacían que primara entre los cuenteros contemporáneos la mimesis y que la preocupación por la experimentación o por el logro de una marca individual no estuviera en el centro. Viendo a los mejores cultores de este arte ya se habían visto a todos. Aún se usaban el socorrido papel carbón y los mimeógrafos. Pero hay que entender que, al menos en su forma más actual, más cercana al espectáculo y la escena, la Narración Oral en Cuba apenas alcanza unos treinta y cinco años de vigencia e influencia. No es hasta 1997, con la Bienal Internacional de Oralidad de Santiago de Cuba, que empieza a abrirse un espectro mayor de posibilidades, a los que se adicionan con posterioridad el Festival y Proyecto ContArte, la Cátedra Cubana de Narración Oral María del Carmen Garcini, Primavera de Cuentos y una amplia gama de festivales que cubren todo el territorio insular de Oriente hasta Occidente. En estos espacios se forjó la diversidad y se trabajó por extender los linderos de la cuentería actual, que es lo que ha permitido que lleguemos a un Primavera 2011 donde se mostraron desde las maneras “clásicas” del contar hasta expresiones centradas en la espectacularidad de la composición, la estructura dramatúrgica compleja o los recursos de la danza, la música, el canto y la ritualidad. Todos los rostros, todos.

Sería entonces necesario empezar a recomponer la foto de familia. Ya que hay espacio para todos en ella, los más justo es que comencemos, de manera natural, sin imposiciones ni claques, a recomponerla. No se trata de excluir, sino que volver a colocar, de encontrar simetrías y ángulos, profundidades y perspectivas, de empezar justamente a atender el asunto crucial de la composición del cuadro. Hasta hoy confluyen en los eventos profesionales y aficionados, expertos y principiantes, y esa diversidad sería solamente positiva y loable si el festival, y todo el sistema de eventos, lograra deslindar los espacios, los territorios, y potenciar la presentación de aquellos narradores orales de obra más sólida y estéticamente lograda en sitios de legitimación, que no existen y que hay que crearlos, diferenciándolos de otros más cercanos a la peña, la tertulia, el compartir, que es siempre un lugar de fogueo, que perdona el temblor, muy natural por cierto, o la impericia de los balbuceos. Sería bueno ir pensando en privilegiar la sede del evento y caracterizarla como un espacio para espectáculos unipersonales o grupales completos, y pasar a los espacios alternativos o colaterales a los artistas principiantes. La democracia verdadera en arte está en la existencia de las posibilidades infinitas, entre las que se encuentra la de que los artistas más destacados tengan espacios y tiempos de presentación acordes a su rango.

Si queremos en Cuba lograr un movimiento capaz de compartir en igualdad de condiciones con otras experiencias internacionales, si queremos darle a nuestra gente el rostro más vivo y eficaz de la Narración Oral, si queremos comunicarnos con los habitantes de la “aldea global” cada vez más audiovisual, más digital, es hora ya que creemos las condiciones y los mercados para un circuito de espectáculos, para el mantenimiento de repertorios y carteleras. Aunque yo siga creyendo en la pertenencia al mundo de la Oralidad de la Narración Oral, no estoy tan ciego como para no darme cuenta de que estamos jugando con las reglas de las Artes Escénicas, y que entre ellas también están las que tienen que ver con la permanencia en cartel, con el repertorio, que entraña además disponer de espectáculos de primer nivel capaces de formar parte de las programaciones habituales del CNAE y no sólo de aquellas caracterizadas como de este arte en particular. Hay que hacerse trompo para bailar en su casa.

Pero para hacer espectáculos, tener repertorios estables, apelar a las reposiciones, debemos resolver uno de los problemas más graves que se hacen visibles en la dichosa estampita: la deficiente construcción del texto oral y la pobreza o endebles del texto espectacular, que hacen que nuestro discurso pueda tambalearse hasta, ocasionalmente, con bamboleos frenéticos, que son muy peligrosos.

Ya se sabe que el cuento avanza sobre el caballo de los sucesos y que el orden y concierto de ellos en la Oralidad está sujeto a leyes, así que habría que partir del conocimiento de sus particularidades para poder avanzar. El texto oral está, funciona y vive, es, dentro del ciclo oral (producción-enunciación, recepción, almacenaje, conservación y reinterpretación) y este hay que respetarlo. Nada hacemos con preparar supuestas o reales versiones orales si estas terminan petrificadas de ante mano y cuando estamos delante del espectador-receptor establecemos una cuarta pared que nos impide mirar, mirarnos, jugar, y estar concientes de que el espacio-tiempo fabular es inclusivo y centrífugo, y que, justo en el momento en que este texto es producido y pronunciado su “onda expansiva” crea una burbuja en la que las cosas ya no son más lo que eran y ni siquiera nosotros somos ya lo que somos, pues deberíamos dejarnos poseer y cambiar, transformar, sin aspirar a la tontería de que nuestra corporeidad desaparezca detrás del cuento sino pretender que ella se haga cuerpo fabular.

Habría que apelar a la memoria genética del espectador, a los saberes ocultos, a la capacidad de imaginar e intuir, a las potencias subconscientes que se desatan en el espacio escénico, que deberíamos compartir todos, aún cuando entre nosotros y el lunetario mediara la escena, pues muchos narradores no las valoran suficientemente. Diciéndolo de manera simple, hay cosas que sabemos aunque no creamos que las conocemos, hay saberes que son de la comunidad y que viven en nosotros por debajo, y en ocasiones hasta por encima de nuestra conciencia; y eso son elementos sustanciales que hay que tener en cuenta. Un pequeño detalle puede romper el delgado tapiz de la historia. En la foto de familia salta el relato decimonónico en el que aparece el gazapo de una máquina de escribir, o el cuento que se hace inentendible cuando un personaje y los sucesos que se mueven alrededor de él son eliminados y uno no llega a entender nunca el final de la historia, desgarrador en el cuento original, pero que en la boca del cuentero parece una tangana sin sentido. Los implicados en ambos ejemplos son personas de mucha solvencia, pero por esta vez no tuvieron en cuenta elementos importantes a la hora de construir el texto. Muchas veces he contado por ahí la historia de la narradora mexicana que contó como un relato oral la novela El Perfume de Patric Subkin y fue un verdadero desastre escucharla, a pesar de su buen tino a la hora de escoger los sucesos en la versión oral, pero cometió un “leve error” que destruyó su estructura narrativa y comunicativa: al cambiarle el nombre al protagonista saca de la historia el elemento simbólico fundamental que se asienta en el hecho de que él respira y huele como los batracios, porque es de sangre fría, y que de algún modo, misterioso por cierto, es el “punto de máximo trabajo”, es decir, en ese nombre y apellido, que significa rana, el autor concentra todas las fuerzas que dan solidez a la estructura de la historia. Aquella mujer hizo algo así como derrumbar una pared de carga de una habitación con tal de hacerla más luminosa… pero que terminó con ella hecha escombros.

Otro elemento que se ve, por un costado eso si, en la foto, es que algunos dan por sentando que todo saben lo mismo que ellos, y esto no siempre es así. En Narración Oral hay que dar pocos elementos, pero eso si, esenciales. No podemos olvidar hacer un rito en escena sin que los espectadores tengan los elementos para identificarlo y aparezca entonces como distanciamiento o cuarta pared algo que no lo es, pero que entrañaba ojos distintos y sensibilidades distintas de los espectadores, para poder apreciar en su justa dimensión el suceso espectacular. El rito en cuestión fue una de las composiciones escénicas más hermosas que observamos, pero a algunos les pareció frialdad y distancia lo que en realidad era un chisporroteo ritual. No tuvimos los instrumentos para ver y escuchar, entonces no se nos puede pedir que tengamos visiones e intuiciones bien temperadas.

Otro gallo y otro cantar es el del texto espectacular, rara vez dimensionado y valorado justamente. Se hace énfasis en lo dicho, en las palabras, y se olvida que decimos y en ocasiones hasta más, también con nuestra sola presencia, con los lenguajes de nuestra mirada y la posición del cuerpo, con la música de nuestra vocalidad y hasta con el silencio, que como se sabe, y aprendí de Atahualpa Yupanqui, en ocasiones tiene palabras más claras. Fundamentalmente en los actores, devenidos narradores, se nota un cierto cuidado y detenimiento en esos aspectos. Ellos saben qué hacer con las manos, qué hacer con todo su cuerpo, puesto en situación espectacular, hiperexpresivos. Deberíamos aprender de ellos y comenzar a tener conciencia corporal, espacial, lúdica. Componer un espectáculo no es sólo poner en orden las historias y los elementos, poner cuidado de nuestra presencia e indumentaria, es en primer lugar, tener una visión holística de nosotros mismos y de los públicos, que como ya dije, armamos una comunidad de creadores, pero esa colectividad necesita de reglas composicionales, que en el caso de las artes escénicas y de la oralidad se expresan a través de una dramaturgia, es decir de un orden y de un concierto en la representación. Todavía la extrañamos en nuestros espacios, aunque poco a poco se vaya abriendo paso.

No se ve en la foto a los comentaristas y teóricos. Ellos son necesarios, no porque sean “la conciencia crítica de un movimiento artístico o de la sociedad”, que no lo son, sino porque deberían ser conciencias potentes, bien armadas, que ejercieran el oficio de ver y de escuchar, de modo que pudiesen describir y revelar, que en arte significa adicionar nuevos velos, nuevas visiones, nuevas capas de sentido a la obra colectiva. Más que desnudar el teórico debería arropar. Ojala que aparezcan los colegas, se les extraña o mejor, en vez de lamentarme, lo que debería hacer es trabajar para que otros se animen. Es una de mis metas, sin la pluralidad de voces no hay coro ni orquesta, aunque pudieran existir hermosísimos solos. Más yo extraño, en materia de Narración Oral, las grandes agrupaciones, las multitudinarias convocatorias.

En la imagen familiar también falta público. Muchas veces no está. Es hora de idear estrategias colectivas para conquistar espacios y conciencias, y no sólo conformarnos con el que asiste a Primavera de Cuentos y otros festivales. Hasta hoy hemos direccionado todas nuestras energías en organizar y organizarnos, cosa inteligente por demás, pero no suficiente, debemos empezar a convocar y convocarlos. Unos párrafos más arriba lo decía, sin los receptores, es decir sin los públicos, no hay, no existirá nunca, relato oral; de lo que se desprende que la perfección y la anhelada maestría de los narradores orales cubanos llegará el día en que frente a ellos, con ellos, en ellos, estén los maestros receptores, luminosos y solventes, múltiples y multitudinarios, que harán correr las historias hasta que estas puedan llegar, tomar posesión de un alma y una lengua nuevas, que repetirá la maravilla, el sortilegio del Había una vez…

Por hoy es bastante. Seamos felices. Tenemos, al menos, una foto de familia, tomada en Primavera de Cuentos 2001, una imagen que exhibir, donde nos vemos sonrientes y hasta contagiosamente plenos. Pero nadie se llame a engaño, apenas estamos comenzando.

martes, 15 de marzo de 2011

Historias para devolver la infancia

¿A qué uno va a un teatro? ¿Será para conocer gente o a encontrarse a si mismo? ¿Acaso porque se está mortalmente aburrido? ¿Dónde está el círculo de fuego del que nacen las historias? ¿Disfrutar es pensar? ¿Jugar es ser? Vaya, vaya, cuántas preguntas, y sólo voy a escuchar cuentos, narraciones para niños. ¿A qué se debe tanta gravedad? Manías que tiene uno, deformaciones del oficio o imposturas del crítico. Uno también se disfraza. Será mejor librarse del ropaje del adulto y ponerse en la piel del niño. Escuchar cuentos es penetrar un espacio-tiempo de libertad y gozo que está más allá de lo que se puede medir o pesar.

Los narradores de cuentos, los de Teatro de la Palabra, por esta vez visten unos coloridos trajes con parches. Son una mezcla entre las sobrecamas de mi abuela y los pantalones de mecánico de mi tío tarambana; porque toda familia que se respete tiene uno de esa especie, que, como es de suponer, es el pariente más divertido y chispeante. Los cuenteros están en la Casa del Alba, sitio de colores fuertes posado frente a la recoleta Parroquia de Línea, tan adusta y sobria, tan dominica en sus maneras, tan de El Vedado. Ellos no esperan al público. La gente ya viene siguiéndolos. Están allí, aguardan. Se nota que entre los juglares y el lunetario hay una relación antigua. Rapor. Y eso es cosa rara cuando de Narración Oral se trata, me lo crean o no me lo crean es casi extraordinaria. He visto espectáculos en los que en la platea se amontonan unos pocos amigos y colegas u otros en los que a sus protagonistas los han dejado colgando de la brocha. Está vez no es así, no tengo necesidad de presentirlo. Lo sé de cierto. Vista hace fe. Habría que interrogarse sobre por qué a unos les acompañan y a otros les dejan solos. La respuesta más socorrida, la menos comprometedora, es que la gente no se entera porque los publirelacionistas de las instituciones culturales olvidan que cosa es publicidad, propaganda, mercadeo, estudios de público, etc. Pero es fácil lanzar la pelota a campo ajeno, aunque esa sea una verdad de Perogrullo, ya que muchos de ellos esperan a que el maná les caiga del cielo y las perdices en la boca sin afanarse siquiera en procurarlas; pero también es cierto que algunas de las propuestas de los contadores de historias no pasan de ser balbuceos, cosas de aficionados, que olvidan hasta los viejos recursos, las antiguas mañas de la tradición y del oficio, y apenas ofrecen una caricatura de lo que este debería ser. Hay una mezcla explosiva en esa soledad, pero mejor será que lo dejamos ahí y regresemos con Osvaldo Manuel y a Daniel Hernández en su A qué te cuento un cuento.

Desde el inicio, sin fanfarrias ni estridencias, sin necesidad de apelar a lo obvio, sabemos que se trata de un espectáculo de juglaría. Juglar de viola y Juglar de relatos. He aquí el dúo. Cantan y se mueven entre la gente, danzan, hacen venias, como la de los cómicos de la legua, y comienzan a contar un reconocible y disfrutable El cangrejo volador de Onelio Jorge Cardoso. Las cartas se muestran: hay que soñar y aspirar al imposible.

Los juglares cuentan a dúo, en tándem como se dice por ahí, pero no renuncian a ser lo que son. No hacen personajes, los proponen. Se relacionan entre ellos, intercambian, más hacen avanzar la historia a lomo de los sucesos, que no de los conflictos, que como ya sabe, la hacen caminar en el Teatro, pero no en la Narración Oral, pues ella es relatoría de sucedidos, sin apenas descripciones porque estas la ralentizan.

Aquí todo fluye; pasan juegos, adivinanzas, historias tradicionales, pasa José Martí en su palabra – ala de colibrí-, pasa el tiempo y uno no se da cuenta de que está avanzando, es más, de pronto se descubre saltando y gozando como aquel día memorable en que mi madre me llevó a disfrutar una versión de Blancanieves dirigida por Bistermundo Guimaraes para el grupo La Edad de Oro en una mañana principeña, en la que yo estrenaba mis cinco años. Los enanos eran actores que caminaban en cuclillas con una danza tambaleante y divertida que aún ilumina mi existencia. Esa luz volvió a mi vida. Regresé a la infancia, gustoso, feliz, inocente. Pero lo que es mejor y todavía más raro: retorné lúcido.

Vi a los narradores hacer caminar la representación con una estructura coherente y sin grandes explosiones, sólo armados de verdades sencillas, vi también las manchas, como aquella oruga donde iba una ortiga o la relativa dependencia de uno de los narradores de las señas del otro, del que obviamente lleva la batuta y hasta la voz; los vi mezclarse, relacionarse y fui testigo de la interrelación que se da entre ellos o sentí y escuché la innecesaria moraleja o el final con bendiciones explicitas que eran prescindibles porque, es mi criterio, mencionarlas sobra ante la belleza, que es de por sí divina o que nos habla y remite hasta lo sacro. En fin, estuve todo el tiempo niño, pero lleno de esa lucidez que sólo se alcanza cuando se es pequeño.

Para cuando regrese Teatro de la Palabra a la Casa del Alba, de la calle Línea, o a cualquier otro sitio, con su A qué te cuento un cuento, espero que sean muchos los que se acerquen a este espectáculo que recomiendo y que a mi me reafirma la certeza de que contar cuentos vale la pena y que este arte nuestro vivirá, más allá del olvido y el ninguneo, porque siempre uno podrá encontrar gente dispuesta a convertir un montón de palabras en un acto de magia y de verdad y personas capaces de escuchar con los ojos y de ver con los oídos.